El pliegue interno: Noche en Macerata, por Graciela Batticuore

En el diario de la espera nada acepta la inmovilidad ni la ausencia. En esta segunda entrega, Batticuore convoca las voces grabadas para el trabajo de una novela y el viaje a Macerata, Italia, vórtice y principio de la narración. Elige confinarse en aquella casa italiana mientras da vueltas en la otra, en Buenos Aires, y escribe: “La casa de mi madre está hecha de piedras. Todo el pueblo de Castropignano es de piedras. Ahí mismo nació María, creció y compartió la cama con su madre y con su hermana mayor hasta que ella se casó y se fue, dice que dormían abrazadas las tres, mientras nevaba afuera como hoy en Macerata.”

25 de marzo. Sigue la cuarentena. Una y media de la mañana en mi cama con la máquina encendida. No estoy apurada por apagar la luz, ya vengo corrida de horarios en todo. Hoy almorcé a las cuatro, me había despertado a las once. Quién me ha visto y quién me ve tan entregada a los cambios. Pero esta noche empecé a extrañar un poco a mamá, tal vez el sentimiento está ligado al mensaje de Amanda que leí hace un rato. Eran las diez cuando entraron al teléfono cuatro o cinco envíos suyos muy largos por whatsapp. Me llamó la atención el horario, porque en Italia serían casi las tres de la mañana. Amanda desde su cama me decía que estaba tiritando de frío, que afuera nevaba y que la nieve de marzo parece tan irreal como todo lo que está pasando en su país y en el mundo ahora. Son miles y miles los muertos en Italia, la situación es desoladora, ya no pueden salir a la calle, las ventas del supermercado y farmacias se hacen sólo a domicilio. Me decía Amanda que su hijo lloró esta tarde cuando escuchó que podrían seguir adentro hasta fines de julio. Después comentaba mi novela de un modo profundo, en sintonía con otras anotaciones que me fue mandando en las últimas semanas desde que la empezó a leer, ya encerrada en la casa. Pero este es el momento, me dijo. Y lo hizo, la terminó ayer. Trescientas cincuenta páginas pueden ser una gran proeza para la lectora de una aprendiz de novelista. O una entrega generosa. 

Amanda dice que la voz de la madre en la novela es como una voz colectiva, que su relato es el de muchxs, que esa voz tiene la potencia que le atribuye Benjamin al narrador. Después me habla del final, de la locura de María que ningún médico puede sanar, del cuerpo de María que es objeto de tantas manipulaciones y de la desidia médica. Es cierto. Yo lo entendí y no lo entendí al escuchar a mi madre, a veces me hace falta tomar distancia para escribir sobre ella, entrar, salir, desconocerla. Amanda también puso el ojo en el episodio misterioso de la inyección que curó a María. Y en la naturaleza de esa hija inquieta que nació después de tanta odisea con los embarazos previos, la hija menor, tardía, la que se salvó de usar fajas que le apretaran el cuerpito ansioso. Esa hija que vino al mundo para calmar la locura de la madre fui yo.

Cuando hacía las grabaciones para la novela, la parte final del relato de mamá tan descarnado y trágico lo tuve que hacer dos veces, la primera me la acuerdo bien, fue un comienzo de año que pasamos juntas en casa, las dos solas. Yo dediqué el día completo a escucharla pero después perdí la grabación y la hicimos de nuevo otra tarde. En su audio de hoy, Amanda me habla también de los nombres de los ancestros que aparecen sobre el final de la historia, del orgullo con el que se inscriben en la novela. Es cierto. Y es un punto de llegada que me hace sentir más entera. 

