Relato inédito: The End, por Jorge Consiglio

Jorge Consiglio, autor de Hospital Posadas (2015), Villa del parque (2016) y Tres Monedas (2018), propone en este texto inédito reflexionar sobre los finales, sobre ese momento del relato que, como el espacio en blanco del poema, cubre el texto que lo antecede de un sentido, muchas veces, inesperado.

Claustro. Una alumna hace una pregunta. Tiene un tono cordial, pero su gestualidad —arruga la nariz, enarca las cejas— tiñe lo que dice de petulancia. Le preocupan los finales de los textos.  Da un ejemplo. Habla de Dickens. Lee los dos últimos párrafos de Hard times en su idioma original ¿Cuándo termina un relato? Hay un silencio, y dentro del silencio pervive un eco que en lugar de extinguirse se multiplica; en otras palabras, la reverberación inaugura —con su tenacidad— un punto de vista. El final como artificio, dar cuenta de ese acontecer. El cierre de la peripecia puede o no coincidir con la clausura del texto. Es sabido por todos: cuando hay lenguaje, hay secreto. Esta sentencia, justamente, es la cifra de todos los finales. Merodear el secreto, acecharlo. Escapar de la ambición del sustantivo. No nombrar, rondar (George Steiner). Y de esta forma, amigarse con el universo de sentidos. Trabajar con nodos de fuga, abrir lo más posible, amplificar. Urdir un sonido —como hacía Sibelius con las sinfonías— que se escuche como clausura, pero que en realidad solo sea su representación. Articular una quimera, mentir con justeza. Existe una premisa: ser preciso en el ardid. Todo puede ser una ilusión y a la vez conservar el peso de la realidad, escribe Aira en El llanto

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JC vive solo en un departamento por Colegiales. Desde la ventana de su cocina se ven las terrazas de tres casas. En una, hay una pileta de lona. La aprovechan una pareja de adultos mayores: él 80, ella, una década menor. Generalmente, JC los distingue por la tarde, mientras almuerza o espera que el agua, que calienta en una tiznada pava de aluminio, esté a punto para prepararse un té. JC es un fundamentalista de esta bebida. La toma sin considerar la temperatura ambiente ni la hora del día. Tiene un rito: se la sirve, se acerca a la mesa de trabajo y da dos soplidos para entibiar el líquido, esa brisa genera unas olitas concéntricas que chocan con delicadeza contra los bordes de la taza. Después sorbe, se sienta, suspira —como si expurgara un malestar— y procura concentrarse para componer. JC es músico. Tiene el pelo lacio y lo usa largo. Este detalle de su aspecto tiene una raíz hasta cierto punto inconsciente: en su mente, la cabellera resulta un elemento clave para representar al músico ideal. La razón es simple: su padre —empleado administrativo y curioso del arte— tenía una copia enmarcada de una fotografía muy conocida de Franz Liszt, y en esa toma, que el talentoso Nadar había registrado dos meses antes de la muerte del músico, Liszt llevaba el cabello casi rozándole los hombros. La imagen se había grabado como un mandato en la mente de JC. Un compositor cabal —completo, íntegro— debe tener ese aspecto, había concluido. 

JC conserva el mismo peso desde la adolescencia. Pasa la mayor parte del día ocupado y tiene tres amigos a los que considera sus pilares afectivos. Cree que, si alguno de ellos le fallara, su desencanto sería tan grande que caería en un pozo depresivo. Es algo que cada tanto le pasa por la cabeza y, de alguna forma, aunque resulte contradictorio, le sirve de amparo. Así es, con eso vive. 

En otro orden, la opinión pública asegura que la fantasía es extraordinaria frente a la realidad, que tiende a la analogía. JC opina lo contrario, para él lo real es complejo y no lo da jamás por sentado; en otras palabras, vive en estado de asombro. JC es módico, y se siente cómodo entre los márgenes de su economía básica. Trabaja como cesionista para músicos de distintos géneros, y esta tarea le suma versatilidad a la hora de componer sus obras. Además, desde hace dos años, es parte de la Orquesta de Cámara Municipal de La Plata. Toca el oboe desde los doce años. Hace poco descubrió a Esbjön Svensson. Lo conmueve la deriva de sus composiciones e, inevitablemente, experimenta desconcierto cuando piensa en su muerte repentina. 

