Adelanto: Historia feminista de la literatura argentina, por Laura Arnés, Lucía de Leone y María José Punte (Dir.)

Una historia de las fases cronológicas y de los procesos discontinuos de la literatura en la que los saltos, las secuencias, los giros o episodios del lenguaje y la imaginación piden que las torsiones del tiempo sean pensadas en otros registros y bajo otros paradigmas. Una historia que dé cuenta, en cada momento, de la aparición de otras sensibilidades y de la visibilidad de diferentes sujetos recuperando nombres y escenas que la mirada hegemónica dejó de lado o ignoró.

En la intemperie.
Poéticas de la fragilidad y la revuelta

Un mar corre bajo mis pies
comienzo una modulación ascendente, me
potencio en otra dirección.

Romina Ferrari

Estoy pensando en la revolución.
Sé que voy a ser partícipe de una muy grande
no creo que con violencia
porque la violencia me da miedo y
no me gusta / pero no le temo a los grandes sueños
ni al deseo de ser feliz,
ni al amor […].
Fernanda Laguna

La inversión espacial marca una cartografía política de nuevo tipo […]: estamos construyendo casas abiertas a la calle, al barrio, a las redes comunitarias y un texto y unas paredes que refugian y abrigan sin cesar.
Verónica Gago

A partir de 2015, con la fuerza que fue cobrando el movimiento feminista, se volvió a hacer evidente, de modo contundente, la estructura heterocispatriarcal de la sociedad y de la cultura argentinas. El pulso de estos últimos años se encuentra marcado por la lucha contra los femicidios y por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, por la aparición en el campo visual de una serie de vidas “desposeídas” (Butler y Athanassiou, 2013) y por las disputas en torno a la responsabilidad política; pero también por el reconocimiento internacional de escritoras mujeres, por los debates sobre la posibilidad de un lenguaje inclusivo y de una educación formal no sexista. Podría decirse que, a partir de 2015, un flujo de activaciones múltiples –en el que mujeres, lesbianas, travestis y trans tuvieron un lugar central– dio cuenta de la consolidación de nuevas sensibilidades con respecto a la libertad, los derechos y las relaciones entre los cuerpos. Así, los feminismos renovaron su visibilidad e injerencia señalando una serie de violencias naturalizadas que se reproducen a diario en los hogares y en el espacio público, pero también en las aulas, en las perspectivas críticas y en las representaciones culturales y literarias hegemónicas. Voces, imágenes, textos, archivos e historias que se habían mantenido en las sombras aparecen, ahora, en el centro de la arena social provocando reconfiguraciones en el campo político, afectivo y estético, y denunciando diferentes modos en que el poder y la violencia se traman en el marco de las diversas instituciones y representaciones de la cultura. En este contexto, la expansión de la literatura en femenino aparece, sin lugar a dudas, como un fenómeno cultural de estos últimos años. Los títulos proliferan, autoras noveles y experimentadas comparten listas de ventas, y una nueva sensibilidad afecta el orden de las cosas: la perspectiva crítica se ve obligada a renovarse y a cuestionar sus propios presupuestos y modos de leer.
A lo largo de las últimas décadas, fueron muchos los momentos en que se agravó la precariedad social y económica. En mayor o menor medida, todos cargamos (y escribimos) con las marcas que deja la intemperie: esa condición que se asienta en la certidumbre de que los cuerpos no son entidades cerradas sobre sí mismas. Sin embargo, frente a la progresiva retracción del Estado de bienestar y la implementación de políticas punitivistas, frente a la difusión de discursos del odio y ante el avance implacable de gobiernos neoliberales que nos quieren fuera de las plazas y de las calles, la disidencia nunca dejó de presentarse en cuerpos colectivos, en cuerpos “sin patrones” (Contreras y Cuello, 2018) que cuestionaron el orden de lo político. En el escenario que nosinterpela, es posible volver a hablar de redes, flujos, fuerzas y políticas comunitarias. Y de estos aspectos dan cuenta varios de los artículos aquí reunidos. Porque en muchas de las