Caras y Caretas en el sentido común, por Miguel Vitagliano

Bartolomé Mitre publicó “Los ingleses en la India” en 1857, ocho años antes de convertirse en Presidente. A juzgar por el título, el artículo iba a ocuparse del levantamiento de los soldados indios contra el orden imperial; sin embargo, después de las primeras líneas que ensalzaban la función civilizatoria de los británicos, el comentario dejaba caer su careta y presentaba una igualación entre los indios de la India y los indios de las pampas, y desde luego también entre sus oponentes. Comenzaba diciendo: “No faltan quienes hagan votos por la destrucción del imperio británico en la India. Éste es un voto bárbaro y antisocial, como si en nuestra guerra con los pampas hubiese alguno que deseara el triunfo de Calfucurá sobre los defensores de la civilización y el cristianismo.” 

La astucia retórica de Mitre proyectaba su mirada hacia el porvenir, sin soslayar una preocupación inmediata. Un mes atrás había ido a contener un levantamiento de los pampas y sus soldados se demoraron saqueando las tolderías, lo que dio tiempo a la llegada del auxilio de Calfucurá. Mitre emprendió la retirada para impedir el desastre y desfiló esa rara victoria por las calles de Buenos Aires.

Pero ningún artilugio retórico animó a Hilda Duhalde al declarar, en 1997, contra “la soberbia” de los porteños: “Creen que los bonaerenses somos indios.” La entonces Diputada Nacional por la Provincia de Buenos Aires no hacía más que repetir lo que el sentido común había naturalizado y que repetían, a lo largo de varias generaciones, muchas familias en el momento de inculcar modales a sus vástagos. Tampoco el Ministro de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, echó mano a la retórica cuando hace dos meses criticó la represión policial contra los trabajadores despedidos de un frigorífico de Quilmes. “La orden era clara, no tenían que reprimir”, dijo: “La función de la policía cuando hay delito es reprimir, pero todo tiene una técnica, no somos indios salvajes.” Se entiende que estaba refiriéndose a la fuerza policial bajo su mando, lo que no se entiende es por qué ponía a “los indios” en medio del asunto.

El último Censo Nacional (2010) registra que el 2, 4 % de la población es descendiente de pueblos originarios. Muchos considerarán que se trata de un porcentaje alto, otros tenderán a minimizarlo. En lo que no hay dudas es que la presencia de “los indios” irrumpe constantemente en nuestro lenguaje, y aun cuando los hablantes ni lo adviertan.      

La foto que encabeza esta nota pertenece a tres de los cuatro jóvenes chaqueños que el domingo 31 de mayo fueron golpeados y torturados por un grupo de policías de Fontana, Chaco. Entraron a insultos a la casa de la familia Fernández Saravia, de origen Qom, y se llevaron a los jóvenes, entre ellos a una menor a la que sometieron a manoseos sexuales. Los vejámenes continuaron en la comisaría. Llegaron a rociarlos con alcohol amenazándolos con quemarlos, mientras les gritaban “indios infectados”. El mote de “infectados” hacía referencia al coronavirus, lo de “indios” daba por sobreentendido otro tipo de virus para el cuerpo social. Los policías se encuentran hoy detenidos. 

¿Hasta qué punto el suceso resulta ocasional y no es la expresión de una careta social que cae y deja ver la cara de la sociedad? ¿Era la primera vez que los policías actuaban de esa manera? ¿Podría asegurarse que ningún comportamiento social, manifiesto o implícito, los envalentonó para que cometieran esa sucesión de delitos? En definitiva, si encerraron a los cuatro jóvenes en la comisaría fue porque entendían que lo que hacían no era algo ajeno a ese espacio, que actuaban siguiendo lo dictado por el sentido común.  

