A través de la ventana. Entrevista a Cynthia Rimsky, por Juan Manuel Lacalle

Escritora, docente y viajera, Cynthia Rimsky es autora de Poste restante (2001), La novela de otro (2004), Ramal (2011), “Cielos vacíos” (2014), El futuro es un lugar extraño (2016), Fui (2016) y En obra (2018).* Nacida en Chile y actualmente radicada en Buenos Aires, sus textos poseen cierta continuidad temática pero, sobre todo, se destacan por el tratamiento cuidado del lenguaje; palabras que son marcadas, compartidas o recordadas con deseo. 

Este año salió publicado La revolución a dedo, relato de viaje vinculado con la vida en Nicaragua durante la década de 1980. La atracción por este género se plasma en su blog y sus talleres y se cuela, de maneras diversas, en su propia escritura.

En un presente de temporalidades difusas y de espacialidades desacostumbradas, Los perplejos [ver], editada en Argentina por Leteo (2018) y en Chile por Sangría (2009), se vuelve una compañía acorde al contexto y que se agradece. Esta novela problematiza el exilio y el rol de los conversos en la ciudad de Córdoba, España, a fines del siglo XII, en contrapunto con pasajes intercalados por una narradora que investiga hacia 2004 la vida del filósofo Maimónides, trasladándose de Chile a España y, luego, por distintos países eslavos**. La búsqueda de conocimiento se condensa en la escena final de los intentos de Maimónides por transmitir a su discípulo ciertos saberes de la manera más críptica posible.

Cansado de esperar la posibilidad del café, la decisión se vuelve determinante. El diálogo tendrá que comenzar a la distancia. Sorprenden gratamente la amabilidad de Cynthia ante el contacto de un desconocido virtual y su paciencia frente a las preguntas casi irrespetuosas de un pesquisador, como tanta gente hoy, confinado y, quizás, un poco confundido. Quedan las gracias ante su buena predisposición y una introducción más gradual a la lectura, fruto del intercambio por correo electrónico. 

CR: Los perplejos es un libro muy querido por mí que cambió mi forma de escribir, de pensar y hasta de vivir; libro que demoré ocho años en escribir y que me demandó un gran esfuerzo por encontrar algún orden y, sobre todo, un lugar desde dónde pensar. Siempre me interesó de niña el «pensamiento intelectual», por llamarlo de alguna manera, pero mi curiosidad me llevaba más hacia el lado de la experiencia vivida o aventurera. Recuerdo que a poco de publicar Poste restante me gané una beca que era mucho dinero y me fui casi un año a vivir a un balneario muy solitario en el norte [La Herradura, IV Región, Chile] y, además, te daban dinero para libros. Recuerdo haber ido a una librería con una lista de títulos, todos teóricos, entre ellos Las reglas del arte de Bourdieu. Cómo confeccioné la lista no recuerdo, pero en ese tiempo tenía una amiga súper estructuralista y creo que me ayudó. Lo curioso es que el resultado de esas lecturas fue una total parálisis de escritura: una decepción total. Se me quitó todo deseo de escribir al ver esos miembros diseccionados en una mesa higienizada. Todo eso que de niña siempre fue un misterio y que por eso me llamaba. Entonces cayó en mis manos una fotocopia de un texto de un libro de Steiner, “El texto, tierra de nuestro hogar”, donde su interpretación literaria no quita el misterio de la escritura sino que, por el contrario, lo profundiza. De Steiner pasé a Levinas, Spinoza y los dos tomos sobre la Cábala y la Inquisición de Andrés Claro. Y recuperé el deseo de escribir. Ese es el caldo de cultivo en el que luego caerá el descubrimiento azaroso de Maimónides y la Edad Media.

JML: Me intriga lo que comentabas sobre la búsqueda del orden para el libro, ya que una de las características más interesantes en términos formales me parece el entrelazamiento entre los dos narradores y el vaivén temporal, al principio bien clarificado y que, a medida que la novela va a avanzando se va complejizando, acelerando e, incluso, confundiendo un poco. Esto sumado a la elección de la primera persona, que trae aparejadas un montón de cosas en términos de empatía.