alianzas que se produjeron, la literatura fue vital: los poemas recitados en Brukman1 o en las asambleas barriales de 2001, la participación de intelectuales queer en las manifestaciones por Zanon o el Bauen,2 los intercambios poéticos en los sótanos lesbianos y, más contemporáneamente, la “maratón” de lecturas contra los femicidios en la plaza Spivakow o las vigilias poéticas en la del Congreso, durante el tratamiento del proyecto de Ley por la interrupción voluntaria del embarazo, tramaron redes afectivas y literarias que no solo permearon la memoria, sino que se proyectaron hacia posibles futuros. Es decir, hacia otras imaginaciones.
Estamos ante un tiempo de poéticas de lo colectivo, de modulaciones discursivas que van desde el susurro hasta el griterío ensordecedor. La experiencia corporizada y sensorial a la que se refería Mary Louise Pratt (2016) ya no se entiende como individual, porque lo que se suma al sensorium es la comprensión de la precariedad. Y es que justo ahí, donde los cuerpos individuales y colectivos se afectan en los contactos y agenciamientos que propician, la posibilidad de acción se incrementa. Justo ahí, donde el sexo y el texto se cruzan y los géneros se confunden. En ese punto en el que la literatura atraviesa los límites de la letra y se hace carne, grito y rostro; en ese instante en que la letra se niega a ser objeto estético pasivo, brilla la revuelta: desorden en el que la dirección cambia de forma pronunciada.
La revuelta es un estado del presente: “ahora es cuando” y “aquí es donde”, sostiene Nelly Richard (2018). Por supuesto, no es que no tenga antecedentes en el pasado. Sin embargo, el tiempo de la revuelta se caracteriza por su actualidad, por ser único y frágil. En lo que Judith Butler (2017) define como la distinción entre la “precariedad” y la “precaridad” nos descubrimos a la intemperie; y en ese impulso que se percibe más allá de la pérdida, anida la potencia. La intemperie es y no es terrible. La intemperie es un espacio en el que conviven el dolor y la celebración, las pasiones tristes y las éticas alegres, el duelo (que no es aflicción ni nostalgia ni melancolía, sino desafío) y la fiesta. Y en este sentido proponemos considerar la intemperie como situación también vital de la literatura del presente.
El período abordado en este volumen abarca unos treinta años que se despliegan desde el presente más inmediato hacia el filo de los noventa, momento en que la democracia ya está instalada, una vez dejado atrás uno de los capítulos más dolorosos de la historia del siglo xx en el país. En este sentido, recala en una época que se está armando y en la que conviven expresiones literarias proliferantes con intuiciones críticas que asumen grandes riesgos al intervenir sobre nuevos territorios, carentes de capital interpretativo acumulado. En consecuencia, este tomo, que se sabe tributario de un gesto que desea vincularse más con la urgencia de los tiempos presentes que con miradas retrospectivas (aunque se tracen líneas hacia el pasado o se busquen esas memorias acomodadas entre los pliegues de un sistema canónico que tendió a ser mezquino), propone una variedad de objetos poéticos y operaciones de lectura que traman con el presente vínculos singulares, desfasados, esto es, cercanos, pero con toma de distancia.
En las series literarias que se arman a partir de los noventa, se hace material la demanda de renovación y reconstrucción: ¿qué y quién cuenta?, y ¿cómo lo escribe?, exige ser revisado. Los relatos sobre el pasado reciente cambian el foco. Las miradas adquieren nuevas modulaciones ante la conciencia de que tanto la vida cotidiana como las elaboraciones más complejas que forman el entramado social se vieron atravesadas de múltiples maneras por lo que Rodolfo Walsh definió como la “miseria planificada”, y la conciencia de que sus consecuencias se extienden hasta el día de hoy. Pero, además, la violencia comienza a ser entendida como estratificada y siempre generizada. En estas poéticas, los cuerpos reivindicados no solo anulan al cuerpo sometido al orden social, sino que trascienden los sistemas de clasificación: estas nuevas figuraciones literarias hacen hincapié en la