Dos conjeturas sobre la cuestión del llamado lenguaje inclusivo, por Andrés Saab

Andrés Saab es investigador adjunto del CONICET y Profesor Asociado en la materia Semiología del Ciclo Básico Común (UBA). Su investigación se centra en el desarrollo de análisis formales para las lenguas naturales con especial referencia a la variedad rioplatense del español. Junto con la profesora Eleonora Orlando coordina el grupo de trabajo interdisciplinario en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Sociedad Argentina de Análisis Filosófico (SADAF).
El presente texto es un adelanto exclusivo de la charla en vídeo que Saab dará para la cátedra Nuevas presencias de la sexualidad: el debate sobre la construcción de la diferencia de los sexos, de la Facultad de Psicología (UBA).

Desde hace varios años, el grupo que coordino viene explorando problemas relacionados con la permeabilidad de las lenguas naturales a estereotipos socio-históricamente determinados. El testimonio de esa permeabilidad queda impreso tanto en el léxico de una lengua dada como en ciertos mecanismos formales de combinación sintáctico-semánticos, que, en su conjunto, contribuyen a constituir los llamados discursos del odio (hate speech). Me resulta interesante, por lo tanto, pensar la cuestión del llamado “lenguaje inclusivo” en comparación con estos otros mecanismos. De más está decir que la naturaleza de los sistemas de género es mucho más opaca e inaccesible a consideraciones extra-lingüísticas, razón por la cual, como punto de partida, deberíamos poner bajo sospecha cualquier intento de simplificar la complejidad del problema mediante correlaciones que no resisten el menor análisis pero que, a pesar de eso, circulan masivamente en el foro social a través de enunciados como “el sistema de género oculta/invisibiliza a la mujer” o “el sistema de género del español es machista”. Parte de mi exposición de hoy será poner en entredicho este tipo de enunciados con el fin de contribuir al inicio de un debate sobre una cuestión que excede en mucho el problema del sistema de género en español y que puede condensarse mediante la pregunta de si las lenguas son testimonio de prácticas sociales de opresión. Si la pregunta en cuestión arroja una respuesta positiva, entonces cabe también preguntarse qué hacer al respecto. Sobre estas dos preguntas me permitiré en lo que sigue dos conjeturas.    

Antes de comenzar, quiero decir de entrada que tomé con mucha alegría la invitación de Santiago Peidro para exponer algunas de mis preocupaciones acerca del llamado “lenguaje inclusivo”. Celebro los diálogos abiertos y los debates públicos tanto en el ámbito exclusivamente académico como fuera. Y si ese debate es sobre el lenguaje, el mayor motor de mi vocación y pasión, la celebración es doble.

Es quizás una obviedad pero la digo igual: los diálogos requieren como condición de posibilidad “la escucha”. En un ámbito psicoanalítico como este, no es novedad que escuchar es una tarea compleja que supone, como mínimo, dejar que la voz ajena irrumpa, o interrumpa mejor (sin violencia ni gritos, decía una canción) mi propio monólogo interior. El reconocimiento de la voz ajena no es sin costos personales (que podrían tener la forma de la interferencia), pero, al final, si el reconocimiento es sincero, y no una mera declamación, se siente en el cuerpo cierta libertad, que es la que da el crecimiento personal.

Tengo la triste impresión de que esta cuestión del llamado lenguaje inclusivo no tiene todavía la forma de un debate (de ahí que lo llame “cuestión”, a falta de una palabra mejor) y mucho menos de un diálogo. Si lo fuera habría una serie de preguntas en el foro y distintas reflexiones que, al final del día, permitirían guiar de mejor manera la acción política, que es, al fin de cuentas, de lo que se trata todo esto. Esperaríamos que en tal foro, por supuesto, hubiera “expertos” en el lenguaje, cuya opinión debería al menos ser “escuchada” (en especial, si es que “experto” significa una vida dedicada a la reflexión filosófica y científica sobre el lenguaje). Estaría en el mismo foro la ciudadanía entera, pero sin dudas el colectivo femenino y otros colectivos como el LGBTQ+ en primer lugar, dado que “escuchar” a esos colectivos significa reconocer aunque sea parcialmente las razones que justifican el origen mismo de la cuestión, que en el fondo es mucho menos sobre el lenguaje y mucho más sobre una historia antiquísima de opresión. Cualquier contribución, desde casi cualquier perspectiva, tendiente a eliminar esa forma de opresión debe ser bienvenida por cualquiera que se precie de ser consecuente con principios esenciales de justica social e histórica.

