A propósito de Vallejo y el dinero de Enrique Foffani, Lima, Editorial Cátedra Vallejo, 2018.

Durante su discurso en la Sesión Plenaria de las Reuniones Anuales del Grupo Banco Mundial y el FMI, la exdirectora gerente de este último organismo, Christine Lagarde, destacó en octubre de 2015 que Perú era una de las economías de América Latina que más rápido había crecido en esos años, pero “como dijo el gran poeta peruano César Vallejo”, agregó, “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Y concluyó: “Efectivamente, hermanos y hermanas, ¡hay mucho que hacer! Estamos reunidos aquí, en este fantástico nuevo centro de convenciones, para demostrar al mundo que estamos preparados para el cambio, que es posible”. Que nadie vaya a imaginarse que Lagarde había frecuentado las estrofas de los Poemas humanos. Para exhibir su inaudita concepción de la fraternidad –que la llevara a otorgarle algunos meses después el mayor crédito de la historia de su entidad al gobierno de Mauricio Macri–, a esta señora le bastó con observar una moneda de veinte nuevos soles peruanos. Acuñada en 1992, es decir, bajo el gobierno de Alberto Fujimori, esta pieza homenajeaba al mayor poeta de Perú e incluía esa exhortación política y evangélica extraída de “Los nueve monstruos”:
¡Cómo, hermanos humanos,
no deciros que ya no puedo y
ya no puedo con tanto cajón,
tanto minuto, tanta
lagartija y tanta
inversión, tanto lejos y tanta sed de sed!
Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?
¡Ah! desgraciadamente, hombre humanos,
hay, hermanos, muchísimo que hacer.
Francisco de Quevedo y Villegas sabía ya que don dinero era el dios de las inversiones, el que “vuelve al ciego galán y prudente al sin consejo”, el que “al avariento viejo le sirve de río Jordán”, el que “hace de piedras pan sin ser el Dios verdadero”. Y como representante de los inversores, la señora Lagarde invirtió también la exhortación de Vallejo invitando a los peruanos a someterse a “tanta lagartija y tanta inversión” en lugar de liberarse de ellos. Vallejo interpelaba irónicamente al Ministerio de Salud para invocar aquella “salud” que era la justa igualdad entre los hermanos. Lagarde supone en cambio que esa salvación provendrá del saneamiento de las cuentas públicas. Y así es como esta sacerdotisa de Mamón, en pleno día y ante los periodistas venidos del mundo entero para fotografiarla y grabarla, bendijo a usureros, agiotistas y otros inversores con el agua bautismal de los versos de Vallejo sin la más mínima objeción de los presentes.
¿Qué relación existe entre dinero y poesía? es la pregunta que se hace Enrique Foffani en Vallejo y el dinero. Formas de la subjetividad en la poesía, publicado en ese mismo Perú por la editorial Cátedra Vallejo. A Vallejo, según Foffani, “el dinero le sirve para reflexionar sobre el lenguaje” (p. 293), y el crítico argentino entiende que la posición del poeta en relación con el peculio se parece a la que había tenido Léon Bloy. Roland Barthes dijo alguna vez que el dinero había sido la gran y única idea de su obra, que cesaba de volver al “secreto del metal”, a su “opacidad”, “explorando con sus palabras, como todo poeta, igual que un hombre que recorre una pared con sus manos, eso que no comprendía y lo fascinaba”. Comunista uno, anticomunista el otro, estos católicos se interrogaban, como Quevedo, acerca de esa extraña criatura capaz de imitar a Dios y de convertir en destino la vida de los humanos. ¿El joven Marx, después de todo, no había empezado a elaborar su teoría del capital inspirándose en La esencia del cristianismo de Feuerbach? Los seres humanos crean esa divinidad, la veneran y terminan sometiéndose a ella, sacrificando su trabajo y hasta sus vidas en el altar de los inversores. Y por eso Marx y Engels terminarían convirtiendo esa inversión de los lugares del creador y la criatura en la operación ideológica por excelencia: la inversión.
