Marinero de agua dulce. Eso le había increpado. ¿Todavía creería aquel pedante que sus novelas eran puro invento? Dobló hacia la parte más boscosa mientras la pendiente del valle de San Martino se volvía más aguda.
Emilio Salgari había nacido en Verona 49 años antes, y si bien sus padres siempre habían esperado que continuara el negocio familiar del comercio de telas, fue su propia madre quien atentó contra ese destino, sin darse cuenta. Todas las noches, a la hora de dormir, le contaba las aventuras de sus valientes antepasados dálmatas y su lucha contra la flota Napoleónica. El encantamiento de sus palabras iba a sellar el destino de su hijo.
En el recuerdo de Emilio, los ojos encendidos de su madre durante aquellas historias se confundían con los de su mujer mientras leía sus novelas. ¿Habrían causado sus líneas la locura de Aída? Emilio cerró los ojos, se negaba a dejar que el recuerdo de los desvaríos opacaran las tardes de juegos y meriendas que habían vivido ahí mismo, en ese monte por el que ascendía. Sobre el escritorio había dejado sus Memorias, comenzadas el día exacto en que le dijeron que ella no volvería a casa, y tres cartas de ira y de lamento. Su pluma partida coronaba el conjunto.
Había conocido a Ida Peruzzi cuando ella todavía actuaba y él era corresponsal de cultura en La nuova arena de Verona. Tres años antes, había regresado del Real Instituto Técnico Naval “Paolo Sarpi» de Venecia sin el anhelado título de capitán, pero con la fiebre del mar aun en los huesos. Había decidido entonces, que existía un solo modo de salvarse de la locura y encomendó sus sueños a la pluma. Los primeros relatos cargaban aún la magia de la voz de su madre y le valieron, en 1883, un puesto de redactor en La nuova arena, donde publicó sus dos primeras novelas por entregas. Tanto fue el éxito de Tay-See y El tigre de la Malasia, que en 1885 La arena lo había contratado como redactor de tiempo completo y había encontrado editor para sus siguientes novelas. La nave del Capitán Salgari había empezado su travesía con buen sino y todo iba viento en popa. Dos años más tarde recibiría el nombramiento de Caballero de la Orden de la Corona de Italia de parte de la mismísima reina Margherita, pero ese evento no iba a merecer ni una línea en sus Memorias.
Los pasos se hacían más pausados porque los pulmones de fumador no le permitían apurarse ni a la muerte, y aunque la lentitud abonaba el remordimiento, nada podía cambiar el hecho de que su Aída no volvería a casa y él tampoco. Apretó los puños, en su bolsillo los papeles, el dinero y la navaja.
La fama de capitán aventurero que Salgari se había creado con sus primeras novelas siguió creciendo a medida que los títulos se multiplicaban. Si bien nunca había capitaneado un navío ni había surcado los mares contra ningún Imperio conquistador, su pluma era incansable, y cuando Giuseppe Biasoli lo llamó “marinero de agua dulce” desde su columna de L’Adige, se encontró con una espada dispuesta a defender la fama que la pluma había creado. Salgari se veía como un Sandokán de tinta, un príncipe de la literatura privado de su isla, de la que los editores extraían abundantes tesoros dejándolo a él en la ruina. Pero, ¿era verdaderamente así? Si bien sus libros navegaban las calles de Italia como una verdadera flota, las aulas y las columnas culturales lo evitaban. Sus personajes, entregados a las pasiones y los instintos, peleaban a capa y espada contra los agentes imperialistas, pero exaltaban como virtudes aquello que la moral católica del reino entendía como vicios. Por eso, mientras sus historias crecían en fama, el tesoro que anhelaba se hacía cada vez más esquivo, tanto como la independencia y la libertad para sus personajes.
Pasó el pequeño manantial y cuando llegó al peñasco, se detuvo. Se quitó el saco y guardó el recibo de envío del manuscrito en el bolsillo del pantalón. El capitán Salgari se encontraba vencido, había perdido a su amada y no tenía más tesoro que unas monedas y una promesa de pago. Sus Memorias dejarían constancia suficiente de que aquellas historias de mares lejanos pudieron no suceder en el mar y ni siquiera tan lejos, pero no por eso la lucha había sido menos cierta. ¿No había combatido a pluma y espada contra los maliciosos, los infieles y los apátridas? ¿No lo había entregado todo por amor? Colocó el sombrero sobre el saco doblado a un costado y se arrodilló junto al peñón, navaja en mano. Los piratas eran ellos, por eso morirían sin honor cuando todos leyeran sus cartas en el periódico y conocieran la vileza de sus almas. Él, en cambio, abandonaría este mundo con el honor con el que había vivido. Dejó caer los párpados mientras el sol se alzaba sobre el bosque de San Martino y con la mirada puesta en los ojos de su madre y la sonrisa de su Aída, se atravesó primero el vientre y luego la carótida.
Otra Luigia (Quirico, de 26 años, de profesión lavandera) lo encontró cuando el sol comenzó a caer sobre el valle, una multitud acompañó sus funerales que, de más está decir, pagaron sus novelas y jamás las arcas imperiales.
María José Schamun
Buenos Aires, EdM, mayo de 2021
Descubre más desde Escritores del Mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
