La pregunta acerca de lo que perdura y lo que va a quedar en el olvido se puede formular también a la crítica, ¿cuáles son los críticos que marcan a los objetos del arte en su duración? La crítica amplifica a los objetos en las escrituras de las lecturas, en los «Borges» de Pigla, Sarlo, Molloy, Rosa, los «José Hernández» de Lugones o Martínez Estrada, o en la variada y fascinante crítica sobre Sarmiento. El canto de Orfeo de las Metamorfosis de Ovidio vuelve a sonar cada vez que alguien lee la descripción de la imagen del cuerpo de Eurídice cuando cae al abismo de la nada. La duración garantizada por la transmisión de la cultura entre las generaciones recorta a los objetos del arte de las demás producciones humanas; en el caso de la literatura el lenguaje evanescente en sus usos utilitarios resulta más sólido que las piedras. Aunque la obra de Roberto Arlt, por ejemplo, algún día circule únicamente como suma de bits, su permanencia en la tierra está más asegurada que la de los adoquines bajo el asfalto de las calles de Buenos Aires.
La permanencia de un libro, sus reediciones, mantienen con vida al nombre del autor y su proyecto literario, más allá de su muerte biológica. La «muerte del autor» cuya acta de defunción firmó Roland Barthes en 1968 confirma en la crítica un punto de partida del objeto: la literatura se emancipa del autor mucho antes. La obra tiene vida propia, independiente del autor, y dependiente del lector, se produce desde una paradojal ausencia originaria, un mecanismo al mismo tiempo de despersonalización, como propone Hugo Friedrich en su estudio clásico Estructura de la lírica moderna, y de especulación acerca de los efectos de lo escrito en el lector. Nadie le habla a nadie. O se habla en una lengua de otros donde queda registrada menos, más, la huella de lo propio. El lugar sin mí de 2004 y Azul holandés. Poemas tuyos, míos o poemas míos, tuyos de 2022, publicados por Bettina Caron con el sello de la editorial Metafrasta son dos libros de poesía del pensamiento; dos granadas de mano, por su tamaño compacto, pequeñas como los poemas adentro, elaboradas por una lectora poeta de la lectura o una poeta lectora de la poesía.
En Azul holandés, dedicado a Carlos María Caron, los poemas «suyos, de ella o de ella, suyos» tal como en El lugar sin mí están numerados; uno de los últimos:
54
el lugar sin mí
ahora
mi lugar sin vos
El libro de 2022 cita al de 2004. El lugar sin mí era veinte años atrás el de los poemas que fundan un espacio despersonalizado, literario. Los poemas también muy breves y numerados de 2004 abordan motivos clásicos de la tradición modernista y vanguardista:
40
si pudiera sostener este fino hilo azul
o perpetuar el sonido del agua por hervir
Se trata del hilo azul de la escritura poética autónoma sobre el que baila la funambulista, volatinera o acróbata del carnaval; y del sonido del agua en la pava o de las canillas mal cerradas de Oliverio Girondo. En el libro de 2004; Bettina Caron traza el espacio de su poesía, sin ella. Algunos ejemplos:
42
escribir
es estar enamorados de la muerte
45
las fotos detienen otras caras
en la nuestra
47
en el fuego azul de la memoria
arde el olvido
50
aterrizaje invisible
en la caída incierta de esta tarde
52
y también he recorrido el álbum viejo
con las manos y los ojos
y he visto esa foto
donde yo estaba antes
sin mí
61
al escuchar esa música
pienso siempre en lo que sentía
al escuchar esa música
El libro de 2022, como indica el poema número 54, en la lógica del de 2004, pudo llevar por título Mi lugar sin vos, porque lo que antes era el espacio literario construido sin ella, ahora es el espacio de ella pero sin él. El movimiento entre un libro y el otro, con casi veinte años de distancia y después del fallecimiento del también genial poeta, ensayista y narrador Carlos María Caron, a comienzos de 2015, dispone al espacio de la muerte –que como en Blanchot o en Poe define a la escritura literaria–, como el espacio de la ausencia del compañero amado. Azul holandés se divide en tres secciones. La primera «Poemas nuestros» integra seis poemas, el último con fecha en 1990 y 1991; aluden a viajes juntos por Italia, Francia. La segunda sección «Poemas míos» está compuesta por doce poemas, algunos de ellos con fecha en 2012, 2013 y 2014. El poema número doce es el último de la sección segunda y la siguiente, y última según el orden que el libro viene proponiendo, debería volver a iniciar la numeración y extenderse hasta el número 48; sin embargo, la sección tercera: «poemas tuyos, míos… o poemas míos, tuyos» sigue la numeración anterior y desde el 13 llega hasta el número 60. Entre el poema número 12 y el poema número trece tiene lugar la muerte, lo que abre un nuevo espacio literario, sin él; con una numeración que todavía es la de ella, la del lugar de sí misma como otra.
