El pliegue interno: Hambre, por Graciela Batticuore

18 de abril.  Son las doce del mediodía del sábado y detrás de la ventana de mi cuarto brilla el sol. Yo sigo sentada en la cama, piernas alargadas, caderas contraídas por demás, ojos cansados, cara extrañada, no hay duda de que he tenido mejores épocas. Retomo el libro de Simone de Beauvoir, estoy llegando al final y algunas coincidencias personales me asombran. También la justeza del título que recién ahora comprendo y se me vuelve hermoso, Memorias de una joven formal. Adoro a esa joven de diecinueve años que se tortura preguntándose quién es, hacia dónde va su destino, si puede o no puede abandonarlo todo para subirse a una nave con ella sola a bordo. Ya está cursando filosofía en La Sorbona, estudia todo el día y tanta dedicación a la lectura le hace perder por completo la noción del cuerpo hasta tocar la frustración o la náusea. Pero abajo de la disciplina hay hambre, incluso desesperación, porque Simone quiere escribir, componer una obra, quiere tener un amor y ser feliz. Después de los exámenes empieza a salir con amigas, va al teatro, otras veces al bar. Un día visita Montparnasse y ve con los propios ojos la “mala vida”, para su sorpresa el espectáculo no la espanta sino que le resulta “refrescante”. Música, baile, alcohol, palabras impuras, rozamientos. 

“¿Cómo no me siento chocada sino que acepto aquí lo que no aceptaría en ninguna parte y bromeo con estos hombres?”, se pregunta. “¿Cómo pueden gustarme estas cosas con esa presión que me viene de tan lejos y que domina con tal fuerza? ¿Qué es lo que voy a buscar en esos lugares de turbio encanto?”. 

Simone se mira a sí misma y no se reconoce en esa complacencia. Se ve distinta y a la vez no tanto, de esas rameras de los boulevards cuya carnalidad la encandila. No las puede dejar de mirar con ansia, con voracidad. La joven formal se mide en ellas y descubre un hambre que le es propia:  

“Yo también me conmovía, me reía, me sentía bien. ¿Por qué? Erré largamente por el boulevard Barbés, miraba a las rameras y a los golfos no ya con horror sino con una especie de envidia. De nuevo me asombraba: “Hay en mí no sé qué deseo quizá monstruoso, presente desde siempre, de ruido, de lucha, de salvajismo y de hundirme sobre todo… ¿Qué se necesitaría hoy para que yo también fuera morfinómana, alcohólica, y no sé qué más? Quizá solamente una ocasión, un hambre un poco mayor de todo lo que nunca conoceré…”. Por momentos me escandalizaba de esa “perversión”, de esos “bajos instintos”, que descubría en mí. ¿Qué habría pensado Pradelle que antes me acusaba de prestarle a la vida demasiada nobleza? Yo me reprochaba mi duplicidad, mi hipocresía. Pero no pensaba en renegar: “Quiero la vida, toda la vida. Me siento curiosa, ávida, ávida de quemarme más ardientemente que cualquier otra, cualquiera que sea la llama. Estaba a dos pasos de confesarme la verdad, ya estaba harta de ser un espíritu puro. No es porque el deseo me atormentara, como en vísperas de la pubertad. Pero adivinaba que la crudeza de la carne, su crudeza, me hubiera salvado de ese estado etéreo en el que me agotaba”. 

A los diecinueve años, el sexo todavía la asusta a Simone. Ha sido educada en una familia burguesa, católica, en una sensibilidad intelectual de la que ella misma es artífice. Se pasa los días y las noches alternando los libros de filosofía con los de literatura, quiere escribir una novela, componer una obra pero también quiere encontrar un amor y no sabe si este deseo es compatible con el otro. Si la felicidad puede o no ir de la mano con la libertad. Pero hay algo conmovedor a lo largo del relato y es el vitalismo en las diferentes edades de crecimiento, hasta llegar a toparse con ese momento en que la conciencia de la sexualidad se impone por primera vez. 

Sucede no sólo cuando visita Montparnasse sino unas páginas después en el libro, justo al conocer a un amigo personal de Sartre que será el puente para llegar a él, aunque Simone todavía no lo sabe. Se trata de Herbaud, que aparece ante sus ojos como un joven no sólo interesante, gracioso, insolente, sino también hermoso: “pero además tiene un cuerpo”, descubre impresionada la memorialista. 

Herbaud es uno de los intelectuales destacados del conjunto de estudiantes universitarios que la rodean, el mismo que reconoce en ella “una forma de inteligencia que lo conmueve”. Su mirada le ofrece una constatación de sí misma que necesita, entonces se ve en los ojos de él como en un espejo, podría enamorarse perdidamente si no fuera porque el destino le depara otro punto de llegada. 

Pero no es la historia con Sartre la que me interesa poner en foco todavía, sino la de esta joven que se vuelve cada vez más consciente de su propio deseo o del que es capaz de motivar en los otros. En este sentido es elocuente el modo en que recuerda la autobiógrafa ese encuentro con Herbaud, la impresión que le produjo comprobar que ella le gustaba: “me sorprendió la violencia de ese entusiasmo”, anota sobre el final de las Memorias. 

