En la literatura americana desde Edgar Allan Poe persiste una tradición que atiende a la realidad como si fuera un mundo de fantasmas. En un texto recobrado de Borges sobre T.S. Eliot de 1933, refiere a las «dinastías de la variación, del plagio y del fraude» mucho antes de Pierre Menard. Según los franceses se repite en las generaciones desde Poe «que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Dadá, que engendró a Bretón. España admite con fervor esa cosmogonía, siempre que Góngora sea el iniciador de la serie, el primer Adán». La realidad como si fuera un mundo de fantasmas llega a nosotros desde Poe por medio de Lugones, del propio Borges, de Horacio Quiroga o de Martínez Estrada quien llegó a decir que Poe primero había leído a Balzac que había leído a Dante. Entre otras fantasías que heredamos de Poe se encuentra la de corte científico asociada a la teoría de Franz Anton Mesmer (1734-1815) acerca del «magnetismo animal». Según Mesmer habría un fluido magnético físico que conectaría todo, no muy lejos de las actuales creencias New Age o la imagen de la «energía» del Cosmos de las nuevas religiosidades y terapias.
El tercer capítulo del libro de Quereilhac «En busca del fantasma de los vivos. El magnetismo animal» explica la teoría de Mesmer y describe su impacto en instituciones y formaciones culturales argentinas a principios del siglo XX. De la Revista Magnetológica y la Escuela de Magnetismo de 1900, a la Sociedad Científica de Estudios Psíquicos y el actual Instituto de Psicología Paranormal de Buenos Aires. La tradición literaria desde Poe había incluido temas científicos o pseudocientíficos como solución a los dilemas del género fantástico y en el período de «entresiglos» persiste esa «dinastía de la variación» en Argentina. Al mismo tiempo, las teorías científicas discuten sus límites y fronteras, el psicoanálisis valida la hipnosis y funda otra forma de validación «conjetural», la zoología de Von Uexküll influye en la filosofía de Heidegger. Según Alberto Rojo, Borges pudo haber anticipado la teoría de los muchos mundos de Hugh Everett III. La ciencia «despertaba fantasías»; y las fantasías despertaban a la ciencia. Quereilhac ofrece lecturas de los casos de Holmberg, Lugones, Chiappori y Horacio Quiroga.
El libro dispone un recorte histórico singular de «entresiglos», discute la periodización disciplinar de los «estudios» sobre literatura argentina que divide al siglo XIX del siglo XX. Repone un contexto histórico preciso con el oído entre la ciencia y la cultura, del misticismo al darwinismo y las discusiones positivistas, en el origen de las ciencias en Argentina. El malentendido –mal intencionado– que circuló por redes sociales dos meses atrás sobre la manera en que una investigadora de la Universidad de Buenos Aires se transforma en miembro del Conicet, de no ser malintencionado –en el sentido de la política post-paranoica posterior a 1989 que denuncia Silvia Schwarzböck como giro hacia la no verdad–, si no tuviese tanta mala leche y fines repudiables, el malentendido podría servir para leer el libro de Quereilhac: ¿cuál es la relación entre literatura, ciencias «ocultas» y ciencia del Conicet? ¿Por qué el Estado invierte en estudiar literatura? Las «fantasías científicas» suponen una perspectiva histórica de la literatura. En la pre-historia de la ciencia ficción, entre el mal metafísico de los poetas y las pseudociencias de los narradores, en la emergente cultura de masas, se consolidan los lectores que más tarde leerán Ficciones. El libro ilumina una tradición cultural, no se trata de un tema de innovación tecnológica. Sobre la inutilidad fundamental de la literatura y su relación con las políticas públicas de la ciencia es una discusión posible, y necesaria.
Quereilhac propone buenos argumentos para mejores lecturas de objetos como la literatura de Horacio Quiroga. Contribuye al sistema científico siempre y cuando los científicos vuelvan a leer los cuentos de Quiroga, en su paso por la educación. Títulos como Cuentos de amor, de locura y de muerte, Morir en occidente de Philippe Ariès, La muerte de Louis-Vicent Thomas o “Thanatopsis” de William Cullen Bryant podrían fotocopiarse más seguido en la facultad de medicina. Los científicos leen y escriben. Cuando la ciencia despertaba fantasías, por momentos, asume el tono de la divulgación científica y de las revistas de pseudociencias. Suma lectores no especializados en literatura.
¿Qué relación mantiene la literatura con la ciencia? Ante el dilema entre el poeta místico o el romántico alemán que pretende que el arte incluya a la ciencia superándola, por un lado, y el narratólogo del Conicet que considera que en la literatura no hay ningún signo excepcional asociado a la experiencia histórica y la verdad distinto del que pueda haber en cualquier otro documento del pasado, el libro de Quereilhac no se pronuncia. Por momentos parece reírse de los que se toman en serio las fantasías científicas, por momentos descoloca dándoles un espacio que antes no tenían.
La tipografía de Siglo XXI ayuda en la comparación con otro libro: Berlín 1900. Prensa, lectores y vida moderna de Peter Fritzsche. El de Quereilhac como el de Fritzche bucea entre revistas y lectores. También recuerda la propuesta de Marc Angenot sobre los límites históricos de lo pensable y lo decible. En zonas liminares de los grupos, en las fronteras de la cultura y la ciencia, los registros en la prensa refractan fantasías científicas y urbanas en el cambio de siglo.
La lectura del libro de Quereilhac como excusa para hablar de la utilidad de la literatura desde el punto de vista del gasto público destinado a ese tipo de investigación no conduce lejos, aunque parezca un camino, porque el libro no habla de la ciencia que podría redituar dinero al país. El tema de las pseudociencias y las prácticas espiritistas era un asunto cantado para el escriba promedio de cualquier órgano de batalla en la guerra de los medios contra el gobierno. Más todavía teniendo en cuenta lo que dijo Axel Kicillof en campaña sobre la pauta comercial y lo que todos sabemos que sucedió con esos fondos durante el gobierno de Vidal y la comida balanceada de los animales sueltos.
La discusión y las preguntas que suscita el libro, en todo caso, podrían restringirse a un problema teórico vinculado a los usos de Raymond Williams y Friedric Jameson que propone. ¿Qué clase de «ciencia» es la que practica el libro? Reconstruye una trama de discursos sociales anudada a la serie literaria. ¿Cuáles son las marcas de las «fantasías científicas» en la sensibilidad urbana? ¿Qué problemas políticos resuelven esas fantasías? ¿En qué medida las «fantasías científicas» no estaban también en las figuras y metáforas del Manifiesto comunista? Los espectros de Marx tienen ante las teorías pseudocientíficas una tradición filosófica vinculada a su trabajo temprano sobre el materialismo de Demócrito y Epicuro.
En Materialismo, Terry Eagleton recorre los matices de los distintos materialismos, el histórico, el dialéctico vitalista, el mecánico, y discute al «nuevo materialismo» de Zizek. El libro de Quereilhac nos impulsa hacia una pregunta más sutil que aquella que interroga la utilidad práctica e inmediata de la literatura en el sistema científico: ¿en qué medida las «fantasías científicas», los dilemas de la ficción ante los límites de la razón, no anidan en toda especulación teórica o filosófica sobre el materialismo? ¿En qué punto el materialismo cultural no tiene en Balzac o en Poe a dos figuras tan importantes como el propio autor de El Capital?
Pablo Luzuriaga,
Buenos Aires, EdM, agosto 2020
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