9 de julio. Feriado. Afuera, las calles tranquilas. Adentro, en la cama, remolonean los gatos. Me despierto pensando en Raffaella Carrà, cuya muerte asaltó las pantallas del mundo en julio de este año. A mí también me sacudió la noticia pero no sentí tristeza. Será porque los titanes o las grandes mujeres me imponen un sentido siempre positivo o vitalista de la existencia, más allá de la muerte que a todos nos alcanzará. Así que preferí quedarme mirando la mueca poderosa que dibuja su cara en la foto que capturé en pantalla hace unos días. Viene de uno de los tantos videos suyos que circulan por You Tube, donde Raffaella aparece cantando un tema inolvidable: En el amor todo es empezar (más conocido como Explota Explota ¡Me expló!).
Al parecer, lo editó en español en 1976, antes de venir por primera vez a la Argentina, prefigurando las giras americanas que la llevarían más tarde por Chile, México y Perú. Poco antes había grabado la versión en italiano: A far l’amore comincia tu, que se devora a los espectadores desde el momento mismo en que la diva entra en escena, no de frente sino de espalda, con un escote violento que le cae como un rayo sobre los muslos bamboleantes. Al girar el cuerpo gatuno, Raffaella aparece toda enfundada en un mono gris metalizado que raja la tierra. Después su imagen se duplica, luego se triplica y pasa a primer plano el rostro plástico, adorable, de una jovencísima Raffaella que sigue bailando de cuerpo entero, más atrás, multiplicándose a izquierda y derecha de la propia imagen principal (y eso que no existían todavía las selfies o las narrativas del yo).

A manera de un raro espejo de efecto caleidoscópico, puede verse desde diferentes ángulos cómo se contornean la cintura, las caderas, las rodillas, los brazos. Cómo sube o baja el rostro y repiquetea la cabellera rubia de Raffaella cuando afirma, con gran seguridad en sí misma, que su corazón “scoppia”, “scoppia”, “al far l´amore”. Incluso le pide a su amante que le scopie en el corazón. ¿Será por eso que la palabra siempre me gustó? No la busqué en el diccionario cuando tenía doce años y la cantaba a rabiar, sola o acompañada de mis amigas italianas en las fiestas familiares. Pero ya entendía el sentido, muy ligado a la idea que me iba formando personalmente del amor. Otras divas italianas me la confirmaban también. Mina, por ejemplo, que en su maravilloso repertorio tiene un par de temas que escucho bien arriba los días en que tengo la energía baja o me invade algún temor irracional. Me subyugan la fuerza de su voz y un par de palabras que galopan en mis oídos con una sigla anatómica de consonantes que se reiteran (SCP es la raíz sonora que hace vibrar el cuerpo si la escucho).
La note spalancata sul mar canta Mina, en un tema de amor desesperado donde confiesa que no puede quitarse de la cabeza a un hombre que no es para ella. “È cresciuto troppo in fretta questo nostro amor”, dice la muchacha italiana. Y a continuación agrega: “Se telefonando io potessi dirti addio/ ti chiamerei,/ se io rivedendoti fossi certa che non soffri/ ti rivedrei,/ se guardandoti negli occhi sapessi dirti basta/ ti guarderei./ Ma non so spiegarti/ che il nostro amore appena nato/ è già finito”. (“Ha crecido demasiado pronto nuestro amor”, dice la muchacha italiana. Y agrega: «Si por teléfono pudiera decirte adiós / te llamaría, / si volviendo a verte estuviera segura de que no sufres / te reencontraría, / si mirándote a los ojos supiese decirte basta / te miraría. / Pero no sé explicarte /que nuestro amor recién nacido/ ya se terminó”. El tema es de Ennio Morricone, Maurizio Constanzo y Chiara Gaetano; Mina lo cantaba en el 66, el mismo año en que presentó otro de mis preferidos: Mi sei scoppiato dentro il cuore all’improvviso.