fantasía, la ilusión y en la posibilidad de crear nuevos relatos, e insisten en poner en cuestión cualquier postulado humanista. En este hacer, recuperan el valor de la infancia y lo animal, indagan en las posibilidades que ofrecen el error y el desvío y están fuertemente “incardinadas” (Braidotti, 2008: 187): “Un aspecto de mi interioridad […] ha sido exhibido: una identidad ficticia, a partir de este momento debo vigilar mi peor falta: una tendencia al embuste”, escribía Laura Ramos (2002: 62). Otro aspecto central de estos relatos reside en la indagación en los desplazamientos afectivos, en el sentido de afectar y ser afectado por el contacto con los otros; en ellos se despliega la amplia gama de las emociones, dando cuenta de las formas en que estas producen efectos concretos sobre los cuerpos que, ahora sí, exigen también nuevas poéticas del nombre y el género, conforme con la fluidez y la desorientación de las subjetividades contemporáneas.
Las superficies sensibles que la lectura pone en contacto pueden variar siempre. Y este volumen es una entrada posible, un gesto de apertura hacia ciertas zonas de la literatura del presente que no son materia habitual de la crítica literaria argentina. El tomo dialoga con muchos de los problemas que se le acreditan al arte actual y a la literatura contemporánea: las figuraciones de espacio y temporalidad, las negociaciones interdisciplinares y la pregunta por su estatuto en la era de la desdiferenciación,3 los debates en torno al realismo y las especulaciones acerca del régimen actual de lo literario. Sabemos que todos ellos despertaron discusiones en la escena cultural argentina, como aquellas en torno a las “escrituras postautónomas”4 o alrededor del supuesto “giro subjetivo”.5 Sin embargo, la propuesta concreta de este volumen es promover un recorrido no lineal que, aunque se ocupa de ellos, no se asienta especialmente sobre esas polémicas con las que se tendió a comprender el período.
Existe un modelo para concebir otros modos de la temporalidad, aquel definido por Heráclito como “el tiempo de Aión” –y que retoma Deleuze (1989) para pensar la lógica del sentido–, formulado como un tiempo del instante que se ahonda, o del acontecimiento que adviene. De este modo, da forma a un tiempo que siempre está llegando, que no deja de llegar, y que por eso se presentifica: se pierde la noción del transcurso y se vincula con la experiencia. Heráclito lo definía como un niño que juega a los dados. Estar en ese tiempo supone, por lo tanto, un gesto de “aniñamiento”, vale decir, de vitalidad y potencia que, como sostuvimos, nos interesa rescatar. Llamativamente, la construcción de las infancias aparece de manera recurrente en la literatura del período, pero no bajo la forma de un retorno hacia un pasado idealizado o teñido de un sentimiento de pérdida. Ahora, como se analiza sobre todo en el apartado “Jóvenes insolentes”, la juventud, las infancias o las performances de los aniñamientos (siempre tan peligrosamente cercanas a lo femenino) están ahí para generar dislocaciones en las formaciones subjetivas e identitarias, para instalar un rechazo programático hacia las lógicas de la eficiencia y de inserción en el sistema productivo. Infancia es derroche y sinsentido, caos gozoso y estallido de las categorías. Es el juego en todas sus variantes: agonísticas, azarosas, performáticas, vertiginosas.
Las series que proponemos provocan, entre otras cosas, la ruptura o la redistribución del tiempo progresivo, productivo y reproductivo; de ese tiempo lineal y continuo del poder que Walter Benjamin llamó “tiempo homogéneo y vacío” (1973), así como también de la “crono-normatividad” (Freeman, 2010): esa manipulación del tiempo que convierte regímenes históricos específicos en aparentes tiempos y rutinas “naturales” de los cuerpos, a partir de la cual se fue configurando la historia occidental. Alineado con los aportes de Elizabeth Freeman, este tomo es partidario de las lecturas que modulan “arritmias” y que materializan aquello que la autora definió como “erotohistoriografías”: narraciones mediante las que se puedan expresar tanto el éxtasis como el gozo, no solo lo traumático; residuos de los afectos positivos (idilios, utopías, memorias táctiles) que funcionan como formas posibles de una historiografía queer, disidente o feminista, a contrapelo o en paralelo de la historiografía heterosexista. En otras palabras, podría decirse que las textualidades aquí reunidas producen una reinvención afectiva de lo político.
