¿Hay alguien por ahí? Los chicos y la pandemia, por Grisel Pires dos Barros

Grisel Pires dos Barros es profesora en Letras (UBA) especializada en la literatura infantil y juvenil. Coordina talleres infantiles de Iniciación Literaria en el Instituto Vocacional de Arte (Buenos Aires). Trabajó en el Plan Nacional de Lectura del MECyT (Arentina) desarrollando materiales para docentes de escuelas rurales. Dictó cursos sobre niños, jóvenes y lectura en la Universidad Autónoma de Barcelona y en el Banco del Libro de Venezuela. Y constantemente, lee lo que los chicos leen, y también lee a los chicos cuando parece que nada leen en todo lo que leen!

Tuve una charla con D, diez días antes de la cuarentena obligatoria, y ahí confirmé que lxs chicxs ya estaban tejiendo sus propias interpretaciones con jirones de información que sacaban de sus adultxs. Me contó que un chico decía que si tomabas mucha cerveza no te agarrabas el virus. Me preguntó, también, con esa forma hermosa que parte de compartir información y termina en pregunta. No se muere mucha gente, le habían dicho. Es verdad que de todos los que se infectan, se muere una parte chiquita, corroboraba. Y ahí nomás: entonces, si el virus está por todo el mundo, puede pasar que un país chiquito, con poquita gente, desaparezca? 

Con M no podría decir que tuve una charla. La vi el último viernes que fui al trabajo. Estaba en un grupo del año pasado y nos toca de vuelta compartir taller, aunque todavía no pudimos arrancar. Su mamá es también profe del IVA. Nos saludamos primero con un “hola”; yo andaba titubeando los saludos, porque había quienes sentían la distancia ya como seguridad y otrxs, todavía como afrenta. Las dos estábamos de pie, y ella es mucho más bajita, así que aprovechó la distancia de caras y me encajó un abrazón. Jamás me respondió el “cómo estás”; sí me devolvió una risa ante mi risa sorprendida, y me dijo muchas miradas mientras intercambiábamos unas palabras con la mamá. Después se fue a jugar por ahí mientras trabajábamos, y volvió con otro abrazo al final, más largo, como para que durara. 

¿Conocerán los Lectores del Mundo a Panda, Pardo y Polar? ¿Habrán visto algún episodio de los Escandalosos, o Somos Osos, o We Bare Bears? Probablemente vieron el videíto que se viralizó, fragmento de “Burbuja”, un episodio de la última temporada, estrenado a comienzos de 2019, donde Panda sufre de germofobia (sí, “Panda”, como el antivirus) después de ver la película Gérmenes, y entra en pánico cuando un pibito estornuda en el subte que los lleva de vuelta a casa. Bueno, más o menos un año después, a comienzos de marzo de 2020, en diarios, portales de noticias y TV se hablaba de niñas y niños como “vectores de contagio”. Bombas epidemiológicas. Podés matar a tu abuelita, quédate en casa. Caperucitas conduciendo a la muerte feroz hasta el domicilio familiar. Me tocó ver un caso parecido al de Panda, el último domingo antes de la cuarentena obligatoria, caminando por Av. Corrientes. Un chiquito que tendría poco más de un año y un chupetazo que le tapaba la mitad de la cara iba delante mío, de la mano de la mamá; y estornudó. Esa boca estaría como mucho a 50 cm del piso, y la saliva habrá quedado casi toda contenida en el chupete, pero unxs cinco adultxs que estarían como a tres metros de él en distintas direcciones se sobresaltaron. Una mujer bajó el cordón de la vereda incluso, desafiando al tránsito de Corrientes, y recién unos metros después volvió a subir.

En estos días, unas 20 personas que atraviesan la cuarentena conviviendo con chicxs de entre 14 meses y 14 años respondieron gentilmente algunas preguntas que les envié. Varias me cuentan que perciben huellas de esta imagen en sus niñxs. Así supe de una nena de 4 años que jugueteó unos días con la frase “voy a matar” a tal o cual persona, y desde otro hogar una mamá dice que uno de sus nenes soñó en estos días que era una mancha y tenía que tocar a todo el mundo saltando de barco en barco. 

Antonio Prata, escritor brasileño, decía en un tweet del 30 de marzo “cambiaría un dedo por saber lo que mi hijo y mi hija (5 y 6 años) contarán de esta época cuando sean adultos” . Y unos días antes contaba que la hija de un amigo, de dos años, había sintetizado todo el zeitgeist de Brasil gritando un “Fora Coronaro” por la ventana. 

Eso también está ocurriendo: adultxs más cerca de las miradas niñas, más vitalmente cercanxs a ellas, con más oportunidades de abrir a otras herramientas la propia mirada. 