Spalancare- scoppiare. De la note spalancata al cuore scoppiato, la historia es prácticamente la misma. Se trata de un amor apasionado, sensual o propiamente sexual, que entra en la vida de una pareja como un huracán imparable que podría arrasarlo todo. No es este un fenómeno nuevo en la historia, desde ya, pero si lo canta a viva voz sobre un escenario una chica italiana, a mediados del siglo XX, resulta por lo menos osado (por eso uno de sus primeros éxitos Il cielo in una stanza, de Gino Paolo, fue prohibido por la RAI en 1960).
Mina cantó estos y otros temas apasionados cuando era muy joven, después salió de Italia porque antes que las ovaciones prefirió meterse en casa para amar a piacere suo. Sin tantos paparazzis escandalizados alrededor, ni tanta prensa pacata o grosera haciendo daño. Incluso Oriana Fallaci, otra periodista genial que vapuleaba a sus entrevistados para sacarles bien el jugo, arremetió contra ella sin gran sentido de la complicidad o de la solidaridad de género. Para entonces, Mina ya era una famosa “madre soltera”. Su historia de amor con Corrado Pari había deshecho un matrimonio conocido (el actor estaba casado con la actriz Renata Monteduro, pero se separó). Así que cayó sobre Mina la censura y toda la intolerancia católica que supo expresarse a través de la prensa, pero a ella nada la detuvo. A los pocos años se volvió a enamorar, tuvo a su hija Benedetta con el periodista Virgilio Crocco, con quien se casó, después se separó y él murió más tarde en un trágico accidente. Mina enviudó, volvió a formar pareja y se decidió a emigrar.

“Señorita Mazzini, perdón, quería decir señora”, la bardea un poco Oriana Fallaci en una entrevista. Pero Mina no se amedrenta sino que redobla la apuesta: “¿Señora? ¿Y por qué? No estoy casada y, en consecuencia, no soy una dama. A mí, cuando dicen «señora», siempre parecen darme un codazo en las caderas: lo dicen con tal aire de complicidad, como si quisieran compartir algún tipo de culpa conmigo”. Diríamos ahora que no fue muy sorora la compatriota, pero también sabemos que las mujeres no somos inimputables. Oriana no tuvo hijos, aunque escribió un libro en el que le habla al niño que perdió en un embarazo, expresando todas las dudas que le genera su concepción (Carta a un niño que nunca nació, de 1975, vendió más de cuatro millones de ejemplares).
Eran los 60, los 70. Simone ya había publicado en Francia El segundo sexo (1949), Los mandarines (1954), La mujer rota (1967). En Italia Carla Lonzi y el colectivo Rivolta Femminile hicieron lo propio (en el 75, su libro Escupamos sobre Hegel se tradujo y circuló en Buenos Aires). Pero en los 80, desde su fortaleza suiza, Mina empezaría a colaborar, también, en el correo de lectoras de la revista Vanity Fair, luego también se haría columnista en La Stampa (¡cómo me gustaría editar esos textos!). Oriana Fallaci había publicado antes Penélope en la guerra, en 1962, también El sexo inútil. Viaje en torno a la mujer, en 1971, sobre la condición de las mujeres musulmanas en Oriente. En la década de los 60 se hizo mundialmente conocida como una periodista comprometida con su oficio, casi fiel al espíritu partisano que le había infundido su padre desde la niñez. Atrevida, considerada insolente en sus entrevistas y ciertamente osada en la vida personal: no solo fue corresponsal de guerra en Vietnam sino que se enamoró profundamente de un controvertido líder político griego, Alexandros Panagoulis, preso y torturado por el intento de asesinato al dictador de su país. Después de que murió en un sospechoso accidente, Oriana contó toda su historia en Un uomo, libro que vendió bien en la Argentina en los años 80.

