Adelanto de Niña Soviética de Liria Evangelista

Liria Evangelista ha publicado Voices of the Survivors, testimony, mourning and memory in post-dictatorship Argentina (Harland, NY, 1998), a aquel libro le siguieron la novela La Buena Educación (El fin de la Noche, 2009), el libro de poemas Una perra (Paradiso, 2012) y la novela real Sangra en mí (Modesto Rimba, 2018), una elegía a la madre y lo que ya no es donde leemos “El lenguaje es mi casa embrujada”. 
La primera edición de Niña Soviética se publicó en 2013 en Borde Perdido, Córdoba, y ahora acaba reeditarse corregida y ampliada.
EdM publica en este número un adelanto de la nueva edición y un texto de la autora.

Villa Urquiza

Manual de Marxismo Leninismo

I.

Hay una foto, circa 1970.  Lo que se ve: un padre, una madre, un hermano mayor siempre fuera de foco, una nena con un libro en la mano.

 Mi padre nació campesino en un pueblito italiano. Emigró a los diecisiete hambreado y fascista y cantó un mazzorin di fiori en una fábrica hasta que juntó los pesos que le permitieron desvirgar a la más linda del barrio. Con el tiempo llegaría a ser dueño de un taller, de un departamento en Villa Urquiza y de un Fiat 1500 patente C209464.  No soy un pequeño burgués, decía negando lo evidente. 

Mi madre fue, sobre todo, hermosa. Le hubiera gustado ser bailarina de flamenco o cantar Besos Brujos como Libertad Lamarque. Escribir versos como Alfonsina Storni o pelear como miliciana en la Guerra Civil Española. En cambio se casó, parió dos hijos, abortó muchos más, fregó pisos, lavó platos y un día,   sin haber leído  jamás a Simone de Beauvoir, decidió pegar dos gritos y salió a trabajar de cosmetóloga en un instituto de belleza.

Mi hermano mayor fue, sobre todo, mi hermano mayor. Me gustaba revisarle los cajones del escritorio y hurgarle la biblioteca. Todavía, en sueños, sigo ordenándole las biromes y los preservativos, y emborrachándome con el olor a la tinta de sus libros. 

II.

como si fuera el gesú bambino el cristo niño de mi abuela

fuente de amor inagotable

así

solía aparecerse lenin en el patio de mi casa

momia de yeso hecha aire que había volado desde el Kremlin

vladimir ilich ulianov se erguía –enhiesto y ruso–

 sobre la mesa del patio

no tenía corona

ni manto de terciopelo ni un rosario envolviéndole las manos 

venía en cambio

reluciente y nevado

el gorro de piel apuntando al cielo

tenía el dedo levantado  

como un sol de noche ese dedo

era luz de todas las cosas

resplandor que quemaba nuestros rostros

trémulos de dicha y de materialismo histórico

ese dedo

iluminaba el gomero y la tortuga

la ropa puesta a secar que se mecía con el viento

en la llamarada de la tarde

papá y vos extendían sus mamelucos engrasados

olorosos de sudor obrero y bolchevique

para que el divino los pisara

para que dejara su estela inmaculada y roja 

sobre la tela áspera

él

luciérnaga de la revolución socialista 

 acariciaba nuestras cabezas murmurando tovarich tovarich

rabotnik revolyutsiya sotzyalism mir

y nosotros en éxtasis

transidos

aunque ignorantes de esa lengua lo entendíamos todo

 esa era la esencia del milagro 

la luz verdadera del internacionalismo proletario

una tarde en la que el sol estaba tan rojo como bandera del proletariado

yo quise saber

quise escuchar la verdad más absoluta sólo de su boca

me arrodillé (padrecito padrecito)

alcé mi rostro hacia él como quien mira a un santo

hambrienta de su voz de su palabra

ávida de catecismo   hijita de la revolución   

y pregunté:

……………………………………………………….

