Cómo sobrevivir en el espacio sin el Sr. Spock. Hoy, "Un mundo de niños", por María José Schamun

Spock: Niños, Capitán. Montones de ellos. No pudimos siquiera comenzar a acercarnos. Parecían escurrirse, como animalitos. Sólo niños.

El diálogo está en la pantalla televisiva desde 1966, pero, ya se sabe, el tiempo en Viaje a las Estrellas no es relativo, estalla como esquirlas de un espejo roto y llega mucho más lejos.

Hacia 1966, cuando el capítulo salió al aire…

Miri aparenta doce años, es una nena de un planeta lejano, pero idéntica a las criaturas humanas de su edad de los 60. Una enfermedad ha devastado su planeta pero ella solo conoce los efectos del desastre. No quedan adultos allí, sólo chicos que cada tanto se transforman en criaturas violentas cubiertas de costras violáceas y ojos inyectados en sangre. Los monstruos viven poco, los chicos siglos, los adultos son polvo.

Invadidos de forma repentina por adolescentes que reclaman un lugar en la sociedad y que buscan imponer sus necesidades y deseos, los adultos intentan  comprender  a esas criaturas extrañas, cuyas voces oscilan entre la delicada agudeza de la infancia y la atemorizante guturalidad de la adultez. que los atacan con demandas irracionales.

¡Mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío! ¡Mío! Está, está roto. Alguien lo rompió. Arréglelo. Alguien, por favor, arréglelo.- dice la abominable criatura al lanzarse sobre McCoy que se ha detenido en su triciclo.

Ese “mío” que exclama ese cuerpo está atravesado por el dolor y el miedo, nada puede hacer el doctor para “arreglarlo”. En ese planeta de 2192, atravesar la transición a la adultez es entregarse a la muerte; en 1960, los adultos tampoco pueden detener la transformación, pero pueden modificar su rumbo y hacer que la muerte sea sólo simbólica, es lo que hace Flora cuando, para salvar a la princesa Aurora, desvía la maldición de Maléfica.

En 2192, el deseo irracional de perpetuar la juventud llevó a la aniquilación de la población adulta dejando solo a los “niños que nunca envejecen. Una infancia eterna, llena de juegos y sin responsabilidades.” Ese mundo de Nunca Jamás, sin embargo, se les vuelve pesadilla, la eterna juventud muestra una cara siniestra peor que la muerte, el sinsentido. Porque desde hace tres siglos esos niños viven con las mismas reglas que conocían el día en que todo terminó. Es decir, las reglas de sus juegos y de las representaciones de un mundo que ya no existe y, por lo tanto, vacías de sentido para siempre.

Entonces sí, llega el momento del western: de un lado los niños, del otro los adultos… y el espectador en medio.

Desde el comienzo, la estética situó a la audiencia en la lógica de los enfrentamientos entre bandidos y oficiales de la ley: edificios color terracota, calles desiertas de tierra polvorienta y una mano que limpia un vidrio a través del cual ve acercarse al enemigo. No hay dudas, es un enfrentamiento a muerte. Sin embargo, flota sobre niños y adultos la amenaza de la criatura violácea a la que ambos temen: unos por la violencia de sus actos, los otros por su irracionalidad. En la pantalla de la realidad de los 60 el adolescente adquiría la forma de una amenaza al orden establecido por padres y madres.

En ese mundo sin viejos faltaban los relatos que explicaran el significado de las cosas, al menos que otorgaran un sentido a las representaciones aludidas en los juegos. Un mundo sin experiencia. Los niños habían vivido siglos repitiendo las formas de una única representación, pero no se habían contado las historias. En Nunca Jamás, es Wendy quien reúne a los niños perdidos para contarles las hazañas de sus héroes de fantasía y de ese modo explicarles la valentía, el honor, la dignidad y la justicia.  Miri, en cambio, no lee ni relata, es una niña eterna que repite la misma forma, que actúa en un eterno presente; no puede narrar porque la narración necesita el reconocimiento de la distancia con respecto a un pasado.

Mientras tanto en 2020…

A este mundo sin vejez parecíamos enfrentarnos hace unas semanas, al enterarnos que el brote del virus SARS-CoV-2 atacaba con fuerza letal a los mayores de 65 años.

¿Por qué pensar en Miri frente a este panorama? Por pura literalidad. En su mundo no había ancianos y nosotros estábamos ante una amenaza similar. En aquel planeta, eran los chicos quienes vivían en en el eterno “como si” del juego que había perdido ya el “en sí” al cual remitir, y el mundo que parece crear la CoViD-19 ante nuestros ojos es igual: un “como si” de pantallas que se extiende al infinito, conectándose unas a otras sin remitir a una experiencia “en sí”, porque esos cuerpos que buscan encontrarse están sustraídos al contacto. Jugamos a ser y a estar, reproducimos formas de lo que alguna vez fue y estuvo (los dispostivos de libros electrónicos hacen el ruido de las hojas de papel al cambiar de pantalla, caminamos por la casa mientras conversamos en video-llamada con nuestros familiares aislados), pero el sentido de estas nuevas formas es diferente. ¿Quién quedará para recordar el olor de los libros nuevos o los viejos? Los viejos se van y los jóvenes también, siempre están yendo a una aplicación para mantenerse “en contacto”.

Y ahí está otra vez la rueda del triciclo y la bestia violácea de ojos inyectados. Frente al espejo que nos mira, en rincón de la casa que creamos mientras estábamos en otro lado, entre los objetos que hemos acumulado como espejos, y que ayudarán a salvarnos o nos devolverán una imagen. Pero arréglelo, alguien, por favor, arréglelo.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, abril 2020


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