El pliegue interno: Yo, mí misma, por Graciela Batticuore

En estas nuevas páginas del diario, Graciela Batticuore sigue interrumpiendo el silencio de estar sola con lecturas y relaciones que van desde Nin a Delfina Bunge y Duras hasta quedarse con Simone de Beauvoir, allí donde comienza diciendo: “No sabía hacer nada con mi cuerpo, ni siquiera andar en bicicleta, me sentía tan torpe como el día en que me había exhibido disfrazada de española”.    

31 de marzo. Sigo encerrada en casa, ahora salgo sólo para sacar la basura. A ratos corrijo la novela de mi madre que ya tiene título, o leo a las grandes escritoras que voy a enseñar si volvemos a clase en un par de semanas.  Simone de Beauvoir, Anaïs Nin, Marguerite Duras, recorrerlas en estos días es una experiencia intensa. Son mujeres que exploran su “yo” en la escritura, se observan, se reconocen, se transforman. Simone reflexiona acerca de “sí misma”, quiere entender el proceso interno que fue revelando en ella una identidad. Al comienzo de las Memorias de una joven formal (1958) hay una escena de infancia potente y hermosa, donde la autora se recuerda a los tres años en la terraza de un hotel, está llorando a gritos, después pataleando en el piso porque la madre le prohíbe comer una ciruela. Con ligeras variantes o por diversos motivos, la situación se repite seguido a esa edad, aunque en la casa estén dadas las condiciones para la felicidad más perfecta. “Protegida, mimada, divertida con la incesante novedad de las cosas, yo era una niña alegre”, dice Simone. “Sin embargo, algo andaba mal, puesto que unas rabietas terribles me arrojaban al suelo, amoratada, convulsionada”.

Avanzando en la lectura del libro queda claro que esa niña encaprichada detenta un rasgo de carácter que va a moldear el destino de la mujer adulta. Se trata de la “vitalidad fogosa” de Beauvoir, según ella lo advierte, pero también de una arraigada firmeza que se manifiesta en lo más íntimo del ser. Y que irá saliendo a la superficie hasta formar no sólo la personalidad sino el estilo literario de autora. Subyace en ella una autoconfianza que la anima a desechar todo lo que es adverso a la voluntad o la perspectiva personal. 

En este punto es interesante el contraste con Anaïs Nin, que en sus diarios de juventud (1931- 1934) se reconoce a sí misma como una mujer “frágil” a pesar de ser osada, mientras revela un ansia de variabilidad incesante del yo, el deseo de no afianzarse jamás en lo estable o en lo único. A tal punto que parece ir un paso más allá de Rimbaud: para Anaïs, el yo es múltiple (amplío y expando mi yo; no me gusta ser una sola”, anota en el diario). Pero Simone concibe la individualidad en la determinación y confía el propio ser a la experiencia que le deparan los libros, las bibliotecas, el conocimiento. Porque el yo de Simone busca ser uno, firme y sobre todo intelectual, no practica el sensualismo como lo hace Nin, sino que apuesta su arrojo a una capacidad de raciocinio que le va enseñando el mundo como si fuera una maestra interna que la educa, para desapegarse de cuanto no es genuinamente “ella misma”. Así a medida que crece y deja de ser la niña terca, consentida, también va tomando distancia de la madre, del padre, de las normativas familiares y de clase. Se desprende de las creencias heredadas, de los valores de la burguesía, de la religión, de la moral de género que rigen su época. 

Nadie más que “yo” puede legislar sobre mi cuerpo, más o menos a esa conclusión ha llegado a los dieciséis años, cuando se encuentra de un momento a otro opinando sobre el derecho de las mujeres al aborto. No entiende mucho o no habla de “feminismo” todavía pero conoce lo suficiente de sí, como para enfrentar al mundo en defensa de las propias ideas: “me enteré con estupor leyendo una noticia de policía que el aborto era un delito; lo que ocurría en mi cuerpo sólo me incumbía a mí, ningún argumento me hizo ceder”, anota.  El “yo” forja su ley y planta su bandera en un territorio personal que sólo puede conceder autoridad al “otro/a” en la reciprocidad de un alma afín a la suya. Claro que para esto habrá que esperar todavía un poco más, mientras tanto la firmeza de carácter que detenta esta joven al terminar la escuela resulta imponente.

