Gauchos e indios a galope trenzado (en la palabra del otro), por Juan Ignacio Pisano

En el universo simbólico mainstream argentino, gaucho e indio son significantes que se contraponen: ser gaucho implica bondad (alguien gauchito), entrega el otro (una gauchada), e integridad (gaucho neto, hombre cabal); ser indio, en cambio, implica estar fuera de los marcos que supone educarse en una civilización que se considera occidental (como cuando a los niños se les dice que no sean indios), actuar con salvajismo (hacer una indiada), o alguien mal hablado (se expresa como un indio). Todo ese andamiaje cultural, el Gran Otro ante el que se busca reconocimiento, hoy actúa con una contundencia determinante en torno al conflicto mapuche, que es un conflicto por la tierra y por la posibilidad de la voz entre los límites territoriales y simbólicos de la Nación. A fin de año pasado un suceso fue destacado con reacciones que, en muchos casos, oscilaron entre la adhesión fervorosa y el comentario de matices soberbios, escritos desde un cierto pedestal que otorgaría la diferencia cultural con el otro, ese indio. Una nota de opinión publicada en el diario Clarín y escrita por uno de los editores es paradigmática de este hecho (paradigmática en el sentido que Giorgio Agamben atribuye a ese término: elemento ejemplar que permite, por su capacidad representativa, brindar una explicación sobre un fenómeno mayor). No interesa el nombre de la pluma que lo escribió (solo su condición de voz autorizada para el periódico, dado su carácter representativo), sino el discurso en su condición de posibilidad. O como Michel Foucault lo formuló como pregunta en La arqueología del saber: «¿cómo es que ha aparecido tal enunciado y ningún otro en su lugar?». El título de la nota es «Vuelve Martín Fierro y se enfrenta a los mapuches». Lo primero que surge para cualquier lectura atenta al poema (mejor dicho: los poemas) de Hernández es cuál sería la novedad del enfrentamiento del gaucho emblemático de la Nación con los indios. Para eso lo mandan a la frontera en el poema de 1872. Y, más aún, la falta de pertinencia del título se exalta si se presta atención al segundo poema, el de 1879, La vuelta de Martín Fierro, donde el cantor que es toro en su rodeo y torazo en rodeo ajeno no ahorra palabras para representar al indio como el salvaje por excelencia, al punto que se ficcionaliza una escena en la que un indio mata a un bebé y ata las manos de su madre cautiva con las entrañas de su propio hijo muerto ante su mirada desesperada. Y Fierro, además, luego mata a ese indio. Pero dejando de lado los paratextos, en un fragmento del cuerpo de esa nota queda resaltado el aspecto paradigmático que intento tomar, y que me interesa solo por eso: no por marcar que Martín Fierro «comprobaría con sus propios ojos que ciertas tradiciones argentinas atrasan 150 años», y no solo porque la noción de progreso lineal que entrelíneas teje a esa escritura me parece lo más «atrasado» que puede allí develarse, sino porque redunda en cierta mirada de un nacionalismo esencialista arraigado en el sentido común (y por eso mismo dañino). Dice el texto:

El domingo a la tarde, mientras un grupo de gauchos que había desfilado por la Tradición practicaba proezas para el próximo festival de Jesús María, se cruzó con un grupo autodenominado mapuche que iba rompiendo cosas por el pueblo.

Nótese la diferencia de énfasis y de matices en el sentido atribuido a un grupo y al otro: unos practicas proezas, los otros rompen cosas. Unos son gauchos (esencialismo metafísico del ser a la orden del día: teléfono para Derrida), los otros se autodenominan mapuches. Unos tienen Tradición (así, con mayúsculas), los otros atentan contra lo existente. El sentido de origen de una subjetividad se considera per se algo destacable como valioso, mientras que la autodenominación (habría que ver cómo se llega a esa conclusión: ¿nadie los percibe como mapuches?; ¿pero si la misma nota los nombra así desde el título?). El pensamiento binario establece el corte a partir de un par tradicional para el pensamiento metafísico occidental (Derrida ya contestó el teléfono): falso/verdadero. Pero ese modo de organizar la realidad esconde tras de sí las huellas de una historia que no es ni tan simple, ni tan lineal, ni tan progresiva en relación al gaucho y los usos de esta figura en la literatura —y dejo de lado que, como era de esperar, en el periodismo de guerra (continuado de un editor a otro) esa lógica que se divide entre la falsedad y la verdad, la barbarie y la civilización, los salvajes y los originales, está puesta al servicio de un uso político que se sobreimprime desde el presente a la historia del siglo XX argentino—.