CR: La búsqueda de un orden fue uno de los problemas más complejos que me planteó el material. El método consistió en ensayo y error. Tengo versiones donde la parte de la búsqueda de la narradora está separada de la novela de época. En otra no solo están separadas sino que comienzan una por delante y otra por detrás, y se juntan al centro. De esos intentos salía con la sensación de que las dos novelas por separado no alcanzaban, no eran buenas en sí mismas; faltaba algo. Fue muy difícil el proceso de irlas alternando. Primero probé lo más sencillo, un capítulo actual y otro de época. No me gustó la idea de avanzar para adelante y atrás todo el tiempo. 

No recuerdo ahora cómo llegué al orden final (de hecho, la edición anterior de Los perplejos es distinta), sí que tuve, por primera vez, la sensación de que ambas temporalidades estaban relacionadas. Eso me hizo cambiar las partes que ya tenía escritas, pues al poner a conversar la Edad Media con la contemporaneidad se fueron influenciando. Sentía cómo se traspasaban la respiración, las sensaciones, las ideas, las tensiones, y tuve que escribir nuevamente toda la novela. Lo que quedó fue la conversación entre esos dos tiempos y lo demás (la trama) fue pasando a una capa inferior. 

Trabajo mis novelas por capas. El método hermenéutico de interpretación de Las Escrituras, que va de lo literal a lecturas cada vez más profundas, es el mismo que uso para escribir. Eso lo saqué de ver las páginas de la Mishná: hay un comentario central y todos los demás son comentarios de los comentarios, y están puestos gráficamente alrededor del inicial. En la novela creaba una situación y la iba comentando hasta que los comentarios no dejaban ver claramente la situación. Ya después, cuando tuve claro ese orden, me divertí borroneando los límites de ambas historias, confundiéndolas. Ese fue el trabajo más hermoso que haya hecho en la escritura porque nunca fui totalmente consciente, era imposible. Aunque me avergüenza decirlo, llegué a sentir un hálito que me guiaba, algo más allá de lo que conocía me acompañó en la escritura. Creo que, de hecho, carezco de esos conocimientos. Cuando la volví a leer para la segunda edición de Leteo no reconocía lo que había escrito, no lo reconozco. No he escrito ni voy a escribir otra novela igual. Así que el misterio no es solo del orden del discurso, fue una experiencia.

Respecto a la primera persona creo que fue una forma de acercar el narrador a ese mundo medieval, con la idea de estar mirando a través de una ventana, asomándolo. Entonces quise replicar la misma sensación con el viaje, la narradora se asoma a su viaje moderno como se asoma el narrador a la Edad Media.

JML: En relación con lo que señalabas del pensamiento intelectual y los textos sobre la parálisis de escritura luego de todas esas lecturas, a mí me pasa algo similar en la búsqueda de armonía entre la lectura y el fichaje, por un lado, y la escritura, por otro. En este sentido, quería preguntarte más específicamente sobre las fuentes medievales que utilizaste para el marco y cómo se fue dando ese vínculo. Por otra parte, se percibe en la novela cierta desilusión en ese encuentro con la parte más académica, por distintos motivos, en la llegada a Córdoba.

CR: La construcción de Los perplejos (en este caso fue más eso que una escritura) significó un gran atrevimiento que cambió mi forma de leer y de pensar hacia adelante. No solo estoy lejos de ser una experta o de saber algo sobre la Edad Media sino que no tuve interés en investigar de manera rigurosa para alcanzar ese conocimiento. Después de muchos conflictos, muchísimas dudas, autorecriminaciones (varias por mi pobreza de entendimiento) y por preferir mirar por la ventana de mi departamento y de los hoteles que fichar, vino el día del perdón y acepté mi forma de leer. ¿En qué consistió? En la total anarquía y desprendimiento. En vez de acumular conocimientos, soltarlos; en vez de recordar, olvidarlos; en vez de fichar, confundir los libros y los autores; en vez de un plan de lectura, dejarme seducir por los títulos aleatorios y la arbitrariedad de la mano que escoge. 

