El espía oculto de Salinger, por Miguel Vitagliano

En 2021 se cumplen setenta años de la publicación de El Cazador oculto de J.D. Salinger (1919-2010), la novela de la que nadie duda que sea una obra maestra (desde Hemingway a Updike y desde Billy Wilder a Philip Seymour Hoffman), y que fue repetidamente prohibida y señalada de ser inspiración de asesinos…

Salinger participó en el Desembarco en Normandía, estuvo en la liberación de París, formó parte del batallón que ingresó al campo de concentración de Dachau, estuvo en las calles el Día de la Victoria en mayo de 1945, y agotado decidió internarse unos meses en un hospital de Núremberg para recuperarse de una crisis nerviosa. Habían sido 299 días en la Guerra, desempeñándose en el área de Contraespionaje: en los días posteriores al Día D interrogó a prisioneros y a vecinos de los pueblos para conocer detalles de las posiciones del enemigo en el territorio que iba siendo recuperado, después descubriendo espías en lo que escuchaba.  Y en todo momento escribía y enviaba cartas a las revistas literarias. Llevaba en la mochila versiones en borrador de los primeros capítulos de lo que sería El cazador oculto. Uno de sus tres amigos en el grupo de Contraespionaje (CIC), Paul Fitzgerald, le tomó una foto mientras escribía una de las narraciones de Holden Caulfield. No había día, contaba, sin que Salinger se apartara al costado del camino para escribir. Eran agentes entrenados, dice el historiador militar John McManus en Salinger (2013), para “identificar el eslabón perdido, ese prisionero que tenía más cosas para decir y sobre el que era necesario insistir hasta quebrar el eslabón”. “Los cuatro mosqueteros”, como se llamaban en broma, siguieron en contacto a lo largo de las décadas, aun cuando Salinger ya se había ocultado  de lectores y periodistas y El cazador oculto, publicada en 1951, llevaba vendidos unos 60 millones de ejemplares y cada año incorporaba 250 mil más a la cuenta. “Puede que estés ´calvo y un poco barrigón´ -le escribió Salinger a Fitzgerald en 1979- pero, ¿quién me dice que esa imagen es menos real que la que yo tengo en mi cabeza, en la que todos estamos en 1944 y somos unos jovencitos de veintipocos?”

El oficio de escribir estuvo vinculado al espionaje desde el día en que alguien se apartó del camino y se animó a dar el primer trazo. Pero en Salinger la relación excedió en mucho el símil y el hecho de vestir uniforme, lo ocupó todo: fue el espía y el espiado, y también la víctima de su íntimo centro de inteligencia que lo tenía rodeado cuanto él más creía alejarse. Al recibir la baja en noviembre de 1945, firmó un contrato en carácter de civil como agente de inteligencia. Fue destinado a la zona de Núremberg, a detectar nazis y a quienes habían colaborado con ellos de alguna manera. Cualquiera podía ser un “eslabón perdido”. Salinger debía escuchar las conversaciones fingiendo distracción o como si los oyera al pasar, y realizar entrevistas que aparentaban ser “de pura rutina”, pero que permitían tramar posibles relaciones entre la información obtenida y las vacilaciones. Como si estuviera frente a los personajes de una narración por escribir: ¿Qué haría X en tal situación?, ¿Por qué actuaría Y de ese modo?, ¿Qué respondería un personaje como Z ante esa pregunta? Escuchar y trazar relaciones, sin olvidar que estaba prohibido mantener una relación verdadera con una mujer alemana. Salinger, sin embargo, había conocido en sus interrogatorios a una oftalmóloga nacida en Frankfurt am Main que hablaba cuatro idiomas, y se casaron pronto, en octubre de 1945. Unas semanas antes Salinger le había regalado a Sylvia Louise Welter un pasaporte falso de nacionalidad francesa. Y escribía a su familia y amigos acerca de su matrimonio con una mujer francesa con la que mantenían -aseguraba sin bromear- una comunicación telepática. 

Los Juicios de Núremberg estaban a punto de realizarse; en noviembre de 1945 el flamante matrimonio vivía a cuarenta kilómetros de la ciudad. Salinger fue responsable de un gran número de arrestos y, como sostiene Slawenski en su biografía, es muy posible que tuvieran conexión con el tribunal de Núremberg, aun cuando no haya registro que lo confirme. En abril de 1946, al finalizar el contrato como agente de inteligencia, Salinger regresó a Nueva York acompañado de Sylvia. Se instalaron en la casa de sus padres. Enseguida surgieron rispideces entre la madre de Salinger y su nuera “francesa”. Nadie conoce los detalles de lo ocurrido a puerta cerrada, aunque tal vez se puedan intuir valiéndose de un dato: la madre de Salinger se llamaba Miriam, pero su verdadero nombre era María, se lo había cambiado para ser aceptada por la familia judía de su esposo. Los hechos de la historia, se sabe, tienden a repetirse dos veces, los espías también. Sylvia había llegado al departamento en Park Avenue la mañana del 10 de mayo, dos meses después se encontró sola ante la mesa del desayuno y un sobre con el pasaje de regreso a Europa. Las rupturas que habría de tener Salinger de ahí en más, generalmente con adolescentes –Jean Miller, Joyce Maynard, entre otras- o muy jóvenes como la madre de sus dos hijos, iban a repetir los cortes abruptos. Salinger aseguraba que Sylvia lo había embrujado, y lo decía tan seriamente como podía, pero no decía por qué y mucho menos para qué.

