Entre los años 1901 y 1906, Emilio Salgari publicó una serie de 67 relatos en la colección Bibliotecchina Aurea Illustrata bajo el pseudónimo de Capitano Guido Altieri. Al igual que sus novelas, los cuentos pueden agruparse en ciclos de acuerdo al tipo de aventuras que relatan. «El rey de los antropófagos» (inédito en castellano) forma parte del ciclo de los piratas del mar Caribe. Quienes hayan visto la saga cinematográfica de Disney, probablemente reconocerán la escena.
¿Han oído hablar del Océano Pacífico? Un mar inmenso, el más grande de todos los que se ven en nuestro globo, que baña las costas de tres continentes al mismo tiempo: el asiático, el americano y el australiano, rico en miríadas de islas de todos los tamaños: éste es el Océano Pacífico.
Lo llamaron Pacífico porque cuando Magallanes, navegante portugués al servicio de España, lo recorría por primera vez, no encontró tormentas ni borrascas a su paso. ¡Pero no crean que siempre está en paz! Como otros océanos, tiene sus tormentas y cuando se desatan son aún más violentas que en cualquier otro lado del globo.
Como les dije, este mar sin límites contiene en su seno infinidad de islas, la mayoría de ellas, formada por rocas de coral y madréporas, ricas en toda especie de plantas. Hay cocoteros; árboles de pan que te dan mejor pulpa que nuestros panes porque sabe a alcachofas; árboles de jaggery que contienen una harina muy nutritiva en el tronco, excelente para hacer sopas; plataneros riquísimos que nacen silvestres y papas de dimensiones nunca vistas en nuestros climas que llegan a pesar hasta veinticinco kilos.
Se puede decir que, en esas tierras bendecidas por la naturaleza, la vida no cuesta nada. Basta con entrar al bosque para tener pan, fruta e incluso abundante vino de ciertas especies de palmeras llamadas vinifere.
Sin embargo, en medio de tanta abundancia, los habitantes son increíblemente feroces y, por horrible que sea decirlo, se vuelven locos por la carne humana. A todos los aquellos que caen en sus manos durante sus sangrientas guerras los ponen al asador sin más y se los comen como si fueran conejos o cuartos de ternera. Y si un barco tiene la desgracia de naufragar en sus tierras, los marineros son inexorablemente asesinados y devorados. Son pocas las ocasiones en se le concede la vida a alguien que, además, muy a menudo, en lugar de acabar en un brasero … ¡es nombrado rey!
Ahora escuchen cómo un marinero, a quien luego conocí en un pueblo de California, pasó de ser un simple mozo de abordo a convertirse en el rey de una isla de antropófagos. Es una aventura verdaderamente extraordinaria, pero ninguno de ustedes ciertamente hubiera querido vivirla ni siquiera para convertirse en un monarca vestido con un manto de plumas de paloma salvaje y una corona de plumas de loro rojo.
Este afortunado mortal a quien poco se le puede envidiar, sabrán luego por qué, se llamaba John Toddy.
A los doce años se había embarcado en un navío estadounidense que realizaba viajes desde México a Australia. Feo como pocos, de complexión pequeña, un poco jorobado, con nariz de loro y labios gruesos como de negro, debió causar una buena impresión entre los devoradores de hombres que ciertamente tenían poco que envidiarle en materia de fealdad.
¡Su carrera había sido dura, muchachos! Nannerello —le habían apodado así— había experimentado desde el principio lo difícil que era ganarse el pan. Siempre había sido, pobrecito, el hazmerreír de todos. Marineros y oficiales se habían burlado de él por sus ojos feos, por su nariz, por su joroba, por su estatura, abofeteándolo si intentaba rebelarse. Cuántas veces había llorado y maldecido, el miserable, el momento en que había dejado su pueblo natal para hacerse al mar. El destino, sin embargo, le daría su venganza porque le tenía reservada una gran fortuna.
Un día triste el barco en el que se hallaba, mientras navegaba en medio del Océano Pacífico, fue sorprendido por un terrible huracán y se estrelló contra unos acantilados. Los marineros, al ver que la nave no podía salvarse, se embarcaron en los botes salvavidas, apretujándose como arenques, sin preocuparse por el pobre Nannerello. El desgraciado lloró y suplicó que lo llevaran con ellos, pero fue en vano. Aquellos inhumanos se burlaron de él deseándole con ironía que su nave lllegara a los puertos de Australia.
– ¡Te esperaremos allí!
Éste había sido el último adiós antes de que los botes salvavidas se fueran sin preocuparse del mísero náufrago.