Ahora bien, como decía, ese debate no ha empezado. Lo que tenemos por el contrario son imposiciones, declamaciones, monólogos. Desde que la cuestión se ha iniciado, o al menos desde que yo tengo conciencia de su inicio, me he sorprendido a mí mismo más de una vez más monologando, desde mi supuesto lugar de “saber”, que dialogando, en el sentido antes comentado. En cualquier caso, es difícil saber de qué va la cuestión, la verdad ¿Sobre el lenguaje? ¿Sobre políticas lingüísticas? ¿Sobre la emancipación de las mujeres y otros colectivos oprimidos?

Hay más preguntas, algunas de las cuales hacen evidente que nuestras prácticas lingüísticas están cambiando o están siendo coercionadas por la cuestión del lenguaje inclusivo aun en ausencia de todo debate. Por ejemplo, ¿por qué, en primer lugar, yo debería sentir, como siento más de una vez, que ahora cada vez quiero usar un sustantivo humano plural en una frase nominal como “los alumnos” me auto-coacciono a mí mismo y busco formas alternativas (nunca la e, porque hace mucho que mi oficio me llevó a concluir, o al menos a sospechar, que esta es la más masculina de todas las vocales)? ¿Por qué ahora, además de las sanciones que ya nos venían impuestas de las academias imperantes de la lengua (con la Real Academia Española al frente), los hablantes tenemos más motivos para sospechar de nuestro propio hablar? ¿Es mejor esta nueva sanción por estar fundamentada en las razones emancipatorias antes dadas? ¿Qué tipo de acción política es esta? ¿De visibilización de un problema? ¿Visibilización de un colectivo humano? ¿Muestra ejemplar de que el lenguaje no es solo vehículo del pensamiento sino también factor determinante de ese pensamiento? ¿Institución social hecha y (a la) derecha? Y las preguntas siguen, al menos en mi cabeza y cotidianamente.

Frente a todas estas cosas, como decía, me he sorprendido a mí mismo más monologando que dialogando. Y lo peor es que es un monólogo que me he permitido en base a auto-concederme una cierta autoridad en la materia. Porque mucho antes de que este debate surgiera, yo ya “sabía” que el español no es una institución social hecha y derecha, ya “sabía” todo lo absurdo que significa decir que una lengua tiene la fuerza de la voluntad humana, ya “sabía” que el sistema de género del español no invisibiliza a las mujeres, porque no es sobre mujeres y hombres, aunque algo de eso haya (volveré sobre la cuestión). Y lo más importante: ya “sabía” que, si en todo caso algo visibiliza el sistema de género español, es el femenino (y por una serie de relaciones gramaticales complejas al sexo femenino, entendido como lo entiende la gramática). Esto es “obvio” para todos los que trabajamos en gramática española. La ley es esta: el femenino es, para decirlo en términos más técnicos, el miembro marcado del sistema de género español. Y esto es así tanto si se asume un sistema binario del género (+/- femenino) como si se asume uno privativo, según el cual solo el rasgo femenino aparece representado en el conjunto de palabras relevantes (véase la nota al pie 7 para más precisiones al respecto). James Harris en un famoso artículo del año 1991 ha mostrado que en cualquier caso lo “visible” es el femenino[i].

Lo dicho es ampliamente aceptado por la comunidad científica. Ignacio Bosque, uno de los más grandes científicos de la lengua española, si no el más grande, presentó un informe en 2012 en nombre de la Real Academia Española tratando de aportar estas consideraciones a “la cuestión del lenguaje inclusivo”[ii]. Lo mismo ha hecho mi colega José Luis Mendívil Giró de la Universidad de Zaragoza en un artículo reciente que está por aparecer en la Revista Española de Lingüística[iii]. Es sabido que el profesor Ignacio Bosque ha recibido más agravios y contestaciones infundadas que otra cosa. Para la comunidad científica de gramáticos, a la que me siento feliz de pertenecer, esto es desconcertante y muy penoso. Al fin y al cabo, nos decimos a nosotros mismos, las consideraciones de Ignacio Bosque van en la dirección correcta, a saber: que el español no tiene masculino marcado o que el masculino no es más visible que el femenino. Como dije, más bien es lo contrario. Aunque haré algunas consideraciones adicionales al respecto, no voy a detallar acá las razones por las que esto es así; son ampliamente conocidas por la comunidad científica relevante y han sido puestas a disposición del debate público por los maestros y colegas antes mencionados. El que quiera “escuchar” que oiga. Y así las cosas de este lado gramatical de “la cuestión”.

