La revista Metrópolis, órgano de difusión del recién creado Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta, recoje en octubre de 1931 un comentario de Victoria Gucovsky, publicado en el periódico La Vanguardia del Partido Socialista, acerca de la obra de teatro escrita en versos por Martínez Estrada: Títeres de pies ligeros, estrenada a principios de ese mes con la dirección del propio Barletta y escenografía de Abraham Vigo. El comentario de Gucovsky es breve y no se extiende acerca de la obra; pero sí sobre el tipo de recepción. En el mismo número, la revista del Teatro del Pueblo describe la puesta en escena en un texto sin firma. Gucovsky, feminista, socialista, especializada en problemas de la educación argentina, define un tipo de espectador del arte distinto al de la cultura de masas hegemónica, a comienzos de la década de 1930. Pensar… ¿cuándo?, pregunta. El libro de Martínez Estrada, publicado por la editorial Babel de Samuel Glusberg en 1929, esperó casi dos años hasta la puesta en escena de la obra que se lanza en la Wagneriana, y en las plazas San Martín y del Congreso. Nace el teatro independiente de Buenos Aires. El mismo mes, Barletta consigue una sala estable en la avenida Corrientes. Comienza la obra de Martínez Estrada, mientras, el elenco prepara, entre otras, 300.000.000 de Roberto Arlt y Comedieta burguesa de Alvaro Yunque. En Metrópolis no mencionan que Títeres de pies ligeros fue uno de los dos libros publicados en 1929 por los que Martínez Estrada recibió el primer Premio Nacional de Literatura. El otro libro fue Humoresca. La omisión del dato se debe a que el premio recién fue entregado a Martínez Estrada a fines de 1932, con el mentado reclamo de Gálvez y el visto bueno de Lugones, quien en agosto de 1929, escribe en La Nación elogiando Títeres de pies ligeros, comentado también entonces en la revista Amauta de José Carlos Mariátegui, donde figura una reseña de la poeta peruana María Wiesse.
Teatro del pueblo
Recibir un sobre rojo, dentro un programa modestamente impreso. Director, Leónidas Barletta. Nombres de actores. Obra: «Títeres de pies ligeros» de Ezequiel Martínez Estrada. Escenógrafo, A. Vigo. Sala de la Wagneriana. Entradas de un peso y cincuenta centavos. Interesante. ¿Qué será esto? Llega el miércoles. Es tarde, nos apuramos. Por más que la hora vespertina no puede ser la más popular, pensamos que habrá mucha gente. Tal vez «intelectuales», porque son muchas y muchos los que no trabajan a horario hasta las 19. Seguramente la sala estará llena. Es algo nuevo, nuestro, de aquí. Esfuerzo propio.
Poca gente. Grupitos perdidos en la vasta sala. La obra ya comenzó. De inmediato la impresión es grata. Escenografía nítida. Suena una musiquita de caja de títeres y los títeres hablan. Colombina. Pierrot. Luego Polichinela. Después Pantalón –que trae de Japón una bolsa de juguetes; los títeres tienen por juguetes dos títeres que hablan de los hombres. Antes pasó una cigüeña. Luego un árbol seco floreció de golpe. Después un pelícano discurrió gravemente. La musiquita suena siempre –sólo se calla para dejar ir unos bellos compases de órgano. Los actores hablan, y mientras hablan, tenemos el grato gusto de pensar. Las frases sugieren. El público no puede, no debe ser solamente hilo conductor de una corriente que se pierde…
Leer para distraerse, ir al cine para distraerse. Pasear para distraerse… hablar para pasar el rato… Pensar, ¿cuándo?
El autor ha seguido una inquietud noble. Ha buscado sin encontrar aún la solución. Pero ha buscado. Realizó su labor honestamente. Los que han llevado a cabo la idea de este Teatro del Pueblo, que ayer por la tarde se inició con poco público pero con arte, merecen un aplauso.
No han tratado de machacar los nervios. Necesitan un público que piense. Ya es algo.
– Huérfanos de motivos de grata emoción, las gentes buscan la sacudida epigástrica de los juegos del Parque Japonés y balneario. O el prolijo estudio de los suicidios, que colmó de público una elegante sala.
– Bien, ¿pero qué dicen «Los títeres de pies ligeros»?
– No lo diré, Moléstense, y vayan a oírlos. Vale la pena.
Los autores, bien la actitud y el gesto. Deben suavizar la voz, hablar en tono más bajo. Antoine decía que para hacerse oír hasta el último rincón del paraíso hay que hablar con la voz normal, pero no de garganta. La «impostación» de la voz es también un arte. El paladar debe recoger el sonido. Como las catedrales, es abovedado… Un tubo, una lengüeta, una corriente de aire, son los elementos del órgano, y qué belleza producen. Con más razón, la voz humana tendría que ser normalmente armoniosa.
Otro motivo de estudio y perfección.
Bello programa: tener algo bueno que decir y decirlo con voz bien manejada.
Victoria Gucovsky
(De «La Vanguardia»)
***
«Títeres de pies ligeros», de Ezequiel Martínez Estrada
Teatro del pueblo ha hecho conocer en la escena la hermosa obra de Ezequiel Martínez Estrada, «Títeres de pies ligeros».
Estos títeres tienen una extraña virtud: hacen pensar. Los conceptos vertidos por el poeta que es Martínez Estrada, puestos en versos de originalísima factura, apenas, desentrañados muestran la fina ironía que los enlaza.
A tan dignísima obra correspondió una discreta interpretación, que pudo ser más estilizada, reflejaba, sin embargo, con bastante propiedad el candoroso jardín de marionetas de la comedia clásica.
Al levantarse el telón, el decorador termina de pintar la luna y coloca en el estanque el cisne de utilería. Entonces de ambos lados de la escena salen precipitadamente el «Autor» y el «Espectador» y se apresuran a explayar sus razones el público, recitando unos versos de los que el público solamente percibe la musicalidad. Después, uno a uno y anunciados por distintos intrumentos aparecen los títeres y exponen sus quejas y sus ideas, en maravillosos versos.
El actor que compuso el papel de Pierrot, Hugo D´Evieri, es un artista comprensivo, de gran ductilidad y hermosa voz. Colombina, animada por la actriz Amelia Díaz, consiguió notables efectos plásticos y dijo su parte con originalidad. Arlequín lo vivió Marciano Angelani, destacando su buena voz y su discreción escénica. Polichinela, muy bien animado por Pascual Nacarati y Pantalón, sobrio, medido, lento, como el libreto lo exige, por José Veneziani, actor de excelentes condiciones.
El recitado del marabú estuvo a cargo de Tito Rey y los muñecos Tao y Men, fueron confiados a las actrices María Novoa y Anita Grinspun.
Virgilio San Clemente, que cierra la obra con unos versos, muy correcto en su parte.
En general la compañía de «Teatro del Pueblo» se mostró como un conjunto de actores capaces, sobrios, entusiastas y deseosos de conseguir plenamente lo que todavía les falta.
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