La cartografía resultante podría acercarse a lo que Giuliana Bruno (2002) describe como un “Atlas de las emociones”, que a su vez remite a aquel “Mapa al país de la ternura” delineado por Madame de Scudéry en su novela Clélie (1654). O incluso, podría referir al “museo feminista virtual” de Griselda Pollock (2010). Laboratorios poéticos en los que las emociones o los afectos son las marcas visibles de la circulación de los cuerpos por el espacio. En este sentido, el presente volumen no es solo un mapa de autoras sino que en él se identifican tramas que van quedando como cicatrices en ese corpus textual que llamamos “literatura argentina”, y se desnudan metáforas falocéntricas y cisexistas. Ya no es posible pasar por alto, por ejemplo, el hecho de que la muerte de mujeres constituya un motor narrativo central de nuestra literatura, o de que la literatura hegemónica sea una de las herramientas de desinformación sexual para las mujeres. Porque si uno de los problemas que escenifica la literatura, históricamente, es la cuestión del reconocimiento del “otro” en tanto semejante, es decir, como productor de sentidos, lo que la escritura de mujeres, lesbianas, travestis y trans de las últimas décadas pone en primer plano es el hecho de que el patrón de lo humano, pero también el patrón de lo literario, se asentó sobre la matriz de una masculinidad privilegiada. Como consecuencia, los textos trabajados en este tomo, así como también las perspectivas críticas, ahondan en un gran problema político y literario, ético y estético: aquel que se pregunta qué historias son narrables, qué cuerpos son visibles y qué relatos son legibles.
La entrada al siglo xxi complejizó el panorama social. En principio, el despliegue neoliberal y consumista, seguido por la crisis económica que estalla en el primer año del siglo y se presenta como un hito (des)ordenador de prácticas y discursos, pone en evidencia la distribución desigual de la precariedad. Pero además, a partir de los noventa se afianza la lucha por los derechos de las mujeres y de la que hoy llamamos “comunidad LGTB”. En estos años, las discusiones acerca de los derechos humanos y la visibilidad que adquirieron los conflictos en relación con la prostitución y el travestismo implicaron oportunidades de debate en torno al modelo sexo-genérico. Las polémicas sobre la derogación de los edictos policiales y la implementación de un Código de Convivencia en la Municipalidad de Buenos Aires (1998), la sanción de leyes de Unión Civil en varias ciudades de la Argentina, la sanción de la Ley de Matrimonio entre personas del mismo sexo (2010) y la posterior Ley de Identidad de Género (2012) configuraron, en nuestro país, los debates en torno a la diversidad y las legitimidades sobre las que se instaura lo político y sus regímenes de diferencia. Relatos como Lo impenetrable (Gambaro, 1984), El affair Skeffington (Moreno, 1992) o la escritura desmesurada y rockera de Erotópolis (Lysyj, 1995) anticipan el pulso de los años por venir. Porque como presentía, paradójicamente desde el canon, “La larga risa de todos estos años” (Fogwill, 1993), el foco vira indudablemente hacia la dimensión pública y política del cuerpo sexuado y sexualizado; y el heterosexismo se comienza a percibir cada vez con más claridad con matices opresivos y totalitarios: sombra que desaparece cuerpos del campo de lo visual. Sin embargo, frente a una literatura que ahonda en el desenfreno y la proliferación, en los mestizajes y las imaginaciones múltiples, la acción restitutiva como principio de formulación de identidad atravesará, en estas décadas, a todos los sectores de la sociedad.
