El pliegue interno: Lo real, por Graciela Batticuore.

6 de diciembre. Mañana de domingo en la cama, leo completo El lago helado, de Gustavo Fontán y Gloria Peirano. Me dejo atravesar por esa sed de miradas que penden de un hilo tembloroso o incierto. El sentido se enhebra con fragmentos, retazos, a veces son los restos sutiles de un destrozo que pulverizó el corazón. Pero también hay luz en la oscuridad, viento en las alturas y unas hojas verdes que se bambolean atrás de una minúscula ventana de cristal (ayer las vi desde el dormitorio de Gloria, después salimos al patio, buscamos juntas en las macetas los brotes más jóvenes, y volví a casa repleta de suculentas mojadas que me llenaban las manos). Manual para sonámbulos. Pisadas en el hielo. Y una pollera roja que se sacude sobre las piernas de una niña interminable. El tiempo también es luz, entonces los ojos se abisman y se enciende la voz, el ritmo, el baile, la palabra. 

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Yo también soñé anoche. Me asaltaba un hombre vestido de negro en la calle y no tenía para darle ni siquiera el celular, así que me pidió las zapatillas blancas que me había regalado Julia para el cumple. Como me calzan justas sobre los metatarsos vencidos, el hombre tuvo que tironear conmigo para sacarlas. Cuando estuvo cerca vio la cadena sobre el cuello y me la pidió también: no vale nada le dije yo, si es de plata el colgante. Pero insistió y se lo tuve que dar, enseguida lo lamenté porque tenía escrita una palabra que no me acuerdo cuál era, aunque sé que palpé las letras y miré cada una antes de entregarla. Después me pidió la pulsera y se la di, y otra vez lo sentí porque me daba pena desprenderme de cosas que fueron mías. Objetos que mi piel acarició a lo largo del tiempo.

El ladrón era un tipo conocido en la vida real, el Rusito le dicen, amigo de toda la vida de H, que también se me apareció en otro sueño esa misma noche. Nos encontrábamos con él en el aeropuerto o en una estación de micros para despedir a nuestras hijas que se iban de viaje.  También estaba Julia en el sueño pero era una nena todavía, así que pude ver a mis tres hijas sentadas, una al lado de la otra, sobre la tarima, esperando hasta que se hiciera la hora de partir. Las chicas se iban a vivir a otro país, así que el momento era frágil y por eso me decidí a hablar. Quería decir unas palabras que fueran como un cofre repleto de flores o como una pequeña fortuna que siempre se espera de la madre. Pero la escena era extraña en el sueño también, sorpresiva para todos. De pronto estábamos reunidos como antes pero no éramos tres como en la vida real sino cinco. De pronto éramos una familia que en la despedida se fragmenta o se dispersa o asiste a las derivas del crecimiento o del paso del tiempo. Una familia reducida o disminuida, como lo es la mía de origen, en la que mamá, mi hermana y yo somos las únicas sobrevivientes. Del lado de acá, también está mi hija; del lado de allá, el marido de mi hermana. Si sumamos a todos somos cinco pero habría que agregar a Pedro y con él somos seis. O sea los de antes y los de después (estos que somos ahora), en el medio estarían los muertos.  

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La vida es un tránsito. Mamá tiene una metástasis de cuello y no se va a operar, ya lo decidió. El viernes fui yo misma a hacerme una ecografía porque sentía un ganglio inflamado. Pero no hay ningún ganglio inflamado en su cuello dijo el ecógrafo. No hay nada. Salvo la mirada en espejo que es punzante como un dolor, eso es la madre, a veces, el espejo que devuelve una imagen invertida, la primera en la que nos miramos y creemos vislumbrar la imagen propia. Ilusión, fantasma, amor tremendo. Hace falta desviar los ojos del fuego para atravesarlo, ir hacia la propia vida, moldear la propia imagen, concebir el propio cuerpo. En mi cuello no hay nada salvo la angustia. No hay nada más que el duelo anticipado, la raspera de lo que se hace difícil tragar sin amargura. Tiempo de piedra y sal en el que busco sus manos frágiles, como lo fueron las mías cuando me acunaba. 

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Justo ayer me enteré de que mi primo Luis tuvo un infarto. Él también es familia pero hace años que estamos distanciados. Será una herencia o un mandato dijo él cuando murió papá y me invitó a su casa para comer un asado pero yo no acepté, por no traicionar la memoria del padre. Y porque no hablamos la misma lengua pensé, aunque no se lo dije. Sin embargo cuando supe que estaba internado sufrí, a la tarde llamé a su hijo, conversamos, después me senté en el patio y miré la tierra revuelta, las suculentas recién plantadas en los canteros. Me acordé de la parra y de la higuera, de la pileta enorme llena de agua en el fondo de la casa de mi tío. Me acordé también de cuando íbamos a visitarlo y papá nos dejaba en la esquina a mamá y a mí, pero él se quedaba en el auto varias horas esperando hasta que volviéramos. A veces dormía un rato la siesta o escuchaba el partido de Chacarita que jugaba en la C los sábados a la tarde. Otras veces lo encontrábamos leyendo el diario en la penumbra, porque el sol ya caía al final de la visita. Un día Mingo quiso hacer las paces con papá y nos acompañó hasta la esquina decidido a encararlo, a saludarlo de prepo si el otro no quería. Entonces cuando el viejo entendió que el cuñado se acercaba al auto puso en marcha el motor y se fugó. Yo adiviné su mano enorme sobre la palanca de cambios: primera, segunda, en la tercera ya había doblado la esquina y desapareció. No sé cómo hicimos después para encontrarlo porque en esa época celulares no había; supongo que Mingo volvió sobre sus pasos por la cuadra desierta y nos dejó a mamá y a mí solas en la esquina, esperando al Fiat rojo hasta que apareció. De Billinghurst a la Paternal, el auto era una heladera cargada de municiones a punto de estallar. Nada más afilado que el silencio en una disputa matrimonial. Hay varias postales como esa en la planicie de mi infancia. 

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En el sueño de la otra noche con mis hijas pasó algo inesperado cuando H me miró tembloroso y se acercó. Yo estaba a punto de empezar a hablar para las chicas pero él me besó sobre los labios secos. Sentí el dolor. O el duelo. Sentí que el beso nos desconcertaba a todos, incluso que hacía daño, porque no era el tiempo del pasado sino del porvenir: estábamos ahí para despedir a las hijas y darles confianza. Julia nos miraba, creo que se sintió disminuida en la escena (renunciar al protagónico es el destino bien cumplido de los padres: no hay que poner ni una palabra de más, ni un solo beso fuera de lugar). Me acuerdo que cuando yo era chica no veía nunca a mis padres besándose, eso también me inquietaba. Nada más de vez en cuando, en medio de alguna fiesta familiar, estaba atenta a ese gesto de papá rodeando los hombros de María hasta dejar caer la mano al otro lado de su cuerpo. El tiempo se detenía para mí en ese cuadro que me quedaba viendo hipnotizada. Todavía puedo ver como en cámara lenta la mueca que hacían los labios de papá al doblarse para rozar la mejilla de mamá. Una sutil placidez bajaba hasta mi propia cara, que dibujaba una sonrisa acaso imperceptible para otros pero cierta para mí. En ese breve episodio que ocurría cada tanto, el mundo se ensanchaba o se hacía más habitable. Crecí observando esos detalles que el recuerdo o los sueños o algunas lecturas resucitan. Ahora pienso que el tiempo ajusta el sentido de las imágenes que la realidad trastorna. Y así vuelven a vibrar, con una claridad impensada que se multiplica en destellos. 

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, diciembre 2020


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