A cuarenta años de la guerra de Malvinas, por Alcides Rodríguez.

Hace cuarenta años la dictadura militar decidió recuperar las Islas Malvinas por la fuerza, llevando a la República Argentina a una guerra con Gran Bretaña.

“Lo que más me movilizó fue que todo estaba intacto, igual. Como si no hubiera pasado el tiempo. Como si nunca me hubiese ido. El paisaje, mi trinchera, todo estaba como cuando lo dejamos” decía en 2016 Gustavo Caso Rosendi, poeta y ex combatiente de Malvinas, cuando regresó de las dos visitas que realizó al archipiélago malvinense en 2013 y 2015. Durante cuatro décadas la guerra de Malvinas ha sido relatada y debatida desde múltiples perspectivas. Se publicaron testimonios de muchos de sus protagonistas. Se habla de gesta patriótica, de último manotazo de una dictadura en crisis, de error monumental que comprometió la posibilidad de recuperar las islas. Se habla de chicos de la guerra y de valientes que pelearon con coraje, de torturas y otros crímenes. Y, sobre todo, del dolor.

EN EL CAMAROTE DEL CANBERRA

Se fregó y se refregó 
bajo una lluvia caliente
Consiguió sacarse la mugre
pero no la angustia
pero no la desolación
Se miró al espejo
y supo que ya no era
y supo que nunca
se marcharía del todo
de esas dos islas rojas
como mordida de vampiro

 “Ahí seguimos la trayectoria del ataque – relata el entonces teniente Mariano Velasco – ya más cerca comenzamos a ver en el agua los piques de los cañones. El buque hizo muchas maniobras, hasta que la última visión que tengo es de costado, veo el radar, bien grande, cuando lanzo las bombas. El avión, cuando salen las bombas, queda más liviano y ahí Barrionuevo me dice: “¡explotaron muy bien!” Él vio los iniciadores, cuando se inicia el retardo, un chispazo, dos pegaron en el casco, casi al nivel de la línea de flotación y la otra un poco más arriba de la cubierta principal. Luego pasó él, pero sus bombas no salieron del soporte. Hicimos unas maniobras evasivas, bajo, cambiando de rumbo”.  

 “El combate – dice el entonces teniente José Arca – era totalmente desigual. Yo tratando de cortarle la línea de tiro con giro escarpado al ras del agua. Él quería llevarme al combate a tres mil pies arriba, pero yo no me movía del metro y medio de agua. Sin embargo, fui impactado en diez ocasiones, y en determinado momento el Harrier, piloteado por el inglés Clay Morell, abandonó el combate. Años después me enteré de que había llegado al mínimo de combustible… Aproveché la situación para evaluar el estado de mi avión, porque al momento del combate tuve que tirar controles manuales. Los agujeros de entrada eran alrededor de veinte centímetros. Los de salida no lo sé. No tenía un tanque auxiliar de combustible. No tenía circuito eléctrico. El avión volaba sólo porque el motor funcionaba”.  

“A mí me tocaba – cuenta el entonces suboficial Ramón Barrionuevo, tripulante del crucero General Belgrano – hacer guardia de 4 a 8 y de 16 a 20. El 2 de mayo salí de mi camarote a las cuatro menos cuarto para tener tiempo de recibir la información de mi compañero Juan Carlos Córdoba, y tomar el puesto a las 16 en punto. Juan me pasó los datos de los cañones cargados, de la gente que estaba lista y de la posición del barco. Lo saludé como cualquier día. Y él se fue para la popa, a nuestro camarote para descansar. Ahí pegó el segundo torpedo. No lo vi más”. 

“En determinado momento – relata el entonces teniente Luis Seghezzi, tripulante del submarino San Luis – el sonarista informa haber escuchado el splash de un torpedo entrando al mar. Siento como la adrenalina comienza a acelerar mis pulsaciones. El sonarista, que sigue hablando por el circuito de ploteo, nos informa que el torpedo está en aproximación. Se me hiela la sangre y ya no puedo escuchar más nada. Me detengo a observar un pequeño espacio del casco que hay frente a mí, entre la maraña de cables, sabiendo que detrás de esa pulgada de acero está el mar impiadoso. Minutos antes, luego de la primera alerta de torpedo el Comandante había ordenado unas rápidas maniobras de evasión que incluían un cambio brusco de plano con giro cerrado sobre estribor, banda donde se encontraba el eyector de señuelos… Mientras los segundos corrían yo pensaba en las posibilidades. Miraba el casco y suponía que un impacto frente a mí será lo mejor. La segunda me atemorizaba porque, quizás, sería asfixia por inmersión. ¿Cuánto duraría la agonía?”.   

