Un aporte a la confusión general sobre la cuestión del llamado lenguaje inclusivo, por Pablo Luzuriaga

La Secretaría de Bienestar de la Universidad Nacional de Mar del Plata elaboró una Guía para el uso de un lenguaje inclusivo. La guía refiere a distintas teorías y premisas sobre la relación entre el lenguaje y el poder: Pierre Bourdieu, Rita Segato, Sandra Chaher configuran una concepción sobre el lenguaje al mismo tiempo como forma de comunicación y como punto de vista acerca del mundo, atravesado por la política y la historia del patriarcado. Se ha escrito mucho al respecto. Prima cierta confusión general que estimamos provechosa. La Guía… invita a asumir una perspectiva crítica respecto del binarismo en el lenguaje y al mismo tiempo convoca a modificarlo bajo una serie de principios de «estilo», como los manuales de estilo en el periodismo, pero desde el punto de vista institucional de la Universidad para consigo misma. Hay una serie de principios que se pueden aprender con práctica, esos principios contradicen al lenguaje hegemónico y su utilización implica abrir una zona de emancipación donde la violencia patriarcal no se afirma cada vez que se dice o escribe.

La Guía… supone un pasaje a la acción directa como resultado de un diagnóstico sobre la relación entre el lenguaje y el poder. Frente a una política de estas características cabe preguntar por su vocación de emancipación o nueva imposición de signo contrario, aunque diverso. ¿Podemos cambiar la gramática con acciones colectivas que sean demandas transformadas luego en leyes, normativas o recomendaciones? Andres Saab en dos notas (I., II.) de hace pocos meses en Escritores del Mundo sugiere que no. Pone en duda la lógica política de la distribución sexo-genérica y también afirma la imposibilidad intrínseca a la gramática de ser transformada a voluntad, tal como dijo Saussure. Sin embargo, la Guía… de la Universidad de Mar del Plata no es prescriptiva. En la Universidad Nacional –al sur de la provincia de Buenos Aires– no obligan a hablar en lenguaje inclusivo. La Guía…, en todo caso, habilita su uso; quien reciba un examen escrito mediante las pautas del lenguaje inclusivo tiene a disposición esta guía para evaluarlo. Como afirman Saab y otres lingüistas, el uso de la «e», desde el punto de vista morfológico de la gramática, funciona, se podría escribir una gramática del lenguaje inclusivo.

Cualquier maestra o maestro en la primaria, cualquier profesor o profesora de Lengua en la secundaria podrían enseñarlo, si así lo desean. En especial si es motivo para incentivar el aprendizaje de la gramática que siempre es difícil.  

La médica forense que afirma que a Facundo Castro lo asesinaron, entre otras muchas personas, lo usa sin problemas.

Beatriz Sarlo recurrió a una figura para explicar su posición al respecto: un grupo de cinco chicas del Colegio Nacional Buenos Aires reunidas en una esquina del centro porteño practican una lengua nueva y, por medio de la lucha hegemónica, logran su propósito; difícil. 

¿Funciona así una lengua? Quieren que el mundo sea Tlön. Desde la perspectiva de algunos feminismos, el idealismo humanista se mostró patriarcal y falso. El lenguaje no idealista, el de la gramática estructural o generativa de nuestro idioma, es binario. El lenguaje inclusivo –también llamado «no binario» porque más que «incluir» lo que estaría haciendo es implosionar la lógica binaria hacia otra diversa, así lo explica la lingüista Gabriela Zunino en este podcast– como problema especulativo vuelve a poner sobre la mesa una discusión central en la lingüística del siglo XX: ¿la gramática está en las «mentes» de los hablantes desde el punto de vista fisiológico o es cultural y además de estar en las «mentes» está en muchos otros lugares? Otra vez, emerge la pregunta sobre la adquisición del lenguaje y los sentidos de la cultura y la sociedad, tal como la formuló hace ya muchos años Giorgio Agamben en «Infancia e historia». 