Del otro lado de “la cuestión”, parece que se han aceptado sin más ciertas tesis controvertidas sobre el lenguaje, a saber: que la lengua es una institución social hecha y derecha y que la lengua vehiculiza sistemas conceptuales que condicionan nuestro pensamiento y prácticas. Muchos lingüistas, más lingüistas que gramáticos, aplauden y le “dan prensa” a la cuestión puesta desde este punto de vista. Así, desde esta mirada, es conveniente cambiar el sistema de género en español para modificar prácticas y pensamientos patriarcales, en el mejor de los casos, o al menos para hacer visible la cuestión, en el peor de los casos. Una forma de protesta, digamos. Ahora bien, al ponerse en juego la visión del lenguaje como institución social se abren dos opciones: la “revolucionaria” o la “parlamentarista”. La primera, que parece tener menos acogida en ciertos círculos, sugiere que el lenguaje se va a adaptar de manera más o menos indirecta a formas emancipadas de hablar cuando realmente nos emancipemos. Esta visión de la cosa parece implausible por la razón ya comentada de que el español no es una institución social hecha y derecha. La segunda nos dice que debemos “parlamentar” sobre el español y que la conclusión de ese parlamento sobre la lengua debe arrojar un sistema más acorde a principios de justicia de género. Esta visión también parece implausible y otra vez por la misma razón: el español no es una institución social hecha y derecha.

Y en ese repetirme tanto “el español no es una institución social hecha y derecha” me he conformado a mí mismo en diversas ocasiones con la autoridad que yo solo me he concedido. Otros gramáticos, mucho más autorizados que yo (como los ya mencionados), han batallado en terreno más difícil intentando mostrar que, independientemente de la cuestión “institucional” de la lengua, no existe la tan aclamada invisibilización de la mujer en el sistema de género español. Ya he comentado que por el momento esos intentos han sido fallidos (y no por culpa de los gramáticos, la verdad). Con todo, a mi modo de ver, la tesis de que el español no es una institución social como, por ejemplo, lo son ciertas instituciones jurídicas está “por encima” de toda discusión estrictamente gramatical. La tesis es bien conocida en lingüística, aunque no sé si siempre bien entendida. Su origen está en el Curso de Lingüística General de Ferdinand de Saussure, concretamente en la sección 3 del famoso capítulo III de la Introducción.[iv] En esa sección, Saussure define la semiología. Algunos de ustedes hasta quizás la recuerden de su paso por Semiología en el CBC. Ahí Saussure, o sus editores, lanza la famosa proclama de que se puede concebir “una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social” (pg. 43). La pregunta obligada es por qué constituir una ciencia nueva para un hecho social, la lengua. La pregunta es central porque dos párrafos más arriba Saussure había también afirmado que “la lengua, deslindada así del conjunto de los hechos del lenguaje, es clasificable entre los hechos humanos, mientras que el lenguaje no lo es” (pg.43). ¿Por qué no concebir entonces a la lingüística como una sub-disciplina de algunas de las ciencias humanas ya existentes (sociología, psicología, etc.)? Para los que hayan leído esta sección con atención, la respuesta es esta: porque la norma que funda el hecho (humano) lingüístico es arbitraria, es decir, sin fundamento. La lengua es entonces un tipo de hecho social, pero uno cuyo contrato fundante no nos es accesible racionalmente. Cada signo (es decir, cada asociación psicológica de pedacitos de representaciones mentales de sonido con pedacitos de significado) tiene un origen social e histórico que es, algo paradójicamente, inaccesible al debate público en el foro social mismo. De ahí que para Saussure podamos debatir sobre si la bigamia es mejor que la poligamia pero no si tal significante le va mejor a tal significado. Aun si la norma fundante fuera accesible al menos históricamente su establecimiento no contribuye en nada a la eficacia comunicativa, porque ser un comunicador eficaz de la propia lengua significa simplemente manejar las relaciones léxico-gramaticales y discursivas tal como ocurren en la conciencia de la colectividad lingüística. Es un gesto inútil, y hasta pedante, referir al origen de las palabras para justificar una movida en el juego comunicativo. Ejemplos de ese tipo de expertos inútiles sobran en los medios de comunicación masiva.

