Imprenteros es una obra de teatro escrita, dirigida y protagonizada por Lorena Vega que se enmarca en el llamado “teatro documental”. Se estrenó en 2018 en el Centro Cultural “Ricardo Rojas” como parte del “Proyecto Familia”. Desde entonces, se viene presentando en distintos teatros de Buenos Aires y otras ciudades con mucho éxito de crítica y público. Además, desde fines de 2022, Imprenteros es el título de un libro publicado por Ediciones DocumentA/Escénicas.
Vi Imprenteros en el teatro Picadero en diciembre del año pasado. Lo hice después de leer el libro, que al texto de la obra y a los documentos que durante ella se exhiben y comentan –por ejemplo, fotografías familiares o capturas de conversaciones por WhatsApp– suma otros textos y otros documentos. Imprenteros es un muy generoso y cuidado libro objeto que se terminó de armar durante los meses más estrictos de la pandemia de COVID-19, cuando estaban cerrados los teatros.

La obra y el libro pertenecen a una específica tradición de la literatura biográfica, que es además una literatura que trabaja siempre a partir de un archivo documental: la conformada por textos en los que un hijo se constituye en biógrafo de su padre. Se asegura que esa tradición o subgénero comenzó en 1907, cuando se publicó Padre e hijo, un libro que Virginia Woolf elogió en “El arte de la biografía” porque su autor, Edmund Gosse, en sus páginas “se atrevió a decir que su propio padre era un ser humano falible”. Desde por lo menos las dos últimas décadas del siglo XX, cuando se conocieron La invención de la soledad, de Paul Auster, y Patrimonio, de Philip Roth, este tipo de textos comenzó a proliferar. En América Latina hay varios ejemplos recientes: El olvido que seremos, del colombiano Héctor Abad Faciolince, Íntima, del uruguayo Roberto Appratto, Correr el tupido velo, de la chilena Pilar Donoso, La distancia que nos separa, del peruano Renato Cisneros, o La cabeza de mi padre, de la mexicana Alma Delia Murillo. Esta sección de la literatura biográfica recibió en los últimos años al menos dos nombres en inglés: patremoir y patriography. A mí me gusta usar una versión en español del segundo neologismo: por eso, hablaré aquí de “patriografías”.
La literatura argentina no es ajena a ese interés biográfico en el padre. Papá, de Federico Jeanmaire, Un prólogo a los libros de mi padre, de Reinaldo Laddaga, Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, Un comunista en calzoncillos, de Claudia Piñeiro, El salto de papá, de Martín Sivak, Mi papá alemán, de Mónica Müller, Volver a donde nunca estuve, de Alberto Giordano, o Nuestro peor fracaso, de Cristian Godoy son algunos ejemplos de ese interés. A esa lista, que está lejos de ser exhaustiva, se suman libros de poesía como La médium, de Lucas Soares, y varias películas documentales que se ajustan a la misma premisa, por ejemplo La sombra, de Javier Olivera, El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi, Adiós a la memoria, de Nicolás Prividera, o Rafa, mi papá y yo, de Sebastián Muro. Como todos esos libros y películas, la obra y el libro de Lorena Vega no solo ofrecen una reconstrucción de la vida de un padre –en este caso de uno que se llamó Alfredo Vega– sino también una evocación de algunos pormenores de la relación que ella mantuvo con él: “una versión de los hechos de mi padre en relación conmigo”, para decirlo con Roberto Appratto.
Que Imprenteros se reconoce –no importa si de manera consciente o no– como parte de esa tradición se hace evidente cuando Lorena Vega menciona el libro de Martín Sivak y la conmoción que le causó su lectura mientras consideraba la idea de hacer algo con la vida de su propio padre: “Le cuento [a una amiga] que estoy leyendo un libro que se llama El salto de papá. Que se trata de un periodista de mi edad que reconstruye su vida tratando de entender el suicidio de su padre. Le digo que cuando lo leo, lloro”. Entre todas las patriografías publicadas en la Argentina en las dos últimas décadas, El salto de papá es la más enterada de su filiación con una biblioteca de “memorias sobre el padre”, como las llama Sivak, a la que ahora se suma Imprenteros.
Fui a ver Imprenteros el mismo viernes 9 de diciembre en el que la selección nacional de fútbol ganó el partido contra Países Bajos y pasó a las semifinales del Mundial de Qatar. Viajé hasta el teatro en el subte A y compartí el recorrido con mucha gente que iba al Obelisco a festejar el triunfo. En el vagón se cantaba el hit del mundial, ese que en un momento se demora en una posible modulación, a la vez nacional y deportiva, de la paternidad: “pero eso terminó, porque en el Maracaná / la final con los brazucas, la volvió a ganar papá”.