La palabra “violencia” se repite en la obra varias veces, asociada siempre a la sexualidad, al deseo, que a su vez está ligado al ansia de libros y lecturas, al saber, pero, sobre todo, al anhelo de escribir. Simone quiere ser escritora y comprende que esto implica también una cierta violencia, salir al mundo, a la intemperie, asumir la propia voz, de eso se trata. La escritura es un riesgo y ella lo comprueba más tarde, en el momento de mayor éxito, cuando publica El segundo sexo (1949) con un índice de ventas descomunal (veintidós mil ejemplares en Francia ese mismo año, un millón en los Estados Unidos, traducciones en varios idiomas), pero una parte de la aristocracia literaria francesa la condena por su impudicia. Una mujer que escribe sobre sexualidad, que desmitifica los mandatos y lugares comunes de una larga historia, una mujer osada, atrevida, sin pudor, una mujer que se presenta con la virtud opuesta a “la docilidad”, que quiere vivir su vida, eso también es violencia para los conservadores. “Hemos alcanzado literalmente los índices de abyección”, determina François Mauriac en el 49´. Habrá que saber escribir, entonces, hacerlo muy bien, saber afrontarlo. 

*

Pasan los días. Sigo leyendo, pensando. Ahora doy un salto y trazo un puente entre París, Londres, Buenos Aires. Me acuerdo del diario de Virginia Woolf que Victoria Ocampo hace traducir y publicar en Sur, tan sólo un año después de la edición original en inglés que preparó Leonard Woolf recortando un corpus selectivo de los numerosos cuadernos manuscritos que había dejado inéditos su esposa antes de morir (A Writer´s Diary). Pero sobre todo me acuerdo del ensayo que escribió ese mismo año Victoria Ocampo, Diario de una escritora se titula, también fue publicado en Sur a propósito del otro. Por esa misma época Beauvoir estaba presentando en París su novela Los mandarines, que recibió el premio Goncourt justo en 1954, pero Victoria no estaba enfocada en ella sino en Virginia Woolf, a quien admiraba mucho, la había conocido personalmente en su casa de Londres y ella la incentivó a escribir su propia autobiografía.

En Diario de una escritora Ocampo reflexiona agudamente sobre los vínculos entre vida y escritura, entre censura y autocensura en la obra de las mujeres autoras. Se detiene en un aspecto particular, dice que Virginia detestaba el “yo” en literatura, no quería que la personalidad se antepusiera al hecho literario, prefería diluir la vida personal en la trama novelesca (justo al revés de lo que hace Ocampo con su propia obra). Entonces la novela se presenta para ella “como una forma furtiva de la autobiografía, un sucedáneo de la confesión”, lo que Victoria denomina “la huida en el personaje”. De ahí su sentencia: “Orlando y Las olas son violentamente autobiográficos”. 

A esta formulación quería llegar. Reaparece aquí este término que se hace presente varias veces en el primer tomo de la autobiografía de Simone, con el mismo sentido que liga la escritura a la vitalidad, a la sexualidad, al riesgo. Entonces voy ahora al diccionario y busco la palabra violencia, el término deriva de vis, que en latín significa poder, fuerza, potencia (olentus: abundancia, el violento es el que actúa con mucha fuerza), por detrás está weis, una raíz prehistórica indoeuropea que se traduce como fuerza vital (pienso en el parto, en el cuerpo desgarrado de las mujeres al dar a luz, en el poder de gestar, también de escribir, de elegir o no la maternidad, y pienso en la intimidad como fuerza, en la conquista dela escritura cuando es autobiográfica o toca la propia vida). Así, precisamente, en este campo de sentidos inscribe Simone de Beauvoir el título y el prólogo de otro tomo de la autobiografía, La fuerza de las cosas (tercer volumen, publicado en 1963), donde declara lo siguiente: 

“He querido que en este relato circule mi sangre; he querido arrojarme en él, todavía viva, y cuestionarme en él antes de que todas las cuestiones se hayan extinguido. Tal vez es demasiado pronto; pero mañana será seguramente demasiado tarde (…). En el período del que voy a hablar ya no se trataba de formarme, sino de realizarme; rostros, libros, filmes, los encuentros que he tenido aunque importantes en su conjunto casi ninguno me resultó esencial (…) Por cierto se encontrará que este libro es desequilibrado: tanto peor. De todos modos no pretendo que sea –como tampoco el precedente- una obra de arte: esta expresión me hace pensar en una estatua que se aburre en el jardín de una quinta; es una palabra de coleccionista, una palabra de consumidor y no de creador. (…) No; no una obra de arte, sino mi vida en sus impulsos, sus infortunios, sus sobresaltos, mi vida que trata de decirse y no servir de pretexto para elegancias”. 

Está claro que Simone no quiere estatuas en el parque sino sangre en las venas y emoción. Toda su obra fue apasionada, vital, intelectual. Pero Simone no fue la única (aunque sí la más osada, al transformar el ímpetu individual en un manifiesto de vida colectivo). Unos años antes, a comienzos de la década del 30, Anaïs Nin anotaba en su diario lo siguiente: “la vida corriente no me interesa. Solo busco los momentos fuertes”. Por esa vía llega también ella a la palabra “violencia”, para referirse a la hora en que conoció a su amante Henry Miller, con quien vivió una aventura amorosa que registró en sus escritos.  Al recordar el momento en que se conocieron, dice que ese fue “el encuentro de la delicadeza con la violencia”, se refiere, concretamente, al temperamento sexual de Miller y al suyo. Nin tiene clara la continuidad entre sexo y literatura: “sé que estoy en una bonita cárcel de la que sólo podré huir escribiendo”, anota justo antes de conocerlo. Simone explorará también esa ligadura a partir del encuentro con Sartre y con los otros “amores contingentes” que conoció en los mismos años en que se desataba la segunda guerra en Europa. Esa también es una experiencia palpable, “fuerte”, que describe Simone en La plenitud de la vida (1960), el segundo tomo de la autobiografía que releo en estos días de zoom y de pandemia. Ya que hablamos de violencias. 

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, septiembre de 2020