El pliegue interno, por Graciela Batticuore

5 de diciembre 2021. Hace casi un mes que sueño todas las noches que escribo. Es nítida, casi tangible la imagen y con pocas variantes. Una escena visualmente concreta donde lo único que veo es un cuaderno en el que se destacan las letras de algunas frases que voy escribiendo o leyendo en voz alta, intentando memorizarlas porque sé que estoy dormida y voy a olvidarlo todo en la mañana. Adentro del sueño las frases salen redondas, precisas, expresan con acierto lo que busco decir, incluso traen noticias de mí que desconozco. 

A veces la voluntad de abrir los ojos para anotar en un papel lo que leo o escribo tironea contra el sueño, librando una pequeña batalla donde sale perdiendo siempre la intención de despertar. Pero hace un par de noches atrás conseguí arrastrarme a la vigilia con un solo ojo abierto, porque si abro los dos ya sé que no voy a dormir más aunque quiera. Me pasa desde que era muy chica y lo acepto con resignación, lo mismo que la dificultad de hacer una siesta de día cuando hay luz afuera, por más que cierre bien las persianas y esté cansada, no puedo conciliar el sueño. Creo que el cuerpo guarda esa memoria antigua, que acaso heredé o fui acuñando en la neurosis que me toca y voy desarmando o reacomodando con el tiempo. 

Así que la otra noche cuando quise registrar lo que había escrito en el sueño abrí un solo ojo en la penumbra del cuarto y, sin encender la luz, busqué en la mesita que está al lado de mi cama un lápiz que no encontré, un papel que tampoco tenía, después tanteé el celular pensando en guardar un audio con las frases soñadas pero tampoco di con la grabadora. Al final se me ocurrió abrir la casilla de correo electrónico para anotar lo que ya empezaba a olvidar, en un mail que entró un rato más tarde. 

No se trata solamente de un sueño sino que de veras escribo cuando estoy durmiendo, anoté. Veo las letras, las frases que se suceden hasta articular un párrafo que tiene sentido y forma literaria. Son textos palpables que guardan cadencia y espesor pero están destinados desde su nacimiento a la pérdida, porque siempre el olvido se impone al despertar. Pienso que escribir adentro del sueño es como dibujar en la arena, cuando sube la marea se desvanece lo escrito en la superficie mojada y sucia de la orilla, igual que una rúbrica que deja los párpados ateridos cuando la emoción es profunda. Para qué escribir así, me pregunté, de qué sirven esas frases que registro y leo solamente en la nebulosa del sueño. O será que la escritura es un puro hacer sin plan y sin acopio, que esa es su condición y que lo único que necesito registrar de esa cadena de sueños es la manifestación de lo escrito, su asiento en lo real, en lo íntimo. De eso habla la blanda letanía de los sueños letrados en la mudez incierta de las noches. 

*

23 de enero 2022. Pero hay algo más, sospecho. Me quedo pensando que esas imágenes también hablan del tiempo, de algo propio que se repite o que regresa durante todas las horas del día, bajo todas las posiciones del sol, en circunstancias de la vida felices, tristes, melancólicas, inciertas o incluso ansiosas. Pensaba en estas cosas releyendo esta entrada en mi diario y fui hacia atrás en las páginas, tratando de ver qué otras emociones había registrado a lo largo de un año entero de confinamiento y pandemia, teniendo en cuenta que en realidad no escribo a diario (pueden pasar meses entre una entrada y la otra del cuaderno), porque no me impongo seguir un régimen o un calendario sino que este espacio de escritura representa más bien lo contrario para mí. El diario es un intento de escapar de toda deuda, de cualquier obligación o plan o compromiso previamente establecido de escritura. Un espacio que se va llenando de manera impredecible o sin pautas y que incluso soporta lo informe, lo incorrecto, quiero decir, las incorrecciones de diverso tipo pero también las aspiraciones literarias frustradas. A veces empiezo a escribir una entrada que después abandono. A veces son largas, explicativas las anotaciones, otras cortas y determinantes se resuelven en pocas frases. A veces escribo un poema o empiezo una historia que después me doy cuenta de que no es un registro personal del yo sino el principio de una novela. Otras me doy rienda suelta para un mero descargo emocional como podría ser un enojo, por ejemplo, pero lo importante o lo constante es que el diario es la búsqueda de una entrada a lo desconocido, a la aventura de lo informe o al riesgo de una puesta al desnudo. Por eso dejar salir la escritura del diario personal –o del sueño- conlleva también la paradoja de que el fantasma de la intimidad entre en lo visible y se esfume. O el riesgo de que esa escritura se vulnere bajo otras miradas, como los cuerpos despojados de vestimentas en la playa. Y sin embargo, el tiempo de la escritura es tan recurrente y frondoso como el ansia, reaparece en el sueño o en la vigilia a levantar su carga como un Sísifo que enfrenta irremediablemente su destino. Se dice a veces que la escritura salva o libera pero también puede ser una sombra o una rémora o un castigo o una ensoñación que acompaña y alumbra o simplemente moldea la vida o abre un camino por donde se puede andar, afuera o adentro de la conciencia y del cuerpo. Soñé que escribía la otra noche y después escribí, pero antes también había escrito y después lo soñé. Todas las respiraciones estuvieron macerando ese anhelo durante largo tiempo, en una suerte de misterio que hace de la vida algo más vehemente o real. O tal vez la deja manifestarse o tomar  vuelo en esa sustancia blanda que adopta su forma entre la vigilia y el sueño. En ese umbral, en esa trama incierta, vertiginosa, colmada de luz y de sombras, habita la escritura en una perpetua latencia.

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, febrero 2022


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