Eso fue posible porque el Centro de Estudios Judaicos —mi principal fuente de documentación— se había mudado recién y la bibliotecaria estaba empezando a desembalar y clasificar, tarea gigantesca que era imposible para ella sola. Como no tenía tiempo para mí, me dejaba entrar a la bóveda en completo desorden (la biblioteca ya era un puro desorden, pues consistía en las donaciones aleatorias e incompletas que hacían los nietos después de que se moría el abuelo o la abuela lectora). Cuando pensé en disciplinarme, ya no me dejaron entrar nuevamente a la bóveda. Ahora tenía que llenar una ficha con los datos del libro que buscaba, para que me lo pasaran para consulta, y yo no tenía esos datos. Decidí entonces no preocuparme por lo que los libros decían, sino por la reverberación que la lectura situada de aquellos libros —en la biblioteca con mi amiga, en mi casa ante las ventanas por donde veía pasar mi barrio, con las fotocopias que llevé al viaje— me producía. Luego me di cuenta de que me estaba rebelando (revelando también) a la autoridad que tienen los libros en la cultura judía. 

Todo esto viene, también, de una desconfianza radical al discurso. Crecí en la dictadura de Pinochet, cuando no se reconocían los desaparecidos, los muertos, los torturados. Esa verdad no aparecía en ningún lado, eran discursos esquizofrénicos. Pero no es solo por esa coyuntura, Raúl Ruiz expresa muy bien en sus películas la desconfianza que les chilenes le tenemos al lenguaje y cómo hacemos todo lo contrario de lo que decimos, y muchos otros juegos que hacen del lenguaje una zona opaca a la verdad. Y lo que me interesaba poner en cuestión, tanto en la Edad Media como en la época actual, es justamente la verdad; concepto basal de mi generación de izquierda, y de anteriores. Esa desilusión, entonces, es con el discurso, y no solo con la academia. Más que desilusión, lo que quise anteponer en el camino de todes les personajes del libro, como una trampa, tanto en la Edad Media como en la actual, fue la duda. Rendida al desamparo, la narradora de Los perplejos no tiene una mano que la guíe. Lee la Guía de los Perplejos sin guía, el guía murió desorientado en la Edad Media. 

JML: La tentación puede llevar a enlazar a la narradora de 2004 con tu rol de autora, casi como una puesta en abismo. 

En uno de los libros que consulté durante la investigación para escribir esta novela (cuánto resiento no haber llevado fichas de mis lecturas), un autor cuyo nombre no recuerdo mencionaba un libro de viajes escrito por Benjamín Tudela antes de que Maimónides recorriese Tierra Santa en el siglo XII (2018: 225).

CR: Efectivamente, como te contaba antes, lo que separa a la autora de la narradora es el procedimiento por el cual una interpreta lo que la otra lee y/o vive.

JML: ¿La elección de lo medieval entra en relación con alguna inquietud puntual más presente (si la/s hubo) o posibilita ingresar en cierta cosmovisión o imaginario que ayuda a problematizar algunas cosas que resultan más dificultosas en otros marcos? En principio, yo había pensado en términos de búsqueda y aprendizaje pero seguramente puedas discrepar. 

¿No le parece un viaje peligroso, tomando en consideración la inestabilidad de Medio Oriente?

No creo que vayan a fijarse en alguien que sigue los pasos de un filósofo medieval (2018: 63).  

CR: Lo medieval nace a partir de mi interés por Maimónides, y mi interés por Maimónides nace del tomo que me regaló un amigo, de su atracción y de mi imposibilidad de leerlo. Después me atrajo esa idea del intelectual, del estudioso que tiene una responsabilidad de guía con su pueblo; ese lugar del pensador que hoy está perdido. Me asombró el deseo de saber y la confluencia de ese deseo compartido por musulmanes, cristianos y judíos que cohabitaban y estudiaban juntos. Me impresionó también cómo una idea, la aristotélica, se disponía a cambiar el mundo; incluso, más que una idea, cómo la lectura efectivamente cambiaba el mundo. Me recordó mis lecturas de niña: cada libro me transformaba (a mí, a mi mundo y a su comprensión), y fue eso lo que me apasionó de la escritura. 

