Edina Szvoren nació en Budapest, Hungría en 1974, estudió música en la Academia Franz Liszt de dicha ciudad y enseña solfeo allí. En 2010 publicó su primera colección de cuentos, Pertu (Tuteo), por el que recibió el premio Tibor Déry. En 2012 le siguió otra libro de cuentos, Nincs, és ne is legyen (No hay, y que ni haya), por el que recibió el Premio de Literatura de la Unión Europea en 2015, año en que publicó su tercera compilación de cuentos: Az ország legjobb hóhéra (El mejor verdugo del país). Este relato, que publicamos en traducción, apareció originalmente en 2017 en la revista literaria Műút (www.muut.hu) y en 2018 se convirtió en uno de los trece relatos de su más reciente colección de cuentos: Verseim (Mis poemas), que fue galardonado con el Premio Literario Libri de la cadena más grande de librerías de Hungría.
Conozco a una mujer que enseña física en una escuela secundaria. Tendrá unos cuarenta años. En su tiempo libre, hace videos demostrativos sobre temas de física, su profesión, entonces, es por así decirlo, su pasión. En realidad las ciencias no me interesan, pero por alguna razón esto me llamó la atención. Le he mostrado a muchas personas estos videos, que están disponibles al público, y les he dicho que en esta mujer hay una especie de crueldad oculta. Miren su cara. Mis conocidos dijeron que no entendían de qué estaba hablando porque esta mujer parece agradable. También dijeron que con gusto tomarían clases de física. Cayeron en la exageración: si hubieran tenido un profesor así en aquella época… etcétera. Entonces me hicieron notar que la profesora se parece a una conocida poetisa que, aunque esto ya no esté de moda hoy en día, escribe poemas en rima y a la que la profesora seguramente no conoce, ya que los profesores de física en general no leen poemas, así como a los poetas tampoco les interesa tanto la física. Se me ha ocurrido que puede haber casos que no sigan para nada la forma en que las cosas son en general. En particular, porque a raíz de los videos con demostraciones de física de esta profesora, el otro día leí algunos poemas de la poetisa, y justo no tenían rima; y bueno… A mí, en general, no me interesan ni los experimentos de física ni los poemas, pero estos poemas eran bonitos. Me gustaron aunque no los terminé de entender, y recién unos días más tarde noté que algunos de sus versos se me habían quedado en la cabeza. No muchos, solo unas pocas estrofas.
Los días de semana la profesora está demasiado cansada como para hacer estos videos, a primera vista no tan interesantes, lo cual es natural. Pruebas, el registro, reuniones de profesores, santos de colegas. En la plantilla docente promedio, siempre es el santo de alguien, lo sé porque también enseñé un tiempo. Y entonces hay que homenajear a ese colega con alguna magdalena con chispas de chocolate. Hay quien cocina, y hay quien compra bocadillos con su dinero. El que no cocina, compra tiempo con su dinero, consciente y deliberadamente, y sabe, en centavos por minuto, que dos mil quinientos florines son tres horas, y listo. A veces, en cambio, es solo una y media. Lo sé, porque después de recibirme dí clases. De todos modos, hay que ver muchísimos videos para comenzar a ver qué es lo que hace tan especiales a estos videos. Una vez le dije con enojo a alguien número 1, que me cae muy bien porque tiene una paciencia inagotable, que, por el amor de Dios, no le mire las manos a la profesora, sino la cara. ¿O no que es muy cruel? Le cayó mal que le haya ladrado, según dice, como un perro pulgoso. Pero bueno, nunca dije que la profesora de física no sea agradable. Malentendido tras malentendido.