Nannerello no tenía más de dieciséis años en aquel momento y, sin embargo, en ese cuerpecito jorobado latía el alma de un verdadero marinero. En lugar de llorar su triste fortuna, pensó cómo salir del paso. Cualquier otra persona, encontrándose solo en ese barco naufragado, perdido en el inmenso océano y con la perspectiva de terminar en el asador, habría estado terriblemente desesperado, pero Nannerello no. Tenía una fe ciega en su destino.
«No estoy muerto todavía», se dijo a sí mismo. “Dado que esos inhumanos me han abandonado, intentaré salvarme como pueda.”
La tormenta había cesado y se podían ver numerosos escombros alrededor del barco: cajas, barriles, tablas, trozos de baluarte. Tomó un hacha y unas cuerdas, y después de un largo y agotador trabajo construyó una pequeña balsa capaz de sostener a su personita, pero cuando quiso aprovisionarse constató con un terror indecible que el agua había invadido la despensa, destruyéndolo todo. Realizó una búsqueda intensa y logró finalmente encontrar tres galletas que uno de los marineros había guardado en su caja junto a un trozo de manteca grande como su puño. Con esas escasas provisiones, Nannerello zarpó en la balsa, confiándose a las olas y los vientos.
¿A dónde iba? No podía saberlo porque no había encontrado la brújula. Era el azar quien guiaba su curso.
La superficie del inmenso océano se había vuelto lisa como el cristal y no soplaba siquiera una brisa que pudiera mitigar el intenso calor del ecuador. No había tierra a la vista, salvo el arrecife contra el que se había roto el barco, pero Nannerello había escuchado de los marineros que más al norte y también al este debía haber islas, por lo que no desesperaba.
¡Pobre de mí! ¡Debían ser tierras lejanas! Había pasado el día y no había aparecido nada en el horizonte. Por la tarde, el pobre muchacho desmenuzó una de sus galletas, se mojó los labios con un frasco de agua mezclada con unas gotas de ron, que también había encontrado en el cofre del marinero, murmuró una oración y se durmió entre las tablas de su balsa. Pese a tantos contrratiempos, Nannerello dormía como un tronco y cuando abrió los ojos el sol ya estaba alto y derramaba sus ardientes rayos sobre el océano. Inmediatamente escudriñó el horizonte esperando ver alguna isla o algún punto blanco que indicara la presencia de un velero: ¡nada, todavía nada! Solo la inmensidad lo rodeaba.
Durante la noche, la balsa debió haber recorrido un largo camino, quizás arrastrada por alguna corriente, porque el acantilado ya no era visible, había desaparecido junto con los restos del barco.
«Se acabó», dijo el pobre muchacho. “En un par de días estaré luchando contra el hambre y moriré solo, perdido en este mar sin límites.”
El segundo día también pasó en vana expectativa, luego el tercero. En la mañana del cuarto, Nannerello ya no tenía ni un sorbo de agua ni un trozo de pan y el hambre lo atormentaba. Agotado, se tendió sobre las tablas ardientes de la balsa y comenzó a sollozar hasta que cayó en un profundo sopor.
Gritos extraños y roncos lo despertaron de repente. Abrió los ojos y se encontró rodeado de cuatro feos salvajes, que iban casi completamente desnudos, con un anillo clavado en la nariz y la piel color chocolate. Tenían el pelo rizado y abundante, la cara tatuada y collares de dientes de jabalí en brazos y tobillos. Habían bajado de una barca excavada en el tronco de un árbol, donde también había otros salvajes armados con lanzas y unos palos de madera muy pesados, adornados con escamas de carey. Nannerello viéndose cerca de esos atemorizantes salvajes, había lanzado un grito de terror. Pensó que estaba perdido y ya le parecía que lo ensartaban en un asador gigantesco y lo ponían a asar sobre brasas.
– ¡No me maten! –gritó llorando- Soy un pobre náufrago y nunca he herido a nadie.
Los salvajes, al menos por el momento, no mostraban intenciones hostiles. Miraban al muchacho con asombro, riendo a carcajadas y ocasionalmente le rascaban la cara como para persuadirse a sí mismos de que su piel no estaba pintada de blanco. Luego volvían a estallar en carcajadas resonantes y se retorcían como monos, manifestando una alegría extraordinaria.
Nannerello los dejó hacer y para congraciarse con esos devoradores de carne humana, él también se rió a pesar de los tormentos del hambre.
Después de reír largo rato, levantaron al muchacho con delicadeza y lo llevaron a su bote salvavidas, colocándolo sobre una hermosa alfombra pintada en varios colores. El líder de la embarcación, un salvaje de casi dos metros de altura, que tenía las caderas sujetadas por una especie de faldones hechos de corteza de árbol y la cabeza adornada con una diadema de plumas rojas, se acercó al mozo y pronunció un discurso largo, bastante incomprensible y luego le puso encima un manto de mimbre tejido muy ligero.