Se podría decir que la revolución política, amorosa y sexual de mediados del siglo XX no fue ajena a estas grandes mujeres italianas que cruzaban sus nombres e historias en la prensa. Incluso Raffaella, que en junio del 1977 declaró en Interviu: “yo siempre voto comunista”, en otras ocasiones confesó, además, que no confiaba en el amor para toda la vida, por eso prefirió no casarse nunca sino vivir en pareja, cuando todavía no era una moda. Tampoco tuvo hijos biológicos pero se sintió madre adoptiva de las tres hijas de su primera pareja, con las que convivió durante diez años. Más tarde se ocupó también de la educación de los dos hijos varones de su hermano, que murió en un accidente. Y condujo en Italia un programa de adopciones a distancia que la hizo madre de variados hijes o ahijados (la prensa mundial se pregunta ahora mismo qué pasará con la millonaria herencia que dejó Raffaella).
Si miramos acá y allá, comprobamos que la maternidad, la pasión amorosa y el profesionalismo no fueron una combinación nada fácil en la Italia del siglo XX (aunque tampoco en Francia, en Inglaterra, en América: lo testimonian muchas biografías de escritoras, desde Virginia Woolf o Simone de Beauvoir a Juana Manuela Gorriti, Ada Elflein, Alfonsina Storni). O una cosa o la otra, parece indicar, todavía, esta época que aunque sea moderna se resiste a la igualdad de género. Es decir, se puede ser una mujer libre, profesional, exitosa, una trabajadora. O se elige ser madre y esposa fiel. O es posible también salir literalmente del entorno de la Italia católica, familiar, conservadora, e irse a vivir a Suiza para siempre. Abandonar la escena y el escenario. Vivir en una burbuja mágica hecha a la propia medida, en el confinamiento elegido. O sea pagar el precio, a cambio de otra clase de libertad. Esa es otra opción y la tomó Mina, en 1978, cuando después de cantar ante un auditorio lleno de gente que la adoraba le espetó en la cara a los periodistas que la habían acosado hasta entonces, una sentencia bien clara. “Váyanse a la mierda”, dijo. Y no volvió más.

Desde entonces se transformó en un mito viviente, después de haber sido vapuleada o festejada por la prensa italiana para sacarle bien el jugo (o como diría Moria, para colgarse de sus tetas, que las tenía muy buenas). Aunque pienso ahora que tal vez haya una excepción a la regla o, mejor dicho, otra manera más gentil de jugar con las cartas pesadas de la vida en sociedad: la gran Sofía Loren, mi ídola máxima (ahora pienso en vos, Claudia Torre) ha dicho que ella apenas si tuvo amores antes de casarse. Aunque ni el gran Carlo Ponti pudo evitar que Marlon Brando la acosara o que Marcello Mastroianni la adorara, desde el momento mismo en que filmó con ella esas escenas donde la tiene bien agarrada por una cintura de avispa espectacular que todo el mundo admiraba. Pero mi escena preferida no es la del desayuno opíparo de infinitos huevos en plena luna de miel, después de varios días de amor, que se ve en I Girasoli (1970), sino la de la pareja en la terraza de un palazzo italiano en plena época fascista. Me refiero a Una giornata particolare (1977), donde la gran Sofía logra encender el deseo de un hombre homosexual y se lo lleva a la cama. Así es una diosa bajada del Olimpo, todos los mortales la adoran por igual.