Entonces, los días de semana, esta profesora no tiene tantísimo tiempo. Por supuesto, toma notas incansablemente. Si se le ocurre algo durante las cenas familiares, lo escribe en un papel, en una servilleta o en cualquier cosa donde la tinta agarre y que después se pueda meter en el bolsillo. De ese modo, en la práctica, deja sus ideas congeladas y durante su semana laboral puede dedicarse exclusivamente a su familia y sus estudiantes. Luego, los fines de semana, o si no, durante las vacaciones escolares, reúne los materiales para los experimentos, los instrumentos de demostración y por fin puede llevar a la práctica las ideas que tuvo y desarrollar los planes de noviembre y febrero. Estos son meses desolados y penosos en las escuelas, noviembre, febrero, brr, incluso mis conocidos lo dicen, aunque por lo demás no entiendan. Simplemente fingen no ver lo que veo yo. Encima, mantienen con uñas y dientes que la crueldad y la bondad son rasgos incompatibles.
El esposo de la profesora y su hijo que está en los últimos años de la primaria, y a quien de todos modos le va bastante mal en física, también conocen estos videos y saben que si Mamá de repente escribe algo en cualquier lado, es que se prepara para sus videos, los piensa, los planifica. Que la acaba de asaltar una idea para algo especial. Ambos la admiran porque justo en las situaciones menos pensadas se le ocurren cosas, y su esposo a veces se pregunta seriamente qué podría significar realmente esa forma de ocurrírsele cosas. ¿Cómo es que sucede que por mucho pero mucho tiempo, ni siquiera nos acordamos de algo que alguna vez nos ocupó, y entonces, un buen día, simplemente nos viene a la mente? El empleado de la boletería de una compañía de transporte gira la bandeja metálica donde ha tirado el vuelto; ese, por ejemplo, es uno de esos momentos. El marido de la profesora piensa, avergonzado, que a él nunca se le ocurre nada. No es cierto, por supuesto, pero él cree que es así. En una relación larga, inevitablemente surgen desigualdades sobre las que el amor mutuo puede condensarse, como si la desigualdad fuera directamente la causa de ese amor, y no, como de hecho es, su superficie. Es cierto que en estas superficies, a veces pueden verse rastros de otros tipos de condensación, por supuesto. Una vez tuve ocasión de hablar de los mismos en privado con el esposo. Resultó que escuchó y pude darle mi opinión sobre todo esto. Es un hombre bien intencionado, que, cuando no se le ocurre nada, se cuida de no buscar soluciones descabelladas. No pretende llenar todos los huecos, ni acabar con todas las disonancias. Un hombre así ciertamente sobrellevará otras incertidumbres pertinaces más fácilmente que el promedio.
La profesora tiene ideas singulares. Por lo general, no usa instrumentos de demostración estándares, disponibles en los comercios, sino que exceptuando un diapasón de tamaño excepcional, cuatro veces más grande de lo normal, que en uno de sus videos tañó y después sumergió en agua, se vale de los objetos de uso más corriente posibles, que podrían haber sido utilizados por su esposo, su hijo o, anteriormente, por ella misma. Así, emplea lo menos posible bolas de acero brillantes que oscilen o rueden en función de los principios de inercia y de conservación de la energía. La profesora tiene una mesa de acero inoxidable, fácil de mantener limpia, que a mis conocidos les recuerda un mostrador de carnicería, sobre la que desempaca los utensilios domésticos que saldrán en el experimento, y cuando se enciende la cámara, sólo se queda ahí parada frente a la lente por unos segundos. Y mientras da al espectador la oportunidad de posar la vista sobre los recipientes preparados, los cuerpos sólidos y los líquidos, ella también mira alrededor, se puede ver su mirada impasible vagar de un objeto a otro. Entonces todo está tan sin vida. Sin embargo, cuando comienza el experimento en sí, el fósforo se enciende bajo la servilleta navideña, empieza a sonar la campanilla de bicicleta con forma de pelota de fútbol, se infla por los gases el globo ajustado al pico de la botella, la atención de la profesora ya no recae sobre los objetos sometidos al experimento, sino sobre mí y sobre mis conocidos.