– En lugar de la capa, denme algo de comer, -dijo Nannerello- Tengo hambre desde hace dos días.
Los salvajes, al escuchar su voz, se miraron asombrados e interpretando las palabras a su manera, le quitaron la diadema de plumas y se la pusieron en la cabeza. Nannerello, aunque era muy joven, había entendido de algún modo que esos seres primitivos buscaban honrarlo con ese gesto y darle un lugar de mando entre ellos. Como no era tonto aprovechó de inmediato esta nueva autoridad que se le había dado.
“Parece que me han coronado.” Se dijo “Dado que ahora soy algún tipo de rey o líder haré que mis súbditos que me alimenten.”
Sin embargo, gastó su aliento en vano porque los salvajes no entendían ni una palabra de lo que decía. Al ver que sus esfuerzos eran inútiles, se abalanzó a la proa donde había visto unas bananas y las devoró con avidez.
Pronto todos los salvajes lo rodearon ofreciéndole panes dulces, cocos ya abiertos y hasta crustáceos que habían pescado un poco antes. Todos competían por mostrarse atentos y con cada bocado que tragaba Nannerello lanzaban gritos de alegría, retorciéndose de mil maneras.
Cuando el muchacho estuvo satisfecho, se tumbó sobre la alfombra, se cubrió con su capa e hizo entender a sus súbditos que quería dormir. El jefe hizo extender sobre él un toldo de fibras de coco hábilmente entretejidas para protegerlo de los abrasadores rayos del sol y cuando lo vio dormido, indicó a sus hombres que reanudaran el viaje.
Luego de tres horas de rápida navegación, la canoa arribó a una isla verde, con orillas cubiertas de graciosas palmeras, cocoteros, árboles de moras, espesos plataneros con hojas de varios metros de largo y espléndidas ramas, es decir, árboles de pan.
Miríadas de pájaros, cada uno más orgulloso que el otro, revoloteaban cantando y parloteando. Había unas cacatúas muy blancas con un mechón de plumas amarillas en la cabeza, pichones con plumas de reflejos dorados dos veces más grandes que los nuestros, loros de todos los colores y tamaños, y una bandada de esas maravillosas aves del paraíso, las más hermosas de todas a causa de los mil colores que llevan esparcidos en sus plumas.
Cuando el jefe despertó a Nannerello, quedó encantado al ver esa tierra tan rica en plantas.
“¿Es éste mi reino o el lugar donde estos isleños me pondrán en el asador?”
Mientras tanto, el bote salvavidas se había adentrado en una pequeña bahía, en cuyas orillas se veían numerosas chozas de aspecto gracioso medio escondidas entre los cocoteros y plataneros.
El cacique, habiendo tomado una gran caracol de mar había hecho sonar unas notas agudísimas e inmediatamente los habitantes del pueblo se reunieron en la playa. Había guerreros armados con lanzas, garrotes y arcos, mujeres que apenas iban vestidas pero estaban cubiertas de tatuajes y niños que estaban completamente desnudos, retozando como monos.
Cuando Nannerello, muy asustado, descendió a la orilla escoltado por la tripulación del bote salvavidas vio asombrado como toda esa gente se tiraba al suelo y rodaba por el polvo.
“¿Me creerán alguna deidad marina?” Se preguntó. “Dado que el color de mi piel debe ser extraordinario para estos hombres marrón chocolate, no sería de extrañar. Hagamos nuestro papel de monarca.”
El muchacho, aun cuando se resistía a creer en su buena suerte, adoptó una pose heroico-cómica y dirigió a sus súbditos un pequeño discurso que ciertamente no fue entendido pero que llevó a los salvajes a emborracharse. Cuando terminó, el líder del bote salvavidas, que debía ser la persona más importante de la isla, trajo una especie de palanca hecha con troncos de árboles e invitó al marinero a subir a ella. Entonces toda la población comenzó a marchar detrás del nuevo rey que iba precedido de cuatro músicos que golpeaban furiosamente unos troncos de árboles ahuecados cubiertos con pieles de tiburón. Pronto llegaron a una choza espaciosa donde bajaron a Nannerello e indicándole que entrara, le hicieron comprender que ésta era ahora su casa. Cuatro hombres, que seguramente eran esclavos, fueron dejados a su servicio.