“No había mucho tiempo para pensar – relata el ex soldado conscripto Ernesto Vallejo – era disparar y esperar lo que venga. Pero no teníamos miedo, estábamos enloquecidos. Me ponía el crucifijo en la boca y no pensaba en nada, ponía la mente en blanco. Veíamos que había muchas bajas en la primera sección, pero igual seguíamos tirando. La artillería nuestra empezó a tirar sobre la primera sección y la confusión era total. Veíamos sombras de ingleses en medio del fuego de la artillería naval, de la artillería terrestre y las ráfagas cruzadas de la munición trazante”. 

“Mendoza – recuerda el ex soldado conscripto Esteban Bustamante – quiso poner unas chapas en el pozo, como un parapeto para protegernos de las ametralladoras y cuando se asomó, lo agarraron tres ráfagas. Lo tiré de la chaquetilla y se cayó sobre mí. Ya estaba muerto. Yo mismo lo agarré con las manos y lo tapé. No sabía qué hacer, tenía miedo, lo tenía en brazos y no sabía qué hacer. Y el cabo me gritaba: “Bustamante, seguí tirando”. Mendoza tenía un FAL… lo agarré y empecé a tirar. Así habremos estado unas cuantas horas y de repente vi que adelante, en la primera línea, algunos compañeros ya se estaban entregando… Los ingleses se me venían encima, así que salí del pozo y el cabo me decía: “Tirate cuerpo a tierra que te van a matar”, porque yo iba agazapado y no largaba el FAL. Quería ir a otro pozo para seguir atacando”.   

TRINCHERA

Comenzamos cavando como si
fuera nuestra propia tumba
Pero cuando el cielo escupía fuego
nos dábamos cuenta
que era un buen hogar
después de todo

 “Ordenó enterrarme junto a otros tres soldados en un pozo hasta el cuello, sin abrigos, sin casco, por más de diez horas bajo temperaturas extremas y sin alimentos… Nos ponían boca arriba, nos hacían abrir los brazos formando una T con respecto al cuerpo y las piernas separadas atadas con una piola, con la nevada y el frío, te congelaba todo el cuerpo”. Estos testimonios aparecen en una causa abierta contra ex militares acusados de torturar y asesinar a soldados conscriptos durante el conflicto. 

“Yo fui testigo – dice el ex soldado conscripto Ernesto Alonso – de la muerte de un soldado que fue castigado a dormir fuera de su posición y una mañana lo encontramos entre las piedras, tapado por un poncho, casi congelado con convulsiones. No sobrevivió al frío”. 

“Hay soldados – sigue diciendo Alonso – que murieron bajo fuego enemigo estando estaqueados desnudos de pies y manos por el Ejército argentino. Otros fueron enterrados hasta el cuello solo por haber robado un paquete de galletitas. A un soldado lo ataron con una granada en la boca y un hilo que le cruzaba por los testículos. Algunos fueron sometidos a picana eléctrica. A otros los metían en pozos de agua helada como castigo, lo que produjo mutilaciones por congelamiento y gangrena. Hubo golpizas y simulacros de fusilamiento. Incluso asesinaron soldados a sangre fría… Hasta el momento ninguno de los acusados tuvo que explicar por qué torturaron en Malvinas. Ellos te pueden contar con lujo de detalles la guerra, pero cuando les preguntan sobre esto les agarra amnesia”.   

Los métodos del Terrorismo de Estado, también en Malvinas.  

GURKAS

Mercenarios de perfil bajo
(los únicos que los vieron
ya no están)
Cuchillos fantasmales
cortando los sueños
¿Pero acaso nosotros
no veníamos del país de
las picanas sobre panzas
embarazadas?
¿Quién le tenía que tener
miedo a quién?

“Alrededor de las tres de la mañana – cuenta el ex soldado conscripto Daniel Orfanotti – se sintió una explosión que nos cayó a dos o tres metros. No sé si yo estaba vivo, me fui de este mundo… al rato, todo cubierto de tierra y piedras, sentí un zumbido en el oído y del cuello me caía sangre… [En el hospital] vino un subteniente médico, me sacó el apósito que yo me había colocado y me dijo que tenía una esquirla adentro. En eso, unos soldados venían trayendo a uno en una manta. Ese herido gritaba: “no me quiero morir”. Lo ubicaron detrás del médico, que se dirigió a mí y me dijo: “No mires. Quedate acá que ya vuelvo”. Yo vi: el de la manta tenía una herida a la altura del abdomen, se le veían las vísceras”.