Mis conocidos siempre notan cosas especiales en los videos de la profesora. Hablan cuando asoma alguna sombra por el telón que asegura la neutralidad del fondo. Escalera o caballete, advierten. Y luego son bien capaces de pasarse un buen rato pensando que por qué está eso ahí, mientras que el todo, las condiciones del experimento o la mirada de la profesora, en última instancia, los deja indiferentes, y ni siquiera entienden lo que quiero decir cuando hablo de crueldad. Una vez advirtieron que cuando la profesora se pone de puntillas para alcanzar algo del lado de la mesa donde está la cámara, las suelas de sus zapatos, tan pronto como se separan del piso, hacen un chirrido raro. De verdad. Como si la pobre hubiese pisado algún pegote. No haré de esto una cuestión de vanidad, ya que yo no soy experta en estas filmaciones. Puede ocurrir que haya cosas de las que no me daría cuenta, ni aunque mirase los episodios una docena de veces. No suelo discutir por ese tipo de cosas con mis conocidos. Una vez una de ellos, número 2, una mujer gorda y con problemas de audición que, al conocernos, entendió mal mi nombre y consecuentemente repreguntó: ¿Edina Borren?, bueno, esta conocida mía declaró agriamente que los videos de la profesora no son de carácter demostrativo, sino solamente ilustrativo. ¡Vaya con ella!. Por lo general, trato de escuchar a los provocadores con cara prevenida e inexpresiva para no darles la alegría que sienten cuando sus afirmaciones sorprenden o indignan. Por muy bien que me caiga, a veces tengo latente la sospecha, con respecto a esta conocida mía, de que solo se hace la sorda. De que sin duda malinterpreta las cosas intencionalmente, porque entonces puede repreguntar, y puede llevar la conversación hacia una pila de cuestiones (hostigar en lugar de oscilar, arriado en lugar de aliado) de las que el otro no quería hablar en absoluto. Ilustrativos o demostrativos, mentí a mi conocido, a mí me da lo mismo. El que es duro de oído, o se hace, puede expresar su opinión sobre todo tipo de cosas. Por otro lado, la naturaleza probatoria o ilustrativa de un procedimiento no depende, al fin y al cabo, del procedimiento en sí, sino de lo amplios que sean mi conocimiento y el de mis conocidos sobre el tema en cuestión. Hay muchos para los que puede tener fuerza probatoria una filmación que a los ojos de otros solo sea ilustrativa.
No tengo muchos conocidos, y amigos aún menos. Trato de no ver en ellos solo lo que me molesta o fascina. Primero que nada, por supuesto, no puedo agruparlos según qué les parecen los experimentos de la profesora, si les aburren o los disfrutan, si les buscan errores provocadoramente, o si ven objetos que no corresponden sobre la mesa de acero inoxidable, o sombras detrás del telón. A pesar de que mi relación con mis conocidos se ve afectada negativamente por el hecho de que a la mayoría de ellos todo el experimento del diapasón le resulta simplemente cómico, trato a muerte de verlos como personas completas, cuyas vidas no se vinculan con un único rasgo y que, por así decirlo, no son poemas que tratan sobre algo, sino el algo mismo. Y ese algo puede ser de muchos tipos, a diferencia de los poemas, porque si algo es diverso, mal puede tratar de algo.
Mírale la cara, le digo a uno de mis conocidos, número 3, que se cree que puede cantar la melodía de Arena en el viento y con quién no he tenido una discusión en años. Es un personaje divertido, pero no me gustaría que ahora también hiciera de esto una broma. Mira, digo, esta profesora ya sabe como va a salir el juego, sabe cómo se comporta un cuerpo libre sometido a impactos opuestos, pero no dice nada, no revela nada, no ayuda, no dirige, no hace nada por encauzar la atención que fluye a la deriva. Nunca habla. Estos videos son muy particulares, mudos. No tienen subtítulos explicativos, no tienen música de fondo. La profesora simplemente mira a la cámara como si hallara placer en nuestra ignorancia. Se me ocurre que hay que aclarar algo, les digo a mis conocidos. Ni bien los siento por primera vez frente a estos videos con experimentos, les digo que soy lega, pero de ninguna manera ingenua. ¿Es eso posible? preguntan. Y entonces les pasa a todos lo mismo, uno atrás del otro. Practicamente no aprenden nada de estos videos, sus conocimientos de física al menos apenas se ven incrementados con nuevos elementos, pero lentamente se les va despertando la sospecha. Cuando ven un mostrador metálico de fácil limpieza, lustrado hasta sacarle brillo, con una regadera común encima, inmediatamente comienzan a sospechar algo. Les ha pasado lo mismo que a mí, les digo triunfalmente, y espero que ahora también nos pongamos de acuerdo en las demás cuestiones. Pero a pesar de que entonces intento con lo de que hay algo de cruel en la profesora, aun no entienden lo que quiero decir.
