Podemos imaginar la escena de terror. La Entidad Cristalina ha llegado a la colonia de Omicron Theta, no hay tiempo de huir ni refugio que pueda escudarlos de su hambre. Noonien Soong, sin embargo, se apresura a dejar sobre una piedra el cuerpo inerte de su creación y repite la escena del laboratorio de Ingolstadt como un espejo de signo opuesto. Data sobrevive, justamente, porque no está vivo, nunca lo ha estado.
Cuando Mary Shelley escribió su Moderno Prometeo, creó en Víctor Frankenstein a un ser alienado y codicioso, que, en sus ansias de poder, se perdió por encontrar el secreto de la chispa divina de la vida. Ciento cincuenta años después, el personaje de Noonien Soong era sólo un nombre para explicar el origen de una criatura que era el resultado de la búsqueda, una vez más, de la chispa de la vida. El protagonista de la historia, sin embargo, ya no era el creador como en la novela de Shelley, sino la creación, quien lejos de preguntarse por su origen y los motivos de su existencia, se embarcaría en la búsqueda de sus límites.
En 2338, Noonien Soong dejó sobre una roca el cuerpo de Data. En una escena espejada con el despertar del monstruo de Frankenstein, Soong desactivó a su androide para que no muriera y lo dejó expuesto a un ser letal que aniquiló toda la vida orgánica a su alrededor. Guardados en su cerebro positrónico aguardaban los diarios de todos los colonos desaparecidos, volviéndolo un arca de experiencias. Sin embargo, Data nunca tuvo recuerdos, al menos en sentido estricto. El significado del término recordar está cifrado en sus morfemas: la raíz cord- (del latín corda, corazón), y los afijos re- (indica una repetición) y -ar (indica una acción). Juntos indican nada más y nada menos que volver a traer al corazón. O sea, volver a sentir, algo que Data no podía hacer.
Pero los recuerdos y las experiencias vitales determinan el ánimo y el carácter de una criatura viviente. Lo sabía Shelley al condenar a su criatura a la iniquidad como resultado del desprecio que sufrió, lo sabía Tyrell cuando decidió darle recuerdos a Rachel para que pudiera manejar sus emociones, y lo sabía Noonien Soong, por eso guarda en Data las memorias de los colonos. Pero tanto el monstruo de Víctor como la replicante de Tyrell tenían sentimientos que daban sentido a esos recuerdos, Data no.
Una de las características centrales de la criatura de Shelley era su profunda sensibilidad y el dolor que le causaba su soledad. Todo hombre podía reconocerse en los lamentos de la criatura que deambulaba por las mudas soledades preguntándose por qué su creador lo había abandonado y por qué lo había hecho un ser tan miserable. En esa tensión entre el deseo y la realidad yacía la profunda humanidad de esa criatura a la que los seres humanos rechazaban. Data, en cambio, jamás pudo sentir esa contradicción. Sus interpretaciones de las reacciones humanas nunca eran del todo satisfactorias porque el componente emocional se demostraba, igual que ciento cincuenta años atrás, inestable y errático. Sus condiciones mentales y físicas eran superiores a las del resto de la tripulación de seres orgánicos pero la premisa de superación (casi como la programación de actualización de software) lo llevaba a cuestionar la superioridad de una criatura sin emociones. ¿Podía realmente superarse a sí mismo un ser que no “sintiera”? El comandante Data no era un ser atormentado que buscaba una respuesta a la eterna pregunta ¿qué soy? Ni siquiera ¿para qué soy? Él sabía que era un androide y que existía porque la vida tiene valor en sí misma. Lo que impulsaba sus acciones era descubrir si eso “todo” lo que podía ser.
En un momento en el que la experiencia vital se orienta a conseguir un grado superior de existencia que se concibe como la ausencia de conflicto o tensiones, y en el que toda experiencia puede ser “capitalizada” para mejorarnos y, de ese modo, convertirnos en seres más valiosos, una criatura que nos obliga a ver en la tensión la clave de la naturaleza humana, debería ser como mínimo incómoda. Y sin embargo, amamos a Data. Para nuestra vergüenza, lo amamos porque lo creemos un ser inferior, porque su máxima aspiración era ser lo que nosotros somos, tener en sus manos los dilemas que nos quitan el sueño. Cuando tuvimos que imaginar una criatura con sus habilidades, pero con emociones, la imaginamos necesariamente maligna, y así obtuvimos a Lore y al Data que estuvo tentado de traicionarnos para consumar su humanidad (incluso si fue sólo por 0,68 segundos).
La búsqueda que Data emprendió nos propuso incógnitas complejas respecto de lo que creíamos de nosotros. Nunca dudamos de que él fuera una máquina y él nunca lo cuestionó, pero cuando llegó Soji a nuestras vidas, tuvimos miedo porque ella ya no era una máquina, pero tampoco era humana (¿O sí?). No, claro que no somos del Tal Shiar y, por eso, nuestro pecho latió con fuerza cuando William Riker llegó con la caballería al rescate. Porque los seres humanos, a diferencia de las máquinas, no estamos programados para comportarnos de determinado modo, somos libres de actuar “mal” pero, sobre todo, tenemos motivos para hacerlo y es ahí donde anida nuestro heroísmo: somos completamente responsables de nuestras decisiones y si bien nuestro pasado nos marca, no nos determina. En la compleja red de motivos de la lógica y las emociones, Data pudo elegir quedarse con la reina Borg y, desde el momento en que pudo tomar la decisión, sin importar cuál fuera, ya era uno de nosotros. ¿Era un ser humano? No, Data nunca fue humano pero logró su cometido, excedió los límites de su programación y se volvió “un niño de verdad”.
María José Schamun
Buenos Aires, EdM, septiembre de 2020
Descubre más desde Escritores del Mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