……………………………………………………….

krasivaya devushka me dijo

sobre mí se inclinó (doch doch doch)

su aliento que estaba oliendo a muerto

lengua martillo lengua hoz

mnogo smert  krasivaya devushka  susurró

mucha muerte hijita mucha muerte

y apoyó su mano helada en mi mejilla

III.-

mi vecina de enfrente amaba los insectos y las alimañas

de día buscaba escarabajos 

de noche acunaba las cucarachas que encontraba

las apoyaba en la palma de la mano

les acariciaba el lomo

levemente

les hablaba  decía pobrecita

pobrecita

esta cucaracha está triste me explicaba

y entonces les cantaba una canción cualquiera

lo importante es la voz es el cariño

repetía 

y yo la miraba amar

a veces el desagüe olvidaba una rata muerta en el cordón de la vereda

el pelo mojado el hocico apenas entreabierto

pobrecita pensaba yo

pobrecita

me acercaba tierna y le cantaba un himno de albañal

arriba las ratas de este mundo

de pie los bichitos sin pan

Floresta

Elogio de la minúscula

I.-

Después hubo un sueño.

Como si fuera un gargajo, escupí el corazón, que seguía al costado de la cama. Hizo un sonido que se fue alargando en el silencio de la noche, suave como un maullido. 

Estaba parada en una vereda del barrio. Dolores al 400, frente a esa casa enorme que los vecinos llamamos el castillo. En el sueño esa era mi casa. Por Alberdi venía un taxi, un Siam Di Tella de techo amarillo reluciente. Quise subir y como la puerta no se abría, metí la cabeza por la ventanilla. “Lleváme a Orletti y al Olimpo y después hasta la Esma”, le dije al chofer. El tipo iba con el torso desnudo. La piel era lechosa, un poco repugnante. Tenía la cara como la de un niño o de un gran perverso: se parecía a Oscar Wilde –yo sabía que no era Wilde– porque tenía el pelo así de negro y partido al medio. Me miró, con los ojos enormes y vacíos, es decir, tan llenos de oscuridad que parecían dos lunas quietas. No me contestó. Le repetí: “lleváme a los campos. A Orletti primero, después a Olimpo y al final a ESMA”. El tipo me miró otra vez, los ojos se le enturbiaron y eran como barro dolorido.

Lamborghini. Osvaldo, se presentó. La voz era como un graznido o un grito. Después ya no habló. Hizo una mueca y me extendió un recorte de diario amarillento, con el mismo gesto de los mendigos que están más allá de la mugre y de la miseria. Lamborghini, sentado en el asiento del Siam Di Tella, con el torso lechoso desnudo, la grasa de la panza tierna y un poco repulsiva, como la grasa de un bebé crecido o de un imbécil, me estaba dando un papel amarillento.” Escribí y que cuando escribas sea cadáver, fantasma, matarife”.

Después cayó para atrás, con los ojos abiertos, la rigidez de cera de los cadáveres. Le miré el pecho desnudo, el cinturón que se le clavaba en la cintura. Un cuerpo sin pelos. Un cuerpo blanco puesto a brillar en la penumbra de un Siam Di Tella. Lamborghini. Osvaldo.

Me desperté llorando, como sólo se llora en las pesadillas.  En el piso estaba el corazón de mi sueño. Ya no latía. En su agonía agitaba las patitas. Acaricié la cucaracha con los pies, agarré un libro de la mesa de luz y la aplasté sin asco. Crujió, dejando su estela de inmundicia. Suspiré aliviada. Otro cadáver en la suma.