*
Me decidí: le pediría una cita a esta mujer. Se me habían acumulado todo tipo de tensiones, y bueno,… me interesaba mucho. ¿Recibe apoyo de su escuela? ¿Saben sus alumnos de los videos? ¿Asisten a su escuela secundaria alumnos problemáticos o destacados? ¿Es que no tiene en su hogar instrumentos para ilustrar la vida media, el cambio de densidad o incluso el calor de fusión? O lo que es más: ¿Considera posible que un untensilio que ha sido parte de un procedimiento de prueba, o al menos de demostración, de física, vuelva así sin más a la cocina, como degradado de nuevo a ser un artículo de uso cotidiano, que si se descompone, se desecha o se lleva a un servicio de marca, por tratarse de cosas reparables, que, según nuestras creencias, siguen siendo idénticas a sí mismas, aún cuando les reemplazamos alguna que otra pieza. Mira, le dije a un alguien número 4, de quien con el correr de los años, me he ido distanciando lentamente, pero obviamente no por estos videos. Dos veces vi con él el episodio del diapasón mientras pedíamos una pizza. Nos reímos y me dio vergüenza reírme porque, por primera vez en mi vida, yo también noté algo en el episodio del diapasón que podría resultarle cómico a alguien más. Pero la risa es contagiosa. Si alguien se pone a reír junto a una persona, le dije, será imposible arrancarle de la cara ese surco cortado con los dientes, y para la mayoría es lo mismo con el llanto, solo que todo se cierra en su rostro. La segunda vez que llegamos al final del episodio del diapasón, este conocido mío me dijo inesperadamente: eres una adicta a estas filmaciones. Creo saber a qué apuntaba. Incluso se cruzó de brazos. Ahora que, si hay alguien que realmente pueda saber que jamás volveré a amar a nadie en esta vida, es él.
No fue fácil averiguar la dirección de correo electrónico del profesor. Yo sola no lo logré. Mi sexto sentido me susurró que le pidiera ayuda a alguien que nunca hubiese visto ninguna de estas filmaciones tan espeluznantes, o, si se quiere: chillonas. Pensé que, de mis conocidos, los que saben lo que estos videos significan para mí, solo tratarían de disuadirme de un encuentro en persona. Los más criticones ya me decían que “hace mucho ya que tendría que estar invirtiendo mi energía cinética en otras cosas”, y no en estas filmaciones bizarras . Quizás tienen miedo. Quizás tienen envidia, sin saberlo ni ellos mismos.
Le pedí a alguien número 5, que es informático, un tipo loco: hace escalada, rafting, espeleología, y más de una vez le pasó que perdió la cuenta de los días, y mientras tanto, nosotros, sus amigos, lo creíamos muerto, bueno, le pedí que averiguara la dirección de correo electrónico de la cuenta con los videos. Este conocido mío, que vive peligrosamente, no hizo preguntas, simplemente hizo lo que le pedí. Es una rara avis: quizás se acostumbró en el Chomolungma a no repreguntar nunca. Después de todo, todos quieren saber todo estos días. Detalles. Ingredientes, porcentajes. De qué material es, dejémoslo ahí. No quiero hacerme la mártir. No es lo mío incursionar en territorios a los que no me vinculan ni origen, ni deber cívico, ni pasión amorosa. Conseguí la dirección.
