Liquen, por Fernando Bogado

Fernando Bogado comparte en Escritores del Mundo un adelanto de Liquen, un libro en el que trabaja, y que proyecta para un futuro no tan inmediato. A la inmediatez de las columnas y lecturas en Radar de Página 12, la palabra en la trinchera de la radio y su aporte permanente al lenguaje de La Tribu, y el periodismo, las entrevistas, los recitales de poesía y música, los intercala con escrituras menos inmediatas, entre la Universidad y los cuentos, las novelas Tierra ganada al río (2018) y Levensraum (2021), y los libros de poesía, entre otros: Jazmín paraguayo (2016) y El desempleo (2020).

Líquen

Hoy, por ejemplo, 
quería 
decir que hay 
una imagen
que debe ser 
de un sueño
o una
fantasía
armada a
fuerza
de cosas que 
no están.  

Hoy, por ejemplo, 
quería decir
que en esa 
imagen 
seguramente
inventada

hay un 
árbol
que


debe ser
uno de esos
árboles grandes
que ya medio que no existen.

Hoy, digo, justo hoy,
que quiero, que me
gustaría hablar
de esa imagen, 

hoy,

dije,

hoy, 

recién hoy, justo hoy
como en la canción 
de Manal, 

hoy, 
por ejemplo, 

de la imagen
quiero decir
que el árbol
debe ser uno

de esos árboles

en donde

sin mucho esfuerzo, 

antes 

se enterraban

los perros muertos

del barrio; 

y hoy, 
a modo de ejemplo, 

de esa imagen se puede decir

que solo yo
entiendo
que detrás
de esa
imagen

hay otra
imagen: 

un líquen
del recuerdo 

de cuando un montón
de gente, 
amiga o familiar, 
cercana, sí, 
un montón de gente
importante

está ahora muerta, 

hoy, 

por ejemplo, 

y detrás de mí imagen, 
otra imagen, 
otro árbol
persiste

como un pobre
metido a la lucha armada
y con el objetivo identificado. 

II

Armado como estoy,
abierto: 

con dijes y trofeos y flores
criadas en la intemperie; 
cubierto de las rosas 
que tienen los muertos
en los entierros y los velorios.

Abierto, 
creo, como el 
agua del
mar
cuando
araña el fondo
de la 
costa; 

como tren en movimiento
o llanto de perro en la mañana; 

atado, armado, abierto, 
como 
cosa
que 
sobra. 

Agarrado a las piedras
más fuertes
para que la voluntad
de la rudeza
de las cosas que esperan
pueda también 
acompañarme 
en este vivo penar
que me va 
a llevar
a
algún lado. 

Un cable de espumas que 
arma el contorno
de la 
lucha estrepitosa
de cada
ola con eso que me espanta: 

el líquen o la incertidumbre.  

III

En plena duermevela
sueño
no con el liquen que
debería acompañarme
medularmente

como si fuera
campo, o rocío, o ventana de mundos,
sino
con una vaca
encerrada
en el patio de mi casa de infancia
y con mi padre
(que a veces soy yo y a veces el otro)
sosteniendo a mi prima.
Primero, hay silencio
y después los niños hablan. Y mi padre, que vuelvo a ser yo,
le pregunta a mi prima
que no se parece a mi prima
sino a mi hermana
cuál es su nombre
y mi prima que es mi hermana
le responde «creo que Jesica»;

y yo
le pregunto
a mi versión más pequeña
si sé mi nombre.
Y yo me respondo que no, que no lo sé.

Y yo adulto me digo
«Te llamás Fernando».

Y tiemblo, yo de niño. Y digo «me llamo Fernando», y agrego, emocionado «ahora entiendo muchas cosas», y lloro.

Y Fernando adulto también. Los dos Fernandos lloran
emocionados
porque saben y entienden por fin
cómo se llaman.

IV

Un niño que habla en su lengua de niño
señala el horizonte
y piensa
en el blanco
y el azul
y el amarillo
de las banderas
que pronto jurará obedecer;

y del pan,
la dura placa
plástico-infinita
que entenderá
como el cuerpo al que
pertenece:

patria, pasaje,
el liquen de
su propio cuerpo,
jura y come,
forma parte
de la batalla
armada por su nacimiento.

Un liquen puede ser también
la esperanza de vivir duplicado
por fuera
de las sombras.

V

«Pensé que tenías que trabajar,
que quedaba algo por hacer».
«Pensé», dice mi liquen,
«que éramos uno, indistinguibles. No que ibas a hacer de mí
aquel que envías a abrazarse
en el peor de los infiernos
en la primavera de tu antojo cruel».
Pensé, pequeño liquen mío, que ibas a ser para mí el hijo
que
no
tendré
para siempre.

Mi caos, o liquen de infancia, o nombre de mi padre entregado, patria mía, otra vez.

Exiliado.

VI

Cuando el liquen me habla
trato de
salir a la calle
y
hablar con la gente
y
trabajar
y
preguntarle a mi madre
si salió el sol, allá lejos,
donde ahora vive.

Cuando el liquen me
habla
trato de
dejar registro
de que me habla a mí
y que me entiende, y que
por lo bajo
el liquen
sabe
que no entiendo
del todo
lo que me
dice.

El trato ente el liquen y yo
no es mutuo.

Pero no hay drama, me digo que me dice el liquen.
«No hay drama».

No todos
tienen
a este miembro de mí
en el centro del pecho:
hablando.

VIII

Un pedazo de mí
sale
de entre mi liquen

se independiza
y va
a
comerse
al liquen de otro, 
y sucederá lo mismo
y un mundo mío y
de mi liquen
amanecerá
como una trampa 
de tiritas 
y de hilos
y de telas. 

Trampa débil,
pero trampa al fin. 

Como decir:
“yo”, “pedazo de mí”, “liquen”. 

IX

Madre, no es que no quiera despertarme
pero en mí el Líquen me exige todo: 

me pide los nombres
y las fotos de los nombres
de todos los que por aquí pasaron, de 
todos los besos
errados
que 
di 
y de los que me fueron retribuidos
con la piedad con la que se lavan los pies
con
la misma piedad
con la que 
en el horizonte
se levanta una bandera
de tierra y pasto y cabello cansado
que cae. 

Madre, el Líquen, el fragor de la vida
la máscara
de no pertenecer
ahora es mía por siempre. 

Madre: me han exiliado. 

X

Mi líquen
(entiendo que no es mío)
cubre perezoso
el ancho río de las nubes
con su presunción de niebla, de 
canto acechado
de tormenta
por
venir. 

Líquen de mí, 
estre

/llita 

mía, 

mariposa malvonada de la noche, 
líquen mío promete

con su lengua de respiración larga

que seremos sólo dos. 

Egoísta, mi líquen

me asegura: 

“y seremos solo dos
y seré sólo tuyo
y del otro
y del otro
y del otro”. 


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