En la cabaña había muchas provisiones, en su mayoría frutas, pescado seco, montones de pan dulce, y una cama que se veía muy cómoda con mantas de plumas de varios pájaros y una gran cantidad de jarrones de tamaño monstruoso que Nannerello no comprendía para qué servían.
El pobre muchacho, rescatado del océano a punto de morir de hambre, había sido verdaderamente nombrado rey de la isla. Aquellos salvajes, que nunca antes habían visto a un hombre blanco, lo habían creído de origen celestial y sin muchos preámbulos lo habían elevado a ese cargo.
El rey anterior, en cambio, ya no existía. Herido en una rebelión que estalló entre sus súbditos, lo remataron de un golpe con un garrote y luego… lo hicieron al spiedo.
Por fortuna, el muchacho no se enteró de esos detalles interesantes sino hasta mucho después. De lo contrario, es probable que hubiera renunciado inmediatamente a su trono. Sin embargo, debemos decir que los súbditos, desde los primeros días, estaban incluso entusiasmados con su nuevo rey. Cada mañana los personajes más importantes de la isla iban a visitarlo, llevándole regalos de todo tipo. Jabalíes, los pescados más hermosos, la fruta más sabrosa, las papas más dulces, todo era llevado hasta la choza real. Nannerello nunca se había encontrado en medio de tanta abundancia.
Pero una cosa turbaba su felicidad: el deseo de saber para qué eran esos siete u ocho jarrones que se alineaban en las paredes de la residencia real. Aquellos contenedores, destinados a no contener nada, al menos por el momento, le generaban presentimientos funestos y para poder resolver el asunto, se esforzó por aprender el idioma de los isleños.
Habían pasado tres meses, cuando un día, pensando que ya entendía lo suficiente el idioma del lugar, llamó al líder de la canoa, que había sido nombrado primer ministro, para que le explicara el uso de esas vasijas.
– ¿Puedo al menos saber para qué sirven? -le preguntó- ¿Alguna vez se llenaron de aceite de coco y vino de palma?
El ministro, al escuchar esa pregunta, no ocultó cierta sorpresa. Parecía escandalizado por la fenomenal ignorancia del joven rey.
– ¿Su Majestad lo ignora? – preguntó.
– Nunca se lo habría preguntado si así no fuera, mi fiel ministro -respondió Nannerello.
– Como Su Majestad ordene. En esta primera olla, que es la más grande, se cocinó Liki Liki I. Era el monarca más gordo, y nunca hemos comido otro más delicioso.
Nannerello estuvo a punto de desmayarse, pero se mantuvo fuerte para no demostrar debilidad frente a su primer ministro.
– Liki Liki II fue cocinado en este -prosiguió el salvaje- Estaba un poco flaco aunque siempre comía por dos, pero le puedo decir, Majestad, que su cabeza valía más que la de su antecesor. Yo que la roí bastante creo que puedoopinar. En el tercero, sin embargo, se cocinó Kalabua I, el progenitor de la segunda dinastía. Lo habían puesto en salsa verde con batatas. ¡Qué sopa, Majestad! Nunca había probado uno mejor …
– Basta, conozco la historia de los demás -dijo Nannerello, sintiéndose mareado- Sólo quiero saber cómo cocinarán el rey blanco.
– Si usted lo aprueba, lo pondrán al asador con hierbas aromáticas.
– Sí, en el asador -balbuceó el desdichado muchacho- ¡Al asador! ¡Al asador!
– Pero tienes tiempo, -observó el fiel ministro- Aún estás demasiado delgado.
– Intentaré engordar, -murmuró Nannerello, apenas reprimiendo su ira.
El reinado había terminado para el pobre monarca. Escapar se había convertido en su obsesión. ¡Huir! No era algo fácil. Ese diabólico ministro, casi como si hubiera adivinado los pensamientos del monarca, había doblado desde ese día los centinelas frente a la puerta de la cabaña real. Sin embargo, Nannerello no quería terminar como sus predecesores. Día y noche pensaba en formas de engañar a los salvajes para que se fueran. Sabía que había muchas canoas en la bahía y que todos los habitantes de la isla dormían de noche. Si lograba salir de la choza sin ser visto, ciertamente nunca lo volverían a ver. Ya había tenido suficiente de ese pueblo de caníbales. ¡Pobre de mí! Sus pensamientos no llegaban en ninguna parte y el tiempo pasaba acercándose cada vez más al terrible día.