Le escribí un correo a la profesora, que me respondió al cabo de un par de días, en unas pocas líneas. Fue un poco tibia, pero, jamás lo he negado, amable. También se me ocurrió que uno podría acostumbrarse a correos así, y que quizás yo no era la primera aparecer sin más ni más pidiendo cita de la nada. Pero esta sospecha después no se confirmó. Me preguntó si no me gustaría pasar la velada del sábado con ella y su familia. Dije que sí, y desde entonces nos reunimos con una caprichosa regularidad, cada pocos meses. Siempre espero que se interese por mi bienestar, ella propone el día, el momento día, y la hora. No quiero ser una carga para ellos. A veces pasa que no nos vemos durante meses, y a veces en el transcurso de unas pocas semanas nos vemos tres o cuatro veces.
Bueno, qué tipo de persona es, preguntan ahora mis conocidos. Les da curiosidad la profesora. ¿Quién lleva los pantalones, ella o su esposo? ¿Viven bien? preguntó uno de ellos, número 6, que una vez, borracho, llegó a decirle a su madre: yo no le tengo miedo a la muerte, sino al aburrimiento. Este hombre cree saber que los hijos de maestros son todos unos demonios fastidiosos. Por demás llamativo: también siente curiosidad por mis visitas gente a la que no le había contado nada antes sobre las filmaciones de la profesora. ¿Será que mis conocidos han revelado mis secretos a otros? Por ejemplo, ¿cómo pudo saber de la profesora un hombre de mi misma edad, que fue el médico de cabecera de mis padres, y en cuya relación conmigo, aun después de la muerte de mis padres, quedó cierto carácter paternal. Esto me resulta particularmente bochornoso, en especial porque el pensamiento de este hombre se centra casi exclusivamente en las diferencias sociales y la ortografía le es primordial. Paternidad y ortografía, cielo santo, es justo ese tipo de combinación que podría llevarme a la tumba. Este que fuera el médico de cabecera de mis padres una vez dio una larga conferencia sobre las mujeres que ven su belleza, o, como él dice, su poder de conquista, como algo que poseen y con lo que no son idénticas: una raza peligrosa. Hubiera querido gritar: qué quiere sacar de esto y por qué no se detiene. No me importa lo que puedan inferir sobre el poder de conquista femenina este tipo de trovadores de la ortografía, pero cuando digo esto, conocidos míos, de ninguna manera me refiero al médico de cabecera de mis padres.
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Esta profesora vive en los suburbios de Pest, en una tranquila, decaída zona de chalés. En su calle, en el lado impar, se alinean las moreras, y en el par, los autos estacionados. Frente a la casa, amarillean dos contenedores planos de plástico, en los que la empresa de limpieza pública almacena zeolita. En junio y julio, la acera del lado impar está salpicada de moras pisoteadas y dispersas: pequeños montículos de fruta en fermentación a cuyo alrededor zumban las abejas, y runrunean las moscas. El departamento tiene un balcón sobre un patio de juegos. A veces se pasea un zorro entre los columpios. Solemos beber vino, aunque la triste historia de mis padres me hace tratar de evitar el alcohol. Cuando estoy allí, incluso al hijo aún en edad escolar de la profesora le dan dos dedos de merlot o un dedal de sauvignon. He notado que les gustan los muebles teñidos de nogal, renovados en estilo vintage, pero a ninguno de ellos le importa si mi vaso deja una aureola en la mesa de centro. Resulta que la profesora usa planes para sus clases. Que guardan sus ahorros en un banco comunitario. Que el esposo de la profesora, que a su vez también es profesor, está preocupado por su hijo, que a pesar de tener trece años, tiene miedo de pasar frente al tacho de basura de tapa marrón con olor a podrido. Los habitantes del edificio juntan ahí los residuos orgánicos.
