Henri Franck, el poeta que bailó ante el Arca, por César Tiempo

En 1956 César Tiempo publicó en la editorial Kraft una colección de «enfoques biográficos». El título fue Protagonistas. Entre las numerosas entradas del libro aparecen Horacio Quiroga, Roberto Arlt, Alberto Gerchunoff, José Martí, Gabriela Mistral, Walt Whitman, Emilio Salgari y Guy de Maupassant. Compartimos en este número de Escritores del Mundo la entrada sobre Henri Franck (1888-1912), poeta francés autor de un único libro póstumo La danza ante el Arca. En 1929, Martínez Estrada publicó un breve ensayo sobre el mismo poeta en el número 2 de la revista platense Don Segundo Sombra. Poco antes, en 1925, José Carlos Mariátegui lo había citado en «El hombre y el mito». También lo cita Pedro Herníquez Ureña, era una figura mítica a principios del siglo XX. Poeta judío francés ávido lector de Spinoza, enseñaba sobre la filosofía de Bergson a estudiantes que tenían casi su misma edad.   

El automóvil ha cruzado la provincia entre paisajes polvorientos, majadas sonámbulas y cabañas como terrones de azúcar que la noche no tardará en disolver. La tarde, empero, alegra la plaza del pueblo, que cruzan en este instante, con sus guirnaldas, el barboteo de su fuente, sus glomérulos de geranios y su monumento ecuestre sobre cuya cabalgadura descarga su hialino chorro de agua una manguera irreverente. Calles más allá, frente a un edificio hipetro el coche se detiene con un lento gañido. El cielo, extenuado, desangra su último azul. 

–La casa es magnífica, Franck. Aquí podrá entregarse a todos los placeres de la inteligencia. Se la envidio. 

El rostro de la mujer que así había hablado refleja la adusta seguridad del que crea y, al mismo tiempo, una tristeza indulgente que sabe replegarse para no incidir sobre el interlocutor con el peso de las confidencias morosas pero que concede a la voz, a los ojos, a los labios una entonación, un movimiento particular que se da a entender por señales casi imperceptibles. Esta mujer sabe sufrir en silencio, y, como es natural, también sabe reír, con una risa vehemente que le hace vibrar las aletas de la nariz y lucir esa boca dantivana que es, con su ingenio punzante, la admiración de los salones de París. Se llama Ana de Noaillés y se halla en la ardiente plenitud de los 30 años. El muchacho que la acompaña, rubio y ardido como David, tiene apenas 19 pero su inteligencia intrépida ha recorrido ya los más escarpados caminos después de abandonar la Escuela Normal, señalado como el primero de su promoción, el primero en todo, en la profundidad y extensión de conocimientos, en las efusiones de la amistad, en la información instantánea y puntual de las últimas novedades literarias y filosóficas, en la claridad de su talento impetuoso que no se detiene ante nada, en su franqueza jovial. Henri Franck es el último nieto del gran rabino Estrasburgo, Arnaud Aron que contribuyó a modernizar las ceremonias del culto hebreo en Alsacia y en toda Francia y es el mismo que redactó la Plegaria de un corazón israelita, el primer ritual del judaísmo liberal cuyas religiosas palabras enseñan a rezar a sus hijos las madres judías de Francia desde hace cerca de un siglo. 

–¿De veras que le gusta, condesa? Claro que esto no es Bearne donde estuve recluido el otoño pasado leyendo Spinoza. La lluvia caía sobre los helechos chorreantes y yo procuraba distinguir las diferencias sensibles entre lo irreal y lo ideal, ajeno a la naturaleza que afirmaba su alegre pujanza en los bueyes cubiertos de lino bajo un cielo cuyas nubes se deshacían sobre el parapeto vaporoso de los Pirineos. Esto, en cambio es pequeño como su pie. Pequeño y amable. Y, además, aquí no llueve nunca. ¿Entramos?

Dentro de la casa, en un cuarto de paredes desnudas, lleno de biblorraptas y de humo, el padre de Henri combina negocios, descerraja telefonemas, atiende la correspondencia, hojea el periódico, mide la habitación a grandes pasos, succiona un cigarro con nervioso deleite y vuelve a sentarse para combinar nuevas cifras escalofriantes. Al entrar la pareja abandona todo sin violencia, apaga el puro sobre el cenicero de cristal, y corre al encuentro de su hijo, a quien adora, para estrecharlo entre sus brazos. 

–Papá, quiero presentarte a Ana de Noaillés. 

–¿La poetisa?

–No papá, la Poesía…

Mientras ríe de buena gana, la aludida apoya en el hombro del adolescente su mano pálida arrasada de hoyuelos.

–Encantado, condesa –dice el viejo Franck íntimamente complacido de la familiaridad con que una de las glorias de la poesía francesa trata a su muchacho. No sabe usted –agrega–, cuánto le agradezco todo lo que ha ayudado a mi hijo a descubrir el camino que mejor le aviene a sus pasos. Aunque a decir verdad yo habría preferido que fuese un buen abogado. A él le sobra talento, y a mí me sobran pleitos. 

