Mario, Facundo y el mago, por Pablo Luzuriaga

No hace falta ser mago para darse cuenta de que la ciencia tiene un público más bien silencioso. El truco del espiritista es la contracara de la placa del gobernante en pandemia. Mario y el mago de Thomas Mann despliega la escena. El prestidigitador es mentiroso y violento; Mario, el camarero del hotel donde se hospeda el narrador junto a sus hijos y esposa, el trabajador honesto del pueblo italiano, se enfurece con el fascista. El cuento fue publicado siete años después de la Marcha sobre Roma, por uno de los más grandes escritores alemanes, en plena crisis de 1929. Mario también es cualquier trabajador esencial de la provincia de Buenos Aires. El público que escucha a los científicos en silencio y con respeto. Desde el punto de vista de la doxa, la ciencia tiene sus propios mitos. Se escuchan en la escuela. No es como el público del teatro que ríe, aplaude y la pasa bien. La pandemia es un tema serio. No hay fútbol. Hubo médicos en todos los canales durante meses.

El público bullicioso del teatro y los recitales no se puede reproducir por zoom. Tampoco la relación singular e irrepetible de una clase presencial, en ningún nivel educativo. Al parecer la ciencia no necesita al público bullicioso, pero la educación sí. En la escuela se escuchan mitos de la ciencia y al mismo tiempo se forma a sus destructores. La ciencia, desde el punto de vista de su propia renovación, es colectiva y el sistema educativo la impulsa; la relación entre los científicos, los saberes, formaciones heredadas y perspectivas de orden ético circulan entre maestros y estudiantes. Como en el cuento de Balzac, «La obra maestra desconocida»: el iniciado, el científico maduro y el hombre o mujer de ciencias renombrada hacen que el arte, las ciencias, la medicina o el derecho, entre otras, sean prácticas colectivas; la parte de esas prácticas asociada a las aulas no se puede reemplazar por zoom. La educación virtual sin presencialidad tiende a la programación de actividades fijas y lineales. 

Hasta hoy, el público bullicioso de las prácticas más variadas desde el punto de vista de su inscripción en las aulas escuchó a la ciencia con atención, pero en silencio. Muchos ni siquiera tenemos tiempo para discutir en la sobremesa lo que nos pasa. 

Los magos sonríen. Captan la atención con globos amarillos y hacen trucos a la vista de todos, estafan sin vergüenza. Remueven Ministerios de Salud, mientras juegan a la grieta. Mario iba atrás en el auto de Axel Kicillof durante la campaña. Estaba haciendo dedo y lo subieron. Se quedó ahí como un fantasma, recorriendo las rutas de un lado a otro. Se bajaba y se acercaba a cualquiera de las muchas reuniones y mateadas de la campaña por la gobernación. ¿Kicillof se subía a la tarima de un mago? Su estilo es más bien profético imprecador, en el sentido de quien con su vehemencia y enojo augura un nuevo tiempo más justo. Se parece más al político revolucionario sobre la tarima de 1920 que al presentador de circo rodante. Y en la campaña de Kicillof había otra cosa, muy importante para la victoria aplastante: el mate. El político en campaña con el termo en la mano compartía sus mates con todos, todas y todes. 

La promesa de la campaña con el auto, el termo, la ruta, el amigo –actual jefe de gabinete– al volante, el bullicio de las bases y las asambleas barriales, el de las plazas desde el primer día después de la derrota de Scioli contra Macri, el público bullicioso del político que denuncia un estado actual de cosas, el público de la militancia –por momentos, tan falto de bullicio–, hasta hoy escuchó, en completo silencio lo que decían las pantallas. Al silencio de las aulas y reuniones se le suma el silencio de Cristina Fernández, acorralada por la grieta. La pandemia pone en silencio cualquier práctica colectiva. Las asambleas por zoom no les sirven a los estudiantes que se forman en la arena del debate para entrenarse en el arte de la retórica y la persuasión. La parte de los gestos y la presencia de los cuerpos en las aulas y asambleas no aparece en la videollamada. 

El virus se contagia como la campaña de Kicillof, pero en sentido inverso. Anula lo que la campaña del actual gobernador disponía como futuro desde el punto de vista de las formas, el auto, las asambleas en los pueblos, los quesos y salamines, el fantasma de Mario en el auto. ¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! La forma de la campaña de Kicillof guardaba una promesa: no era el político que iba a la casa del vecino como vendedor ambulante con globos de colores y discursos vacíos; era el político que recorría las bases con discursos cargados de conflicto y futuro. Entre otras promesas, cualquier Mario o Facundo Astudillo Castro, cualquier habitante de la provincia podría haber sumado la necesidad de terminar de una vez por todas con la violencia institucional y la lacra podrida que habita el corazón de la policía bonaerense.

En pandemia Kicillof no hubiera podido hacer su campaña. Los individuos aislados conectados por pantallas y teclados son la contracara de los kilómetros recorridos en el auto del amigo. Hoy es el día del amigo. La actual apertura de la cuarentena es probable que redunde en hospitales del conurbano abarrotados de enfermos. Kicillof nos encierra y Larreta nos libera. Larreta miente, como el mago, sobre la ocupación de camas en los hospitales de la ciudad de Buenos Aires. Kicillof se enoja y denuncia un estado actual de cosas que el público silencioso ya no quiere escuchar. Según las cifras que aparecen a diario no le estamos ganando al virus. Va a haber muchos más muertos. Para ganarle al virus todos tendríamos que aislarnos y ahí aparece otro virus que circula con total libertad: el que la campaña prometía terminar, el virus del mago con sus globos, del Messi de las finanzas, de los discursos punitivos de la seguridad, las doctrinas Chocobar, el virus de la bonaerense desbocada, el de los adoradores de Vicentín, el virus del individualismo neoliberal que circula con tanta libertad mientras estamos aislados.

La campaña exitosa con toda su promesa parece asediada y envuelta por un movimiento de pinza. Si el virus del individualismo al que parecemos sometidos –sea por la pandemia o por las derechas organizadas– nos pone contra la espada y la pared, quizás sea hora de salir de la encerrona por arriba. Quizás sea este el momento de soltar un poco más la lengua respecto de qué es lo que podríamos ser si seguimos el camino de la campaña, hablar de grandes asuntos como el de la Policía Bonaerense o el del traslado de la capital, el del impuesto a las grandes fortunas o el del perdón del Estado argentino a los pueblos originarios, comenzar a poner nombre a las cosas que podríamos hacer de no seguir un programa neoliberal individualista. ¿Tiene sentido seguir posponiendo las buenas ideas para cuando la pandemia termine? Mientras tanto, ¿qué hacemos? ¿Miramos en silencio cómo la policía desaparece a Mario y el mago sonríe?

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, julio 2020


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