Hablamos como viejos conocidos que no se sienten incómodos ni durante los segundos de silencio. Preguntan por mi trabajo, mi tiempo libre, mis conocidos. Resultó que, por mis correos, habían pensado que yo era una física aficionada que también hacía experimentos en el garaje. Nada podría serme más lejano que la física, se me escapó de los labios entonces. Si más allá de mis conocidos, prácticamente no me interesa ninguna otra cosa, y ni siquiera tengo garaje. Los versos de la poetisa tampoco los aprendí porque me gustasen, sino más bien que me gustan porque pude aprendérmelos. Una vez, por cierto, la profesora afirmó que tenía una idea no realizada «desde antes aun de tener a su hijo»; luego hubo unos momentos de silencio porque al hijo de la profesora no le gusta que en las vacaciones escolares le conviertan su habitación en un laboratorio. Él también tiene su experimento favorito: cuando su madre sacude un cubo de jabón en polvo común, y las canicas, enterradas bien abajo, suben desde el mismo fondo de la caja hasta la cima del montículo de polvo, como si alguna fuerza las elevase. No sé por qué estas bolitas hacen eso, y tampoco creo que el chico lo sepa.
Si más tarde escuchamos un murmullo al anochecer y se enciende la luz del sensor de movimiento pagado con las expensas comunes, suspendemos asombrados la conversación. Ahí está el zorro. Hurga en la hojarasca bajo las adelfas. A veces solo suponemos que vino porque se mueve una rama, o se hamaca el columpio de más afuera. Según ellos es cojo el zorro pero lamento decir que yo no veo que lo sea. Sorprende lo delgado que es, casi bidimensional. Sería bueno tomarlo en mi regazo, digo casi en un susurro, y para no caerme de espaldas me aferro a la barandilla como mi conocido número 7 a quien una vez le cambiaron sus hallazgos.
La importancia de estas reuniones cara a cara, por suerte, no pretende crecer nunca por encima de la de los videos, pero aun así hubo algunas visitas memorables. Aquí va un ejemplo: llegué antes de lo acordado y encontré a la profesora y a su esposo en la cocina. Cocinaban, charlaban, se escuchaba la radio. Me emocioné un poco, o como se suele decir, sentía el corazón en la boca porque ya en el pasillo, parada frente a su puerta, reconocí los poemas sin rima de la poetisa que escribe poemas en rima. Cuando me dejaron entrar, ni siquiera dejé la bolsa, solo entré a la cocina, volví la cara hacia la radio y comencé a recitar las familiares estrofas. La poetisa leía con voz chata, sin ninguna entonación, como si estas poesías no significaran nada para ella, pero yo jadeaba en busca de aire y -según recuerdo- gesticulando ridículamente, trataba de corregir esos tirones sin ritmo, intentaba dar vida a esa declamación muerta, después, en puntas de pie, con el dedo índice en alto, esperaba hasta poder volver a engancharme, cuando de nuevo viniera una de las partes que en su momento me había aprendido sin darme cuenta. La profesora apoyó la batidora en la encimera de la cocina, su esposo se mordió la boca. El niño salió de su rincón, se puso los auriculares en la nuca y se quedó parado atrás de mí a una distancia respetuosa. Cuando terminó la transmisión, entregué mi regalo, una botella de vino tinto y bocadillos comprados con por un poco de dinero. Sentía mi cara caliente. Aunque insistí en que esas poesías en realidad me quedaron en la memoria en contra de mi voluntad, mis anfitriones no me creyeron. Habrán pensado que soy culta, aunque honestamente, yo no podría decir que vea las cosas del mundo con ardiente curiosidad. No me interesa la música porque aunque aprecio estas extrañas construcciones de tiempo, me aburre que sean predecibles; no me interesa el deporte, las expresiones marciales que se le asocian, el asesinato estilizado; tampoco me atrae la literatura porque me lleva demasiado tiempo; a la ciencia no la entiendo y, en lo que le concierte, lamentablemente, sólo le conozco los casos más raros; las bellas artes abusan de la confianza innata que deposito en mi percepción visual; y la danza, con su éxtasis sin sentido y sin objeto, decididamente me asusta, igual que a algunos los asustan los contenedores de tapa marrón que dan olor a podrido. Pero fue una velada agradable y esperaba que la profesora pronto olvidaría como se me había soltado la lengua. Estuvimos esperando al zorro. Tomamos unas copas y luego me fui a casa.