Hace un rato leí y releí todos esos mensajes en el living de casa pero me la imaginé a Amanda en su cama, con su marido al lado durmiendo, ella desvelada y tiritando de frío. Más allá, el cuarto de Leo; más acá, la ventana por la que me asomé cuando estuve en su casa para mirar los techos de Macerata, las campanas de la iglesia que está justo enfrente. Suenan varias veces al día las campanas, desde la ventana en alto se puede ver el movimiento acompasado, sentir la resonancia en las calles. En el recuerdo me vi yo también en esa casa hace unos meses atrás, en octubre pasado. Antes de eso había estado en Roma, de ahí nos fuimos juntas a Le Marche con Amanda, en su auto, aprovechando que ella había viajado para visitar a la madre justo ese fin de semana. Llegamos y me alojé en su casa, conocí la ciudad, después di una charla en la Universidad donde me atreví a nombrar a mis nonos campesinos mientras hablaba sobre analfabetismo, lectura e intimidad. Ahora Italia está repleta de viejos que se mueren solos en los hospitales, eso dicen los diarios y muestran imágenes horrendas los noticieros. Yo viajé para entrevistar a los ancianos del pueblo de Castropignano, el lugar donde nacieron mis padres. Fui a escuchar a esa gente para que me cuenten del pasado ellos también, del trabajo y de la tierra, de la guerra y la familia, de la Italia que reconstruyeron los que se quedaron allá. Desde la casa de Amanda en Macerata tomé un bus hasta Termoli, de ahí otro más a Campobasso, cuando bajé en la terminal me estaban esperando Dora y Pepino, los dos juntos, sonrientes. Dora con su cofia verde sobre los ojos claros, después comprobé que la usa nada más que cuando está fuera de casa para que no se noten los efectos de la quimio a simple vista. Me llevaron a Castropignano y ahí también tuve una mesa donde comer todos los mediodías y todas las noches, siempre con ellos. Pero además tuve un cuarto propio donde dormir y despertar a solas esos días, en otra casa que había alquilado antes. Este es el segundo año que visito la región donde vivieron mis padres hace menos de cien años. Son las vueltas de la vida dicen. 

Mi casita italiana está en la entrada del pueblo, junto al arco, frente a la despensa de Consiglia que me alquila el lugar. Así tuve un cuarto propio en Castropignano por unos días, ahí escribí, ahí también miré por la ventana de leño y vi el cielo. Caminé desde esa casa subiendo y bajando la colina todos los días para llegar al lugar donde nació mi papá, en la entrada hay una puerta verde que está siempre cerrada porque no vive nadie ahora, aunque se ve moderna, como otras tantas casas vacías de un pueblo donde los jóvenes en su mayoría se van. No pude entrar, por segundo año consecutivo. Pero a la casa de mi mamá sí que pude entrar esta vez, había una llave en la puerta, del lado de afuera, la dueña vive enfrente y me dejó pasar. A la salida brindamos, la empatía es así.

La casa de mi madre está hecha de piedras. Todo el pueblo de Castropignano es de piedras. Ahí mismo nació María, creció y compartió la cama con su madre y con su hermana mayor hasta que ella se casó y se fue, dice que dormían abrazadas las tres, mientras nevaba afuera como hoy en Macerata. Conoció esas piedras mi mamá y las probó también en las caídas, en las refrescadas, cuando se tendía toda entera de espaldas contra el piso, transpirada, después de jugar, era la táctica para que la zía Luisella no se diera cuenta de que había estado corriendo. Pisó cada piedra mientras saltaba con las amigas del pueblo María. O cuando iba caminando hasta el Biferno para buscar el agua, antes de que volviera mi nona de trabajar. O esa noche imborrable en que cruzó con Licha y el médico todo el pueblo, de punta a punta, para llegar hasta la casa de la hermana que se estaba muriendo después de haber dado a luz. Sobre esas mismas piedras cayeron las casas que se derrumbaron en los bombardeos. Y entre ellas, la otra en la que había vivido antes mi mamá también se cayó, tenía un jardín que explotó entre las bombas. 