Por otro lado, en los noventa, los medios de comunicación comienzan a cumplir una función central, propia de las democracias contemporáneas. En el cruce de estas condiciones, ante el imperativo de que la disidencia sexogenérica asuma voces y cuerpos, y con las mujeres ocupando cada vez más espacios en las redacciones de los diarios, aparecen textualidades paradigmáticas como El fin del sexo y otras mentiras,6 Buenos Aires me mata7 o, un poco después, Vivir con virus.8 En ellas, el dolor y la fiesta se imbrican; el cuerpo y la letra se fusionan; los géneros literarios se cruzan. A eso se suma que, sobre el nuevo siglo, parte de las novedades tienen que ver con una tecnología que se masifica. Y su encuentro con la literatura fue inminente: la proliferación de blogs y fotologs –y más contemporáneamente, el auge de Facebook, Instagram y Twitter– puso en circulación textos y cuerpos de manera novedosa. Como consecuencia, se vuelve evidente pensar de qué forma actúan los cuerpos con y en la literatura o la poesía en esos momentos de “intensidad performática” (Aguilar y Cámara, 2019: 11) en los que se dirimen aspectos relacionados con el cuerpo, el espacio público, la tecnología y el mercado. La literatura ya no puede ser pensada de manera aislada, sino como parte de una serie de procedimientos que producen “nuevos sensibles” (Aguilar y Cámara, 2018: 8); es decir, un campo de signos en constante dinamismo donde cobran relevancia tanto los espacios como los cuerpos, las figuraciones y las prácticas artísticas. Sobre el nuevo siglo, la “pose” y la “mascarada”, esos conceptos tan transitados por la crítica de género, son puestos en escena de modo notable. Y, en este sentido, Belleza y Felicidad y el ciclo de poesía “Zapatos rojos” establecen gestualidades paradigmáticas. Pero además, la tecnología interviene en la velocidad de publicación, en los hábitos de lectura y en la relación que tenemos con el archivo, que ya no se puede pensar separado de las “redes”, tanto afectivas como virtuales.
Si la prole de Néstor Perlongher –e incluso de Manuel Puig– había sido asfixiada por la dictadura, renace también entrados los años noventa y se revela prolífica. Esa escritura que conjuga el duelo y la celebración, que supone que la única revuelta posible comienza por el propio cuerpo –sexual y textual–, que no abona nacionalismos ni purismos lingüísticos sino el derrumbe de las instituciones y de toda frontera, que se empacha de humor ácido y se regodea en la construcción de feminidades disidentes, encontró en el siglo xxi sustrato fértil. Como se evidencia, sobre todo, pero no únicamente, en los ensayos que forman el apartado “Eróticas festivas”, la figura de “la loca” que se renovaba en “El circo de poesía” de José Sbarra y Klaudia con K,9 en las “Lenguas sucias”10 de Batato Barea y Fernando Noy o en las “Enamoradas del muro”11 de Mosquito Sancineto y Micki Ruffa, retorna ahora a la literatura con matices variados. “Enamoradas del muro” les decían, jocosamente, a esas muchachas que no tenían hombre con quien bailar: la fea, la solterona, la gorda, la trava, la loca, la marimacho, la fulana. Pero la enamorada del muro es, sobre todo, esa vida que se abre paso a su manera, que requiere de la intemperie para sobrevivir: ni techo, ni closet, ni hogar; tampoco exige esos jardines de naturaleza domada y artificialidad tan recorridos por la escritura de mujeres del siglo anterior. Como anticipaba Alejandra Pizarnik,12 sobre la vieja pared –sólida, rígida– los brotes se ramifican ahora en salidas creativas: no decoran, corroen; no desmontan, suplantan. Tenaces e insidiosos cubren el muro hasta convertirlo en otra cosa. Le aportan la vitalidad que no tenía.
Por otro lado, sabemos que las dinámicas del capitalismo posindustrial y el fluir global diseñan nuevos repartos de espacios, otros regímenes de significación, y establecen rearticulaciones de sujetos, cuerpos, identidades, poblaciones y formas de vida. Este tomo recoge, con particular interés en el apartado “Territorios generizados”, artículos que revisitan esas zonas fundacionales de la literatura argentina –origen también de fábulas identitarias– como el campo, los dominios de la lengua, el hogar, la maternidad o el amor romántico. La pregunta es por los modos en que se inscriben y funcionan allí hoy los cuerpos, cuando el archivo textual, sexual y paisajístico codificado como dispositivo de lectura de la tradición literaria y la cultura se ha modificado tanto como las certezas depositadas sobre la condición humana de las superficies corporales.
