Fechar la decadencia, por Alcides Rodríguez.

De cómo los recuerdos de un inmigrante japonés que llegó al país en los años cincuenta es compatible con el análisis del momento en el que comenzó la decadencia económica argentina.

A mediados del año pasado el entonces precandidato presidencial Javier Milei expresó en el cierre de su campaña para las PASO su intención de terminar de una vez y para siempre con la decadencia argentina. “Esta decadencia – afirmó – es de más de cien años, cuando la Argentina llegó al siglo XX era el país más rico del mundo”. Unos meses antes, desde España, el expresidente Mauricio Macri definía a la Argentina como “la sociedad más fracasada de los últimos 70 años”. La diferencia de años se debe a la figura presidencial elegida para fechar el inicio de la debacle. Para Milei todo comenzó con Hipólito Yrigoyen. Para Macri, con Juan Domingo Perón.    

Cuando Kazuyoshi Matsumoto llegó en 1957 a la Argentina desde su Japón natal tenía 13 años. Había nacido en la isla de Saipán, en esa época territorio japonés, durante la Segunda Guerra Mundial. Con su madre lograron salir de la isla poco antes de la invasión estadounidense. Su padre, un médico militar, se quedó y murió allí. Terminada la guerra se trasladó a la ciudad de Kagoshima, donde pasó el resto de su infancia. En sus Memorias Matsumoto cuenta cómo se vivía en el Japón de posguerra. Un país pobre, de ciudades arrasadas. La tarea de reconstrucción recién comenzaba. Había carencias de todo tipo. Las calles asfaltadas eran un lujo: Tokio tenía pocas, y Kagoshima sólo una. La televisión era un bien inalcanzable para las mayorías. En algunas esquinas importantes se instalaba una y la gente se agolpaba en la calle para mirar los programas. El reinicio del proceso de modernización dibujaba un mapa de fuertes desigualdades. Mientras algunas regiones se desarrollaban de manera acelerada otras quedaban rezagadas, en especial las zonas rurales. Muchos tomaron la decisión de emigrar, movidos por el sueño de hacer fortuna en el exterior y volver millonarios al país. La madre de Matsumoto venía con su hijo a la Argentina para contraer segundas nupcias. Se embarcaron en septiembre de 1957 en el Brazil-Maru. El noventa y cinco por ciento del pasaje viajaba con destino a Brasil. El resto se repartían entre Paraguay y Bolivia. Los que se dirigían a la Argentina se los podía contar con las manos: dos mujeres que, como la madre de Matsumoto, venían a contraer matrimonio (ninguna de ellas conocía a su futuro esposo), el hijo de un médico y una familia.      

El mito de que la Argentina de principios del siglo XX era el país más rico del mundo descansa, como todos los mitos, sobre algunos datos reales. En 2010 un grupo de colaboradores del fallecido economista Angus Maddison publicó el Maddison Project Database. El objetivo fue medir el desarrollo económico de diferentes partes del mundo a lo largo de distintos períodos de tiempo. Para ello elaboraron un rankíng de PBIs per cápita por país y región. En la versión publicada en 2018 se afirmaba que en 1896 la Argentina tenía el PBI per cápita más alto del mundo. En la versión de 2020 se corrigieron esas cifras. Así, entre 1885 y 1930 el país osciló entre el puesto 7 y 14 entre las naciones con mayor PBI per cápita del mundo. Años más tarde, a mediados del siglo XX, el país aparece ubicado mucho más abajo en el ranking. La conclusión apresurada, acrítica, sencillita, repetida hasta el hartazgo por algunos periodistas, economistas mediáticos y presidentes no se hizo esperar: al país le fue muy bien con el liberalismo de los conservadores de la época de Roca, y horriblemente mal con las políticas de los gobiernos populares de Yrigoyen y Perón. El ranking del Maddison Project tiene sus méritos, desde luego, pero no está exento de presupuestos discutibles ni de flaquezas empíricas y metodológicas. El sociólogo Daniel Schteingart señaló en su momento que puede resultar engañoso establecer rankings de PBIs en series históricas. Tiene razón: según el historiador Julián Zícari, el ranking que llega hasta mediados del siglo XX se construyó sobre una base muy pequeña de países, unos 40 o 50. A partir de 1950 el ranking cambió de manera sensible debido a que la base se amplió a 150 países, llegando con posterioridad a 170. La buena ubicación argentina de 1910, sostiene Zícari, se debe más a la conformación de una muestra pequeña de casos que a las verdaderas capacidades del país. Y la supuesta debacle se debe a que, al ampliar tan fuertemente la base de datos de la serie, cambió el lugar relativo de todos los países, generando una imagen de caída argentina que en realidad se debe a que se triplicó la cantidad de casos considerados. Aun así, Zícari señala que los datos de la serie con la base ampliada indican que en los años 50 y 60, curiosamente épocas de peronismo y desarrollismo, el país aceleró su ritmo de crecimiento acercándose al de los países centrales, proceso que se detuvo en 1975, el año del Rodrigazo. “Si – dice Zícari – se hubiera continuado en la década de 1970 hacia adelante con el ritmo de crecimiento del período 1945-1975, hoy la Argentina tendría los mismos niveles de PBI per cápita que EE.UU., Gran Bretaña, Australia o Nueva Zelanda”. Más todavía: la serie muestra que el inicio de la caída del PBI per cápita argentino se verifica en realidad a partir de 1976. Es decir, a partir de la aplicación de políticas neoliberales durante la segunda mitad de los años setenta.

Cuando Matsumoto llegó al país observó que cualquier persona de clase media tenía en su casa una heladera Westinghouse de dos metros de alto, un centro musical en el que se podía escuchar hasta doce discos y un televisor blanco y negro. Era lo que los japoneses de ese entonces llamaban el Sanshu no Shinki que todos deseaban tener. Esta expresión se refiere a los tres tesoros reservados a la Casa Imperial: el espejo, la espada y la joya, dados por los dioses al primer emperador y celosamente guardados por sus sucesores. La inmensa mayoría de los japoneses de los años cincuenta tenían en sus hogares una barra de hielo como heladera y una radio. El centro musical directamente no existía para ellos. En su nuevo país Matsumoto, aún adolescente, se impuso un objetivo: formar parte de la clase media argentina. Decidido, sin manejar del todo la lengua castellana, entró en el Colegio Nacional Buenos Aires para después seguir la carrera de ingeniería en la UBA. Con los años entró a trabajar en empresas importantes como Mitsui y Toyota. Se casó, tuvo hijos. Logró el ansiado Sanshu no Shinki y mucho más. En un pasaje de sus Memorias dice que lo logró cuando en Japón las clases medias también lo estaban logrando. “Si me hubiese quedado en Japón – afirma – en los años setenta habría vivido con un estándar de vida superior al de Argentina”. Y si, tiene razón Matsumoto. Habla del año 1977, el segundo de la dictadura militar, cuando el criminal sistema de desaparición de personas le despejó el camino a José Alfredo Martínez de Hoz para hacerse con el control y la dirección de la economía argentina. Éste es, a la luz del ranking del Maddison Project, el momento en el que hay que ubicar el principio de la decadencia económica argentina.   

Alcides Rodríguez

Buenos Aires, EdM, mayo 2024


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