Sorpresivamente, el comienzo de Imprenteros no resultó un corte sino una continuidad con ese clima de euforia mundialista que se vivía en las calles. En los minutos iniciales, cuando repasa algunos rasgos de su padre, Lorena Vega refiere que era “hincha de Independiente. Fanático. Los deportes y el juego eran una gran pasión”. A ese dato, esa noche en particular agregó que su padre habría estado muy feliz con el triunfo de la selección, acaso festejando en el Obelisco. Además, invitó a los espectadores –la sala estaba repleta– a que continuáramos celebrando con cantitos y aplausos, tal como acontecía afuera. Ese momento en el que, obrando como una suerte de médium, la hija permitió que el padre muerto participara de un hecho del presente –la celebración de un triunfo deportivo– es ejemplo de esa suerte de milagro que produce este género biográfico: darle al padre un suplemento de existencia, una sobrevida luego de la muerte. En este caso puntual, a una de sus grandes pasiones.
Aunque el libro realiza un mismo milagro –resucitar al padre– solo la versión teatral de Imprenteros habilita esa actualización constante del texto y, así, de esta vida. El libro, no obstante, permite que a la vida de Alfredo Vega le ocurra algo que solo este formato posibilita y esto en razón de que un libro es algo que se hizo, o se terminó de hacer, en una imprenta, que es el sitio donde sucedió –donde también se hizo– buena parte de la vida de este padre, de este imprentero.

Las patriografías reconstruyen la historia de un nosotros, el que conforman el hijo biógrafo y el padre biografiado, y así se instalan en la porosa frontera entre la autobiografía y la biografía. En Tiempo de vida, el escritor español Marcos Giralt Torrente llamó a estos textos “libros de dos”. Por supuesto que siempre aparecen, con mayor o menor protagonismo, otras personas que se suman a esas dos: madre, tíos, abuelos, hermanos, amigos, compañeros de trabajo o enemigos. Y en este sentido, Imprenteros trae una novedad: el nosotros que se pronuncia ahí es más nutrido en razón de que al testimonio de Lorena Vega, la hija, se suman los testimonios de otros dos hijos de Alfredo. El nosotros de Imprenteros no está conformado por dos sino por cuatro.
En el reciente La cabeza de mi padre, el libro en el que la escritora mexicana Alma Delia Murillo narra el viaje que, junto con su madre y algunos de sus hermanos, emprendió en busca de un padre con el que ninguno había tenido contacto durante más de tres décadas, se aclara lo siguiente “Tengo la firme decisión de no contar por ellos lo que ellos vieron, así que, a riesgo de parecer una ególatra, evitaré hablar por mis hermanos porque cada experiencia es única y el tema es delicado. Nunca te metas con la familia de otros aunque sea la misma que la tuya. De modo que cuento de mi padre, pero no me meto con el suyo”. Lorena Vega no procede del mismo modo que Murillo ya que en Imprenteros la reconstrucción de la vida de su padre se beneficia de los aportes de Sergio y Federico, sus dos hermanos, que ofrecen otros pareceres. La autoría de la obra y del libro es una autoría en colaboración, tal como informan el programa de la obra o la cubierta del libro, en la que se consigna que los autores son, como si se tratara de una empresa familiar, “Lorena Vega y Hnos”. Imprenteros es una patriografía coral.
Usar la palabra “empresa” para hablar de Imprenteros es, creo, doblemente adecuado. En principio, porque la reconstrucción de la vida de este padre, como la de cualquier otra vida, es una empresa biográfica en el sentido de que se trata de una “acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”. Pero además, la palabra “empresa” también es adecuada en razón de la otra acepción que registra el diccionario de la RAE: “Unidad de organización dedicada a actividades industriales, mercantiles o de prestación de servicios con fines lucrativos”. Y esto porque, ya desde el título, Imprenteros hace foco en que Alfredo Vega fue dueño de un taller de impresión (Ficcerd). El padre de Lorena Vega fue imprentero y la obra y el libro que cuentan su vida se interesan especialmente en esa zona de ella: el trabajo en su pequeña empresa (en su “pyme”, que es una sigla que se usa en el libro).
Imprenteros delinea a un padre que fue un empresario muy bueno y, también, uno bastante malo. Muy bueno porque los productos que se realizaban en su taller lo eran. Malo, o no demasiado bueno, porque nunca logró que su pyme fuera suficientemente redituable. De hecho, estuvo más de una vez al borde de la quiebra y además intentó, y fracasó, con otro emprendimiento comercial: la cría de cerdos.