 Pero no hay que perder de vista esa infancia minuciosamente descrita en las primeras páginas de la autobiografía, porque son un presagio de lo que vendrá. Simone completa así el episodio de la ciruela y de la gritaría en la calle:   

         “En esos momentos ni la mirada tormentosa de mamá, ni la voz severa de Louise, ni las intervenciones extraordinarias de papá me alcanzaban. Chillaba tan fuerte, durante tanto tiempo, que en el Luxembourg me tomaron varias veces por una mártir (…) ¡Pobrecita!, dijo una señora tendiéndome un caramelo. Se lo agradecí con un puntapié. Ese episodio fue muy comentado (…) A menudo me he interrogado sobre la razón y el sentido de mis rabietas. Creo que se explican en parte por una vitalidad fogosa y por un extremismo al cual nunca he renunciado del todo. Llevaba mis repugnancias hasta el vómito, mis deseos hasta la obsesión, un abismo separaba las cosas que me gustaban de las que no me gustaban”. 

Detrás del capricho está la piedra yoica, la energía primordial que prueba su razón de ser en el empecinamiento como rasgo de firmeza. Quiero lo que quiero parece decir aquí la niña. Yo soy mi soberana y soy mi reina en la comarca donde se erige mi deseo, aquí mismo, en la obstinación de mi cuerpo contra el piso, con razón o sin ella, porque la ley es arbitraria y en este caso es propia. No se necesita nada.

                                                                *

Y, sin embargo, hay que decir también que ese mismo cuerpo que delimita el territorio soberano del “sí misma” es casi un misterio en la infancia de Simone. Aunque se trate del cuerpo mimado, contenido, celebrado, de una niña que se siente muy querida en las redes de la vida hogareña, para ella el cuerpo es un desconocido que le causa inquietud, perturbación. Porque está siempre vestida la niña, tan arropada que casi no conoce lo que encubren los velos, entonces la sexualidad la asusta pero de eso recién se dará cuenta más tarde la memorialista.

“No sabía hacer nada con mi cuerpo, ni siquiera andar en bicicleta, me sentía tan torpe como el día en que me había exhibido disfrazada de española”. De ahí el miedo a lo interno, a lo insondable de sí, lo inexplorado: “en todo caso la sexualidad me asustaba”, declara sobre el final del volumen. 

La discreción de esta joven formal no parece tener nada que ver con la manía de Anaïs Nin por los vestidos, su necesidad de colores y ropajes artísticos, exóticos, en los que pone el ojo Allendy, su primer psicoanalista, para descubrir en ello un rasgo sintomático de la neurosis de la paciente: la inseguridad o la falta de confianza en sí misma traduce la fragilidad de una mujer que fue en la infancia una niña abandonada por el padre. Cuando Nin lo reconoce en el proceso terapéutico comienza a relajarse y a vestir de una manera más corriente, aprende a fingir menos, logra una cierta seguridad personal por fuera de la pose o la indumentaria. “Sí, pongo una especie de caparazón a mi alrededor, porque quiero ser amada”, admite Anaïs en una de las sesiones donde llega a entender, también, que antes de ser abandonada había sido una niña abusada, vulnerada por el padre que la hacía posar desnuda ante la cámara, para satisfacer su pasión por la fotografía. En ese magma se acuñan el sentimiento de culpa y fragilidad, pero también el reconocimiento del cuerpo, el poder de seducción y la audacia posterior en la sexualidad. 

En cambio Simone descubre la sensualidad en medio de un juego de infancia, cuando atisba la piel bajo las telas desgarradas de un disfraz que lleva puesto su hermana para una escena teatral de entrecasa. De pronto la trama de hilados se rasga y deja entrever la carne, Simone vislumbra el desnudo, saborea el erotismo por primera vez.  Antes “solo había visto a los adultos herméticamente vestidos; a mí misma, aparte de mis baños (…) me habían enseñado a no mirar mi cuerpo, a cambiar de ropa sin descubrirme. No obstante, yo había conocido la dulzura de los brazos maternos; en el escote de algunas blusas nacía un surco oscuro que me molestaba y me atraía. No fui bastante ingeniosa para reproducir los placeres entrevistos en el curso de gimnasia; era a veces un contacto suave contra mi piel, una mano que rozaba mi cuello y me hacían estremecer”. 

La conciencia del cuerpo provoca ansiedad, exaltación, desorden, como les sucede a muchas otras mujeres de comienzos del siglo XX, que en su mayoría pasan la vida alejadas de las proclamas feministas a las que va a llegar Simone de Beauvoir en plena juventud. Entre esa mujer excepcional y el colectivo de mujeres que la leyó -o prefirió no leerla- cuando empezó a publicar (La invitada, en 1943, fue su primera novela; El segundo sexo es de 1949), sin dudas hay distancias pero también parecidos. Al menos uno es seguro: el pudor, la reserva o incluso el miedo frente al cuerpo de lxs otrxs o el propio en la primera juventud. Es sabido que se trata de una conducta muy arraigada en las mujeres, que se expresa en la gestualidad pero también en la voz: saber callar, esa también fue la norma y tuvieron que lidiar con ello bastante las escritoras de otras épocas. Para superarlo, Simone contó de entrada con un rasgo de carácter bien marcado que le jugó a favor, el capricho.