Me animo y voy derecho para el lado de Liniers, donde Floresta parece abrirse hacia la quietud del pasado, porque todas menos Cardoso se cortan en el paredón que da a la vía. Llego a Corro, que se abre tan linda, con su empedrado y sus árboles frondosos, y camino una cuadra hasta Yerbal. Es un rincón de casas bajas que parece haberse caído del mapa y se hubiera quedado escondido, a resguardo del ruido de las avenidas y del tráfico. Todo está inmóvil. Esa es la casa viejísima que da a la vía,  está la misma enredadera florecida. ¿Habrá sido ahí? Yerbal y Corro, dijo el flaco. Yerbal y Corro, decía Walsh en una de sus cartas. Me quedo parada al lado de la barrera del Sarmiento, la mirada buscando un poco más lejos, los árboles de Aranguren, imaginando una cuadra más allá, por Morón, la casa en la que viví tantos años antes de pasar del otro lado de la vía y de la avenida Rivadavia, la que divide el barrio como si fuera una herida que no cicatriza. Tenía razón Borges. Del otro lado de Rivadavia el mundo es más antiguo y más firme, y no solamente en el Sur. En el Oeste también. Yo había vivido ahí: mis hijos y yo, todas las mañanas, habíamos pisado la sangre de María Victoria Walsh camino del colegio. Gusanitos ignorantes, habíamos pisado la memoria de una mancha de sangre que ni siquiera había dejado una sombra dibujada en la vereda.

Estoy parada sobre un campo de batalla. La historia dice que aquí, el 29 de septiembre de 1976 se libró el combate de la calle Corro. La historia dice, también, que sobre este empedrado quedó tendido, con la cabeza reventada, el cuerpo de María Victoria Walsh por nombre de guerra Hilda, oficial segunda de montoneros.  

Veo salir al tren de la estación Floresta. Es un animal enloquecido que brama y perfora la tierra. Ruge haciéndola temblar, la tierra se mueve como siempre, pero esta vez, claramente, hay algo nuevo, que nunca antes había estado ahí. Hay algo que gime debajo de los durmientes. ¿Qué es lo que llora en ese traqueteo, quién se queja? 

Esa calle Corro de la historia era esta Calle Corro. La simpleza absurda de esa revelación, de esta tautología, es insoportable. Aquí debe anidar la herida más atroz. ¿La incurable? Qué sabe una mujer acerca de la muerte, se había preguntado un poeta que vio apilarse uno a uno a todos los muertos hasta ser él uno más en ese montón.

Cruzo Rivadavia y vuelvo a casa por Lacarra. A una cuadra, quietito en el tráfico imposible de Ramón Falcón, está el Olimpo. Lo miro de reojo y cada una de las ventanas, tapiadas, oscuras, parece devolverme la mirada. A lo mejor algún día vuelvo para pararme en la esquina pero hoy no. Ya tuve bastante. Esta herida no es mía, no. Es herida ajena, herida de otro. 

Quiero un mate, quiero algún consuelo. Mientras peleo con la cerradura, me acuerdo de esos versos de Ajmátova y sonrío. Mandelstam. Ajmátova. El gulag completo. ¿Es herida ajena? ¿Herida de otro? Pongo a calentar el agua. Acabo de quedar en orsai con mi propia vida. Qué vergüenza.

II.-

las voces iban esculpiendo el mundo

me revelaban la forma pétrea de la historia

su santoral:

manual de la academia de ciencias de la urss

el mate ya tibio sobre la mesa de fórmica

y ahí iba la mía voz como pimpollo

fresquita como rocío de mañana

el comunismo se propone dar satisfacción completa

a todas las necesidades de los hombres

¿iba a saber yo del lodazal helado de Siberia

(vivimos sin sentir el país a nuestros pies

había escrito Mandelshtam)

¿iba a saber yo de la mujer que masticaba versos

hasta hacerlos bolo fecal memoria incandescente?