No sé ni cómo voy a recordar yo este tiempo rarísimo, mucho menos voy a atreverme a vaticinar nada sobre recuerdos de otrxs. Las personas con las que hablé me cuentan de un miedo a la policía que antes no habían visto en sus chicxs. Muchxs sentimos otra vez ese peso. Pero también escuché otra cosa desde mi ventana. Una tarde reían fuerte en la vereda, (calculo que en la otra cuadra, aunque el sonido de la ciudad cambió tanto que se me hace difícil calcular), un par de nenes que recién recuperaban un poquito de afuera. No había nadie más en la calle. Pasó un patrullero y desde el altavoz empezó a retar a la mamá. Casi no la oía, pero de las palabras del cana deduje que ella iba explicando primero, acatando después, y ahí asomada a la puerta los entraba. Más bajito se oían risas. El cana coronó la escena explicándole a la señora que no podían reírse, que había que respetar. Hubo más risas. 

Me entero de que el espacio en los hogares fue cambiando. Que se usan más otros lugares, se privilegian zonas de luz, aire. Se mira el cielo, se cuentan las estrellas. Se alterna mucho entre espacios, aún en los departamentos más chiquitos. La atención se mueve hacia objetos antes no percibidos. Una niña recupera cosas de su abuelita, fallecida hace tres años. Las mascotas actúan diferente. Un bebé casi abandona los sólidos y vuelve a pedir teta. A otrxs les cuesta más dormir pero O. duerme más por la mañana, ahora que no oye autos. Varixs lloran. Algunxs personalizan la pandemia y la putean. Otrxs preguntan si todxs vamos a morir; si vos te vas a enfermar, si mamá, si la abuela, si yo. Hay quienes anuncian todo lo que van a hacer después, que es más o menos todo lo que tienen ganas de hacer ahora y no pueden. Algunxs extrañan a lxs compañerxs, otrxs justo estaban cambiando de escuela y no llegaron a conocerlxs. Casi todxs se quejan de la tele escuela; algunxs echan sobre sí mismos la queja, y lloran porque lo que antes se les daba, no sale. Están lxs que no quieren conectarse online con sus amigxs y lxs que no paran de hacerlo. Se conectan para jugar algunos; otrxs sostienen charlas grupales donde discuten sobre lo que pasa y pasará. Muchxs adultxs juegan, inventan juegos con sus niñxs. Hay momentos compartidos con los adultxs y momentos en que buscan estar solxs. B escribe un cuento apocalíptico sobre el día después de la pandemia, y asusta. E. dibuja y escribe furiosamente en un sillón que es su cuarto propio. Dos hermanas disuelven el tiempo y lo atienden sólo para no perderse cosas como el final de Steven Universe. Otrxs se abrazan a sus rutinas de siempre, más que nunca. Hay una muchacha en España que cada día se pregunta -y argumenta a favor y en contra- si ya ha llegado la primavera. 

Una mamá, que es también maestra, vuelve a escribirme un día después de haber enviado sus respuestas: dice que recordó algo importante. No sabe bien por qué, pero su nena busca ver todos los días un episodio de “Petit, el monstruo”, y eso la serena. Subraya que no sabe por qué. Y por supuesto, me pica la curiosidad. Así que vuelvo a ver Petit, un montón de petits. Es la serie de Pakapaka, que fue antes libro de Isol. De tanto repetir la apertura, termino cantando: “cuando conozcas a petit / vas a volver a preguntar / por qué las cosas son así / y algunas veces son asá”; y también “hay que ser petit para mirar”.

No sé bien si hay que ser petit, chiquitxs, para mirar. Pero sí que miran. Todo. Fuerte. Y al compartir experiencia con ellxs, un pedacito de sus lentes choca y se superpone a uno de los nuestros. Recién cuando G me cuenta que su hija se pregunta por la primavera caigo de veras en que tenemos por delante todo un invierno. Mientras corrijo este texto, S me cuenta los pozos de angustia en que viene cayendo M, fan de Una serie de eventos desafortunados, y ahí miro a la muerte un poco menos por el rabillo del ojo. Todxs tenemos miedo. Está partida al medio la experiencia tal como la conocemos y se nos cae a pedazos el modelo de certezas que hacemos como que nos distancia de lxs pibxs. Y es clarísimo que este que compartimos es un tiempo lleno de preguntas, que se nos aparece nuevo e inesperado. Un tiempo desalambrado, a la vez lento y acelerado. Un tiempo con peso propio en un espacio cerrado, con libertades limitadas (como en la infancia), pero a la vez con una potencia enorme para encontrar en el propio recinto del encierro lo que no habíamos mirado, sean ideas redescubiertas o los fantasmas que no queremos despertar; un tiempo en que arrojamos sobre la experiencia las hipótesis e interpretaciones más extrañas, hechas con jirones de conocimientos, tratando de atrapar algún cachito de sensación de certeza sobre lo real. 

Y si una se maravilla de lo que puede el contacto estrecho con niñxs, también se espanta ante “especialistas” que proponen por TV recetas para contener, controlar, disciplinar a las infancias confinadas. Ojalá que entre las cosas que nos quedemos después de la pandemia no falte la posibilidad de usar también ese cachito de lente compartido.

Grisel Pires dos Barros

Buenos Aires, EdM, abril 2020