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Un conocido mío, número 8, que a veces, en lugar de apoyabrazos, dice aposabrazos porque quiere verse dejado y descuidado, me preguntó el otro día si ya me había tranquilizado. ¿Estoy feliz? Pero, ¿por qué estaría feliz alguien que no ha satisfecho sus deseos sino su curiosidad? La situación es que he establecido una relación con alguien cuya profesión es su pasión, por lo que hace filmaciones en video para personas que se interesan por la física – o que quieren interesarse por algo a cualquier precio – y que cuando desempaca sus instrumentos de demostración sobre el mostrador de acero pulido a espejo, mira a la cámara con tal desapasionada tranquilidad de autorevelación y de curiosidad como yo no había visto nunca antes, y que a veces, no puedo sino llamar crueldad, porque esa mirada es un arma que podría herir, pero no hiere. Esperaba que fuera bueno estar cerca de alguien con un arma desarmada en su poder, pero cada vez que voy de visita a lo del maestro y su familia, sin importar cuántas veces, en los momentos más inesperados, levante la vista por sobre la mesa puesta, sin importar cuántas veces mire de reojo, para examinar su rostro, nunca hay en él ni rastro de tal cosa. Es como todo el mundo, pero no puedo sentirme ni decepcionada ni feliz por eso. Estoy teniendo una buena charla con alguien, eso es todo, igual que cuando converso con mis conocidos. Un conocido mío, número 9, que lleva una vida familiar ejemplar, y en cuya computadora, en el historial de navegación, una vez vi horrorizada enlaces a varios sitios de pornografía infantil, me dijo en broma, mientras me daba una palmada en el hombro con camaradería: ¡conociste a alguien cuyos zapatos chirrían enloquecedoramente por las moras! Me encanta su humor. Si tan sólo nunca hubiese visto esas direcciones web.
He estado yendo por años a esta calle de la periferia con su zeolita y sus moreras. Si les hago mención de mis visitas a mis conocidos, naturalmente que ahora de la profesora e incluso de los demás miembros de la familia, también digo que son conocidos míos. Así son las las cosas. Les digo esto sobre la profesora: una mujer, número 10, cuyas semanas se dividen según sus expectativas por un zorro. Y esto acerca de su marido: un padre, número 11, cuya curiosidad demuestra ser, en toda circunstancia, más fuerte que su sentido del peligro. Y sobre su hijo: número 12, un adolescente amable, en edad de desarrollo, que vive reprobando física por rebelarse contra su madre; no es fácil encontrar ocasión para rebelarse cuando la madre de uno todo lo permite. Cuando en cambio hablo frente a la profesora sobre mis otros conocidos, me da un poco de vergüenza, porque podría pensar, en esas ocasiones, que estoy hablando de personas diferentes, independientes una de otra, y probablemente ni se le ocurra que ese conocido mío que no le teme a la muerte, sino al aburrimiento, es uno y el mismo con el de la paciencia inagotable; o que, digamos, el que pronuncia descuidadamente las palabras, no mueve la lengua, sus labios no se tocan por nada en el mundo, puede ser el mismo que el conocido mío que vive peligrosamente y que en estos viajes de supervivencia suyos, ha aprendido a empacar con una destreza que parece brujería. Por cierto, a este conocido mío que vive peligrosamente, es que solía pedirle ayuda cuando estaba por viajar, y tenía que empacar muchas cosas en muy poco espacio. Es diabólico, le digo a alguien, número 13, que nunca ha visto ni uno solo de todos los videos de temas de física de la profesora, es simplemente diabólico como olfatea cada milímetro cúbico que queda libre, lo toma y lo llena con algún objeto. Ella es la verdadera diosa del empaque.
Publicado en el número 2017059 de Műút
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