Georges Bataille se había hecho la misma pregunta que Foffani a propósito de Charles Baudelaire. Cuando, llegado a la mayoría de edad, el autor de Las flores del mal cobró la herencia de su padre, se dedicó a dilapidarla en dispendiosas fiestas con amigos y una vida “disoluta” con su amante Jeanne Duval. Esta actitud del joven Charles “obligó” a su madre a denunciar al poeta ante el juez para que lo declarase “irresponsable” y pusiera la gestión de su patrimonio bajo la tutela de su segundo marido, el general Jacques Aupick. Sartre había convertido este episodio en un síntoma de la actitud general de Baudelaire ante la vida: un niño que no aceptaba convertirse en mayor y que provocaba, con sus travesuras, a los mayores para que estos volvieran a hacerse cargo de él. ¿El propio Baudelaire no había definido al genio como “el regreso voluntario a la infancia”? Algunos años después, Bataille le responderá a Sartre que no, que la actitud de Baudelaire no era una impostura sino una perpetuación de esa cultura del potlatch, o del gasto improductivo, que esta se había convertido en mal con el advenimiento del capitalismo: este no consagra los excedentes de riqueza a los placeres sino, precisamente, a la inversión. Y sin embargo, concluía Bataille, este gasto irresponsable e “inútil” que caracteriza a los niños es el único “gesto soberano”.
Desde Baudelaire hasta Rubén Darío, todo un linaje de poetas dandies, asumirá la misma posición con respecto a la poesía: la palabra poética no es, para ellos, una inversión religiosa, moral o política que terminará fructificando en el alma de los lectores. La palabra poética es un puro potlatch: un gasto inmediato y placentero. Foffani, de hecho, ya había aludido a esta palabra lujosa en la extensa introducción a un trabajo colectivo: La rebelión de los cisnes. La ruptura de Vallejo con el modernismo rubendariano se percibe, antes que nada, en este alejamiento del dandismo: ya no se trata del gesto soberano de gastar aquello que debía invertirse sino del gesto militante de “quebrarle, por medio de la poesía, el espinazo al capitalismo” (p. 294).
Pero Foffani no podía pasar por alto una prodigiosa inversión de la historia económica peruana: después de haber ocupado ese país para apropiarse del oro extraído por los mitayos quechuas y aymaras, los españoles regresaron a finales del siglo XIX para apropiarse el guano extraído por los esclavos pascuenses. La equivalencia freudiana entre el dinero y la mierda se volvió literal en el Perú de finales del XIX: los excrementos de pelícanos y murciélagos se convirtieron en su principal fuente de riquezas. Trilce, escribe Foffani, “se apropia de todo el sistema de producción guanera y lo disemina en el libro de modo reticular como suyo propio” (p. 313), y así Inti, la deidad solar de los incas, “lo desposta todo para distribuirlo / entre las sombras, el pródigo” (p. 317).
Con Vallejo y el dinero, Enrique Foffani no escribió solamente uno de los mejores textos críticos acerca de este poeta sino que inauguró una línea de lectura de la literatura en general: no cabe duda que las ideas políticas, las creencias religiosas o las posiciones estéticas tienen un papel constituyente de la subjetividad del escritor, pero solemos pasar por alto que los sujetos modernos se definen, antes que nada, por su posición con respecto al dinero, ese Becerro de Oro que muchos creyentes aman “por sobre todas las cosas” y que los impele, como se sabe, al asesinato, el robo, la extorsión, la traición o la explotación del prójimo. Del mismo modo que los escritores se distinguieron durante varios siglos por su posición en relación con lo divino, hoy habría que catalogarlos por su posición en relación con las divisas.
Dardo Scavino
Bordeaux, EdM, mayo 2020
Descubre más desde Escritores del Mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
