La Ruta de la Seda: la vara de yak y bambú, por María José Schamun

La Ruta de la Seda es un término de origen incierto que comenzó a usarse con asiduidad en el siglo XIX. Sus nombres anteriores destacaban los diversos bienes que por ella habían circulado, como especias y jade, pero siempre se aludía al mismo conjunto de trazos en el mapa: un recorrido por tierra que partía de la capital china en línea casi recta hacia el oeste y llegaba hasta Grecia, otro de igual trayecto, pero que se alejaba levemente hacia el sur, y un tercer itinerario que incluía vías marítimas por el Índico entre China y Europa, pasando por varios puertos de Asia. A continuación, el relato de cómo todo comenzó.

La primera jornada de esta historia sucedió en el siglo II a.C. y no en el XIII d.C. como preferimos recordar. No fue el joven Marco Polo, en tiempos de barcos y grimpolas, sino el joven Zhang Qian, entre nómades salvajes y Caballos Celestiales, quien creó la Ruta de la Seda. Y como suele suceder, más en la vida que en los libros, fue de casualidad. Más o menos.

En 141 a.C., Liu Che se convirtió en el sexto emperador de la Dinastía Han con el nombre de Wu y todos, súbditos o no, lo conocieron como Han Wudi. Su imperio lindaba con territorios en los que dominaban las tribus nómades de los Xiongnu, salvajes arqueros de a caballo con quienes sus antepasados habían lidiado enviando tributos de princesas. Sin embargo, estos pueblos no parecían entender que el tributo implicaba siempre un presente que se recibe y otro que se entrega, y lo único que podían ofrecer era una relativa paz en la frontera. No atacaban de forma organizada, pero continuaban entrando a los poblados agrícolas cercanos a su territorio como si fueran malones de una futura Pampa conquistada robando cultivos y animales. En parte por seguridad y en parte porque ansiaba expandir sus riquezas, Han Wudi decidió poner en práctica una estrategia distinta y en 138 a.C. llamó a un joven de su guardia de nombre Zhang Qian y le encomendó la misión que diecisiete siglos después provocaría la llegada de Colón a América.

En otro tiempo, había vivido junto a las fronteras del imperio, el pueblo Yuezhi, pero luego de una invasión de los Xiongnu, habían sido forzados a migrar hacia el oeste y nadie sabía con exactitud dónde se habían establecido. La misión de Zhang Qian era encontrarlos y forjar con ellos una alianza que permitiera triturar al enemigo con un ataque en pinza, ambos flancos a la vez. Llegar hasta ellos, sin embargo, significaba atravesar territorio enemigo y nadie lo había intentado hasta el día en que Zhang Qian empuñó la vara de yak y bambú del Emperador Han Wudi. El poderoso yak de las montañas de Tibet y el flexible bambú eran los elementos representativos de la fuerza inquebrantable del imperio.

El penacho de yak iba en alto al frente de la comitiva y proyectaba su poder sobre los casi cien hombres que seguían al joven embajador, la mayoría indigentes y criminales convictos, entre los que había también un puñado de soldados y esclavos libertos. Una caravana de composición similar a la compañía que mil setecientos años después seguiría a Cristóbal Colón hasta las costas de un continente que no figuraba en sus mapas. Vidas dispensables para misiones de un riesgo difícil de calcular con precisión. El camino desde la capital hasta la Gran Muralla no estuvo libre de obstáculos, pero todos esos hombres, en mayor o menor medida, sabían sortear los reveses de la naturaleza. Eran las flechas de los Xiongnu lo que provocaba las exaltaciones de algunas tiendas en medio del sueño, reino donde el poder apaciguador de la vara de yak y bambú se desvanecía. A ciencia cierta nadie sabe cuántos de ellos llegaron hasta la Gran Muralla, pero es de creerse que bien alimentados y mal dormidos, la mayoría siguió al emisario en el camino del noroeste y traspasó la frontera hacia tierras enemigas. Del mismo modo que el mapa de Europa indicaba el límite del conocimiento con la existencia de monstruos, el mapa del emisario imperial mostraba un occidente que se volvía silencioso a medida que se aproximaba a la mítica morada de los dioses. Las indicaciones escaseaban o se volvían ambiguas y la comitiva tomó por el camino del error. Muy pronto se vieron cara a cara con el enemigo y su fiereza estuvo a altura de las pesadillas. La velocidad del galope y la eficacia de sus flechas dejaron sólo un puñado de sobrevivientes que fueron llevados como esclavos a los distintos asentamientos. Entre ellos, se encontraba el mismo emisario, Zhang Qian, que pasaría los próximos diez años como esclavo doméstico.