El mariscal Vauban, papá, imaginó el empleo de los fuegos cruzados de las balas huecas, el tiro de rebote, los caballetes de trinchera, las paralelas con sus plazas de armas para el ataque; y las fortificaciones rasantes, el sistema de inundaciones alrededor de las plazas y las contramarinas para la defensa. Pero, ¿qué táctica existe para los ataques que la realidad lleva a nuestros deseos, a nuestras ideas, a nuestros sentimientos, a nuestra necesidad de actuar, de acercarnos a los demás sin lastimar nuestros sueños; y cual para la defensa de esas fortalezas que levanta en las nubes nuestra alma ligera y pesada como una mujer que vive la angustiosa dulzura de su gravidez? Salux ex Jadaeis, se dice en los Evangelios. ¿Qué ha hecho mi generación para justificarlo después de la borrasca del proceso Dreyfus que envolvió a nuestros mayores? A los 16 años Stendhal y Vigny eran lugartenientes o dragones rojos… A mi edad Hugo publicaba sus «Odas y Baladas» y Musset había dado sus mejores poemas. Yo tendré pronto 20 años y sólo soy un ex alumno de la Escuela Normal Superior. Lo esencial es quemar, es sentir quemarse. Yo amo a la gente que arde y hace arder a los otros, la prodigalidad del corazón y del espíritu. Todo el abandono y la entrega generosa de los que viven verdaderamente. Oh, yo no aspiro a ser más que una hoguera en una encrucijada…¿Alcanzaré a serlo?

El adolescente tiene las mejillas encendidas, la voz abrasada, las manos trémulas. Ana contempla su rostro que expresa como ningún otro la emoción espiritualizada, su fiebre de conocimiento, su indomable voluntad de servir, y luego posa su mirada en las facciones enérgicas del padre bruscamente suavizadas por el resplandor azul de sus ojos saltones. El viejo Franck comprende. Y sin pronunciar una palabra estrecha a su hijo entre sus brazos con un orgullo no exento de inquietud. 

Dos años después Henri Franck dicta un curso en el Colegio Chaptal, de París, colabora en «La Phalange», de Jean Royere, en la «Nouvvele Revue Française» que habían fundado algunos de sus amigos reunidos en torno de André Gide, capitanea, sin proponérselo, un grupo de jóvenes ávidos, y sorprende a quienes le leen sin conocerle, con su aspecto aniñado, sonriente, cuando aparece en la sala de algún concierto o en el vestíbulo de un teatro, rodeado, seguido, solicitado como un verdadero maestro, hablando sin la menor afectación, con una seguridad armoniosa, precisa, profunda, penetrante. Recién ha cumplido los 20 años y sus ensayos, sus prosas, son un modelo de construcción, de ironía, de transparencia de estilo. Y aún aquellos a quienes estigmatiza con su crítica buscan su amistad, desean escucharle, deslumbrados por la distribución arquitectónica de su razonamiento, por el giro avasallador de un idioma sin secretos, de una musicalidad que no estorba en ningún instante el vaivén espontáneo de las ideas. 

Es entonces cuando conoce a André Spire, el poeta inflamado de La cité presente, que reune todos los domingos en su casa de Neully-Saint-James a sus correligionarios Jean Richard Bloch, Edmond Fleg, intelectuales, artistas universitarios, editors, soliviantados por la recrudescencia del movimiento antisemita, a releer la Biblia, a afirmarse en el amor a Francia, a recordar las palabras de Mirabeau en su cálido ensayo sobre la personalidad del filósofo Moisés de Mendelsshon: «¿Queréis vosotros que los judíos se conviertan en hombres mejores, en ciudadanos útiles? Borrad de la sociedad toda distinción degradante. Abridles todas las vías de subsistencia. Velad para que sin desconocer la doctrina sagrada de sus padres aprendan a conocer mejor los intereses del género humano en la gran sociedad de la que ellos forman parte», ideas que años más tarde defendería, hasta hacerlas triunfar, en la Asamblea Constituyente. 

Pero no sólo encarnan dialécticamente una realidad insufrible sino que en el jardín embalsamado por el perfume nupcial de las acacias del que fuera el famoso castillo de Madrid-Maurepas un maestro de armas les da lecciones de espada y de pistola. Henri Franck asiste a algunas y luego pasea son Spire a lo largo del boulevard Maillot donde suelen cruzarse con Maurice Barrés que hace su pasea diario y que saluda con una soberbia de Vercingetórix, cuyas facciones ha heredado, a los poetas que han escrito, cada uno a su manera, las páginas más lúcidas sobre su obra. 