“No todos podemos sostener, con un alto grado de seguridad, que hemos sido siempre humanos, o que no hemos sido otra cosa aparte de eso” es la potente frase con la que Rosi Braidotti (2015: 11) inicia sus estudios sobre la actual condición posthumana. Y es que, para las imaginaciones feministas, los cuerpos aparecen ya hace tiempo como interrogación constante sobre la naturaleza y sobre los límites de su propia anatomía; y los presupuestos sobre la especificidad de lo humano y las fronteras entre lo vivo, lo muerto y lo inorgánico, como una puesta en escena de la precariedad de la propia vida. Para gran parte de la escritura contemporánea aludida en el tomo, estos son, efectivamente, problemas a ser transitados. Por supuesto, hay narrativas celebratorias, como aquellas escritas por Gabriela Cabezón Cámara. Sin embargo, su contracara también tiene variaciones poéticas y críticas. En la zona titulada “Deshechos neoliberales”, se da protagonismo a los desperdicios humanos que fabrica la retirada del Estado, en tanto agente de poder, mediación, represión y protección.
La desposesión sucede, plantea Butler, cuando las poblaciones pierden su tierra, su ciudadanía, sus medios de supervivencia, su lugar, sus derechos y hasta el contacto con el otro instrumental en la praxis colectiva. Cuando se produce el abandono estatal y queda la intemperie, lo que prima son apuestas colectivas de vinculación, donde las formas de habitar los espacios y establecer relaciones buscan otros fundamentos para establecer experiencias comunitarias, que resisten pero a la vez emanan una mayor potencia que aquellas construidas en torno de creencias, mitos, fábulas y seguridades soberanas. En esta línea y en un contexto que reconoce la fragilidad como fundante, comienzan a proliferar en todo el país, a partir de los noventa, colectivos que surgen como respuesta a la precariedad económica, la experimentación y la amistad,13 así como también publicaciones que se definían como “producción colectiva”.14 Pero cabe notar que, tanto en el caso de las mujeres como de las disidencias sexogenéricas, podría trazarse una tradición de “arte y comunidad” que atraviesa todo el siglo xx con diversas inflexiones, y que resulta factible imaginar en relación con la búsqueda de “hacerse un lugar” por fuera de las lógicas patriarcales, más allá de los órdenes que estas imponen y por fuera también del canon literario que las excluyó históricamente. El punto es que, en estos acuerdos –de los que dan cuenta, particularmente, los artículos del primer apartado, “Alianzas feministas”, y de aquel titulado “Ante la crítica”– pueden rastrearse modos de organización, de escritura y propuestas literarias que rasgan los presupuestos sobre los que se sostiene el “bien común”: orígenes y tradiciones, familias y herencias son puestas en cuestión. En síntesis, se trata también de un problema de genealogías. Y como la misma María Moreno señala en el primer número de alfonsina (1983), estas pueden ser impías porque “Inventar a nuestras precursoras –si no hay padre no hay parricidio– nos mete en una suerte de hermandad diacrónica en donde, como en los internados de señoritas, siempre hay una nueva” (2010: s/p).
Si como nota Elsa Drucaroff (pero también muchas autoras de este tomo) no debería sorprender que: “[…] las innovaciones fundantes de los noventa sean solo de hombres: la aflicción incluía un sexismo pertinaz. Publicar era arduo para cualquiera; para ellas casi imposible. Y si lo lograban, era aún más difícil que fueran leídas” (2018: 293), resulta notable el hecho de que, sobre las últimos años y a pesar de la crisis económica que atravesó el país, aparecen o reaparecen asociaciones entre mujeres, lesbianas, travestis y trans con el fin de publicar de modo independiente y autogestivo. Y es que solo puede hablar de la imposibilidad de una literatura para el mercado quien tuvo el privilegio. Hoy, eso que había provocado un estallido en el crepúsculo del siglo xx con la proliferación de plaquetas, fanzines y otras