La conclusión de lo dicho se puede resumir así: las lenguas cambian pero por razones ajenas a la voluntad colectiva. Este es un hecho empírico atestiguado. La novedad del Curso de Lingüística General está en sus fundamentos. Son cuatro:

A. La arbitrariedad del signo, i.e., lo ya dicho, el contrato que funda el signo es inmotivado y, por lo tanto, carente de interés, e incluso inaccesible, para el foro social.

B. Hay demasiados signos.

C. Las relaciones entre los signos son muy complejas.

D. Hay amor a la propia lengua o, menos amorosamente, simple apego inconsciente a la tradición.

Para Saussure, las razones más importantes que explican por qué las lenguas cambian sin que la voluntad colectiva pueda ni quiera cambiarlas son la primera y la última. Después de todo, B y C son demasiado radicales. En los pocos ejemplos que existen en la historia de intento de cambio voluntario, normalmente lo que se quiere modificar es una parte del sistema y no el sistema en su conjunto. La cuestión del lenguaje inclusivo es una buena ilustración de eso. Pero A y D son esenciales. Ya expliqué A. En cuanto a D, la razón de que las lenguas no cambian por apego a la tradición o simplemente amor a la propia lengua está estrechamente relacionada con la arbitrariedad del signo (es decir, con el punto A), puesto que ¿qué otra explicación que el amor o el apego a la propia lengua podría explicar el hecho de que los hablantes son, por norma general, conservadores con respecto a su propia lengua? Hay quizás que conocer un poquito el oficio de la ciencia de la gramática para caer en la cuenta de cuán reaccionarios y conservadores son los hablantes con respecto a la propia lengua.

Ya habrán notado entonces cuán excepcional es para los científicos del lenguaje la cuestión del lenguaje inclusivo en la historia de las lenguas. Hay un subconjunto importante de los hablantes del español que empiezan a sentir, digamos, cierto “desapego” por la propia lengua. Dado que el signo es arbitrario, y que mi único vínculo afectivo a la lengua está fundado en que es la misma lengua de mis antecesores (madre y padre, fundamentalmente), toda reacción contra esta es una rebelión contra esa tradición. A diferencia de otros desapegos conocidos en la historia (la pérdida de las lenguas de nuestros inmigrantes en Argentina) esta es una verdadera reacción contra la tradición, en este caso, la tradición patriarcal. Por principio, las rebeliones tienen fundamentos que suelen ser progresivos para la comunidad humana. Yo no tengo mucho registro, de hecho, de rebeliones injustas. Y, además, personalmente creo que cuando las rebeliones contra normas impuestas e injustas son fructíferas los beneficios son para el conjunto. La esperanza mayor en este caso es que cambiar el sistema de género en español, junto con otras prácticas emancipatorias que son conocidas, resulte en una serie de beneficios evidentes: el de menos invisibilidad u ocultamiento de las mujeres en la vida social, en general, pero en el lenguaje, en particular. La pregunta es si se trata en este caso de una verdadera rebelión. Sinceramente, no tengo clara la cuestión. Me permito entonces dos conjeturas adicionales relacionadas con lo que he venido diciendo hasta aquí.

Conjetura 1 o conjetura gramatical: Hay, de hecho, resabios patriarcales en el sistema de género en español, pero por las razones opuestas a las que se esgrimen cotidianamente cuando se habla de “la cuestión del lenguaje inclusivo”. La conjetura se reduce a lo siguiente: el sistema de género en español hace “visible a la mujer” precisamente porque el modo en que el español conceptualiza el sexo natural en sustantivos en general es humano-céntrico y muy probablemente patriarcal. Desarrollo un poco.

