Sobre la reedición de Niña Soviética, por Liria Evangelista

La autora de Niña Soviética “habla de su libro propio” que nació de un extraño accidente propio, cuando se fracturó los dos pies en un accidente en su propia casa. Es cosa rara la propiedad, siempre abre la puerta a lo que es ajeno en nosotros mismos. ¿De qué está hecho un libro sino de la extrañeza de lo que somos? Como dice Liria Evangelista citando a Pasolini: “yo soy una fuerza del pasado/sólo en la tradición está mi amor/vengo de las ruinas.” 
(Ver adelanto de Niña Soviética en este mismo número de EdM) 

No sé cómo se habla de un libro propio, es una destreza que nunca adquirí. La lectura y la escritura crítica fueron y son, para mí, aventuras hacia la otredad. El libro de otro es un viaje hacia la palabra ajena, ese misterio.  Pero toca hablar de Niña Soviética y no me queda más remedio que cometer un acto de impudicia, habitualmente velado por las estrategias propias del género autobiográfico: hablar de mí. 

Yo fui esa niña soviética. ¿Qué otro destino podría haber tenido, hija de padres trabajadores y comunistas en la década del 60? Vivíamos en Parque Chas, dueños absolutos de la llave de ese mandala que fue mi pequeña Unión Soviética, un universo hecho de películas del viejo Cosmos 70, de las novelas de Sissi Emperatriz y del Manual de Academias de Ciencias de la URSS. Laburantes y gorilas de izquierda, mis viejos no escatimaron nada para que yo —como mi hermano años antes, en la década del 50— fuera alumna del más antiguo colegio inglés de Villa Urquiza. Ese fue el lugar en el que horrorizados, escondieron al hijo mayor para que no leyera La Razón de mi Vida y no tuviera  hora de religión evitando lo que hubiera podido ser un atroz destino peronista. No hubo ninguna duda de que esa debía ser también mi escolarización. Extrañamente, prefirieron ofrendar sus retoños a las tiernas e imperiales manos de la  Commonwealth (flag of my country,  flag of the free). Fui una y múltiple,  a la vez una niña soviética en secreto —jamás decir, jamás contar— y  esa nena anglófona y progresivamente —pero nunca del todo—desclasada. Sobre el territorio de esa mínima historia se desplazó mi vida, desgarrada por las certezas que se hundieron en glasnosts y perestroikas, por amores fracasados, y por descubrimientos del cuerpo y del pensamiento que fueron dinamitando mi preciosa URSS de juguete y mi universo familiar de Parque Chas. 

Este libro —que nunca había querido escribirse—nació en 2012. Se lo debo a un accidente doméstico en el que me fracturé los dos pies y que me condenó a la inmovilidad durante meses. Desde mi silla de ruedas, cada vez que levantaba la vista, podía ver en el estante Purgatorio de la biblioteca (porque las bibliotecas tienen sus Infiernos, sus Paraísos y sus Purgatorios, los estantes donde duermen los libros niños, alados en su limbo eterno), los lomos grises y verdes de los tomos de literatura juvenil soviética de editorial Mir que había  heredado de mi hermano y devorado cuando era chica, en las tardes de Parque Chas. A ellos volví con la avidez de una cincuentona nostálgica. Desde la quietud de las tardes de Floresta —el mapa de mi territorio adulto— inicié el más inútil y transfigurador de los viajes: aquel que me iba a llevar hacia mi propio pasado, al corazón mismo de todo aquello que quizás haya hecho de mi esto que creo haber llegado a ser. Fue, sin duda, una de las experiencias más brutales y magníficas que recuerde. Aquello que alguna vez había amado, las épicas y heroísmos de una revolución perdida, los sonidos y silencios de ese mundo niño, volvían fracturadas, irreconocibles, astillas en el espejo roto y opaco de mi memoria.

En un cuadernito y a mano —como siempre hago cuando la escritura no es todavía eso sino un espesor del ni yo misma sé—empecé a tomar notas de esa experiencia y que fueron la materia primera de lo que luego fue hizo libro. Cuando en 2013, los editores de Borde Perdido me contactaron para preguntarme si tenía algo para publicar, con mucha timidez y sin pensarlo demasiado les acerqué esos textos. Esa iba a ser la primera edición de Niña Soviética. Parada en mis territorios, el de la memoria y el del presente —Parque Chas y Floresta— iba a trazar el mapa de mi existencia. Mamá, papá, hermano, padrino: las voces en blanco y negro que hablan en la tierra de la infancia. En esa matriz habitan las sombras del deseo y del miedo, los fantasmas de un mundo desmoronado que reconoce un solo barrio, el de mi memoria. Floresta es mi mapa del horror, la topografía emocional de los centros clandestinos de detención (Olimpo, Orletti, el Corralón, la calle Corro y su batalla) y de la minúscula vida cotidiana, la de la madurez y los hijos, la del asombro frente a la propia incapacidad para el recuerdo y también para el olvido. 

Resultó entonces que el mundo estaba lleno de niñas y niños soviéticos, hacedores de tantas URSS chiquititas, construidas amorosamente con cajas y cajas de Mis Ladrillos. Niños y niñas soviéticos que no habían sabido ni podido soportar los huracanes de la Historia. Hubo, entonces, una segunda edición y ahora una tercera, con dos capítulos nuevos: “Manual de Literatura”, en el que fui reescribiendo mi encuentro con los héroes literarios de la infancia (pioneros, komsomoles) y “Chica Rusa”, que contiene las líneas que escribí durante mi viaje a Moscú en 2016, después de la muerte de mi madre.

Pienso obsesivamente en unos versos de Pasolini, “yo soy una fuerza del pasado/sólo en la tradición está mi amor/vengo de las ruinas”. Soy yo también esa fuerza del pasado (repito io sono una forza del Passato para que siga resonando el eco italiano de la voz del viejo), soy esa niña soviética, todavía. Un resto apenas, un “feto adulto” —me llama Pasolini—, el legado de lo poco que perdura, silencioso, en el presente: ese apenas, la inmediatez de un gesto, el de poner la mirada en todos los que sufren.

Liria Evangelista

Buenos Aires, EdM, octubre 2020,


Descubre más desde Escritores del Mundo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.