Los dignatarios de la isla, después de un examen cuidadoso y escrupuloso, lo habían juzgado lo suficientemente gordo como para quedar verdaderamente bien en el banquete real. Solo fue cuestión de condimentarlo durante unas semanas, para que su carne se volviera más deliciosa. Es por ello que todos los alimentos que aparecían en la mesa del infortunado monarca estaban condimentados con ciertas hierbas muy aromáticas. Nannerello suspiraba de dolor y pasaba las noches llorando. El miedo se había apoderado de él y ya no podía cerrar los ojos. A cada ruido que oía, saltaba de la cama, con el pelo rígido y los ojos desorbitados, creyendo ver aparecer al primer ministro sinvergüenza con un alfanje en la mano. Si lo vencía la fatiga y cerraba los ojos por unos instantes, de inmediato creía sentir que lo atravesaba la vara de metal del asador y se despertaba lanzando terribles gritos asustando a los esclavos e incluso de los centinelas.
Ya faltaban unas pocas semanas para que llegara el fatídico día y los preparativos del gigantesco banquete, cuando Nannerello, mientras caminaba por la galería de la residencia real bajo los últimos rayos del sol, vio aparecer a lo lejos un barco. Pensó por un momento que el corazón le explotaría, tal era su emoción.
«Si no me salvo ahora, no me salvaré jamás», se dijo.
Observó con detenimiento hacia dónde se dirigía el barco y vio que buscaba un fondeadero en la costa sur de la isla. Quizás fuera un buque de guerra explorador que inspeccionaba las playas y acantilados de esas islas. Nannerello, se había convencido de que si lograba zarpar se salvaría, así que cenó rápido, luego despidió a los esclavos y les dijo que lo dejaran dormir hasta tarde. Para aparentar, se acostó en su cama, cubriéndose bien con los mantos de plumas de paloma salvaje y apagó la rama resinosa que le servía de antorcha. Dos horas más tarde, cuando ya no se escuchaba nada, se levantó sin hacer ruido y miró por las aberturas que le servían de ventanas. Los cuatro centinelas colocados por el primer ministro vigilaban frente a la puerta cerca de un poste en llamas, por lo que la fuga era absolutamente imposible por ese lado.
«Hagamos un agujero en el techo» se dijo el monarca. “Fugarse podrá no ser honroso, pero renuncio gustoso al trono.”
Había traído consigo, por cualquier cosa, un hacha de piedra y su cuchillo de marinero, que había guardado celosamente. Tratando de no hacer ruido, raspó el techo de la residencia real, hecho de ligeras vigas y hojas de plátano, y en seguida logró abrir un hueco por el que pasaba su cuerpo. Asegurándose de que los esclavos estuvieran dormidos, Nannerello se subió fácilmente al techo, rodeó la cúpula cónica y, al llegar al otro lado, se dejó caer al suelo sobre un arbusto de avellana. Pensó que se había salido con la suya cuando escuchó a los centinelas dar la alarma y poco después a los esclavos gritando a todo pulmón:
– ¡El rey ha huido!
Nannerello no quería saber más nada. Agarró el hacha de piedra y se lanzó hacia el bosque, corriendo como un ciervo. Había logrado comprender las estrellas y estaba seguro de que llegaría a la pequeña bahía donde había anclado el barco. Mientras tanto, toda la población de la isla se había precipitado tras la pista del monarca fugitivo. La alarma se había propagado y tanto guerreros como ministros, y mujeres y niños se habían lanzado a la cacería decididos a recuperar el asado que había huido antes de enrojecer al fuego. Nannerello, sin embargo, tenía piernas rápidas y la ventaja de haber tomado una dirección exacta. Habiendo atravesado el bosque, llegó a la orilla justo frente al barco que había descubierto a la tarde.
– ¡Ayuda! –gritó con toda la voz que cabía en sus pulmones- Soy un náufrago perseguido por caníbales.
Los vigías de la nave, al escuchar esas palabras en inglés, no se demoraron ni un momento en poner un bote salvavidas en el agua. Mientras tanto, los salvajes, encabezados por el primer ministro, aparecieron agitando sus garrotes y lanzas. Nannerello, sin embargo, ahora estaba a salvo. De un salto se precipitó al bote salvavidas mientras los marineros saludaban a los antropófagos con una ráfaga de disparos que mataron a varios, incluido el primer ministro.
Nannerello no había acertado, de trataba de un buque de guerra estadounidense, encargado de explorar esos vecindarios. El muchacho fue recibido muy amablemente por el capitán, le dieron vestido y calzado, y cuando lo llevaron a San Francisco, California, le proveyeron también de una buena suma de dinero para recompensarlo por la pérdida de su reino.
Debo añadir, eso sí, que tal era el miedo que sintió, que desde ese día Nannerello abandonó para siempre su vida marinera.
Traducción de María José Schamun
Buenos Aires, EdM, mayo 2021
Descubre más desde Escritores del Mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