“Le conté a un médico – relata el entonces sargento Manuel Villegas – lo que me había pasado: un tiro en la mano y una herida en el abdomen. De repente apareció el capitán médico Lázaro, muy serio. Le preguntó al médico que estaba conmigo qué me pasaba y éste último respondió que me quedaba muy poco”. 

“Cuando empezaron a llegar los soldados – cuenta la enfermera Alicia Reynoso – nos dimos cuenta de cómo nos estaban mintiendo. Vi soldados mal alimentados, con ropa que no servía para el clima del que venían. Eso era violencia, venían con mucha hambre y muy desorientados, sin saber dónde estaban… No nos asustamos por las heridas, fracturas expuestas, quemaduras, esquirlas, pero nos llamó la atención el llamado a la mamá: “Llamen a mi mamá, dónde está mi mamá”. Y nosotras teníamos 23 años, no teníamos mucho más. Hicimos la contención que necesitaban, encontraban una mujer vestida igual que ellos, con un olor diferente, con una forma de hablar diferente y que les decía que se tranquilizaran”. 

“Todo lo que significó para mí la guerra – dice la enfermera Stella Maris Morales – a la que fui muy contenta, fue algo muy terrible. Viví situaciones trágicas sin contención, porque nos conteníamos entre nosotras para poder asistir a los soldados. Cuando estábamos solas llorábamos, rezábamos y nos acordábamos de nuestras mamás”.  

DESPUÉS DEL HORROR

Lo hemos aprendido
Nosotros los sobremurientes
sabemos muy bien que tras el silencio
viene otro silencio atronador
Siempre será así

“Cuando vi que el barco estaba llegando – relata Mabel Outeda, fotógrafa de un periódico de Puerto Madryn – quise ir hasta el muelle, pero los militares no me dejaron llegar… Al principio los que estaban a cargo del operativo querían evitar que tengamos contacto con los soldados. Es más, los primeros camiones militares que salían del puerto pasaban tapados por lonas y los metían a los chicos en las barracas de Lahusen, donde hoy funciona el bingo municipal. Pero entre las personas de la ciudad había como una desesperación por abrazarlos, por darles de comer”.

“En esos días – dice el ex soldado conscripto Ernesto Alonso – que estuvimos dando vueltas por el pueblo comí pilas de cosas, latas de remolacha, chocolate. Era notable la pérdida de kilos y la gente nos traía pan. Fue el día que Puerto Madryn se quedó sin pan”. 

“Nos llevaron a Campo Sarmiento – cuenta el ex soldado conscripto Ramón Romero –  que era en Puerto Belgrano, un galpón enorme, y nos sentaron a todos en el piso alrededor del galpón. Y en el galpón así en el medio, había como… mesitas, así, como de escuela, pupitres, así, con dos sillas, con un militar de inteligencia. Y te sentaban a vos adelante, el tipo escribía, te tomaban declaración de todo lo que habías hecho, de qué habías visto, qué opinabas. Después te terminaban de tomar declaración, firmabas la hoja, y decían: “de esto, no se habla con nadie, esto se tiene que olvidar, recuerden que tienen familia”. Una amenaza, viste, como que te podía pasar algo si hablabas de esto… no se habla con la prensa ni con la familia ni con nadie”.  

“Cuando volvimos – relata el entonces sargento Miguel Ángel Quiroga – nos sentimos muy mal, porque no esperamos recibir de nuestras propias fuerzas que directamente nos escondieran. Nosotros llegamos, fuimos a Campo de Mayo y en nuestra unidad no nos sentimos apoyados por nuestros comandantes… Yo después de volver de la guerra, gracias a Dios pude continuar con mi carrera normal, pero muchos de mis compañeros no lo pudieron hacer, quedaron muy afectados por problemas psicológicos o de salud. Nos afectó muchísimo, muchos compañeros míos tuvieron problemas para conseguir trabajo. Al enterarse que eran veteranos de guerra no querían tomarlos, o los dejaban sin trabajo por temor a una reacción de ellos”. 

La Federación Nacional de Veteranos de Guerra estima que en los diez años posteriores al conflicto se suicidaron alrededor de dos mil ex combatientes (en las islas y el océano murieron 649 combatientes). Fue el período de mayor desamparo, por falta de atención y negligencia del Estado. Ramón López, presidente de la Federación, precisó que en 2021 se produjeron 335 muertes y otras 64 en lo que va de este año.  