En una encuesta del INADI a jóvenes de 19 a 29 años sobre “los tipos de discriminación a los jóvenes”, los resultados de AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires) registraron que la principal excusa era “el aspecto físico” (20%), seguidas por “la obesidad” (15%), “el color de piel” (14%), “por ser migrante” (12 %) y “por nivel socioeconómico y vestimenta” (11 %). Los porcentajes son bastante parejos, y los rasgos parecen intercambiar prejuicios similares, cuando no se implican unos a otros. En la zona del NEA (a la que pertenece la provincia de Chaco), la encuesta reconoce al “aspecto físico” como el prejuicio más alto (22 %), siendo el menor la pertenencia a “pueblos originarios” (6 %); y entre ambos se ubican “el color de piel y la obesidad” (11 %), “formas de pensar” (9 %) y “la vestimenta” (8 %). Los porcentajes de los prejuicios destacan una brecha importante entre el primero en el orden y los demás; pero los rasgos continúan implicándose.  Los datos promedio de todo el país ofrecen similares características: “aspecto físico” (22 %), “nivel socioeconómico” (16%), “obesidad” (13 %), “color de piel” (12 %), “vestimenta” (9%). (Fuente, 2014: http://www.inadi.gob.ar/mapa-discriminacion/documentos/mapa-de-la-discriminacion-segunda-edicion.pdf)

El modo en que los encuestados mencionaron cada rasgo de prejuicio podría revelar cierta naturalización del problema; el “aspecto físico”, por ejemplo, se propone deslindado del “color de piel” y el “ser migrante”.  Otro indicador relevante es el rango que ocupa “obesidad y exceso de peso”, sobre todo considerando que el 61, 6 % de la población del país tiene sobrepeso (36, 2 %) o padece obesidad (25, 4 %) (Fuente, 2019: https://www.argentina.gob.ar/noticias/en-argentina-aumento-el-sobrepeso-la-obesidad-la-diabetes-y-el-sedentarismo#). La mirada social naturaliza lo que más percibe a su alrededor, y la discriminación tiende a moverse en espejo, rechaza lo que teme o no quiere reconocer propio. El discriminado es el chivo expiatorio ante el peligro. Pero el peligro es lo propio agazapado en cada miembro de la comunidad. No siempre desde luego, pero sí en lo que evidencian los resultados promedio de todo el país.

Si no es un chivo expiatorio, la otra posibilidad es que se trate de un falsario. Ése es el comportamiento de las sociedades que tienen un alto grado de discriminación como la nuestra. Se trata de “no somos indios” y de “ellos mienten, quieren engañarnos”. Los 77 días en los que se ignoró el paradero de Santiago Maldonado desde el día -el 1 de agosto de 2017- en que la Gendarmería Nacional allanó el Pu Lof Cushamen, en Chubut, la prensa utilizó sendos apelativos para referirse a su persona, en el contexto todos ellos arrastraban un matiz descalificador. Que se dijera que era un hippie, artesano, tatuador, joven de clase media, ojos claros, eran artilugios retóricos para sostener que no era su lugar participar del corte de ruta encabezado por la comunidad mapuche como reclamo de sus tierras ancestrales. En otras palabras, lo que hacía no era producto de convicciones ideológicas sino, en el mejor de los casos, de las ilusiones de la juventud; no era un falsario, era alguien que aún no sabía. Esa trama descalificatoria resultaba funcional a la exculpación del Estado y los gendarmes, que acaso pensaran –y asumo mi prejuicio- que Maldonado era un falsario mapuche y que ignoraba la realidad que ellos conocían de sobra. Antes de que el cuerpo de Santiago Maldonado apareciera en un arroyo junto al Pu Lof -se había ahogado el día del allanamiento en pleno invierno; no sabía nadar-, la prensa buscó desautorizar a Fernando James Huala, werken (vocero) de la Comunidad Pu Lof Cushamen, mostrando fotos de diez años atrás cuando había sido “flogger, la tribu urbana que hacía furor en el país hace diez años”. Un diario título “El pasado de Jonas Huala: de flogger a líder mapuche” (15/IX/2017). Es cierto, tal vez sea excesivo indicar que fue en La Nación, el diario fundado por Mitre quince años después de publicar aquel artículo sobre la civilización amenazada.

                                                                      Miguel Vitagliano

                                                           Buenos Aires, EdM, junio 2020


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