El pliegue interno: Lo sagrado, por Graciela Batticuore

Páginas de un diario escrito en el desconcierto de la espera. La lectura de una novela, películas, cuerpos, madres, hijos, rincones propios que parecen ajenos, y puertas, como la de la casa de Marguerite Duras que la autora fotografió en París. Graciela Batticuore es Profesora de Literatura Argentina (UBA) y ha publicado, entre otros volúmenes, Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina (2017), y los poemas de Sol de enero (2015) y La noche (2016).

21 de marzo. Otra mañana atrás de la ventana. Me acosté muy tarde anoche pero me desperté temprano, mal negocio porque ahora estoy cansada. Me levanté y terminé de leer El viaje inútil, de Camila Sosa Villada. La intuición nunca falla y es más poderosa que el prejuicio, por supuesto hablo del mío, porque no había pensado leer todavía a esta autora que se puso de moda hace poco. Me decidieron dos cosas: la justa materialidad del libro, caja chica, buena diagramación, cierta tersura al tacto, y la línea de la colección escribir de la editorial cordobesa A/E, que parece una prolongación de Lector&s de Ampersand.  En buena hora, pienso, no soy la única que quiere saber de qué se trata el vicio en cada quién, lo qué hay detrás o cómo nos emparentamos todxs.

El viaje inútil es un relato intenso, por eso me gusta. Ahora sé que busco la intensidad en la literatura y en la vida, lo vengo sabiendo hace tiempo. Camila dice que toda su escritura viene de la madre y del padre. Y dice que escribe por amor, para darse amor, por tratarse con cariño y tener eso mismo que le daba su perrito cuando ella era un nene asustado que se escondía del padre abajo de la cama de su vecina. La intimidad sexual que se desarrollaba al lado de la cuna donde durmió hasta que fue grande lo hirió. El alcoholismo del padre lo hirió. El dolor de la madre nunca resignada a compartir su hombre con otra mujer lo hirió. Pero algo lo salvó a ese chico pobre y asustado, fue el mismo padre cuando le enseñó a escribir, a los cuatro años, con él sentado encima de las piernas. Y fue la madre cuando leía en voz alta con un amor tan grande, que el nene lo empezó a hacer sólo un día como por milagro. Pero en este libro es más bien la escritura la que aparece imbuida de un carácter redentor. Es el cáliz sagrado o la piedra encaramada en el anillo o el agua viva. La escritura no es solamente un oficio o una actividad o una profesión sino una experiencia que atraviesa y da sentido a toda la vida. Las anotaciones del niño, convertido ya en mujer y en autora, están al final de la historia, subrayadas en cursiva. Aparecen después del relato de Camila como un tesoro secretamente guardado, perdido y recuperado en el tiempo, para no olvidar la complejidad del ser, que alberga siempre un antes y un después. También un ahora creo yo. 

*

Ser o devenir escritora salva a un niño de la orfandad, guarda el dolor como un combustible que puede redimirse y hacer fuego en la poesía. Si yo misma escribo ahora sobre este libro en mi diario es porque también me tocó. Me encontré en esa historia, me identifiqué, aunque la biografía de Sosa Villada no tiene casi nada que ver con la mía. Yo no nací en una casilla, ni fui prostituta o travesti pero la sexualidad fue un misterio y un reto también para mí, que fui de chica al colegio de monjas y crecí en una casa italiana. Sobreviví. Fui niña y soy mujer. También escribí cosas cursis, románticas, no siempre intensas. Desconocía casi todo de mí. Miraba con miedo a mis ancestros que venían de un lugar remoto, desconocido. Un pueblo en un pasado perdido, de una Italia fragmentada en esa foto enorme en blanco y negro que colgaba de la pared del comedor en casa de mis padres. Me identifiqué con Sosa Villada en cuanto empecé a leer, creo que muchxs lo harán también. Yo me vi reflejada en esa pasión por la escritura, el mismo deseo de investigar quién soy en la escritura, de vivirme en la escritura, la misma devoción por Marguerite Duras. Cuando estuve en París busqué su casa que está cerrada a toda visita, llegué a la puerta y me quedé ahí parada un rato largo. Miré la puerta verde, la herradura, el timbre, el pequeño balcón en alto, después me saqué una foto para consagrar el encuentro imaginario con ella y le pedí, como si fuera una santa o un hada madrina, que me diera la gracia, el don, la intensidad. Tomé ese riesgo.

La escritura es un camino de piedra calada. Una piedra santa con la que se puede tropezar, herirse en el suelo, sangrar si se cae de rodillas o fortalecerse para salir indemne y resistir, al viento o al agua o a los virus, a pesar del tiempo y aunque todo cambia y también las piedras se erosionan. La piedra calada. Las piedras de Castropignano donde caminó mi madre de niña con mi abuela, las dos iban juntas, eran analfabetas. Camila le agradece a su padre no el regalo de la vida sino el de la escritura. Una vida sin escritura estaría llena de tristeza y de vacío dice ella. El padre la protegió de eso, “del analfabetismo, del no saber leer –que debe ser de las cosas más tristes del mundo”, dice Camila Sosa. Estoy de acuerdo. En la novela que escribí durante los últimos tres años (quién sabe cuándo o dónde la publicaré), mi madre repite a cada rato que fue por la guerra que ella no aprendió a leer ni a escribir, que sus hermanos mayores sí aprendieron pero ella no. Mi madre no. A los seis años aprendió a amasar los fideos subida a una sillita, le enseñaba la zía Modestina todo lo que tenía que hacer para que la comida y la casa estuvieran listas cuando llegara su mamá. Esa era mi nona Licha, que fue campesina y volvía de trabajar la tierra cuando bajaba el sol. No era una casilla donde vivía mi mamá de niña sino una casita pequeña en una aldea del Molise. Pero también por allá había prostitutas. Mi mamá las veía de lejos cuando llegaban a la entrada de la ciudad más cercana, Campobasso, después de caminar una noche entera cruzando caminos oscuros porque no había coches para la gente como ellas. No había escuelas tampoco después de la guerra pero sí muchos analfabetos entre los campesinos. Me acordé también de eso leyendo a Camilla Sosa Villada cuando dice así:

“Mis bisabuelos maternos eran analfabetos, no sabían leer ni escribir. Sabían criar hijos para dárselos al patrón para mano de obra. Sabían levantar y sostener la fortuna del patrón. Sabían callar frente al ruido del dinero ajeno. Sabían cocinar, llevar niños en brazos, sabían levantar paredes, sembrar y cosechar, amar la tierra para que diera frutos, sabían hablar con los pájaros y los perros, sabían preocuparse cuando la rutina se rompía, sabían ser amables y rezar, contar el dinero que siempre se iba de las manos, pero no sabían leer ni escribir. Firmaban con una cruz. Sin embargo, imprimen sobre mi mamá ese roído manto de glamour digno de ser contado. Su orfandad, su belleza, los sueños que se dejaron a mitad del camino, hay que ver lo pesados que se vuelven sobre la marcha los sueños de una mujer como mi mamá, que aún cree que puede llenar algo conmigo. Llenar todo ese vacío de ternura que fue también su herencia con una hija travesti que se separó para siempre de ella cuando aprendió a leer y a escribir”.

A mí la escritura no me alejó sino que me acercó a mi mamá. Pero esto lo supe hace muy poco. Mis abuelos italianos también eran analfabetos. Hay constancias: en los pasaportes, en los documentos de identidad, en las partidas o certificaciones que autorizan su ingreso al país hacia 1930 y 1940 (algunos vinieron antes y otros después de la guerra). En todas esas documentaciones figura con letras de imprenta mayúscula, como un azote en medio de la página, esa palabra despiadada: ANALFABETA dice abajo de la foto de mi nona donde debería ir su firma. También al lado de la foto del nono Pasquale dice lo mismo. Y en otros varios documentos se repite. Es una historia muy triste la del analfabetismo de las mujeres, lo dice también mi mamá en la novela que acabo de terminar sobre ella. Y lo dice Camila Sosa Villada, que sí aprendió a leer y a escribir gracias a sus padres pero supo mirar un poco más allá. Un poco más atrás. También supo hacerlo Almodóvar en Dolor y gloria, con el estilo singular que lo caracteriza.

En una de las imágenes más potentes del film, un niño se enamora de un joven hermoso al que le está enseñando a leer. El niño ya sabe escribir y le enseña al adulto que no sabe. El niño es un maestro que un día levanta fiebre porque lo estuvo mirando al joven desnudo mientras se lavaba el cuerpo en una palangana, después de haber pintado toda la casa donde vive el chico. La madre hizo un trueque que los favorece a los dos: el hijo le enseña al muchacho a leer y escribir, a cambio de que el otro pinte la cueva donde viven, que por gracia de la madre se convierte en hogar. Hay iletrados en la historia del mundo. Hay intensidad. Hay secretos bien guardados durante años que un día salen a la luz, como el coronavirus, que en un cuarto de hora cambió las costumbres del mundo.

*

Veo el sol detrás de la ventana. Sube el día, pasa la mañana, son casi las doce y el sol ya empezó a calentar. Mi hijo duerme en el cuarto de al lado, se acostó muy tarde anoche porque se quedó jugando a la play con los amigos. Mundo virtual. Pantallas compartidas. También a mí me invitaron a tomar un café a través de la pantalla en estos días. Ya tuve cita con mi analista por Facetime pero no quiero bajar la app de Zoom, tan al día y al tiro para la productividad laboral. La imagen más preciosa en la peli de Almodovar está al comienzo: las mujeres lavando la ropa en el río, cantando juntas una canción, despliegan las sábanas bajo el sol mientras el niño ríe junto a la madre. En el libro de Camila hay también un cuadro inocente, exento de toda culpa o pecado original: la madre pasa el dedo sobre una página para que el hijo focalice las letras. No le enseña a leer pero él aprende. Otro día está lavando los fuentones en la cocina y lo escucha leer a solas, la alegría de la madre cubre al niño con un manto de emoción inolvidable. El recuerdo de ese momento lo acompaña para siempre y lo ampara. Otro día el padre entra al cuarto del chico y lo encuentra vestido de mujer. Sale de inmediato y cierra la puerta detrás de sí. 

“Otras veces que me había descubierto en los mismos asuntos había sido violento, se me había tirado encima y me había sacado las polleras a cintazos, como a él le gustaba decir. Pero en ese momento, a los dieciséis años, él guarda una cortesía conmigo: no me pega, cierra la puerta y deja que me cambie sin que él me vea. Pienso que toma conciencia de mi humanidad, de mi intimidad, parece sentir un poco de vergüenza por haberme visto tal y como era: una travesti de dieciséis años que no quería obedecer. Que quería salirse de las reglas de su gobierno, del gobierno de mi papá y de sus padres y de los padres de sus padres que son también la razón de la escritura”.

 Aquí el vestido es el desnudo, revela la intimidad. Pero la escritura también es el desnudo cuando es real. Pienso que de esa clase de experiencias está hecha la vida en su intensidad. No importa por qué puerta se entre. Yo quiero pasar.

Graciela Batticuore 

                                                                  Buenos Aires, EdM, mayo 2020


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