Mientras tanto, al este de estos acontecimientos, Han Wudi habitaba el silencio. Por años esperó noticias de sus hombres hasta que la escalada de incursiones Xiongnu en las fortificaciones agrícolas de la frontera lo forzó a reconocer el fracaso de su embajada. Con los pocos soldados que aún quedaban, organizó partidas pequeñas y rápidas contra los nómades, desestabilizando sus poblados y obteniendo información de sus movimientos. Esto desató una crisis en territorio enemigo que hizo posible la huida de los esclavos. Investido aún de la misión del Emperador, Zhang Qian tomó su polvorienta vara de yak y bambú y con ella huyó hacia el oeste. Atravesó valles y montañas, pasando de un pueblo a otro con prisa, corriendo de la sombra que proyectaban sus enemigos. El viejo mapa se fue llenando de voces y palabras, el silencio dio lugar a un murmullo que lo llevó hasta el Valle de Fergana.

Fue en este punto preciso donde todo sucedió sin que nadie lo notara. Zhang Qian había llegado al pueblo de los Yuezhi en busca de aliados contra un enemigo común, pero su propuesta no había sido bien recibida. Un año más tarde, partía de regreso al Imperio Han y arribaría después de un año durante el que las voces seguirían completando el mapa y trazando alternativas al itinerario de su huida. Al llegar a la corte de Han Wudi, habían pasado trece años desde su partida y sólo la vara de yak y bambú pudo dar fe de quién era. En las noches siguientes, el emperador y su emisario inauguraron el ritual que el joven Marco Polo replicaría sin saberlo, catorce siglos después según las páginas de Ítalo Calvino: conversaron a la luz del fuego en la calma de la noche. Zhang Qian relató todo lo que había visto en sus viajes, las posiciones estratégicas, los pasos peligrosos y las rutas sin saqueadores: desplegaba su mapa una tablilla a la vez, una historia a la vez, porque en los tiempos en que Zhang Qian reveló a Han Wudi que los caballos de Fergana eran los Caballos Celestiales, no había mapas, sino crónicas de viaje. Sólo la palabra le daba entidad al territorio.

Durante su estadía entre los Yuezhi, el emisario supo de la existencia de reinos humanos que habitaban más allá de los confines del territorio explorado. No había dioses, entonces, en el Occidente; como no había monstruos al final del viaje de Colón. Una evidencia de la vastedad de estos dominios era la extraña fisonomía de una de sus ciudades: a orillas del Sir Daria que atravesaba en Valle de Fergana descansaba Alejandría Escate que albergaba a una población multi-étnica que el mismo Alejandro Magno había llevado hasta allí doscientos años antes. No eran dioses, pero tenían los caballos más fuertes que Zhang Qian hubiera visto y eran la clave no sólo para derrotar a los Xiongnu, sino para extender la influencia comercial del Imperio Han mucho más allá de lo que el emperador había soñado. Por eso, cuando Han Wudi supo de su existencia, envió a su emisario a buscar rutas alternativas para llegar hasta esos reinos y a un embajador a establecer lazos de comercio con las ciudades del Valle de Fergana. La vara de yak y bambú se dividió y se multiplicó en misiones diplomáticas que se desparramaron hacia el oeste del imperio en busca de los reinos exóticos de aquellos relatos nocturnos, como carabelas en un mar de arena. Los emisarios, guiados por la fuerza inquebrantable del imperio, llegaron al reino de los Alanos (Irán), a Siria, a Caldea, a India, a Partia y a Bactria, y presentaron a los reyes y mandatarios sus tributos: delicadas sedas bordadas, teñidas, naturales. Todo a modo de tributo, nunca de regalo. Pocos decenios más tarde, el influjo de la seda pondría de rodillas a los Imperios del Mar Mediterráneo: no había sido el hierro comerciado por las caravanas, ni la vara de yak y bambú lo que había llegado a Roma y a Egipto a doblegar la voluntad de sus gobernantes, sino el deleite de las caricias lujuriosas de una tela que nadie más podía confeccionar. Había sido ése el símbolo elegido por Occidente para ostentar el poder, la seda de los estandartes que sus generales habían conquistado en batalla. Los “seres”, sin embargo, no tenían interés en entregar sus tributos a los pueblos que llamaban “Lijian”, porque nada de lo que pudieran entregar a cambio, les interesaba. Por eso, la relación fue de puro comercio, sin diálogos a la luz del fuego ni comidas compartidas, sin emisarios, sólo plata entregada en mano a los intermediarios. Ese majestuoso símbolo del poder, no era otra cosa que el claro indicio de su sometimiento.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, febrero 2022