Los animales que no pertenecen a la especie humana hablan el lenguaje de la naturaleza, nosotres hablamos el de la cultura, el binarismo de los sexos masculino y femenino no es el fundamento de la identidad, porque la identidad no tiene fundamento natural. Las conquistas feministas, como muchas otras conquistas sociales, rompieron con los dogmas que ataban la identidad a una condición natural. ¿El binarismo que el lenguaje «inclusivo» viene a discutir es natural o histórico? ¿Está en la lengua o en su uso? ¿Por qué se registra de distintas maneras en todas las lenguas? ¿Puede estar en la lengua debido a su uso? ¿Qué influencias hay entre la naturaleza, la historia y la cultura? Las teorías lingüísticas, como los feminismos o la teoría de las masculinidades no responden esas preguntas de modo concluyente. Una consideración sobre historia de las lenguas que atienda al mismo tiempo a la historia de los cuerpos sobre el planeta podría responder acerca de la historicidad de la materia viva y su despliegue: la historia de la evolución de los cuerpos y las lenguas. En algún lugar se pierde el límite entre la historia como el pasado social –más allá de la escritura– y el pasado de los cuerpos, la conexión entre los otros de la vida en común con nuestras ganas de mirar el horizonte o la ventana, y no el piso.

Sobre el origen de las lenguas. ¿Se puede inventar «a voluntad» una lengua que ponga en acto un mundo nuevo? ¿La gramática es un hecho «mental» o «social»? ¿Una lengua no binaria puede instaurar un nuevo mundo, como Tlön sin sustantivos? El «mundo» de las relaciones sociales –que vive en el lenguaje– se puede cambiar, porque todo lo social puede cambiar. La acción provoca el cambio, hablar lenguaje no binario es una acción performativa. ¿Pero de qué clase?

Los cambios en el lenguaje y en la cultura en general no tienen la misma dinámica que en la política y los derechos civiles en particular. La Ley de Matrimonio Igualitario modificó la vida de millones de personas en el instante en que fue promulgada; pero el uso del morfema «e» como forma de destruir el binarismo del lenguaje no se puede legislar desde el Estado. Podemos exigir al Estado su aprobación y libre uso. Pero no obligar. El Estado no obliga a hablar en lenguaje binario desde el punto de vista de las identidades, lo enseña y lo reproduce, pero no puede obligar, porque así no funciona la lengua. La estructura morfológica del lenguaje obliga a dividir en dos, no es el Estado. La gramática no es una norma legal entre otras del código civil que leía Stendhal para escribir sus novelas.

La figura del poeta romántico como «hacedor» –la convicción de que lo singular en las obras de arte está asociado a su carácter único y distintivo como una porción de «mundo» no olvidada en la generalidad– para quien el pasado y la tradición conforman las referencias donde habitamos; el mito del artista de la creación verbal que como genio moderno reemplaza a Dios y asigna forma «sublunar» al mundo cultural, político y social, suena como un eco en la propuesta del lenguaje no binario: la palabra le da forma al mundo, lo hace con discursos y acciones performativas. 

Parece tratarse más de un problema poético que normativo.

Modificar la forma de distribuir el binarismo masculino y femenino en el uso del lenguaje contribuye a cambiar el mundo, vuelve posible otras formas de referir a la identidad de género. La Guía… explica el modo de hacerlo, aunque no obliga, sin embargo, pone en escena el dilema del lenguaje no binario en las instituciones. Lo primero que esta forma de habla reclama es ser aceptada. Luego, si se impone su uso mediante la práctica, ¿el mundo será Tlön?  

Si lo termina usando todo el universo de hablantes –o no– es un asunto que habrá que evaluar en el futuro. En el caso de que no lo haga, que se mantenga a lo largo del tiempo como una variedad de la lengua entre otras, la alternativa provisoria que proponemos contribuye a la confusión general. El lenguaje no binario se puede interpretar como una respuesta de acción directa al problema del patriarcado o como una acción indirecta, performativa, poética –y confusa– de escala jamás vista. 

Tal como el siluetazo en las rondas de las Madres de Plaza de Mayo para el régimen de reparto de imágenes acerca de la ausencia de los detenidos-desaparecidos –una acción artística, performativa, colectiva y política–; la práctica y difusión del lenguaje no binario interfiere en la circulación general de la cultura y la significación. Cada vez que escribo, algo se interrumpe ahí donde la poética política de esta variedad señala al binarismo que parece natural –de la gramática y el cerebro– pero es cultural, político e histórico. La vanguardia poética del grupo de chicas en la esquina del centro porteño –y las muy numerosas otras mujeres movilizadas en todo el planeta– pone en escena en el espacio público un nuevo régimen de sensibilidad que interfiere el curso «normal» de los acontecimientos. Las vanguardias desde la década de 1910 hasta 1970 (cuando fue publicada la Teoría Estética de Adorno), igual que ahora el feminismo contemporáneo, fueron políticas culturales que respondieron a la cultura de masas, a favor de las masas emancipadas, replegadas de la Industria Cultural y –ahora más que nunca– contra el patriarcado.