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Pero después de los primeros años de infancia, la pequeña tirana se dociliza por un tiempo, en especial durante la época de la guerra mundial se hace “patriota” aunque esto dura muy poco. Cuando conoce a Zaza, su gran amiga de la escuela, descubre que afuera de casa hay más mundo, por ejemplo otras niñas que saben cosas o han leído libros que ella admira. En rigor, es a Zaza a quien admira, pero lo cierto es que en esos días el anhelo de ser distinta a la mayoría asoma en la conciencia de la joven Beauvoir. Claro que este sentimiento es inédito sino una marca de género que atañe a las mujeres de distintas regiones y épocas, de hecho se hace presente en otros diarios, cuadernos o autobiografías de escritoras argentinas que leo en estos días de encierro. Son textos de comienzos del siglo XX donde la subjetividad femenina moderna ya se pone en alerta contra las normativas tradicionales, contra la uniformidad de género y de clase. 

No parecerse a las amigas “tontas”, a las mojigatas que sólo se visten para encontrar maridos, eso mismo anota en su diario Delfina Bunge, cuyos escritos intimistas fueron rescatados no hace mucho por su nieta, la historiadora Lucía Gálvez.  Hacia el 1900, poco antes de conocer a Manuel Gálvez con quien se casó después, Delfina se queja por escrito de los ritos que le impone la vida social a las muchachas de su clase y de su ambiente, en especial protesta mucho de su madre que la obliga a cumplirlos. Pero ella detesta “la toilette”, los vestidos, los paseos consabidos por los salones porteños, las visitas obligadas, Delfina prefiere dedicarse a lo que le más le gusta: leer y escribir, eso la hace distinta a las demás. No le urge el noviazgo, no anda por ahí “a caza de maridos”, como dice Alfonsina Storni en alguna de las crónicas periodísticas que publicó por esos mismos años en la revista La nota o el diario La Nación apoyando el feminismo emergente (1919-20).  De pronto el desdén por el matrimonio como patrón obligado de la vida de las mujeres acerca a estas dos escritoras argentinas bastante alejadas por la pertenencia de clase o los imaginarios narrativos que frecuentaron. 

Pero volviendo a Simone, después de conocer a Zaza llega el deslumbramiento por otros libros, la biblioteca del padre explorada a escondidas, las lecturas prohibidas, la pérdida de la fe religiosa que marca otro despegue de la de los valores maternos e implica el despertar de una autoconciencia del “yo” que pide ruptura definitiva con el ideal familiar. Dejar la casa atrás, salir del “cautiverio”, de eso se trata en esta nueva etapa que se abre paso entre la adolescencia y la primera juventud. “Afuera, la noche vivía”, anota Simone en las Memorias al recordar una caminata por las calles de Montparnasse. Ya había comenzado a “ser otra” para el mundo. Otra, también, para sí misma, aferrada a la libertad que le proporcionan los libros, el estudio, devota de una individualidad que los demás no aprueban pero a la que ella se aferra desde entonces: “nadie me admitía como era, nadie me quería más y por eso me bastaba a mí misma”.  

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Para esa época Simone de Beauvoir empieza a llevar un diario. La escritura en primera persona es un espejo en el que puede verse desdoblada.  “Yo era el paisaje y la mirada. Yo sólo existía para mí y por mí”, anota después. Podríamos decir que es este un primer renacer en la escritura, eso es el diario íntimo para esta adolescente que explora el “yo” en los libros o en los cuadernos, descubre que puede hacerse o deshacerse a su antojo, seguir plantando bandera sin gritar. La escritura del diario es el primer gesto de autonomía personal que se continúa después, no sólo en las instancias vitales, sino en una autobiografía sustanciosa y prolífica donde la autora vive, revisa o consolida el yo en perspectiva temporal. 

Cuando escribe las Memorias de una joven formal tiene cincuenta años.  ¿Qué es de su vida para entonces?, ¿qué hizo de ella y en qué etapa de la relación con Sartre se encuentra? ¿Qué la lleva a escribir su autobiografía? Dejo correr por ahora esas preguntas y me quedo nada más con esta serie de imágenes que llegaron hasta mí como relámpagos en estos días de una introspección imprevista. Leyendo a las escritoras del pasado me salgo yo también del puro presente en el que habito, me olvido por un rato o no me olvido del coronavirus, soy con las otras, como enseña Simone, el paisaje y la mirada. 

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, julio 2020