Los gramáticos tienen toda la razón con respecto a que no existe ningún ocultamiento o invisibilización de la mujer en la lengua española. Otra vez: el género “visible” (marcado, en términos técnicos) es el femenino[v]. Ahora bien, este desconcierto que a veces tenemos los gramáticos (¿cómo es posible que nos hayan enseñado tan mal en la escuela?) no debería nublarnos. La pregunta que habría que hacerse, si realmente queremos indagar en la cuestión para convertirla en debate, sería algo así cómo ¿y por qué la lengua española marca el femenino en todos los casos (o sea, en sustantivos humanos y no humanos)? Pero más interesante aún, ¿Por qué el sexo femenino (tal como nos lo presenta el español) debe ser visible si quiere ser visto? La conjetura podría ser esta: bueno, porque por defecto, todo lo que tiene sexo en español es sexualmente “macho”, a menos que explícitamente se indique lo contrario[vi]. Permítanme aclarar un poco más la conjetura.

Como ya comenté, el sistema español marca el femenino. El sistema funciona más o menos así. Los sustantivos que denotan conjuntos humanos en su vastísima mayoría (o sea, hay muy pocas excepciones; el sustantivo persona quizás sea la excepción más conocida) tienen un miembro “hembra” y un miembro “macho”  semánticamente hablando (hermana-hermano). Como dice Harris en su artículo del 91, luego hay algunos animales que son “humanos honoris causa” como los sustantivos perro-perra, gato-gata, león-leona, tigre-tigresa, etc. Pero la gran mayoría de las especies, excepto la humana, no tienen “sexo”: en el sistema de género significa que son “epicenas”, es decir, tienen género formal de manera arbitraria (e.g., jirafa, rata, ratón, pez, hormiga, araña, etc.). Obviamente, en la mayor parte de los sustantivos no humanos, la distinción de género es totalmente arbitraria (casa vs. caso) y no produce asociaciones semánticas, salvo en algunos pares interesantes, pero algo excepcionales en el sistema, como manzana-manzano (opone el fruto al árbol), cuchilla-cuchillo (opone tamaño).

Tendríamos que hacer aquí una aclaración. El sistema de género en español es exhaustivo en el sentido de que todos los sustantivos pertenecen a un género. Pero, y esto es fundamental, el sistema no es exhaustivo en cuanto a la taxonomía que el sistema mismo forma para cosas que naturalmente están sexuadas. Por razones probablemente relacionadas con concepciones humano-céntricas, casi todo lo que es humano es macho o hembra (semánticamente hablando), pero no todo lo que tiene sexo en el mundo natural es macho o hembra en la lengua (sustantivos epicenos).

Desde este punto de vista, que hay un sesgo humano-céntrico en el sistema de género parece un hecho innegable. Pero hay una asimetría. Dijimos que todos los sustantivos tienen género formal (masculino o femenino). La pregunta sería ahora cómo se determina para cada caso el género del sustantivo en cuestión, en particular, para los sustantivos que denotan conjuntos humanos. Muy informalmente, la regla central sería esta: si el sustantivo es humano y hembra (semánticamente hablando) entonces se le asigna el género femenino. Es plausible pensar por razones de economía del sistema (y otras razones que no puedo exponer acá) que todos los sustantivos que se interpretan como “machos” (semánticamente hablando) obtienen su interpretación semántica y su género por defecto, es decir, como la opción no marcada. Dicho en términos no gramaticales: a menos que se especifique lo contrario, en contextos no plurales y no genéricos, la ausencia de marca semántica de sexo y la ausencia de marca formal de género debe interpretarse como “macho” (semánticamente hablando) y “masculino”, respectivamente. En cuanto a los usos plurales en contextos no específicos, como en “los maestros tendrán un aumento de sueldo”, o los singulares genéricos, como en “si el chico no come, algo le pasa”, lo más plausible es pensar que simplemente no se habla de entidades sexuadas en este caso. La presencia de las vocales o, e, u otras marcas mal llamadas “masculinas”, por lo ya expuesto, son precisamente una indicación de toda ausencia de sexo. Por supuesto, en el caso de los plurales, hay contextos no genéricos, como el famoso “las nenas con las nenas, los nenes con los nenes”. Suponemos acá que hay un mecanismo que asigna “macho” por defecto a “los nenes”, que en este escenario indica un conjunto de individuos sexuados.

Así funcionan, a muy grandes rasgos, los llamados sistemas de marcación de las lenguas, es decir, con reglas por defecto. Vimos que el sistema de género español es humano-céntrico en cuanto al sexo natural (no todo lo sexuado  biológicamente hablando tiene sexo semánticamente hablando) pero exhaustivo en cuanto a la marcación formal del género (todos los sustantivos tienen género). Ahora bien, el sistema está regimentado de modo tal que “por defecto” los sustantivos humanos que no son “hembras” deben interpretarse como “macho” (y masculino) en algunos contextos (singulares y definidos especialmente; ver al respecto el trabajo de Mendívil Giró que mencioné antes). Es plausible concluir que el sistema es evidentemente humano-céntrico y plausiblemente androcéntrico también.