Aunque los tres hijos trabajaron eventualmente con el padre solo Sergio se profesionalizó como gráfico. Por esa razón, Sergio comparece en Imprenteros no solo en calidad de hijo sino también como un experto que evalúa con objetividad el desempeño laboral de Alfredo Vega: “Como técnico era un genio. Era excelente. (…) Casi no tenía devoluciones. Ahora como jefe para el funcionamiento de la imprenta era un desastre. No delegaba, no confiaba, no aceptaba propuestas. (…) Nunca llegábamos a fin de mes. Imaginate que, si hay dos tipos que laburan en una imprenta y los dos van a entregar un laburo, perdíamos cinco a cero. Directo a la quiebra”.
Una patriografía es un ajuste de cuentas con el padre e Imprenteros lo es en el sentido más económico del término, ya que funciona como asiento contable en el que se registran las deudas de dinero que este padre no canceló. En Imprenteros los hermanos Vega cuentan y hacen cuentas. “Me quedó debiendo plata”, dice Sergio; “Nunca me la devolvió”, dice también Lorena cuando refiere a una importante cantidad de dólares que pacientemente había juntado en 1998 para viajar “por primera vez en avión, por primera vez a Europa”. Esas no son, por supuesto, las únicas cuentas pendientes que estos hijos mantienen con este padre. Pero ¿cómo podría un muerto pagar una deuda? Como ocurre casi siempre en las patriografías, que suelen ser, incluso en aquellos casos en que el padre fue uno muy malo, instancias de reconciliación póstuma, en Imprenteros los hijos condonan esas y otras deudas paternas. La patriografía es una escritura catártica y terapéutica y, también, una forma del perdón. De todos modos, aquí se debe resaltar algo que coloca la historia de este padre deudor en otra perspectiva o le da otro cierre: la obra en la que se cuenta su vida –una que notifica las varias deudas que no canceló– resultó un producto económicamente rentable. Desde que se estrenó en 2018, las funciones de Imprenteros se suceden a sala llena: es un éxito artístico y también uno comercial. Por lo tanto, de manera póstuma y gracias a la obra en la que se cuenta su vida, este padre terminó siendo solvente. Finalmente, Alfredo Vega canceló sus deudas. Y así en Imprenteros gana papá, como asegura el hit del mundial, pero también ganan los hijos.

Algunas patriografías se organizan en torno a una peregrinación al lugar del padre. Eso pasa, por ejemplo, en el libro de Alma Delia Murillo que mencioné: ella, algunos de sus hermanos y su madre viajan al lugar donde vive el padre para intentar contactarse, quizá por última vez, luego de muchísimos años de no saber nada de él. En La sombra, el documental de Javier Olivera, la evocación del padre, el cineasta Héctor Olivera, está motivada por el regreso a la mansión familiar construida en la década de 1970 con una fortuna forjada en el negocio cinematográfico y teatral. En La sombra se ve al mismo tiempo cómo esa mansión, que funciona como “palacio de la memoria”, se construye, se demuele y se recicla, y ese proceso es un correlato arquitectónico del que el hijo transita al recordar al padre, a la sombra. En el arranque de La invención de la soledad, un libro que es ya un clásico de este subgénero, Paul Auster viaja hasta la casa de su padre cuando se entera de que este murió y lo lee –lo percibe– en las características de esa casa, como si se tratara no solo del espacio que habitó durante décadas sino de una irradiación de su esquiva personalidad. Como los libros de Murillo y Auster, o la película de Olivera, y con ellos otras patriografías, Imprenteros también se interesa en esa dimensión espacial del padre: en el padre como lugar al que se intenta regresar.
Al respecto, una información clave que se comunica al inicio de Imprenteros es que, en este caso, ese regreso es materialmente imposible. Cuenta Lorena Vega: “Diez días después de su muerte, que fue un 11 de septiembre, el mismo día del atentado a las torres, pero años más tarde, mis medios hermanos, nuestros medio hermanos… nosotros somos tres del primer matrimonio y él tuvo otros tres hijos más con su segunda pareja. Ellos, los de la segunda relación, cambiaron la cerradura del taller y nosotros no pudimos volver más. Ellos se apropiaron del lugar”. En Imprenteros no se trata, entonces, de volver a donde nunca estuve, como advierte el título del libro que sobre su padre escribió Alberto Giordano, sino de volver a donde no se puede volver. Por eso, además de reconstruir la vida del padre, Imprenteros opera como modo de enmendar esa imposibilidad de volver que es, por lo demás, su primera razón de ser.