formas de circulación literaria anti-capitalista (respuesta resistente a los efectos de la crisis económica) ahora vuelve (respuesta resistente a la crisis ideológica), pero intersecando, además, los movimientos del mercado. Rosa Iceberg, Modus Operandi, Peces de Ciudad, Tenemos las máquinas, Liberoamérica, Hekht Libros, Dobra Robota, El Ojo del Mármol, Paisanita Editora, Zorra/Poesía, Gog y Magog, Ediciones Presente, Junco y Capulí, Bajo la Luna, Viajera, Sigamos Enamoradas, Pánico el pánico, pato-en-la-cara, Abeja reina, Editorial Maravilla, Sacate el saquito, Bocavulvaria, Tantalia, Club Hem, son algunas de las editoriales dirigidas por mujeres y con catálogos que incluyen, casi en su totalidad, también a mujeres. Algunas, como Madreselva, Odelia editora, La mariposa y la iguana, Mi gesto pank o Puntos suspensivos, incluso se reconocen feministas o transfeministas. Les autores, en alianza, respondieron apostando a otra política cultural de tendencias gregarias y salieron a crear su propio mercado, a interpelar a un público que estaba disponible y/o insatisfecho, a subsanar los modos de desaparición que el mercado había pautado. Organizaron lecturas, fiestas, performances y ferias que dibujan un arco desde los noventa hasta la actualidad, en la que proliferan las lecturas pero también eventos como el filfem, el fildi, la Peatonal feminista, la Revolución del deseo o el Encuentro de editoras. En resumen: el género ya está en boca de todes. Y las editoriales más hegemónicas también lo notaron: en sus catálogos los nombres en femenino se multiplican. Así también las apuestas por lo feminista y las disidencias sexuales: se reeditan libros que estaban agotados como El affair Skeffington de María Moreno o Monte de Venus de Reina Roffé. Se revalorizan y reeditan autoras menospreciadas por el canon –leídas, históricamente, desde prismas sesgados y tendenciosos– como Alfonsina Storni, Salvadora Medina Onrubia, Sara Gallardo o Hebe Uhart; se estrenan colecciones y antologías con nombres de mujeres,15 cobra importancia –y crece– la prensa feminista y disidente.16 El género se instala, sin duda alguna, como presente en la esfera pública y como problema que atraviesa a la literatura. En todas estas gestualidades, la especificidad del momento histórico adquiere visibilidad, encarnando una crítica a las prácticas capitalistas y cisexistas de administración de la cultura y renovando un debate que nunca resulta del todo saldado: la relación entre literatura y política.
En este contexto, el trabajo feminista que se propone este tomo tiene que ver con revisar los archivos y resignificarlos, cuestionando tanto sus fundamentos patriarcales como los de la crítica que le dio cuerpo; desafiar no solo las ausencias sino los protocolos de representación, sus estructuras y normalizaciones. A su vez, al promover ficciones y lecturas que ponen en contacto cuerpos sexuales y textuales que la crítica no pudo o no quiso ver en contigüidad, son activadas perspectivas hasta el momento inimaginables. Al moverse en una línea paralela al canon, las experiencias literarias rescatadas en este tomo se vuelven más dinámicas y adquieren una eficacia política impensable: porque se saben campo de tensiones no autónomo respecto de la política y de los afectos; porque ponen en escena que toda intimidad es imaginaria y política, y que el valor literario no es sino una construcción con diversas dimensiones; porque son voces encarnadas que profundizan en las ficciones del yo (aunque transpiran siempre algo de lo personal, un hilo que las mantiene unidas a lo viviente). De ahí su apremio: una urgencia o emergencia casi tangible. De ahí algo como una fragilidad que no es otra cosa que la fuerza de la vida. Como analiza muy bien Anahí Mallol (2013), entrados los noventa, la niña de la literatura argentina ya perdió su inocencia y se ríe: se ríe en un mundo devastado, lanza carcajadas ante su falta de identidad y no se detiene a pensar en límites. Pero, ante todo, se ampara en su fantasía (verbal y erótica) porque sabe que solo sus ficciones pueden construir refugio e incluso convertir la intemperie, esa que siempre acechó a la escritura femenina, en cobijo.