Entré a la Edad Media por la forma en que se leía, por el valor que le daban a la palabra, al conocimiento. Me deslumbró ese momento en que estaban por salir del misterio para confiar exclusivamente en la razón y el fracaso, encarnado en el Maimónides de la razón, para convencer a su pueblo sobre cuál es el camino verdadero. Entender no nos hace mejores personas, ¿o sí?, ¿qué pasa?, ¿cuál es la relación entre oscurantismo, conocimiento, verdad, experiencia y habitar? Ese fue el momento, además, en que se quiebra la colaboración entre los pensadores judíos, cristianos y musulmanes, y viene la dispersión, el exilio. También me interesó de la Edad Media la relación entre maestro y discípulo.

JML: La religión tiene un lugar importante también, sobre todo a partir de la conexión cultural con el pasado, y en términos de exilio y conflicto. Aparece el libro de Job en un lugar central.

CR: El problema del mal me parece central en cualquier religión; más que central es un agujero negro, irresuelto, incognoscible y un punto donde más difícil se hace la relación entre experiencia y discurso teórico. Fue también la parte de La guía de los perplejos a la que más lecturas le dediqué; comentarios alucinantes como los que aparecen en el libro. 

De la hermenéutica medieval me alucinó lo lejos que pueden llegar las elucubraciones, disquisiciones e interpretaciones de la literalidad. Allí donde encontré un lugar en que la ficción puede cambiar lo real. Los libros que me aburren son aquellos donde las interpretaciones de los acontecimientos son las mismas que a mi se me podrían ocurrir. Las interpretaciones sobre la historia de Job abren el pensamiento. Creo que la “Edad Media”, la tensión entre ciencia y religión (le llamaría “misterio”), posibilitó esa distancia. También hay algo biográfico: fui criada como judía en una familia judía con más tradiciones, restricciones y obligaciones que conocimientos. Entendí el judaísmo desde la rebeldía. Maimónides y la escritura de Los perplejos me hicieron encontrar un lugar donde situarme y desde dónde mirar el judaísmo. Hacer un pastiche, contaminarme alegremente, mezclar, mixturar, todo lo que está prohibido en aras de no desaparecer como pueblo.

JML: ¿La elección de este personaje vino por algún detalle en particular? 

CR: Es un momento de grandes verdades que se cayeron a pedazos. Trabajé con la caída.

JML: La escritura (el proceso de) y el libro (su cualidad de acabado o no, entre otras cuestiones) son dos aspectos muy presentes. También surgen cuestiones clave, desde distintos ángulos (tanto en el viaje por los países eslavos como en el trabajo de Maimónides), como la traducción (y la posibilidad de) para acceder a cierto saber o a cierta realidad. 

Contemplo todas las puertas que he cerrado en las cartas anteriores. En esta última, en vez de recortar, borrar, podar, arrancar; abro, amplío, hincho, fermento, rebalso. Una corriente de aire se lleva las contradicciones, los pliegues, las fracturas, los sesgos desaparecen. Como por arte de magia, el espacio entre las palabras escritas en tinta negra se expande y lo que un lector simple tomaría por vacío se inunda de palabras escritas en tinta blanca que reprochan con dulzura mi tardanza (2018: 273).

CR: Los perplejos es un trabajo artesanal con el lenguaje, pensado para amplificar, alterar, enrarecer, desviar, extrañar, opacar, deformar, ahondar… la literalidad.

JML: El viaje, tanto espacial como temporal, creo, ocupa un rol central en la novela.

Si consigo imaginar cómo se despertaba Maimónides en una de estas casas una mañana como hoy, en el año 1190, habrá valido la pena venir hasta acá, pienso, pero la única conexión que encuentro con el filósofo es un busto suyo en una diminuta plaza que filma la televisión italiana (17).