Hacia el final de la función, los espectadores son convocados a observar y colgar en unos tensores una serie de fotografías en las que, gracias a la manipulación digital de las imágenes realizada por César Capasso, los tres hijos pueden estar otra vez en el lugar del padre. En esas fotografías trucadas que en el libro aparecen en las últimas páginas los tres hijos, ataviados con ropa de trabajo, están otra vez en la imprenta del padre. El arte fotográfico opera una restitución y habilita que ocurra lo que por el momento no puede ocurrir. La patriografía sirve así, en este caso, como llave para abrir la cerradura que impide volver a estar junto al padre, en su lugar. “Un día se estrena la obra de teatro y lo que sucede tiene la fuerza de las llaves que abren cerraduras de portones grandes para entrada y salida de camiones”, se lee en el libro. Imprenteros es así un regreso figurado al “hogar” del padre, que es como Lorena Vega llama al taller. O quizá Imprenteros sea algo más que eso y deba entenderse también a esta patriografía como una manera indirecta de litigar con esos otros hijos que se apropiaron de un patrimonio, como si estuviéramos ante un desplazamiento a otros escenarios –el del teatro o el del libro– de una escena judicial que, en algún momento, deberá ocurrir. Justicia teatral y literaria.
Toda patriografía debe aportar argumentos que demuestren por qué el padre del que se ocupa merece acceder a un derecho al que poquísimas personas acceden: el “derecho a la biografía”, como lo llamó Iuri Lotman. Es cierto que, en algunos casos, ese derecho ya se lo ganó antes el padre porque fue alguien con alguna relevancia pública. Martin Amis, Pilar Donoso y Renato Cisneros o, para dar dos ejemplos de autores de patriografías vernáculas, Mauro Libertella o Martín Sivak no deben persuadir a sus lectores acerca de por qué vale la pena contar algunos pormenores de la vida de sus padres. Por una u otra razón, esos padres ya se habían ganado ese derecho: eran biografiables per se. En cambio, en casos como el de Imprenteros, los hijos deben imponer ese convencimiento: explicar qué hay en esa vida que la hace digna de ser evocada, dar pruebas de por qué esos padres son biografiables. Y ese convencimiento debería además obrar de manera doble: por lo que se cuenta de esa vida pero en especial por cómo se lo cuenta. Los hijos, en el mejor de los casos, deben aportar argumentos estéticos, y no solo factuales, que consientan la empresa biográfica.
En razón de lo anterior, las patriografías incluso admiten un razonamiento extremo: que el hijo se vio conminado a volverse escritor –o cineasta o dramaturgo– para que la vida del padre no fuera olvidada. Y si es así, una vocación se justificaría por el hecho, nada menor, de rescatar una vida: la del padre. En el final de El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince confiesa al respecto: “Mi padre tampoco supo, o no quiso saber, cuándo moriría yo. Lo que sí sabía, y ese, quizá, es otro de nuestros frágiles consuelos, es que yo lo iba a recordar siempre, y que lucharía por rescatarlo del olvido al menos por unos cuantos años más, que no sé cuánto duren, con el poder evocador de las palabras”. Mi sensación es que todos los padres de los que se ocupan las muchas patriografías que leí o vi, y entre ellos Alfredo Vega, sabían, como el de Abad Faciolince, que sus hijos se ocuparían de rescatarlos: de contarlos. Estos padres murieron con esa certeza y esa tranquilidad.
Dije más arriba que el convencimiento de que la vida del padre merece ser evocada debería obrar –y así ocurre en los mejores exponentes de este subgénero– de manera doble: por lo que se cuenta de ella pero, en especial, por cómo se lo cuenta. No por nada, un término fundamental en Imprenteros es “contar”, como sagazmente lo advirtió un espectador que, luego de una de las funciones, le hizo a Federico este comentario que se trascribe en el libro: “¿Te diste cuenta? Vos te recibiste de contador. Tu hermana es contadora de historias y tu hermano se hace gráfico el día que quiere arreglar un contador”. De hecho, para contar a su padre, Lorena Vega debió incluso inventar una palabra, o al menos imponer su uso, ya que ni el diccionario de la RAE ni el de María Moliner, y tampoco el corrector del Word, registran el término “imprentero”.
Imprenteros anuda perfectamente qué se cuenta de la vida de este padre y cómo se lo cuenta. Y esto, sobre todo, en su versión en libro. En el comienzo, al referirse a una máquina del taller de su padre, Lorena Vega utiliza la primera persona del plural –“Hicimos muchos trabajos ahí con papá”– y describe en detalle una de las etiquetas que realizaron juntos, sobre la que concluye: “En impresión y corte, era una obra de arte. (…) No podía creer lo que habíamos logrado”. Consecuentemente, la obra y el libro son la celebración de la impresión no solo como saber técnico sino como arte.