Aquello que no se dice en la nota es no una continuidad en el atraso (escribo la palabra y me da sueño…), sino una serie histórica: la voz que sigue siendo pública, desde la gauchesca al presente, circulando en los medios de comunicación o en la literatura, es la del gaucho (de hecho, son los únicos entrevistados en la nota). Y esto no es solamente porque Leopoldo Lugones haya canonizado al poema de Hernández (como destaca la nota) sino además porque hubo una institucionalización estatal cuando el Martín Fierro pasa a ser de lectura obligatoria en los colegios en la década de 1930. El indio, mal le pese a Ricardo Rojas (el otro intelectual del Centenario que impulsó al Martín Fierro como poema nacional), permanece en un estado de sospecha e interdicción en la construcción de una tradición para el país. La palabra que late en esa nota periodística y en la memoria sobre la relación del indio con la sociedad argentina en tanto poseedora de un día de la tradición —el día, el único día posible de tradición porque tradición hay una sola— es contundente en sí misma: malón. La descripción que allí se hace sobre el desplazamiento de los mapuches por el pueblo responde a la memoria que vive en el significante: rompen, cortan el correcto desempeño de la vida social y la producción. ¿Y por qué? Por irracionalidad, por estar fuera de la ley. Una ley impuesta en una tradición que, hace ciento cuarenta y tantos años, les impuso la solución final roquista.

Esa esencialización del sujeto nacional en el gaucho, que sufre un proceso de blanqueamiento notable dado que el gaucho era mayormente mestizo y así se lo percibía en el siglo XIX e inicio del XX —Ezequiel Adamovsky (2019) ha hecho una excelente y reciente lectura de esto en torno a la literatura criollista—, oculta que la relación de la gauchesca (de esa forma del origen para la tradición argentina) no siempre fue de repudio a la subjetividad india. El propio Martín Fierro ve a las tolderías como un posible paraíso cuando en el territorio nacional él y Cruz no tenían cabida como gauchos, por el hecho de ser gauchos como le dice Hernández, periodista también (y así lo recuerda la nota del autodenominado Gran Diario argentino —¡Oh, poder desigual de la nominación!—), a su amigo Don Zoilo Miguens: «Ud. conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esa clase desheredada de nuestro país». La escena de despedida de Cruz y Fierro ante el por entonces territorio nacional ha permitido que Martín Kohan imaginara una relación de amor gay entre los gauchos. ¿Lo correrían a Kohan a rebencazos los fundamentalistas del día de la tradición al leer el momento exacto en el que Cruz se mete el “socotroco” de Fierro en la boca, o cuando ese mismo miembro, contundente y tieso como la propia tradición nacional, ingresa en el cuerpo sexuado de su amigo, ahora su amor? ¿Puede ser parte de nuestra tradición más tradicional? El cuento de Kohan se publicó en Página 12 un año después de la sanción de la ley de matrimonio igualitario. Rechazo, lo que se dice rechazo, esa ley tuvo. Habría que hacer una prueba: recitar ese cuento en un festival de doma. Familia, patria y Dios. 

Bartolomé Hidalgo, considerado el fundador de la poesía gauchesca, es uno de los pocos casos del género donde el indio es ponderado positivamente. En su “Cielito patriótico que compuso un gaucho para cantar la acción de Maipú” (1818), el cantor gaucho ficcional del poema dice: «Pero ¡bien ayga los indios! / ni por el diablo aflojaron, / mueran todos los gallegos, / Viva la patria, gritaron». Aunque para muestra un botón, vaya otro ejemplo del propio Hidalgo, que en su poema titulado «Un gaucho de la guardia del monte contesta al manifiesto de Fernando VII y saluda al Conde de Casa Flores con el siguiente Cielito, escrito en su idioma» afirma: «Cielito, cielo que sí, / aquí somos puros indios / Y solo tomamos mate». ¿Qué dirá cualquier poseedor (no importa quién: importa la condición de posibilidad del enunciado) de la verdad nacional y del saber simbólico de la patria que late en esa nota periodística al ver que un gaucho (ficcional: tan ficcional como el propio Fierro) durante las guerras de independencia se reconocía a sí mismo como indio, extrapolando la denominación a todo su grupo de combatientes en plena emancipación de la patria? ¿Pensará que atrasa la escritura de Hidalgo, en un bucle temporal que excede su mirada lineal y progresiva de la historia? ¿Qué dirán esos gauchos de rebenque alzado? Tercer botón de muestra: en el «Cielito patriótico del gaucho Ramón Contreras, compuesto en honor del ejército libertador del Alto Perú», el gaucho de la Guardia del Monte, ahora con nombre, dice: «En Pasco, O`Relly y los suyos / las avenidas cubrieron, / pero los indios amargos / bajo el humo se metieron. / Cielito, y ya se largaron / a cobrarles la alcabala, / y ya los atropellaron, / y ya les menearon bala». Permítaseme una digresión: lo más lindo de este último verso es el agenciamiento que produce como ancronismo desde el arte (ahora el teléfono es para Didi-Huberman) con la cumbia actual en la idea de «menear». Y perdón que como pregunta continúo digresivo: ¿sería pensable, desde una mirada como la que acá se pone en cuestión, como enunciado la adjetivación de «indio» para el niño que otra periodista mainstream bastardeó recientemente cuando una foto de un recital de L-Gante se hizo viral luego de su recital en Tecnópolis? Dejo acá. 