A veces mirábamos nuestra sombra
sobre el camino escarchado
para cerciorarnos de que aún estábamos
Entonces sí
bebíamos de la cantimplora
el agrio sabor de la existencia

“De chiquito – afirma Ezequiel Martel Barcia, hijo del capitán Rubén Martel, piloto derribado por un Harrier – tuve que darme cuenta de que algo faltaba. Después de a poco le iba preguntando a mamá. Había una ausencia fija y cuando uno es chico pregunta poco por no saber cómo reaccionará la otra persona. Es un vacío que le vas dando forma”. En 2014 Martel Barcia confeccionó un mapa de las islas con las coordenadas de los lugares en donde cayeron los 55 pilotos de la Fuerza Aérea muertos en la guerra. “Para muchos de nosotros – dice – que perdimos a nuestros viejos, esto también es un alivio.  Si el día de mañana tengo un hijo y me pregunta dónde se quedó el abuelo, al tener un mapa puedo mostrarle dónde está haciendo guardia”. 

“El 8 de junio – cuenta Yenni Da Silva, madre del soldado conscripto Alfredo Gregorio – me escribió la última carta. Decía que estuvieron en el pozo durante cuarenta y un días, que en ese momento estaban de vuelta en Puerto Argentino y todavía no sabían cuál sería el próximo destino. En todas las cartas decía que estaba bien, aunque sé que lo decía para dejarme tranquila. Y repetía que pronto nos volveríamos a ver. Cuesta creer que pasaron cuarenta años de la guerra, la mitad de mi vida soñando que vuelve… Lo único que pido es que no se olviden que dio su vida por la patria. Tengo una nieta que se llama Malvina y otra Soledad, y un nieto Alfredo, todo en recuerdo de él”.  

“Como mueren en un hecho heroico – dice Leandro de la Colina, hijo del vicecomodoro Rodolfo de la Colina, derribado por otro Harrier – te aferrás más y te atraviesa de determinada manera. Mi viejo murió peleando por algo que reclamamos todos los argentinos y eso mitiga el dolor, le da sentido”. 

En 2018 un grupo de familiares de caídos en combate viajó a las islas para visitar el cementerio de Darwin. Se había logrado identificar a la mayoría de los cuerpos que durante años habían yacido bajo la leyenda Soldado Argentino sólo conocido por Dios. Así, treinta y seis años más tarde, estos familiares pudieron estar frente a la tumba de sus seres queridos por primera vez. “Esa mañana – cuenta una crónica aparecida en Infobae – los familiares les hablaban en presente, les contaban con detalle lo que había ocurrido todos estos años, los ponían al tanto, les mostraban y dejaban las fotos del casamiento de su hermana, del bautismo, del cumpleaños de quince…”. 

                                                                    Las casas flamean porque partiremos
                                                                                      para no volver jamás

                                                                    GUILLAUME APOLLINAIRE

Se asoman cada noche
uniformados de musgo
desde la tierra parturienta
Miran las luces del muelle
y todavía sueñan
con regresar algún día
Oler de nuevo el barrio
y correr hacia la puerta
de la casa más triste
y entrar como entran
los rayos del sol
por la ventana
en la que ya nadie
se detiene a mirar
donde ya nadie
espera la alegría

“Si quieren venir que vengan, nosotros les presentaremos batalla” dijo con tono de arenga el dictador Leopoldo F. Galtieri a la multitud que colmaba la Plaza de Mayo. “Combatiremos sin tregua a la delincuencia subversiva en cualquiera de sus manifestaciones, hasta su total aniquilamiento” dijo el dictador Jorge R. Videla con el mismo tono de arenga, días después del golpe de Estado. “Achicar el Estado para agrandar la Nación” dijo sin tono de arenga el economista Ricardo Zinn, artífice junto a José Alfredo Martínez de Hoz de la política económica de la dictadura. Unidas en una oración, estas palabras no se contradicen. 

Y las heridas, profundas. Aún abiertas.

Dice la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional de 1994: “La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”. 

(Los testimonios fueron extraídos de Speranza, G. y Cittadini, F., Malvinas 1982. Partes de guerra Norma, Bs. As., 1997; Rivas, S., Skyhawks sobre Malvinas, El Cazador, 2021; notas aparecidas en distintos medios (Telam, Clarín, Infobae, El País, France 24, El territorio, OpenEdition Journal, AM 750 y diversas páginas web de agrupaciones de ex combatientes) Los poemas se encuentran en Soldados, de Gustavo Caso Rosendi, en http://www.bnm.me.gov.ar/giga1/documentos/EL006317.pdf)