Notas

1 Brukman, una fábrica textil ubicada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, quiebra en 2001 (aunque lo declara oficialmente en 2003). Como consecuencia, fue ocupada por las trabajadoras a quienes se les debían sueldos y finalmente recuperada por ellas en 2003.

2 La fábrica de cerámicas Zanon (Neuquén) fue construida sobre terrenos públicos gracias a créditos otorgados por la provincia y el Estado durante la dictadura militar. En 2001, se intenta suspender al personal por “falta de insumos”: se produce una huelga de treinta y cuatro días, seguida de despidos masivos. La respuesta es la ocupación y el lock-out patronal. Ese año se comunica el cierre oficial de la planta que, al año siguiente, se reactiva bajo el control de los trabajadores. El hotel Bauen tiene una historia semejante: construido en 1978 con motivo del mundial de fútbol, en el contexto del Argentinazo y luego de despidos masivos, a finales de 2001, se declara en quiebra. En marzo de 2003, con la ayuda del Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (mner), un grupo de trabajadores reingresaron al edificio, reabrieron el negocio e iniciaron reparaciones del mismo. A modo de nota de color: las baldosas compradas para las reparaciones son de FaSinPat (ex Zanon).

3 Por caso, Lasch, S., Sociología del posmodernismo (2002). Por su parte, Reinaldo Laddaga analiza las autofiguraciones del artista en prácticas posdisciplinarias y se refiere a los “espectáculos de realidad”; y Florencia Garramuño, en Mundos en común. Ensayos sobre la inespecificidad en el arte (2015) estudia la condición inespecífica del arte como productora de “frutos extraños y zonas indisciplinadas”.

4 Ludmer, J., Aquí, América Latina. Una especulación (2010). Allí, Ludmer sostiene que se trata de apuestas de territorialización (se instalan en “islas urbanas, que no son ni campo ni ciudad”) que operan en la imaginación pública.

5 Estos debates fueron retomados, por ejemplo, por Contreras (2010: 135-152). Véase también Link (2009: 118-131), Giordano (2008, 2011), así como Sarlo (2005).

6 Publicado por primera vez en 2001 en la editorial Sudamericana, es una compilación de notas de María Moreno que salieron en diferentes medios. Panfleto: erótica y feminismo (Random House, 2018) lo recupera casi íntegramente.

7 Buenos Aires me mata (Sudamericana, 1993) es una recopilación de las columnas publicadas bajo ese título por Laura Ramos en el suplemento Si de Clarín. También fueron llevadas al cine por Beda Docampo Feijoó, en 1998.

8 La reunión de la columna de Marta Dillon en el suplemento No de Clarín da cuerpo al libro en el 2002. Fue reeditado por edulp en 2016.

9 Este ciclo se desarrolló en los noventa en la Facultad de Psicología (uba). Sbarra, artista emergente del Parakultural, del Rojas y de Ave Porco, publicó varios libros, todos clásicos del under porteño. También apareció, en 1992, en el programa de Susana Jiménez contando que tenía SIDA. En ese momento, acababa de publicar Plástico Cruel, dedicado a Batato Barea, texto donde relata la historia de Bombón, una travesti –poeta y puta– que en un baño público conoce a un chico de campo, de quien se enamora. Este relato, reeditado en 2011por ediciones ZL, bien podría ser pensado en esa serie que tal vez inaugura “La narración de la historia” (1959) de Carlos Correas.

10 El ciclo “Lengua sucia” (1986-1991) fue coordinado por Daniel Molina en el Rojas y sucedido por “La voz del erizo”, coordinado por Delfina Muschietti. Mientras el primero apuntaba a “enchastrar” el panorama de la poesía, el segundo inauguró el gesto de mezclar figuras más consolidadas con otras que recién aparecían en el ámbito de la poesía. Según Molina: “Yo le ofrecí [a Batato] que basara sus nuevos trabajos en textos poéticos y así podría sumarlo al ciclo […]. De esas formas surgieron sus mejores obras: Alfonsina y el mal hasta La carancha, una dama sin límites […], pasando por Un puré para Alejandra […]”. En Bevacqua, 2019.

11 Este show transformista cargado de humor negro y críticas al menemismo y al machismo se desarrolló en el bar Bukowski sobre finales de los noventa.

12 “que es frío es verde que también se mueve / llama jadea grazna es halo es hielo / hilos vibran tiemblan / hilos / es verde estoy muriendo / es muro es mero muro es mudo mira muere” (“La verdad de esta vieja pared”, Poesía completa, Lumen, Buenos Aires, 2001).

13 A modo de ejemplo, el “Proyecto V(enus)” y el “Proyecto TRAMA” o el colectivo “Situaciones”. Gabriela Massuh, incluso, da cuenta de esto en las genealogías artísticas e intelectuales que traza en La intemperie (2008).

14 Por caso: El surmenage de la muerta (el arte del desastre) (2000-2006) donde, además, solían publicar poemas las mujeres en situación de encierro que hacían taller con María Medrano.

15 A modo de ejemplo: la colección “Las antiguas”, dirigida por Mariana Docampo en Buena Vista editorial, o “Narradoras argentinas”, dirigida por María Teresa Andruetto en EDUVIM; los tomos de la “Poesía escrita por mujeres” de Ediciones del Dock.

16 Anfibia, LatFem, Las12, Mu, Soy, La tinta, cítrica, PEUTA, Periódicas, Marcha, entre tantas otras.

Bibliografía

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