Mi conjetura  (muy conjetural) se puede resumir así: en efecto, el sistema de sexo-género en español es humano-céntrico y con indicios que vehiculizan formas del patriarcado que por norma general dictamina que “ser macho” es la opción por defecto. Pero la conclusión de por qué esto último es así es contraria al famoso argumento de la “invisibilización de las mujeres en la lengua”. Si mi argumento es al menos plausible, se puede ser “visible” en el sistema de género de una lengua y concluir que es precisamente esa visibilización lo que nos da un registro del sesgo patriarcal del cual la lengua no es más que un testimonio. Como me hace ver mi colega y amigo Gabriel Inzaurralde de la Universidad de Leiden: “En el caso del racismo y el colonialismo la parte excluida (o incluida como excepción), es decir, la parte marcada, es por ejemplo el negro, el indio, etc. Pero su identidad está constituida precisamente por ese lugar de excepción, el que ocupa en el sistema de las denominaciones. Es la base en la que se apoya un específico sistema de reparto desigual. Por eso la violencia lingüística más efectiva es la que asume el nombre de esa particularidad, el de la excepción y lo proclama nombre universal, universalizando su punto de exclusión.” Y agrego yo: la gramática española actual deja testimonio en el hecho tan transparente de que mientras que se escucha decir “Ese tipo es un negro”, enunciado que caracteriza un cierto contexto y su hablante como racista, no es natural escuchar cosas como “ese tipo es un rubio/un blanco”[vii].

Conjetura 2 o conjetura práctica: ¿Qué hacer? Esta es la cuestión más difícil, aunque si se trata de cambiar algo sería mejor empezar por cambiar el modo en el que hablamos de la lengua más que la lengua misma. Por ejemplo, por lo dicho en los párrafos anteriores, es quizás incorrecto llamar a un sustantivo “masculino”, en el sentido positivo del término; o dicho de otro modo, el masculino indica más una ausencia que una omnipresencia (de sexo y de género, probablemente). Pero la cuestión más difícil no es sobre nuestra terminología (aunque esta indique un modo de representarnos la propia lengua), sino sobre la lengua misma. Ya vimos que para todos aquellos que consideran que la lengua es una institución social hecha y derecha las opciones podrían en principio reducirse a dos, en concreto, a las que llamé opción “revolucionaria” y opción “parlamentarista”. Sigo pensando que las dos son implausibles y desaconsejables. La primera es quizás absurda y seguro utópica. La segunda es coercitiva (o normativista) y relativista, además de ineficaz. Los argentinos somos testigos de lo inútil que ha sido intentar sacarnos el voseo durante nuestros largos años de escolarización[viii]. Todavía cuando recitamos paradigmas verbales de memoria decimos cosas como “yo amo, tú amas, etc” sin darnos ni cuenta de que la repetición del al hartazgo no nos quitó el voseo. Como sea,  en cuanto a la primera propiedad, que la estrategia es coercitiva, me niego a toda sanción sobre el uso de la lengua, en particular, cuando las razones para la censura no están ampliamente comprobadas como necesarias. Quizás, por mis inclinaciones políticas, me niegue a toda forma de censura, pero no se trata de mis inclinaciones esto. La segunda propiedad, la relativista, es también controvertida. Hay propuestas que suponen la alteración total del sistema de género. De lo que se trataría es de convertir a todos los sustantivos humanos en una forma epicena única con e, por ejemplo. En otro lado, he comentado que era muy escéptico con respecto a la eficacia de este tipo de estrategias anti-saussureanas[ix]. No veo por qué convertir a los nombres humanos enepicenos ayudaría en algo, la verdad. Ninguno de nosotros piensa que las jirafas no tienen sexo natural por el mero hecho de que el sustantivo jirafa sea epiceno en español. Nunca está de más ser enfáticos no solo en lo controvertido de algunas tesis relativistas que circulan sobre el lenguaje en la comunidad sino también en su ineficacia práctica.