Sofía Loren sigue filmando todavía a los ochenta y siete años. El año pasado Netflix subió a la plataforma una película dirigida por su hijo, donde ella hace de una prostituta retirada que ha criado o encaminado a varios niños de la calle y acaba adoptando a uno bastante rebelde cuando ya no lo esperaba (La vida por delante, 2020, dirigida por Edoardo Ponti). Digamos que, en su caso, la sexualidad no marchó a contramano de la imagen maternal sino al contrario (por cierto, mi madre recuerda siempre cuánto luchó esa mujer por tener a los dos hijos varones que la vida le dio con su marido, pero nunca menciona que él había dejado a su primera mujer para irse con ella). El cine popular supo hacer confluir a favor suyo una faceta y la otra: la de la diosa sexual y la de madre entregada. No hay más que recordar la entrañable Ieri, oggi e domani (1964), filmada en Nápoles, donde la actriz encarna a una comerciante ilegal que busca embarazarse una y otra vez para no ir a parar al calabozo. Así el personaje llega a tener no sé cuántos hijos y amenaza al marido con acudir a los servicios sexuales de su mejor amigo si no tienen otro más antes de que el menor cumpla el primer año. Pero llegado el momento desiste, porque el personaje encarna también a la esposa fiel, amante del marido y de los hijos. Por más que sea una bomba sexual venerada por todos los hombres del vecindario, antes está su familia. Así son las madres italianas: irrefrenables, pasionales, algunas muy conservadoras aunque sean demenciales.
Lo cierto es que Sofía sigue filmando y Mina sigue cantando al otro lado de los Alpes, a sus ochenta y un años (sacó el último álbum en 2020, durante la pandemia). Raffaella no se quedó atrás, en 2018 editó Ogni volta che è Natale, y en los últimos años se siguieron filmando series, películas y musicales sobre ella. Pero yo hace mucho tiempo llegué a sentir que me adoptaba a distancia a mí también, como a una hija. Y me cantaba una canción al oído. Fue una noche de plena bailanta familiar en casa de mi madrina Asunta, cuando escuché por primera vez el estribillo que dice exactamente así: Batti cuoooore… na na na naaa, na na na naaa, Batti cuoooore… na na na naaa… rumore, rumore, Batticuoooore. En esa época yo soñaba con ser escritora pero pensaba que no me daba el piné. Mi apellido era demasiado pesado, estructurado y largo (¡demasiado italiano!). Para ser escritora había que tener un nombre corto, resonante, fino. Raffaella, en cambio, era popular, los temas suyos que yo sabía cantar me explotaban todos en el corazón. En esa época no escuchaba a Prince. Ni a Bob Dylan. Ni siquiera lograba aprenderme de memoria las canciones de Madonna o de Michael Jackson, porque el inglés me fue siempre un poco reacio. No sabía que Raffaella era comunista o sería elegida como ícono gay, pero me alistaba en una escuela de grandes maestras italianas como fueron ellas. Todas peligrosas, incendiarias. Maestras del amor, que también el feminismo y las disidencias sexuales reivindican (¿cómo es que no vi el musical Ella, en 2007, de los mismos creadores de Mina, ché cosa sei?).
Lo notable es que la prensa argentina de esos años haya hecho caso omiso de las simpatías políticas de Raffaella Carrà cuando desembarcó en Argentina, en 1978. Era el mismo año en que Mina salía para siempre de Italia; Carrà cantó en el teatro Ópera y en el Luna Park (aunque sí pagó peaje a la censura con esa célebre canción que dice: “Para enamorarse bien hay que venir al Sur”, pero en el original decía: “Para hacer bien el amor hay que venir al Sur”). Raffaella se hizo pronto muy popular en Argentina y volvió al país varias veces, la última en 2005, como invitada de Diego Maradona en “La noche del 10” (la imagen anduvo dando vueltas por las redes cuando murió la diva). Susana Giménez aprendió de ella para dar forma a su mejor éxito a fines de los 80, cuando inició el programa Hola Susana (1987, ¡muy! inspirado en Pronto Raffaella, 1983).

Pero aquí no terminan las historias de confraternidad ítalo-argentina que hoy tengo ganas de remontar. No muchos años después de la primera visita al país de Raffaella, aterrizó en Buenos Aires Oriana Fallaci. Seguíamos en dictadura pero ya empezaba a declinar el poder militar. El primero de abril de 1983 Oriana se sentó frente a Bernardo Neustadt en Tiempo Nuevo y lo acusó de complicidad con el terrorismo de Estado. Me acuerdo bien de ese día porque estaba viendo la tele en el living de mi casa junto con mi papá, que no accedía a cambiar de canal por más que yo protestara. Habíamos terminado de cenar cuando escuché por primera vez a esa mujer irreverente que desafiaba desde la pantalla, no solo al periodista que tenía enfrente, sino a la sociedad entera que la escuchaba al otro lado. “Los argentinos tienen un enano fascista adentro” dijo. Yo no entendía bien lo que era el fascismo, en mi casa la política estaba casi desterrada de las conversaciones familiares y había estudiado en una escuela de monjas (¡como Raffaella!). Pero un año después el país volvió a la democracia y yo entré en la Facultad de Filosofía y Letras. Tampoco sabía nada del feminismo y tardé años, décadas, en comprender. Cómo esas historias de divas italianas o generales nefastos se juntaban con mi historia de chica de barrio en familia inmigrante. Si lo recuerdo ahora, con la muerte de Raffaella recién acaecida, no es por mero afán de personalizar, sino porque soy una ficha más en el gran dominó de la vida. Veo, de pronto, cómo unas piezas mueven a las otras. Cómo los corazones italianos explotan en otras tierras, más allá de los Alpes o cruzando el océano.
Graciela Batticuore
Buenos Aires, EdM, noviembre de 2021
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