La curva más alta, por Miguel Vitagliano

Los recuerdos son retazos comunes, al menos los míos. En estos días vuelvo una y otra vez a las primeras páginas de El eternauta, que Oesterheld y Solano López publicaron hace 63 años: “Éramos robinsones en nuestra propia casa. Solo que el mar que nos rodeaba era un mar de muerte.” Para enfrentar a los copos que mataban al mínimo contacto, Salvo, Favalli y los demás prepararon trajes y máscaras para ir en busca de otros sobrevivientes. En la “buhardilla de hobistas”, en la que jugaban al truco hasta hacía un rato, encontraron todos los materiales necesarios. 

El peligro y la casa condensaban una época interpretada en clave de ciencia-ficción. La producción industrial y el saber técnico de “hágalo usted mismo” que tan bien representaba la revista Mecánica popular. El mundo de lo “sólido” donde el peligro eran ataques nucleares, bombas, o copos que anunciaban una invasión extraterrestre. Hoy día la casa y el peligro condensan una época bien diferente, no imperan las máquinas industriales sino el mundo digital. Y en América Latina, como en buena parte del planeta, el orden “líquido” e inmaterial convive con la manufactura primaria y los servicios de delivery. En la cuarentena obligatoria participan, en un mismo desconcierto, los que continúan sus trabajos desde la pantalla –el teletrabajo-, los que prestan servicios de reparto o atienden comercios, y los que no pueden ejercer sus oficios. El único resabio de ingenio técnico se expresa en la confección de mascarillas, hechas con remeras, envases plásticos, filminas y radiografías. En lo demás, los nuevos robinsones no hacen más que repetir de memoria las formas de lavarse las manos, como se les indica por la tevé, radio o internet. Y durante el tiempo que dure “el feliz cumpleaños” cantado dos veces: toda una ironía. Quizás las discusiones sobre la necesidad o no del uso de las máscaras -más allá de la función imprescindible para los médicos y otros agentes sanitarios- dependa de que se trata del único espacio creativo. Lo demás es la angustiosa espera ante el virus que ni siquiera está en el aire sino en todas partes y en ninguna que resulte visible; puede vivir varias horas en las páginas de un diario, en la mesada de la cocina o en la pantalla del celular. 

La ciencia ficción de la etapa industrial solo sirve de modelo imaginario para las máscaras. Y podríamos decir que casi sucede lo mismo con las ficciones posindustriales. En la novela La carretera (2006), de Cormac McCarthy, el padre huye con el hijo en medio de poblaciones devastadas por un cataclismo. Deben proveerse de los restos de comida que encuentren y esconderse de las bandas asesinas. Pero el padre sabe -o tiene la esperanza- que hay un lugar donde podría poner a salvo a su hijo. Un lugar y un camino. En la pandemia no hay ni un solo lugar a salvo, y el camino es la espera inminente ante lo peor –la curva más alta del contagio- que aún no llegó, sigue invisible, aun cuando se palpen los datos de cómo podrá ser por lo que las pantallas muestran, en tiempo “real”, de lo que suce en el hemisferio norte. Vivimos entre la ansiedad y el desconcierto, como si estuviéramos inmersos en “La lotería de Babilonia”. Como en el cuento de Borges, el azar –del contagio- nos gobierna y la pandemia, la gran administradora de esa lotería, ha adquirido un “valor eclesiástico, metafísico.” La guerra al virus es también una guerra santa. Los que obtienen la lotería, pierden, y los que no tienen el número ganador, también. Así es en el cuento de Borges, y así es en el cuento que nos ocupa a toda hora. Dicen los especialistas que alguien puede estar contagiado y no saberlo hasta en un plazo de quince días, pero también que puede no saberlo nunca y estar contagiando el virus. La guerra santa exige sacrificios –los más viejos- y el fantasma de morir solo, vivir la muerte antes que suceda. 

Un mes atrás, Vargas Llosa escribía (El País, 14/3/20) sobre el “espanto que causa ese virus proveniente de China” que, de golpe, nos ha lanzado a la Edad Media recordándonos la persistencia del “miedo a la peste”. Aun así, mostraba su confianza en que “los extraordinarios progresos de la civilización” terminarían por lograr que el coronavirus sea “una pandemia pasajera” porque “los científicos de los países más avanzados encontrarán pronto una vacuna”.  Slavoj Zizek (Russia Today, 27/2/20) sostenía, dos semanas antes, algo completamente diferente: el coronavirus era un golpe decisivo “contra el sistema capitalista global, una señal de que no podemos seguir el camino como hasta ahora, que un cambio radical es necesario.” Uno apostaba por la continuidad de un sistema y por “los científicos de los países más avanzados” –no mencionaba cuáles eran, pero estaba implícito-, y el otro se jugaba por un cambio radical que ilustraba con un golpe de artes marciales tomado de Kill Bill. En fin, podría haber recurrido a la serie Kung Fu de los 70, especialmente a la escena en que el maestro chino desafiaba la rapidez del joven discípulo estadounidense a que le arrebatara unos guijarros de la mano, antes de que él cerrara su puño. ¿Por qué no ilustrarlo con ese desafío chino-estadounidense, si se trataba de una apuesta en el juego de la pandemia? O dicho de otro modo: si se trataba de acomodar la realidad a las propias ideas. Eso de que “el que tiene un martillo encuentra clavos en todas partes”. La pandemia nos ha lanzado a la incertidumbre del ruido blanco de las estadísticas. ¿Podríamos creer que al final de tanta partida encontremos una sociedad más justa? Los grandes apostadores son los mismos.

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En Tristeza (2014) lo terrible ya sucedió, la epidemia de la “tristeza” transmitida por las vacas ha diezmado la población; y lo terrible sigue sucediendo en 2015 para un grupo de sobrevivientes. No ha quedado nada en pie, apenas remotos vestigios de que hubo escuelas, hospitales, no hay agua, ni luz, ni supermercados, ni el recuerdo de que alguna vez hubo ciencia ficción y extraterrestres. En El eternauta la historia comenzaba en una casa de clase media de Vicente López, en la historieta de Federico Reggiani y Ángel Mosquito el foco se inclina por un conurbano bien diferente. Los nuevos robinsones viven como pueden, en algún rancho o a la intemperie, pero siempre amenazados.  Por la “tristeza”, que deja a los enfermos en un estado de constante angustia antes de enfurecer repentinamente y morir; y por los “chicos que bailan” en un constante frenesí mientras destruyen lo que aún respira en la devastación. Unos son sombras del pasado, otros se desviven en el instante. Ambos son prisioneros de una época en que lo terrible siempre sucedió después de lo terrible.  

En esa lotería del conurbano todos los números están jugados. Los robinsones se mueven tratando de inventarse un presente, de respirar para estar a salvo, de eso se trata.

Miguel Vitagliano

Buenos Aires, EdM, abril 2020


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