Ya lo dije pero lo repito: el lenguaje más que determinar o condicionar el pensamiento o prácticas es testimonio de prácticas sociales pasadas y presentes. Hay casos en que la misoginia, la xenofobia o el racismo tienen un testimonio visible (y me animo a asegurar que hasta matematizable) en palabras, frases o discursos enteros. Para esos casos, se han propuesto formas diferentes del llamado “silencismo” o tabú (en inglés, decir nigger es tabú para todos los miembros no afroamericanos de la comunidad)  aunque también circulan prácticas políticas antisilencistas como los llamados usos reapropiados de esas palabras (nigger usado por un afroamericano es otra vez un buen ejemplo). El silencismo es una típica estrategia de los llamados movimientos de lo políticamente correcto tan bien criticados por  Jean-Claude Milner. El caso de la mujer blanca que en el Central Park  de Nueva York llama por teléfono al 911 (solo dos días luego del crimen de Minneapolis) diciendo que un “Afro-American” se le acercaba de forma amenazante, cuando el ciudadano en cuestión solo le decía que le ponga la correa obligatoria a su perro es una buena ilustración de la ineficacia del silencismo. En tal caso, me resultan más interesantes políticamente las estrategias de reapropiación, que en muchos casos han permitido “extender los contextos de las palabras” para eliminar parte de su carga venenosa. Ahora, en la “cuestión del género” ya he mostrado mi escepticismo con cualquier forma de abolicionismo lingüístico y reemplazo coercitivo.  No es claro, sin embargo, acá de qué podría tratarse una estrategia de reapropiación del sistema de género. Y en parte creo que eso es por el modo en que el sistema de género funciona cuando lo oponemos o comparamos con casos indudables de rastros misóginos, xenófobos o racistas en la lengua que, de hecho, permiten caracterizar en una inmensa gama de contextos un tipo de hablante: el hablante misógino, racista o xenófobo. El sistema de género del español, por sus características, no permite seleccionar contextos particulares porque el sistema tiene carácter universal. Eso significa que no hace visible, y por lo tanto no permite caracterizar, ninguna inclinación ideológica del hablante, ni censurable ni no censurable. Y esto es así aun cuando podamos conceder, como yo he concedido aquí a manera de invitación a la escucha y el diálogo, que el sistema de género del español es testimonio de prácticas antiquísimas de segregación por género. En suma, aceptar que las lenguas brindan testimonio de prácticas de opresión no nos lleva a aceptar ni tesis relativistas sobre el lenguaje y mucho menos a confiar en acciones coercitivas que, con toda razón, podemos apodar de “ineficaces” o “inútiles”.

La pregunta final es entonces qué hacer con esos testimonios que el lenguaje nos brinda, pero en particular con aquellos que aparecen imbricados en capas geológicas de miríadas de usos pasados de la lengua. Estos casos son los más difíciles porque no sabemos casi nada, o quizás nada, sobre la capa original, es decir, sobre el fundamento de su origen, aunque alentemos conjeturas al respecto. Yo diría que habría que exponer en todo lugar posible las múltiples formas en que las lenguas pueden dar testimonio de formas de opresión que a la lengua misma le son ajenas.  Quizás esta sea apenas una buena manera de abrir el diálogo que permita un primer atisbo de respuesta colectiva a la pregunta urgente del qué hacer con las diversas formas de la opresión hacía las mujeres en el pasado y en el presente. Tal como están las cosas por el momento, me temo que las propuestas que circulan sobre la cuestión del lenguaje inclusivo no producen consciencia sobre los mecanismos de dominación (capitalista) sino simplemente borran sus huellas[x].

Andrés Saab

Buenos Aires, EdM, junio de 2020


[i] Harris, James. 1991. The exponence of gender in Spanish. Linguistic Inquiry, 22(1): 27-62.

[ii] Bosque, Ignacio. 2012. Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer. Boletín de Información Lingüística de la Real Academia Española, 1,www.rae.es/sites/default/files/Bosque_sexismo_linguistico.pdf. Creo que el profesor Ignacio Bosque ha sido objeto de críticas infundadas más por el lugar de enunciación del trabajo (la RAE) que por su contenido.

[iii] Mendívil Giró, José Luis. 2019. El masculino inclusivo en español. Por aparecer en Revista Española de Lingüística. El trabajo de Mendívil Giró es muy lúcido en cuanto a la cuestión gramatical y tiene la virtud, además, de que puede ser leído por un público más amplio que el de la comunidad de gramáticos.