(el mar se aleja de mí el mar se aleja a dormir

Maiakovki hacía astillas de su cabeza calva)

qué poco iba a necesitar yo

al final

cuánto pero cuánto

iba a ser lo que no tuve

A veces, sólo a veces, la memoria es como un bicho

Manual de Literatura

De toda la colección de tapas grises y lomo verde que compartimos con mi hermano, la novela Estudiantes, con la que Yuri Trifónov había ganado un premio Stalin en 1948, fue la novela de la colección de lomo verde y tapas grises que compartimos con mi hermano, la que más veces releí, aquella a la que volvía una y otra vez. A la que volví en los años 90, a la que acabo de volver mientras escribo esto, pasada ya la primera década del siglo XXI, ya sabiendo que el padre del autor desapareció en las purgas de los años 30, que Trifónov pasó el resto de su vida intentando limpiar el nombre de ese padre, y que escribió una bellísima autobiografía llamada La Desaparición, publicada después de su muerte. Acabo de descubrir, además, que Estudiantes tiene una velada continuación en La casa del dique, en la que reaparecen, como en un roman a clef melancólico y agonizante, los personajes de esta novela que tanto amé.

Vadim Belov se levanta en la asamblea del Komsomol y con voz firme, denuncia a su mejor amigo de la infancia. Serguei Palavin –a quien no le alcanza con ser rubio, de ojos azules, bello y carismático — ha demostrado que no respeta los principios del realismo socialista tal como fueron delineados por Yosif Vissarionovich Stalin quien, como es de público conocimiento, fue un sofisticado teórico de la literatura. O quizás el problema de Serguei Palavin es que los respeta en exceso y, por lo tanto, es a todas luces obvio que no es sincero en su amor por la vida cotidiana de los obreros y campesinos soviéticos. Por exceso o por defecto, Serguei Palavin es acusado por su mejor amigo. Públicamente.  Acusado de “afrancesado” y “formalista”, vicios que le acaban de costar la carrera a un profesor del Instituto de Literatura de Moscú, donde ambos amigos estudian.  Y como si esta aberración no fuera suficiente, Serguei Palavin ha dejado embarazada a una antigua novia y, horror de los horrores, Lena Medóvskaia, la joven de la que Vadim Belov está enamorado, ha decidido abandonarlo para entregarse al amigo. 

Pasiones encontradas y teoría de la literatura desfilan ante los ojos ávidos y confundidos de la Niña Soviética. Que el arte debía iluminar el camino de la revolución para los parias y los oprimidos, eso ya lo sabía desde la cuna. Ese saber, sin embargo, no explicaba otros amores literarios que la perturbaban y le quitaban el sueño. Pero ese mes de mayo de 1974 (terminé de leer este libro el 16 de mayo de 1974 se lee sobre el papel amarillento de la primera página), en el que parecía que aquí la revolución estaba a la vuelta de la esquina, y todos íbamos a tener la tierra como lo anunciaba la canción, jamás hubiera sospechado qué significaba ser afrancesado y formalista y mucho menos la razón por la cual ser ambas cosas eran un vicio tan secreto, oscuro y desconocido como una enfermedad venérea. Confieso que ese momento de tremenda intensidad narrativa, en el que Vadim Belov –no tan buen mozo, bastante más previsible y aburrido, pero disciplinado y honesto– denuncia a su mejor amigo me produjo una tremenda perturbación, un escozor de angustia que rápidamente traté de negar en aras de los altos principios del arte revolucionario y de la moral comunista. ¿Era el de Vadim Belov un acto de justicia revolucionaria o una buchoneada imperdonable? ¿Debía uno hacer cualquier cosa –pero cualquier cosa– para defender los ideales de revolución socialista y sus principios estéticos? Claro que estas preguntas no me las formulé claramente en ese entonces. Ese día, el día en que feché y puse mi firma en esa novela premio Stalin de 1948, probablemente, haya confirmado dos decisiones que marcarían mi vida. La primera, transformar mi pasión por la lectura y la escritura en una carrera universitaria. Como los estudiantes de la novela, yo iba a estudiar Letras. La segunda fue la de comenzar a acosar a mi madre –porque mi padre no necesitaba acoso alguno– para que de una vez por todas me permitiera afiliarme a la Federación Juvenil Comunista, que yo imaginaba como la sucursal autóctona del Komsomol soviético.