Un poco antes de que yo viajara a Italia, el año pasado, a Amanda le tocó ir a Campobasso por primera vez. Fue muy raro me dijo, porque en toda su vida no había estado nunca en el Molise. Es poco turística la región, incluso la capital, pero justo tuvo que ir por trabajo, una semana antes de que yo viajara, ahí también se fue manejando en su auto desde Macerata. Amanda ya sabía de mi novela y me esperaba, sabía que era por eso que yo viajaba otra vez, por la novela. Así que fue una particular coincidencia su visita al Molise, como si algo propiciara o anticipara nuestro encuentro, en un lugar al que ni ella ni yo frecuentamos nunca. Mi amiga italiana y yo llegamos en el mismo mes por distintas vías, por diferentes motivos, a deshoras. ¿Sería así? Pienso ahora que algo de mi vida fue a tocar la suya y ella creo que lo piensa también. Algo de mi vida o de mi escritura remueve sus escombros y sus piedras incrustadas en lo hondo. Todos las tenemos. Piedras en el río del Biferno donde mi papá grabó una vez las iniciales de su nombre; con los años, él también volvió para encontrar esa piedra en el río y mirarse en ella. El tiempo que había pasado entre la infancia y la edad adulta no alcanzó para borrar las letras que seguían grabadas en la materia, hace falta más tiempo del que puede abarcar una vida humana. Yo también fui a ver el Biferno con mis propios ojos y, por supuesto, no encontré esa piedra que fue de mi padre, sólo vi el agua moviéndose entre la tierra, los mojones de granito, los arbustos al lado del camino. Fue después de haber estado en casa de Amanda que llegué a Campobasso, de ahí a Castropignano y después de cuatro días volví a Roma en tren. Se ve que también a mí algo de Amanda vino a tocarme. ¿Será esa firmeza de la que le hablé ayer mismo en el mensaje que contesté por whatsapp? Su discreción virginiana que conozco bien y su firmeza. Acaso yo la necesito esa firmeza. Y necesito también un lazo familiar que venga de otra parte, de otra Italia, de otra ciudad, de otros ancestros que no sean los míos, a los que voy conociendo cada vez más. Una amiga italiana que me cuente su propia historia también, otra historia. 

La madre de Amanda vive en Roma, es anciana como la mía. Hace unos días, en pleno encierro de cuarentena, cuando ya estaba leyendo mi novela en su casa, Amanda me dijo que una noche la despertó una pesadilla. Había soñado que no la vería más a su mamá, que no podría volver a Roma o que no llegaría a tiempo. Me acordé de Sarmiento que en su exilio viajó a Europa, pasó por Roma, la vio muerta en sueños a su madre pero no podía regresar. La pesadilla fue muy vívida, lo acompañó la certeza del duelo durante varios días. Hace dos o tres noches yo soñé que lo perdía a mi hijo, no sé dónde estábamos pero el sueño me daba una angustia tal, que desperté de golpe y no volví a dormirme. La noche es oscura y la cuarententa también. No todo el día hay sol detrás de la ventana pero algunas cosas toman sentido en la neblina. 

Ahora que el mundo está quieto y no se sabe para dónde va, algunos hilos se mueven, los pájaros vuelven a cantar. Hora cero. Retiro interior. Silencio en las calles. Nunca escuché tanto silencio en esta calle de Buenos Aires donde vivo. Ni escuché a esos pájaros cantar. A ratos me quedo escuchando el silencio, me hace bien. Son más de las dos de la mañana y me parece que Amanda no está lejos. Macerata no está lejos. Esa Italia que padece otra vez los estragos de otra guerra, según dicen, no está lejos. Encendería la tele ahora mismo si no fueran casi las tres de la mañana para ver una película de Rossellini en blanco y negro. Confirmar que el tiempo no pasa, que el tiempo es constante como la energía, no cambia la magnitud sino la forma. Somos nosotros los que cambiamos dijo Heráclito el oscuro pero no el tiempo que es uno, la misma energía sostenida, constante, la misma noche o el día con su luz. 

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, junio 2020