[iv] Saussure de, Ferdinand [1916] Curso de lingüística general. Buenos Aires: Losada, 1994.

[v] La cuestión de la marcación es teóricamente compleja, pero solo para que el lector no especializado se dé una idea de lo que tengo en mente, considérense pares de ejemplos simples como doctor-doctora, en los que el miembro femenino tiene una “marca” morfológica adicional. Esto por supuesto no agota la cuestión ni quiere decir que la marcación siempre tenga este correlato morfológico. Agradezco a Mercedes Pujalte por el ejemplo y discusión al respecto.

[vi] Como me hace notar mi colega Pablo Zdrojewski, hay otros puntos críticos que no puedo abordar en esta breve nota. Por ejemplo, otros “desapegos” con la propia lengua tienen que ver con el hecho de que el “sistema binario” (al menos tal como se lo representan algunos hablantes; ya vimos que esto es más que controvertido) no incluye otros colectivos que no se identifican con los dos polos de tal sistema. Ciertamente, el sistema de género en español en los sustantivos humanos arroja una taxonomía bastante “surreal”, según la cual, como ya dijimos, solo los humanos tienen sexo (y algunos animales humanizados honoris causa) y el sexo representado, además, es hembra o macho. No sería imposible concebir un sistema de género con otras taxonomías; lo que, en todo caso, parece implausible es concebir un sistema de género cuyo núcleo semántico no arroje, al fin de cuentas, una taxonomía. Por principio, toda taxonomía que tipifique sobre grupos humanos tiende a la construcción de estereotipos y, para ponerlo de manera más dramática, a la falsedad lisa y llana. Ni que decir que los gramáticos ya “sabemos” que formalmente cualquier relación de rasgos equipolentes (trans, cis, homo, etc.) se puede traducir formalmente en un sistema binario. La distinción de rasgos en equipolentes, graduales y privativos se debe a Trubetzkoy (1939, Principios de Fonología, Madrid: Cincel, 1973), donde la noción de diferencia saussureana se explicita y desarrolla en detalle para la parte formal del signo, el significante. Un diferencia es gradual cuando la oposición se da en una misma propiedad pero en distintos grados de tal propiedad (por ejemplo, los rasgos [+/- alto] y [+/- anterior] permiten clasificar binariamente a todas las vocales del español). Una diferencia es privativa cuando la diferencia en cuestión se da solo por la presencia o ausencia de un rasgo. Por ejemplo, el rasgo de sonoridad, determinado por la acción de las cuerdas vocales, diferencia la consonante b de la p, por la presencia vs. ausencia de esta propiedad de sonoridad. Finalmente, los rasgos equipolentes son los que se dan todos en una misma dimensión lógica sin introducir relaciones jerárquicas entre sí. Por ejemplo, el punto de articulación diferencia consonantes no por relaciones graduales o privativas sino por la especificación de un punto de articulación dado. Así, p, t y k se diferencian por especificar distintos puntos articulación, bilabial, dental y velar, respectivamente. Roman Jakobson mostró en varios trabajos que todas las diferencias se pueden traducir formalmente a un sistema binario, o sea, a un sistema de rasgos graduales con escalas de solo dos grados opuestos (+/- X). Esto es lo que quiero decir, entonces, cuando digo que los gramáticos ya “sabemos” que las relaciones equipolentes cis, homo, trans, etc (o sea, clasificaciones lógicas y equivalentes en una misma dimensión) se pueden traducir a relaciones binarias. Como sea, el problema sigue siendo si deseamos complejizar la taxonomía. Si de lo que se trata es de evitar estereotipos, entonces todo intento de refinamiento taxonómico es desaconsejable.   

[vii] Sobre este punto véanse también las lúcidas observaciones de Ignacio Bosque en sus Categorías Gramaticales (Madrid: Síntesis, 1990).

[viii] Este es un argumento que se hizo muy conocido en un artículo de Beatriz Sarlo en el diario El País en 2018: https://elpais.com/cultura/2018/10/09/babelia/1539083839_285133.html.

[ix] Saab, Andrés. 2018. Nostalgia del estructuralismo. Sobre una exclusión del lenguaje inclusivoEscritores del MundoOctubre 2018.

[x] Agradezco a Gabriel Inzaurralde por hacerme ver con mayor claridad lo que tenía en mente en este último párrafo.


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