Como una atenta Scherezade en cuerpo de varón, Salinger contaba alimentándose de la ilusión. El encantamiento terminaba cuando la ilusión se rompía haciendo lugar a la verdad, dejándole en evidencia que delante había una persona y no un personaje de su fantasía, ahí entonces era el sultán desconocido poniéndose en situación de víctima. Con Jean Miller mantuvo una larga y castísima relación hasta que fueron a pasar unos días en una playa y ella le confesó, en la primera noche, que era virgen; a la mañana siguiente el sultán la depositó en un avión de regreso. Como si lo hubiera traicionado. A Joyce Maynard, que a sus dieciocho años convivió con Salinger ya en sus tiempos de ocultamiento, la acusó de haber revelado su teléfono a un periodista y la echó de la casa gritándole que ella nunca sería lo que creía ser. El cazador oculto abre y cierra con una reflexión de Holden Caulfield sobre el poder del narrador: comienza advirtiendo a los lectores que si realmente quieren “escuchar sobre eso”, él no va a contar las cosas en el orden que esperan, y al final retoma el mismo giro pero ya no es “escuchar sobre eso” sino “conocer la verdad” que se resuelve en “Es mejor no contarle nada a nadie. Porque si cuentan algo, de inmediato van a empezar a extrañar a todo el mundo.” 

La revelación conlleva pérdida. Y exige del narrador, si pretende acceder a esa especie de satori, que asuma un desvío. Es lo que Holden hace al comienzo de la novela, se aparta del orden impuesto por las novelas clásicas -ubicar a los personajes, su historia, etc.-, “como en David Copperfield y toda esa bazofia”; Salinger prefiere hacer mención y dejar a un costado toda la literatura que se enseñaba en las escuelas secundarias estadounidenses, y coloca en el centro la lengua de Holden, que es menos la inflexión oral que lo que la oralidad pone en juego: la expresión de una nueva generación, la rebeldía contra lo instituido, lo que aún no ha sido capturado por la maquinaria institucional ni la industria del entretenimiento. No es extraño que Holden despotrique tanto contra la escuela y contra el cine de Hollywood donde su hermano D.B. es guionista, y que Elia Kazan, Billy Wilder y Jerry Lewis, cada uno por separado, hayan querido llevar la novela al cine y que Salinger se ocupara de cancelar toda posibilidad. Y mucho menos extraño es que El cazador oculto encontrara su estallido de lectores en la generación de la contracultura de los 60. En su noche vagabunda y solitaria en la ciudad, Holden le propone a Sally recurrir a un conocido del Greenwich Village para que le preste un auto y así poder lanzarse juntos a la ruta unas semanas. La propuesta, que no es más que una ilusión, iba a tardar seis años en concretarse en On the road, de Jack Keroauc, con un joven que escapa de la vida académica de la universidad. El inicio de la Generación Beat estaba prefigurado en Holden Caulfield. 

Por teléfono le cuenta Holden a Sally la fantasía de ese viaje. En otros llamados finge la edad y su identidad. O toma al teléfono como patrón de medida de la relación entre los lectores y una novela: para él un libro es realmente importante cuando incita al deseo del querer llamar por teléfono al autor. No es escribiéndole una carta sino mediante la propia voz, una manera más espontánea y directa. A Salinger le sucedió eso mismo con El cazador oculto y no lo toleró. Abandonó las publicaciones, los contactos con los lectores y la prensa, y decidió encerrarse a escribir. Como dijo Updike: después de escribir una obra maestra en la que incitaba a los lectores a que contactaran a sus autores, pasó las décadas siguientes sin contestar el teléfono. 

¿Sería eso ser espía y espiado por su propio centro de la inteligencia? No lo parece. Lo que es cierto es que las novelas dicen más y mejor que lo que sus autores creen decir o pretenden decir. ¿Habrá sido eso lo que descubrió Salinger de su propia novela? Tampoco suena posible. La sociedad estadounidense cambió radicalmente después de la Segunda Guerra. El cazador oculto y el impacto que produjo –fue prohibida en distintas ocasiones por las asociaciones de padres de las escuelas por su lenguaje vulgar y malos ejemplos, y señalada hasta el cansancio como inspiradora de asesinos- acaso den cuenta de que la novela detectó el clivaje de una sociedad. Fue una espía implacable del comportamiento social a través de la voz de un adolescente que no encuentra un lugar que no esté corrompido. Una novela espía en una sociedad que había desatado su voracidad por el control. Hastiado de ver su foto ocupando toda la contratapa de El cazador oculto, Salinger exigió al año de la primera edición que quitaran su retrato de allí. La ilusión de dejar de ser espiado.                                                                                            

                                                                                            Miguel Vitagliano

                                                                            Buenos Aires, EdM, diciembre 2020