Evidencias de la conexión subterránea entre la primera ola feminista, las vanguardias, la revolución en Rusia y su impacto en otros países del mundo aparecen reunidas en Soviets en Buenos Aires de Roberto Pittaluga. 

Si el lenguaje no binario es una poética –si es artístico– no es prescriptivo como fabulan quienes todavía se escandalizan ante la crisis de sus viejas, muy marchistas, certezas. Luego de una eventual revolución feminista, el subsiguiente «realismo feminista» podría imponer una única forma de hablar y escribir. El carácter «poético», «hacedor» del lenguaje no binario lo inscribe en el problema general del arte político que interesaba a Walter Benjamin cuando leía a Bertolt Brecht. El lenguaje no binario, leído como performance artístico política análoga a la del siluetazo –una acción artística asumida por un colectivo que la lleva a cabo bajo la modalidad del trabajo colaborativo en «taller»–, estaría provocando un efecto de distanciamiento de la percepción desde el punto de vista del lenguaje y sus usos. El lenguaje no binario y el feminismo en general extrañan la mirada sobre la cultura y la política y ponen en evidencia lo que se muestra natural. 

De esta forma, el lenguaje no binario podría ser un juego surrealista que no sabe que lo es. 

Desde el punto de vista de la cultura, a distancia del lenguaje como gramática, los feminismos y sus derivaciones hacia diversas identidades son el destino coherente a la pérdida de los fundamentos esencialistas de toda religión, incluida la razón y el Estado. Precursor perspectivista heresiarca y radicalizado, Nietzsche subrayó la relación entre el lenguaje y el poder. Para tranquilizar a quienes radicalizan sus posiciones hacia el conservadurismo y el fascismo, podemos afirmar que el feminismo en general parece un nuevo capítulo de algo que viene sucediendo hace mucho tiempo. Así se explica en el curso obligatorio para docentes de UBA a partir de la Ley Micaela. Muchos y muchas nos entusiasmamos porque se manifiesta como un capítulo inédito en la historia de la emancipación. 

No obstante, antes que un escritor o un científico pensara dejar abandonar el Latín y adoptar su lengua materna, existió su lengua materna. Quizás alguna vez el lenguaje no binario sea la lengua materna de alguien, ¿quién puede afirmar lo contrario? Recién entonces el «mundo» comenzará a ser Tlön. 

¿Cuál será el primer texto en quedar en pie por siglos escrito con lenguaje no binario? ¿Quién de ustedes escribirá ese texto?

Escribo «ustedes» porque el lenguaje no binario nos recuerda a quienes no lo usamos a diario nuestro carácter siempre situado y relativo, pone en crisis el lugar de enunciación –soy hombre, no tan blanco, universitario, de clase media, casado, con dos hijes y vivo en el cono sur de América. ¿Qué autoridad tiene este «yo de papel» para decir que el mundo puede ser Tlön, pero no así? Ninguna. El ataque de esta innovadora forma de habla al binarismo de los «fundamentos naturales» del lenguaje quizás sea una de las acciones poético-performativas más radicales en mucho tiempo. Celebramos todas las confusiones que provoca e invitamos a los y las colegas profesores de lengua y literatura a enseñar morfología en la escuela a jóvenes impulsades por el interés de este tema político cultural. ¿Qué otra cosa podría desear un colega profesor de Lengua en la escuela que una excusa de este calibre para explicar morfología y gramática?

En las horas de lengua y literatura se acostumbra hablar de morfemas y de «mundos» donde habitamos. Los profesores y las profesoras proponemos juegos con el lenguaje desde la época de las vanguardias históricas en adelante. Los fundamentos identitarios fueron programáticamente disueltos por la literatura; en un poema de Oliverio Girondo, uno de Susana Thenon, de Macedonio Fernández o uno de Alejandra Pizarnik. Los cambios en la gramática no se producen de forma inmediata por voluntad, como la Ley de Matrimonio Igualitario o la Ley Micaela que nos obliga a los docentes de la Universidad a realizar un curso sobre género; tampoco se vota el «canon» literario en el Congreso. La Universidad legitima y habilita algo que de existir sucede también en otro lado. Dentro y fuera de la Universidad existe el patriarcado, dentro y fuera de la universidad hablan lenguaje no binario. 

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, diciembre de 2020