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Hoy es 31 de diciembre. Son las tres de la tarde. JC decidió pasar la noche vieja solo. No hay dramatismo ni angustia. Le parece un plan seductor, una circunstancia agradable. Compró un espumante para la ocasión y ya tiene en la heladera su plato preferido envuelto en un film transparente, solo le resta calentarlo a las 21.30. Esa es la hora que fijó como comienzo de la celebración. No hay normas para el disfrute, se dice JC. Y siente un vértigo de suficiencia en el pecho. Almorzó una ensalada liviana a las 14 y la ciudad, a partir de esa hora, se fue volviendo cada vez más desértica. Como el calor no le sienta bien, JC decide irse a dormir una breve siesta. Se acuesta boca arriba en la cama. Entrecierra los ojos. El ventilador de techo y la penumbra lo cambian todo. Cuando está a punto de dormirse, escucha un ruido de pasos en el techo: en el piso de arriba vive una familia con chicos de 4 y 6 años. Corren de un lado para otro, juegan, son cordiales entre sí, igual que sus padres con los vecinos. Pero hoy la situación es diferente. Se pelean. Uno de ellos, probablemente el más chico, grita. Se escucha un portazo. El golpe resuena con claridad y JC regresa de lleno a la vigilia.  

Durante dos minutos el silencio es total, pero después la batalla recrudece. Uno de los chicos está verdaderamente fuera de sí. Alguien, un adulto, intenta calmarlo, pero le resulta imposible. Lo llamativo es que nadie se suma a su locura. Solo se escucha al chico repitiendo la misma palabra. Andate, dice. JC piensa que, si el chico sigue así, se va a lastimar las cuerdas vocales. No consigue sacarse ese pensamiento de la cabeza. De hecho, imagina esa parte del aparato fonador con todo detalle. En la escena, un grupo de repliegues membranosos se tensan por el esfuerzo, están en su punto de máxima presión, sufren un estrés supremo. JC intuye que se van a cortar y que el daño será irreversible. Lo vislumbra porque entró con su pensamiento en la garganta del niño, y la sensibilidad que desarrolló con su profesión ayuda a que su dictamen sea preciso. 

JC se mueve en la cama. Está inquieto. Las tragedias, se dice, no necesitan grandes escenarios. Entender que va a ocurrir una desgracia y no intervenir es una de las peores cosas que le puede ocurrir a alguien. JC siente un malestar en el ánimo. Se levanta de la cama de un salto. Advierte que la sangre, por el movimiento brusco, se le va a los pies. Está mareado, levemente mareado. Se calza el primer pantalón que encuentra y se encamina con el torso desnudo, muy decidido, hacia la puerta. La abre y la cierra tras de sí con un solo movimiento. JC es un proyectil, una bala. Está descalzo. Sus pies son largos y huesudos y, en los dos casos, el segundo dedo es más corto que el gordo. A los pies con esta particularidad se los llama egipcios y, los artistas del Nilo —en el año 2100 a.c.—  lo consideraban un ideal de belleza. JC está apurado, la situación lo urge, y decide no esperar el ascensor. Sube por las escaleras. Da zancadas y abarca varios escalones. Una, dos, tres zancadas. En la cuarta —una más y estará en el piso superior— advierte que olvidó algo y, durante unos pocos segundos, no puede precisar qué. La confusión lo detiene. En el aire, hay un olor agrio a pintura que, sin embargo, a él le resulta agradable. JC se palpa mecánicamente el bolsillo del pantalón. Las llaves, dice en voz alta. No las trajo. Las llaves, repite. Está levemente agitado, en sus mejillas se esparce un rubor que se vuelve cada vez más intenso. Su corazón late y la frecuencia es mayor a la aconsejable. La sensación es como si algo, un animal mediano, le saltara en el pecho. Las llaves, dice y suspira. JC es el mismo de siempre y también es otro. Está paralizado en su lugar. Desde hace tres minutos, no avanza ni un centímetro hacia su eventual destino, pero tampoco retrocede. Está fijo. Visto desde un costado —tiene el pelo compacto y los hombros redondos— parece uno de los autómatas de Plaza Congreso, que la burocracia, absurda hasta el frenesí, inmovilizó hace bastante más de una década.

Jorge Consiglio
Buenos Aires, EdM, marzo 2020