CR: Sí, el viaje como una forma de conocer para alguien que no puede conocer exclusivamente por los libros, una forma de leer el mundo como se lee el libro, una forma también de perder el rumbo para encontrar otra cosa que no se sabe bien qué es, por si acaso, por si eventualmente se llega a conocer. 

La idea original fue hacer el viaje de Maimónides, seguir una ruta paralela a la de los libros para ver las huellas que dejaron esos libros en el paisaje. Pero ya cuando estaba en Córdoba me di cuenta de que no tenía ganas, que después de Poste restante, mi primera novela, hacer eso podía convertirse fácilmente en una fórmula, y caí en crisis. Estaba en Córdoba, no me podía volver a Chile, no sabía cómo seguir. Sí sabía que no quería seguir las huellas de Maimónides. Fue algo visceral. Ahora pienso que tal vez no quería estar tan cerca de él; algo intuía y esa intuición me causaba miedo, angustia.

JML: Me resultaba especialmente curioso el desvío hacia los países eslavos (les dos narradores venían con caminos similares y en un punto se bifurcan).

CR: No fue una elección. Me colgué de la imposibilidad de viajar en ese momento a Siria para desechar el viaje. Yo había ido a Eslovenia antes, de hecho, la amiga que vive allí es un personaje de Poste restante que colaboró a resolver el enigma de ese libro. En ese momento, me pareció una salvación ir a su casa. Después de un tiempo allí tuve que pensar en seguir viaje a alguna parte. Intenté sacar el visado para ir a Albania y no lo conseguí. Mi amiga me habló de un lugar en los Balcanes, la guerra había terminado hacía poco y me atrajo conocer un lugar donde ocurrió una guerra como esa. 

Cuando me puse a escribir el libro, descubrí que la narradora no tenía que caminar como Maimónides sino que debía mirar como él, a través de la perplejidad. Por eso daba la mismo que anduviera por Siria o los Balcanes. Eslovenia se le aparece como el país de la razón, todo está dispuesto racionalmente. En cambio, Belgrado y Montenegro son lugares irracionales. Es el desplazamiento de la narradora, lleva su mirada desde la razón a la sin razón. 

JML: El final también me llamó bastante la atención en relación con la preocupación de confundir el plano de lo real con lo ficticio, y que viene muy a cuento en géneros literarios como el de la novela histórica y aledaños.

CR: Esa confusión que tú mencionas de planos entre lo real y lo ficticio es la expresión contundente de la duda sobre la veracidad de la historia y su forma de construirse. Es ideológica en el sentido que desconfía de la temporalidad, de lo real y de lo ficcional como categorías que han servido para construir una cierta “historia”, tanto de la Edad Media como de cualquier época. Construcción en la que no creo. Es una de las aristas de Los perplejos, la desconfianza hacia la escritura de la historia, hacia los nombres, como “Edad Media”. Ahora, esa desconfianza en la historia es difícil de vivir y, más aún, de pensar. Cuando el académico español le dice a la narradora que todo lo que se ha escrito de Maimónides es ficción, a ella se le derrumban las pocas certezas que había logrado reunir, incluso con ese método azaroso de lectura y olvido. Y es ahí donde su propósito de seguir el recorrido de Maimónides se hace trizas. Si la historia como está escrita es una ficción, ir a Siria o a Eslovenia da igual.

A la mañana, las nubes dejan pasar el sol. Los cuerpos entumecidos se desperezan, el aire rezuma sal. Los mercaderes ofrecen infusiones, comida y ropa a precios excepcionales. Saco el manuscrito que guardé bajo mi túnica. El sudor dejó las palabras impresas en mi piel y la página en blanco (2018: 74). 

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*Para complementar la lectura, recomendamos este artículo de Daniela Alcívar Bellolio y esta entrevista de Franco Spinetta.

**Las secciones o capítulos llevan por título: Córdoba, Mediterráneo, Eslovenia, Belgrado, Montenegro, Croacia.


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