Cuando el fin del mundo es punto de partida, por Grisel Pires dos Barros

A propósito de la novela gráfica Bola negra, de Mario Bellatín y Liniers. Editorial Común, 2019.

La vida salvaje avanza sobre las ciudades, dicen. Por acá cobró la forma de una manta movediza de hormigas negras que barrió con todas las hojas de dos malvones y un jazmín trepador. No me quedó otra que servirles arroz, y de pronto tenía un restaurante para hormigas salvajes clamando por más granos, una manta marabunta salpicada de lunares blancos. Después llovió. Y unos días más tarde me encontré en Bola negra con la vida salvaje de Liniers ahí haciendo experimentos con el cuento “Bola negra”, de Mario Bellatín, y con hormigas y arroces y tintas de colores.

No se puede leer de un tirón Bola negra. Es por capas; te vas aproximando y te manda a Bellatín, y te manda a Liniers, te manda a buscar notas que los crucen; y vas y volvés, vas y volvés. Te enterás de que fue el azar, en Tierra del Fuego, el que los juntó. De algún modo surgió esta colaboración, este trabajo de Liniers que aparece mencionado por ahí en la prensa como “adaptación”, aunque la palabra no llegue a dar cuenta de lo que Liniers hace. No es que agarra un texto y lo amolda a algo que sería la narración gráfica. No hay una domesticación, no hay partes que deban quedar fuera para funcionar en otro medio y blablablá como en esa idea de adaptación que Shavit estudiaba en los libros para chicxs. Lo que sucede acá es casi como si Liniers se incorporara a producir dentro del sistema de la obra de Bellatín, o como si intersectaran un rato. Liniers da cuenta de la recepción del cuento y propone iniciar experimentos para hacerlo historieta; y Bellatín le abre y lo mete como “el súcubo Liniers” en esa obra que va construyendo con una pata del lado de la ficción y otra afuera, casi sin saber cuál es cuál. 

En la propia tapa de la edición de Bola negra que tengo en mis manos (la de La Editorial Común, 2019), Liniers y Bellatín giran en torno a una mancha que parece una bola 8, atrapados sus nombres entre capas del título “bola negra”, palabras en círculo picadas por bichos diversos que se extienden también en la contratapa, como en una reverberancia o en una expansión que no sabe bien de líneas fronterizas. Tapas adentro, la foto del cuaderno verde en que Liniers fue dibujando este relato. Un poco más allá, “La bola de los sueños insomnes”, una suerte de prólogo de Bellatín al relato gráfico de Liniers, y sobre el final, la “Correspondencia epistolar” dibujada por Liniers, donde da cuenta del proceso de “adaptación”, de sus tiempos, sus esperas, sus avances, sus desafíos, y la ansiedad por leer el prólogo de Bellatín. Ahí sobre el final Liniers usa una foto de Bellatín en Tierra del Fuego, donde le brota un arcoiris de la cabeza. O se zambulle, vaya una a saber. Cuando el fin del mundo es punto de partida, las direcciones se confunden. 

No se puede sintetizar Bola negra, pero digamos que tanto el cuento de Bellatín como la historieta de Liniers, giran en torno al autoconsumo. La figura central es un insecto que el entomólogo Endo Hiroshi descubre, y por lo tanto ansía que sea nombrado como él; Hiroshi lo ubica en una cajita especialmente diseñada para el transporte de insectos, cuyo dibujo Liniers hace coincidir con una viñeta, pero para su sorpresa, cuando abre la cajita encuentra una bola negra, como una suerte de estómago del insecto que se deglutió a sí mismo. Y acá ya no sé si la idea de vaivén se aplica al efecto de temporalidad del relato; es más como si se plegara el tiempo y fuera posible pasar entre momentos por agujeros que ni siquiera se perciben como agujeros. En el relato original, Bellatín trabaja esto interrumpiendo mucho las frases, intercalando y multiplicando conectores temporales. Liniers busca sus propios modos, hay signos gráficos, como los vapores de agua que salen de la preparación de comidas deshidratadas en el viaje en que Hiroshi descubre al insecto, y los vapores que obra la vieja cocinera al hervir arroz y atraviesan las páginas interviniendo el orden de lectura justo cuando se cuentan los preparativos en el ritual en honor a Magetsu, el profeta que para obrar su última muerte se ingirió a sí mismo mientras un discípulo anotaba en papel de arroz sus palabras.

Lo dicho: no se puede sintetizar Bola negra. El relato de Bellatín avanza MUY lentamente, dando vueltas (Liniers lo dibuja incluso en una secuencia donde las propias palabras del Bellatín dibujado se le van enredando a tal punto que le giran la cabeza hasta desenroscarla); avanza como si le pesaran las palabras: cada frase explota en densidad. El narrador da medio paso, se detiene para insertar otra línea, esa misma línea se interrumpe y da pie a otra, y el resultado son dos o tres renglones estallando de información abierta, que en algunos casos va a ir siendo engordada posteriormente en el texto, y en otros quedará apuntando afuera del relato, hacia otros textos de Bellatín, a veces incluso a través de las notas al pie. 

Algo tendrá que ver con esto una de las reglas que se autoimpone Liniers al “adaptar”: “Para cada página que dibuje voy a usar dos renglones del cuento (…). Si una palabra se separa en sílabas en un renglón, se separa en la página”. Parte del ritmo del relato, de la sensación de interrupciones reiteradas que van construyendo una continuidad fluida y movediza, deriva de esta regla. Además, Liniers parte frases en viñetas. Incluso en viñetas pequeñas, muy parecidas entre sí, donde el Bellatín dibujado mira hacia el lector mientras dice fragmentaria e irregularmente. Esas viñetas se me hacen por momentos los dientes de Magetsu que se come a sí mismo, los dientes que va perdiendo la vieja cocinera hasta que deba partir en la caravana de seres desdentados.

Las palabras, las direcciones desde las cuales llegan las palabras, quienes dicen, los niveles del relato, todo eso va encontrando formas gráficas diversas: hay viñetas con puntas de globo de diálogo que señalan hacia el borde de la página, globos que tienen más de una punta, o cosas como el estómago que contiene el rollo de papel de arroz con las palabras del profeta y sale de la boca del profeta cual globo de diálogo, o quizás se mete en el profeta. 

Liniers planta por ahí además otras reverberancias. Están el gordo y el flaco entre los entomólogos que acompañan a Endo Hiroshi, por ejemplo. Y está Cronenberg, que un poco venía ya en Bellatín, pero acá se acentúa. Y no sé, por algo estuve un buen rato buscando  la bola 8 que estaba convencida de haber visto; el brillo que hace esfera a la mancha negra y la convierte en bola se parece en algo a un 8 o quizás al infinito. Incluso el hallazgo de juntar elementos que reaparecen dispersos en el cuento de Bellatín justo en esta página: un grano de arroz al lado de una hormiga. Liniers no parece estar “traduciendo” de un medio a otro: más bien se mete en una fábrica de sentido y produce historieta desatada. 

Grisel Pires dos Barros

Buenos Aires, EdM, julio 2020