Henri Franck siente la necesidad ineludible de actuar, de servir. Si Barrés le ha entristecido y decepcionado, Charles Peguy, dreyfusista y cristiano lo pone en la ruta. Después de visitar a Ana de Noaillés los campos de batalla de Reichshoffen, después de recorrer toda Alsacia donde vivieron durante tantas generaciones sus abuelos, después de ver, de meditar, de torturarse con el pensamiento de una catástrofe que podrá ronzar la civilización entre sus mandíbulas implacables, escribe a Louis Fouassier, su camarada de la Sorbona: «El mundo perecerá si no tenemos cuidado! Peguy tiene razón. Es en las fronteras de Belfort donde se jugará la suerte del mundo. Y el que primero decida a golpear tendrá más probabilidades de vencer». Estamos en 1909. No en vano el poeta pertenece a una raza de profetas. 

Pero él mismo tiene las espaldas demasiado estrechas para su talla y no es admitido sino en la reserva cuando va a cumplir con sus deberes militares. ¿Qué hacer ante ese fracaso, en la disyuntiva terrible de sentirse poseído de una irrefrenable ansia de acción y tener que resignarse a ser un contemplativo como Goethe que había llegado a decir «sólo es digno de la libertad el que la conquista día a día» y fué incapaz de dar un sólo paso por ella…?

Henri Franck se entrega al periodismo, ese árbol que se nutre de todo, pronuncia conferencias, viaja, amplía el círculo de sus amistades. necesita conformar su acción a su vocación y ninguna de esas actividades le satisface plenamente. 

Qui veut creer un chant ou veut creer un monde

Ne doit pas posseder un coeur inquiet de Dieu

Pour chanter un chant pur, sans defaut et sans trouble…

Ou l´on vit oublieux de l´Univers reel, 

Il faut avoir une ame ou comblée, ou legere, 

Et ne pas chercher Dieu ou bien l´avoir trouvé,

dirá luego. Y aquí encuentra su verdadero destino. En el departamento que ocupa Jean Royere en la rue Lauristón, Franck asiste a las reuniones de los jueves en las que se debaten las nuevas corrientes de la poesía y los jóvenes se apasionan con el ritmo océanico de los salmos de Walt Whitman que León Bazalgette acaba de revelar con sus clamores pujantes a los lectores del «Mercure de France». Pero Henri Franck no puede ser un rapsoda. Ni la poesía hermética que bloquea a algunos sobrevivientes de la generación simbolista hipnotizados por Mallarmé, ni los versículos estentóreos del poeta de «Leaves of grass», podían proporcionar un nuevo escalofrío a su espíritu ardiente. 

En posesión de su propia voz, surge ese poema de casi dos mil versos La Danse devant l´Arche, con el cual, como el rey David y toda la casa de Israel, pudo danzar ante Jehová al son de arpas, salterios, adufes, flautas y címbalos. Pero si David tenía ephod de lino y bailaba sin descanso como en una embriaguez ineluctable el punto de ser repudiado por su esposa Michal, la hija de Saúl, Henri Franck bailó ante el Arca desnudo, mientras la muerte le sonreía como sonríen las mujeres que no traicionan. 

El libro que otorga a Henri Franck, a los 22 años, un lugar privilegiado entre los primeros poetas de Europa, no concede una pausa a su actividad, sino que por el contrario excita su alma insaciable, su deseo de seguir sirviendo. Su amigos le piden que se cuide. Aquí están Ana de Noaillés, conteniendo el aliento, y Elsa Koeberlé, menuda y doliente, André Spire, de perfil aquilino y maneras hurañas, Gastón Gallimard y muchos camaradas menores, discípulos, admiradores, oyentes rodeando su lecho de enfermo sobre el que se amontonan los libros, los periódicos, los apuntes. Le aconsejan prudencia, le suplican que se reserve para mayores proezas, que salga para Suiza donde podrá reponerse del todo. 

–¿Cuidarme? ¿Para cuándo? –les responde–. ¿Para la edad en que los poetas viejos alimentan con cenizas un fuego que se extingue? Déjenme entre mis papeles. Es la única primavera que me enciende las manos. 

–Henri Franck– reza por lo bajo la condesa de Noaillés, conteniendo las lágrimas–, sombra querida, hermano ligero y juvenil de David, cargado de tormentas, y de Booz adormecido, que Dios, el tuyo, el mío, el de los poetas, el de los niños te salve…

Días después, sólo en su habitación del boulevard Malesherbes, Henri escribe toda la tarde. Cerca de la medianoche siente los párpados pesados, una fatiga indecible. Tiene sed. 

–Mamá, quiero beber. Mamá, escúchame….

La voz no tiene sonido. Henri hunde la cabeza en la almohada húmeda. Ve a través de una niebla la escuela de la calle Ulm, los alumnos más pobres, más ansiosos a quienes lleva al estreno de «Peleas y Melisande», a los cursos de Bergson en el Colegio de Francia, a las clases de su maestro Federico Rauch, magro, ascético, genial. ¿Por qué calla ahora Ana de Noaillés que tiene la dulzura de las fuentes sobre las cuales se van encendiendo una a una todas las estrellas? Ahora que necesita oírla. 

–Mamá, quiero que me beses como todas las noches antes de dormirme.

A las 2 de la mañana se apaga el corazón del pequeño David francés. Aún no ha alcanzado los 24 años. Desde entonces su sombra baila ante el Arca. 

César Tiempo


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