Cómo sobrevivir en el espacio sin el Sr. Spock. Hoy: “El destino final”, por María José Schamun

Cuando el primer episodio de Viaje a las estrellas salió al aire en 1966, nadie pensó que 44 años más tarde sería una de las franquicias de ciencia ficción más productivas, sobre todo, porque la serie fue cancelada sólo tres años después por bajos números de audiencia.

En 1998, William Shatner (el Capitán James Kirk) participaba de un panel en la convención Fantabaires en Argentina cuando alguien le preguntó por qué creía él que, a treinta años de su cancelación, la serie se había vuelto tan exitosa. El actor no dudó mucho: para él los viajes de la nave Enterprise podían compararse con los del mítico Argos, ambas tripulaciones iban rumbo a lo desconocido, fascinadas por el ansia de saber.

No hace falta ser muy detallista para notar que hay considerables diferencias entre la misión de Jasón y la de Kirk, pero lo curioso es que esas diferencias no invalidan la analogía sino que la hacen todavía más válida. Jasón había partido de Yolco con el propósito de probar su valía como el soberano legítimo al recuperar el vellocino de oro, y Kirk no tiene punto de arribo, ¿o sí? Después de todo, el espacio es la frontera final pero ¿hacia dónde? La primera respuesta que la serie da a sus telespectadores es el encuentro con otros seres, con otras formas de vida (en sentido biológico y social), para eso surca el espacio la Enterprise, pero… no lo atraviesa.

Cada uno de los capítulos de las tres temporadas originales de la serie presenta un conflicto relacionado, de una u otra forma, con los conflictos sociales de la década (la guerra fría, el racismo, el uso de sustancias químicas, el fanatismo religioso y político, etc.). Del mismo modo que los trabajos de Jasón ponían de manifiesto diferentes aspectos de su carácter que lo mostraban como un idóneo gobernante, los dilemas que enfrentaba el capitán Kirk demostraban la rectitud moral de un líder al mismo tiempo que determinaban cuáles eran las decisiones correctas. Pero nunca se tomaban a la ligera, mediaba siempre una deliberación con el Sr.Spok y el Dr. McCoy. Los dos actuaban como desdoblamientos de la consciencia del Capitaán Kirk, o sea, el público sabía que el repentino primer plano cerrado de la mirada brillante del capitán indicaba que la decisión no era fácil de tomar y que las voces de Spock y McCoy no hacían más que decir en voz alta lo que Kirk estaba sopesando.

Jasón atravesó los mares y enfrentó a criaturas sobrenaturales, recuperó el vellocino y regresó para asumir el trono que le correspondía. La misión de Kirk no incluía regresar. Tal vez la clave para comprender el verdadero destino de la Enterprise esté en una línea de diálogo en la que Leonard McCoy le dice al capitán:  “En esta galaxia hay una probabilidad matemática de 3.000 millones de planetas como la Tierra. En todo el Universo, 3 billones de galaxias como ésta y en medio de todo eso, y tal vez más, sólo uno de cada uno de nosotros” y por eso, cada uno de nuestros actos importa. 

El destino final del viaje de Kirk no parece ser una Yolco galáctica, su destino está en el viaje, en el encuentro con esos otros que nos pone frente al espejo y nos obliga a demostrar qué somos. Al principio de cada episodio, esos encuentros enfatizan lo que no somos (no somos lógicos como vulcanos o paranóicos como antarianos, no somos violentos como klingons ni despiadados como romulanos), hacia el final, todas esas razas y formas de vida se descubren como desdoblamientos de la humanidad, como aquello que podríamos ser. 

El espacio, la frontera final hacia ese otro lado que está dentro de nosotros y que sólo en el encuentro con el otro podemos dilucidar. Razas y civilizaciones, formas de vida que nos obligan a preguntarnos “Entonces, ¿qué es ser humano?”

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, julio 2020

Créditos: Foto de Bryan Clark