13
de febrero de 2015
poema 13
como si el 12
nos hubiera dado una cita hoy
aquí
el mismo jueves que
a las tres y cuarto de la madrugada
te hablé al oído besé tu boca
solté tu mano y cerré tus ojos
algo imposible de entender
Tu Muerte
La poeta lectora produce una voz que lee.
39
Estoy leyendo un libro de Joan Diddion. Relata la muerte de su marido. En la solapa, dice: «narra con una fascinante distancia emocional la muerte repentina de su marido.» No puedo identificarme con esa idea porque –aunque anunciada– tu muerte fue repentina. No entiendo que la muerte pueda no serlo.
53
«un matrimonio intenso y extenso es como la lectura de La montaña mágica«
– Siempre decías y te reías… «y después de la tormenta de nieve hay que seguir hasta el final» –agregaba. Ahora además sabemos que con la muerte… la novela continua…
Una voz lectora simple y dulce como María Elena Walsh y paradójica como las Coplas de ciego de Martínez Estrada. Poesía del pensamiento de la crítica literaria, de la poesía que encuentra el hilo azul en la lectura y lo tensa para poder ir de un presente a otro.
47
el tiempo pasa al revés
haciendo más largo el regreso
(caminar sobre una cuerda floja
entre dos presentes simultáneos)
Hilo de los mimos y de los acróbatas del carnaval tendido sobre el firmamento azul, de la escritura como el riesgo de pensar, de amar, la muerte; del teatro popular de Jean-Gaspard Deburau y el cuervo de Poe, hasta el «Pierrot» cadavérico de Verlaine; el Retrato del artista como saltimbanqui de Jean Starobinsky, Imitación de Nuestra Señora la Luna de Jules Laforgue, Darío, Lugones, los Títeres de pies ligeros de Martínez Estrada, Polichinela, o divertimento para los muchachos de Giorgio Agamben, el Pierrot blanco de Banville, el negro de Baudelaire, terrible, escéptico, fumista, del pensamiento nietzscheano de los pies ligeros, que está hecho de palabras de otros, de motivos de otros, de experiencias ajenas, en las que la poetisa lo arriesga todo, como una afirmación ética.
En la contratapa de Azul holandés, la autora que es también la editora anota un mensaje que apoya la hipótesis de la poesía lectora.
Bettina Carón, la autora de
AZUL HOLANDÉS
poemas tuyos, míos o poemas míos, tuyos
presiente que no escribió sola este libro
y que pensar, soñar y hacer vivir en la escritura
lo que simula haberse ido, transforma el tiempo
convirtiendo el pasado en un presente eterno
donde ya no existen
el olvido y los recuerdos.

«Pensar, soñar y hacer vivir en la escritura lo que simula haberse ido», el orfismo modernista de Bettina Caron coagula en sus libros como dos granadas de explosivos metafrásticos, que se pueden arrojar contra la realidad de los tweets y los posteos; escritura tardomodernista que reclama al lector; contra el tecleo incesante que hace sobrevivir lo que simula estar presente. El lugar sin mí y Azul holandés sustraen al pensamiento hacia un espacio otro al que alude un poema del primer libro:
39
la poesía que nos roba de este mundo
que nos ofrenda
el vacío lleno
de voces
y de sombras
Un vacío lleno de voces y de sombras del arte no retiniano que la poesía de Bettina Caron comparte con las coplas de Martínez Estrada y con las Voces de Antonio Porchia. Un vacío lleno de voces y de sombras que encontramos también en otro poema de lector, de Martínez Estrada incluido en Motivos del cielo de 1924:
Pena
Este hastío, esta pena o esta melancolía
con que te miro, Noche, sólo mitad es mía.
Una serie infinita de seres abolidos
se asoma persistentemente a mis sentidos
y me congela el alma con diabólico influjo.
Lleno de muertos, soy un nigromante, un brujo
que ve lo que otros vieron, que oye según la vieja
costumbre. En realidad no tengo ojo ni oreja.
De modo que esta angustia de contemplar tu abismo,
esta tendencia al llanto, Noche que eres yo mismo,
es la máquina bárbara que aún se encanta o se aterra.
La tierra es toda espíritu y yo todo de tierra.
La poeta «presiente» que no escribió sola Azul holandés, acaso se autoperciba también ella como una nigromante, una bruja, capaz de hacer vivir en las escrituras y las lecturas lo que «simula haberse ido», lo que se puede pensar y soñar, habitada por los muertos, por las perspectivas de los otros. Ambos libros son como pequeñas cajas repletas de llaves o claves, para entrar en el mundo que está detrás del mundo al que sólo accedemos con los ojos del lector que mira con el pensamiento.
Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, EdM, agosto 2022
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