Cómo sobrevivir en el espacio sin el Sr. Spock. Hoy: “El mundo en que vivimos”, por María José Schamun

La ciencia ficción es un género que trabaja, sobre todo, con el miedo. Recoge de la comunidad, los terrores nocturnos que despierta la ciencia y los vuelve ficción durante el día para mostrarnos que el camino está delineado frente a nosotros, pero que estamos a tiempo de escapar.

La serie original de Viaje a las estrellas había llevado a los televidentes a un futuro utópico. En aquel primer universo, las posibilidades de la ciencia le habían dado a la humanidad la oportunidad de la unión, y el riesgo de la aniquilación total había sido evitado justo a tiempo algunos siglos atrás. Al mirar ahora aquellos episodios de las décadas del 60 al 90 del siglo XX, notamos sin esfuerzo la duplicidad de las historias. Por un lado, las tensiones sociales se presentaban como el conflicto de la trama donde la Federación (representada casi exclusivamente por humanos, con la excepción de Spock o algún otro vulcano) se enfrentaba a alguna especie alienígena que desafiaba la validez de nuestros valores e ideales. Por otro lado, la humanidad parecía haber superado sus conflictos internos y había llegado a una convivencia pacífica no sólo entre sí, sino con otras especies, al punto de aliarse con ellas en una misión de exploración y conocimiento de otras formas de vida.

Esa duplicidad se nos hace evidente porque el momento pasó, porque ya no es ése nuestro futuro. Ahora, el universo tiende al caos y vale la pena preguntarse por qué Viaje a las estrellas nos lleva a un futuro distópico, donde la unión fracasó y la tecnología nos falló. En las primeras series, los enemigos de la Federación eran imperios, el Klingon, el Romulano, incluso el Dominio actuaba como imperio, y los Borg como un reino. Los aliados se enfrentaban a entidades concretas y tiránicas. Pero el Muro cayó, la URSS se desmembró, y llegaron tiempos marcados por las alianzas comerciales que delineaban nuevos territorios, y la World Wide Web habilitó la creación de espacios a-territoriales definidos a partir de una infinidad de rasgos que pocas veces tenían que ver (o se relacionaban siquiera) con el concepto de nacionalidad. Los intereses en común excedían las fronteras geográficas y las volvían cada vez más obsoletas como parámetro de pertenencia a una comunidad.

“Lejos de casa”, T3 E2

En 2017, la USS Discovery nos demostró que el mundo había cambiado para siempre. Nada en ella tenía color. Las luces eran blancas, las consolas grises, las luces opacas y las paredes metálicas. Sólo tonos de oscuridad. Excepto la alférez Tilly. A bordo de esta nueva y avanzada nave, los personajes se comportaban de forma imprevisible, no priorizaban el descubrimiento, no apelaban a la palabra como su herramienta más importante, no esperaban para disparar. Lo que creíamos saber de la Federación se deslizaba con lentitud y sobresalto hacia lo impenetrable. El universo ya no podía comprenderse sino sobrevivirse, la vida se tomaba o se perdía. El capitán, personaje que había sabido encarnar diversas formas de la figura arquetípica del líder, del héroe, del sabio, se volvió inquietante, imprevisible. La explicación fue el Universo Espejo (universo paralelo donde somos una versión negativa de nosotros mismos) pero la discordia estaba sembrada, ningún oficial de la Federación se dio cuenta de que al mando de una de las naves clave de la flota, había un terrano. La oscuridad no llamaba la atención, se deslizaba junto a nosotros sin erizarnos la piel.

Siguiendo pautas comerciales, los productores decidieron en 2020, llevar la serie 1000 años al futuro, y siguiendo pautas socio-históricas, en esa galaxia ya no hay Federación. Lo interesante es que el postulado no es que la unión fracasó, sino que la unión de planetas (o podríamos pensar, naciones) se volvió inviable sin intereses materiales compartidos. La USS Discovery llegó a ese futuro para volverse la esperanza de nuestro presente, para transformar ese universo distópico en la utopía que había sido. En este nuevo futuro ya no hay planetas aliados sino individuos que creen en un ideal. La Federación de Planetas fracasó y sólo queda la Flota Estelar, un grupo de personas bastante amplio (eso sí) que se aliaron por voluntad, individual e independiente, a una causa más allá de su origen o de la situación específica de su planeta natal.

En este momento, internet nos ha permitido conocer personas a lo largo y ancho del planeta que tienen nuestros intereses, que tal vez no hablan nuestra lengua, pero con quienes podemos entendernos. Esto ha implicado un peligro (el de parcializar nuestra mirada sobre la sociedad y hacernos creer que no existen otras opiniones), y al mismo tiempo, demuestra que el concepto de Estado-Nación se está volviendo obsoleto. El individualismo y la globalización han llevado a un tipo de sociabilidad que excede las fronteras nacionales y, al mismo tiempo, disgrega dentro de ellas. Hemos armado redes que desconocen los territorios más allá del huso horario y que definen la nacionalidad por la lengua, y la viva imagen de este tipo de vida es el hub de la Flota Estelar, ese punto del espacio que es un no-lugar en el que las naves que aun sostienen nuestros viejos ideales, se encuentran para organizarse.

La pregunta en este momento es qué tipo de futuro construiremos con los viejos ideales cuando ya sabemos a dónde pueden llevarnos. Si cada época lleva en sí misma, en los términos de su construcción social, la posibilidad de alcanzar el estado pleno de bienestar para la humanidad entera, ¿de qué modo actualizaremos aquellos ideales que aún resuenan en nosotros como la brisa del Paraíso perdido cuando los términos de nuestra sociedad han cambiado? Cuando Internet surgió lo que hizo fue conectar núcleos que ya estaban construidos: bases militares, agencias gubernamentales, centros de investigación, etc. En este momento, los núcleos de aquel pasado cercano siguen operativos, pero se están formando otros que no responden a su misma lógica y que, a la fuerza, les darán otro lugar en la red que se formará cuando caigan los lazos de la vieja sociedad mundial.

Las voces del pasado nunca dejan de resonar en nuestro interior y por eso nos resulta sencillo reconocer las imágenes arquetípicas de los relatos tanto como nos esforzamos por construir futuros que materialicen las voces más fuertes de ese coro.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, diciembre 2020