Estudié Letras, me afilié al Partido Comunista. No hubiera podido sospechar que a su debido tiempo, me convertiría yo también, en afrancesada y formalista. 

Soy arqueóloga de mi lectura: volví a leer Estudiantes a fines de la década del 80, cuando ya había abandonado mi militancia comunista. No sé cómo lo volví a leer, creo que lo encontré arrumbado por ahí, escondido entre otros libros, cumpliendo su destino de libro triste, siempre dispuesto a ser recobrado y perdido una vez más.

Me asusté de mi misma, de la virulencia con la que los viejos amores y odios hacia los personajes habían cambiado de signo. O fue, quizás, un comentario que mi madre deslizó, reflexionando sobre la inminencia de eso que llamaron Perestroika y Glasnost  para no llamar fracaso. “Lo más terrible es que ahora no sé dónde están los buenos. Nena, ¿vos sabés dónde están los buenos?”.

Y no, no sabía dónde estaban los buenos: Vadim Belov se había transformado, definitivamente, en un buchón aborrecible, el Komsomol en un infierno persecutorio y el realismo socialista en herrumbre ilegible y aburrida.  Alguien me había pronosticado que iba a perder el tren de la revolución. Y yo estaba todavía solita, parada en un andén, sin saber exactamente si estaba mirando irse ese tren; si había leído mal el horario y el mapa que me llevaba a la estación o si estaba esperando un tren que nunca había existido. Yo era ahora Serguei Palavin, oscura, defectuosa, vulnerable. Humana. Igual que él, había perdido todos los trenes, había sido expulsada, empujada, abandonada.  Reaccionaria. Populista.  Formalista. Afrancesada. Traidora.

Y pensar que yo lo único que quería era mirar mi propio rostro. Despedir a mi padre. Enterrarlo para siempre. Devorarme el universo.

Chica Rusa

I.-

En Londres, ya. Rumbo a Moscú. Rusia es solamente la solidez de una geografía de lo que ya no existe. Yo voy hacia lo que ya no existe. Yo viajo hacia las ruinas. Voy a mi URSS de juguete. Voy, a lo mejor, a lo que nunca existió. O a lo que sí fue sin serlo enteramente. Voy a la derrota, a lo que dolido o avergonzado perdura en alguna parte. No sé nada más que lo que imaginé, lo que amé en palabras traducidas, lo que mis viejos amaron. Amor de pionera de la revolución, amor de cincuentona triste. Huérfana de ellos, no huérfana de las historias de segunda y tercera mano que me dejaron. Voy hacia ellos, también. Hacia lo que quisieron ver, obrerito de manos engrasadas, cosmetóloga tanguera. Amor barrial.

Nada de lo real me interesa en este viaje. Voy hacia mi Rusia de palabras, fantasma literario. Cuántos viajes se necesitarán para llegar al corazón de piedra volcánica que es la realidad (siempre fuego, siempre líquida, siempre inamovible en lo que es). No me interesa la verdad de lo que veré, sino su apariencia. Me corrijo, la apariencia es el viaje a una verdad que apenas voy a entrever, una verdad que me sé de antemano. Soy huérfana de ellos, de la voz rasposa del viejo leyendo Novedades de la URSS, del canto de calandria de la vieja, de su voz melodiosa que me dice Lilita como un río. 

Soy huérfana de mi Niña que viene a buscar madre.

II.-

Hoy lo vi. Brillaba incandescente como en el poema de la Niña Soviética, cada vez más russkya devuzkya y menos soviética.

En la casa de Dostoyevsky, imaginé qué nieve, que espesor, miraban sus ojos niños desde la ventana. La tinta escribía como sangre y decía su nombre: Fiodor Mijáilovich.
Vi la revolución morir en lienzos tristes. Alguien pintó el cadaver vencido de Vladimir Mayakovsky.

Oh siglo XX de estas tierras.

Después la luna en el cielo congelado.

Liria Evagelista

EdM, octubre 2020