En enero de 1995, la USS Voyager se lanzaba a una misión de arresto (que era en realidad un rescate encubierto) y quedaba varada al otro extremo de la galaxia. Habían pasado casi treinta años desde que la Enterprise de Kirk comenzara su misión de cinco años de descubrimiento. Esta vez, al mando de la nave había una mujer, Kathryn Janeway, la primera capitana de la franquicia, la heroína que llevaría a su tripulación de regreso a Ítaca.
El personaje de Janeway, al igual que Kirk y Picard antes que ella, estaba hecho de retazos de otros personajes, hombres y mujeres que, milenios antes que ella, se habían enfrentado a las fuerzas divinas del destino con la sola fuerza de su voluntad e inteligencia.
Kathryn no eligió su misión, fue lanzada hacia lo desconocido y desde allí tuvo que trazar un camino de regreso. Al igual que todos los héroes clásicos, su trayecto se pobló de tentaciones y obstáculos que superó con ingenio y sagacidad, pero al igual que Ulises, logró regresar a casa. Por supuesto que se trata sólo de una forma de decir, porque nadie que haya atravesado la galaxia (o el Mediterráneo) vuelve de verdad, aquél que partió no volverá jamás. Cuando cualquiera de nosotros emprende un viaje, el temor a la pérdida es inevitable: tememos perder el equipaje, la vida, el tiempo, pero el temor más profundo es perdernos a nosotros mismos, ser otros al volver. Tal vez por eso, la metáfora que usamos para comprender la vida sea la del viaje, porque ambos implican un cambio en el ser.
Kathryn Janeway regresó, pero a diferencia de Ulises, no pudo volver a su hogar y tal vez sea porque, tanto en el siglo VIII a.c. como en el XX d.c., una mujer no tiene un hogar, es el hogar. A lo largo de las temporadas, la tripulación pasó de la desconfianza entre enemigos a la lealtad ciega hacia los que llegaron a considerar su familia. Voyager era el hogar, era el punto de referencia, el único posible para una tripulación de antiguos enemigos.
La capitana no tenía un comportamiento maternal, pero tampoco era una femme fatale en el modo en que James Kirk había sido un seductor incorregible. No sólo sus iniciales estaban invertidas (JK-KJ), también sus viajes (hacia lo desconocido-hacia el hogar) pero no su misión: el descubrimiento. Si James Kirk había puesto en evidencia qué era ser humano en contraste con Spock (el eterno “otro”), Picard y Janeway lo hicieron a través de un proceso de aprendizaje que, también en este caso, se construyó como un espejo invertido. Jean-Luc enseñó a Data qué es la naturaleza humana, lo guió hacia la frontera de su propia naturaleza con el fin de que la excediera y se convirtiera en algo más. Kathryn Janeway tomó bajo su ala protectora a Annika y fue su referencia para poder recordar y descubrir qué significaba ser humana, volver a ser lo que ya era: no perderse para siempre. En el caso de Data, se trataba de una transformación que lo haría parte de algo más, que le daría semejantes; en el caso de Annika, la recuperación de su naturaleza implicaba un regreso al mismo tiempo que una separación de la comunidad al reconocerse como individuo, responsable de sus propias acciones. El viaje de Annika era hacia el interior; el de Data, era hacia el exterior. James Kirk y Jean-Luc Picard se lanzaron, en mayor y menor medida, hacia lo que nos esperaba más allá del horizonte. Kathryn Janeway nos transformó en nómades al demostrar que el regreso desde lo desconocido era imposible.
En la mitología, los personajes femeninos siempre estaban sometidos al poder de los masculinos: ninfas y diosas, esposas y reinas. En Star Trek fue así hasta Kathryn Janeway: no fue un personaje sexualizado, no fue un personaje maternal, la definición de su carácter no estaba dada por el hombre a su lado o sobre ella, sino por la medida de la respuesta que ella daba a la adversidad. Si en la mitología las mujeres eran esposas-madres-hijas, Kathryn fue humana; si en la historia habían sido reinas condenadas al fracaso (porque una mujer no podía conquistar cuando ella misma representaba “lo conquistable”) ella fue una capitana exitosa. Al igual que Ulises, Janeway atravesó un mar tempestuoso y se enfrentó a seres más poderosos que ella pero no más ingeniosos, fue seducida pero se aferró a su misión como Ulises al árbol de su nave, llegó a casa bajo un aspecto irreconocible para sus amigos y reclamó el lugar que le correspondía.
En enero de 1995, la USS Voyager fue lanzada hacia la misión más importante del siglo XXI: le quitó el sentido a la frase “a donde ningún hombre ha llegado antes” borrando la marca de género de las grandes hazañas.
María José Schamun
Buenos Aires, EdM, octubre 2020
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