Luis Pérez fue otro de los que incorporó a sus textos a los indios sin un tinte despectivo. El poema en cuestión se titula “El gaucho”, y salió publicado durante varias entregas en el periódico homónimo que Pérez publicó, en dos etapas, entre 1830 y 1833, y cuyo editor ficcional era Pancho Lugares Contreras (sí: hay una filiación en el nombre con el personaje de Hidalgo que antes mencioné, vínculo nominal muy propio de la gauchesca). El poema ha sido conocido en la historia de la literatura como una “Biografía de Rosas”. Allí se afirma: «Se hizo la paz con los indios / de que hasta ahora disfrutamos; / como debe ser; pues ellos / son de nosotros hermanos». En eso, como se sabe, consistió la política del restaurador: un poco de negociación, un poco de campaña del desierto (y en esas andaba el Rubio, como el propio poema lo llama, cuando el texto salía de imprenta); algo distinto de la solución final de Roca (para un desarrollo mayor de la política de Rosas con los indios, me parece indispensable la biografía del caudillo bonaerense que escribieron Raúl Fradkin y Jorge Gelman). Gauchos, indios, política y periodismo no siempre estuvieron (ni están) trenzados en una pendencia excluyente. 

Coda y cierre

La fundación de un territorio nacional y de una tradición guarda una violencia oculta tras los símbolos que definen una identificación y esconde, así, los fragmentos de discurso, los cuerpos y las experiencias que no se ajustan a su molde. Las naciones modernas, afirmadas al calor del positivismo decimonónico, entienden en su versión más simplificada a la historia de un modo lineal: y quien no comprende el progreso y no acepta el orden, que sucumba (¿Dónde el atraso, entonces?). Es una violencia que no se ve, que no se visibiliza como sí se hizo con el tajo que uno de los mapuches le habría hecho al caballo de uno de los gauchos en el sur. Pero que tampoco se recuerda cuando, por ejemplo, alguien (cualquier potencial receptor de ese enunciado en sus condiciones de posibilidad) lee prensa mainstream en la computadora de su casa o en la mesa de un bar y se identifica con la matriz simbólica que hace del Martín Fierro el símbolo de una identidad plena. Esa violencia que, como forma de barbarie, Walter Benjamin entrevió en cada elemento de cultura queda oculta, forcluida. Pero eso siempre retorna. El síntoma es más violencia. Por caso, violencia represiva (para seguir con el lenguaje psicoanalítico). El punto central está en el sentido que se atribuye a cada violencia. Es posible pensar con David Viñas que los indios son los desaparecidos del siglo XIX. O en términos ideológicos opuestos: no hay mapuches, lo cual, en esa línea, sería como decir «no fueron 30.000».

En todo caso, siempre es interesante analizar cuáles son las condiciones de posibilidad para que un enunciado emerja (el de Viñas, por ejemplo, o el del editor de un periódico de gran tirada y alcance virtual). Eso quiso hacer esta escritura: tomar un texto paradigmático para una mirada que prefiere desoír los restos de colonialismo en los que vivimos y atender al sesgo de una identidad plena, tranquilizadora, como lo es todo el edificio de ese gaucho-centrismo (Derrida sigue con nosotros) excluyente que sustenta la tradición que nos cría, de la escuela a la prensa.

Juan Ignacio Pisano

Buenos Aires, EdM, febrero 202

Referencias

Adamovsky, Ezequiel (2019). El gaucho indómito. De Martín Fierro a Perón, el emblema imposible de una nación desgarrada. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Agamben, Giorgio (2009). Signatura rerum. Sobre el método. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora. 

Benjamin, Walter (2003). Ensayos Tomo I. Madrid: Biblioteca Universitaria. 

Cattaruzza, Alejandro y Alejandro Eujanian (2002). Del éxito popular a la canonización estatal del Martín Fierro: tradiciones en pugna (1870-1940). Prismas, 6 (6), pp. 97-120. 

Derrida, Jacques (2014) De la Gramatología. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Foucault, Michel (2008). La arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Fradkin, Raúl y Jorge Gelman (2015). Juan Manuel de Rosas. La construcción de un liderazgo político. Buenos Aires: Edhasa.

Hernández, José (2005). Martín Fierro. Buenos Aires: Grupo Editorial Norma. 

Kohan, Martín (2011). «El amor», publicado en Página 12 el día 4 de febrero de 2011. https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-161693-2011-02-04.html

Rodriguez Molas, Ricardo (1957). Luis Pérez y la biografía de Rosas escrita en verso en 1830. Buenos Aires: Clio.Viñas, David (2013). Indios, ejército y frontera. Buenos Aires: Santiago Arcos Editor.

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