En el tramo final de la obra los movimientos del trabajo en una imprenta que primero realiza Sergio en soledad se trasforman en una coreografía grupal. Esa coreografía traduce a otro arte, la danza, el arte del padre. Pero me gusta pensar que la obra de teatro fue, además, una instancia que permitió advertitr que la evocación de Alfredo Vega –o de Alfredo Ficcerd, como muchos creían que se llamaba– no podía concluir en esa traducción del arte de imprimir al arte de bailar. La vida de este imprentero podía ser una obra de teatro, como lo fue, y también una película, como se anuncia que será, pero estaba destinada a ser, debía ser, una obra del arte de imprimir. Y así fue.
Imprenteros es un libro objeto: un libro espectacular o, si se quiere, un libro espectáculo. Uno que, además, gracias a las precisiones técnicas que aporta Sergio, brinda a su lector los saberes necesarios para ponderar mejor su calidad (sus colores, sus pliegues, sus texturas, sus sorpresas: por ejemplo, la cubierta se despliega y se transforma en un póster). El libro como objeto, y no solo lo que en él se cuenta, es una celebración del arte del padre. Y esto porque el libro Imprenteros es también, como la etiqueta que describe la hija al comienzo, o como otros trabajos hechos por el padre que elogia después Sergio, una obra de arte en “impresión y corte”.

Pero además, y aunque en realidad eso no ocurrió de esa manera –el libro no se imprimió en Ficcerd sino en Latingráfica–, el encadenamiento de textos e imágenes en el final del libro urde una ficción restitutiva: Imprenteros no solo fue ideado por Lorena Vega en colaboración con sus dos hermanos sino que fueron también ellos (“Lorena Vega y Hnos.”) quienes se ocuparon personalmente de imprimirlo en la imprenta del padre (en “Ficcerd & hijos”). La ilusión biográfica que instalan las fotografías en las páginas finales nos cuenta que, como herederos del arte del padre y además en el lugar del padre, los tres hermanos pusieron nuevamente en marcha esas máquinas, acaso por última vez, para hacer Imprenteros: para imprimir Imprenteros. La historia se invierte y, ahora, los tres hijos imprenteros hacen al padre o al menos a esta versión del padre prodigiosamente hecha con papel y tinta. (Una parte de esa ilusión es, por lo demás, estricta verdad: en la página de créditos de Imprenteros, en la que se informaque la dirección del proyecto editorial corresponde a Gabriela Halac y el diseño editorial a Elisa Canello, también se informa que la impresión del libro fue coordinada por Sergio Vega).
G. Thomas Couser, un estudioso de las patriografías, asegura que estas son el resultado de dos impulsos en conflicto: “afiliación y desafiliación”. A eso agrega que la afiliación es el más común de los dos y, además, que “afiliación y desafiliación son distintos por definición, pero en ambos casos el autor se sitúa a sí mismo como insertado en una relación definitoria con un padre, más que como un agente autónomo”. A partir de esto que asegura Couser podría razonarse que el peligro de toda patriografía es paralizar al hijo en ese lugar no propio. La patriografía, entonces, como condena a ser un “hijito eterno”, como llamó en Twitter la escritora colombiana Carolina Sanín a Abad Faciolince, autor de El olvido que seremos, a quien además otro escritor colombiano, Fernando Vallejo, apodó hace tiempo “el huerfanito”.
Imprenteros corteja el mimetismo de la afiliación pero al mismo tiempo, con un movimiento inverso, lo conjura. Es a la vez la historia de una filiación y de una desafiliación. Y esto porque Lorena Vega se ocupa de contar que ella y sus dos hermanos, más allá de la ilusión de continuidad que insinúan la obra y el libro, tuvieron y tienen vidas plenas, autónomas y muy diversas de la de su padre, incluso en el caso de Sergio, que es imprentero pero de otra manera. Imprenteros nos persuade de que las vidas de estos tres hijos también se ganaron el derecho a la biografía: que son, como la del padre, vidas biografiables. El regreso al lugar del padre que ocurre en Imprenteros –o que Imprenteros hace posible– no implica que alguno de estos hermanos se haya quedado aprisionado ahí. Ninguno es un hijito eterno o un huerfanito. Imprenteros es la llave que permite volver a entrar a Ficcerd pero, también, una que permite volver a salir de ahí. Se trata de regresar al lugar del padre para, ahora quizá en mejores términos, con las cuentas en orden, irse una vez más.
Patricio Fontana
Buenos Aires, EdM, febrero 2023
N. del A.: durante el mes de febrero, la obra se presenta en el teatro Picadero
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