La partida, por Alcides Rodríguez

Lo excepcional e histórico del momento actual vuelve la mirada hacia aquella que siempre está allí. 

Inspirada en un trágico acontecimiento sucedido durante la Revolución Francesa, Dialogues des Carmelites es una ópera en tres actos de Francis Poulenc que cuenta la historia de una joven noble cuya vida está dominada por el miedo a la muerte. La inestabilidad de los tiempos que le tocan vivir agravan en grado sumo este temor, por lo que decide entrar en un monasterio carmelita. Es recibida por la priora, una mujer enferma que aguarda con monástica calma una muerte que sabe cercana. Esta actitud, pacientemente construida a lo largo de años de oración, se derrumba en el momento de la agonía.   

Madre María: ¿Reverenda madre?
– Priora: He visto nuestra capilla vacía y profanada… el altar partido en dos, paja y sangre en las losas… ¡Oh! ¡Dios nos abandona! ¡Dios nos repudia!
Madre María: Vuestra reverencia no puede contener la lengua, le ruego que trate de no decir algo que pueda…
– Priora: No decir… No decir… ¡Qué importa lo que yo diga! No tengo en mi lengua más poder que en mi rostro…
(intenta incorporarse en la cama)
La angustia se me pega en la piel como una máscara de cera… ¡Oh! ¿Por qué no puedo arrancármela con las uñas?…  

Antonius Blok, el noble cruzado de El séptimo sello, también conoce la angustia. Ha combatido durante años en nombre de Cristo y cuando regresa a su comarca la encuentra asolada por la peste. La Muerte, que ha sido su aliada en Tierra Santa, lo recibe en la costa para reclamar por su vida. Blok reacciona de una manera inesperada: le propone jugar una partida de ajedrez. El experimentado guerrero sabe que no tiene ninguna posibilidad, pero necesita ganar tiempo. Espera escuchar la voz de Dios. Pero, como en otras películas de Ingmar Bergman, la respuesta es el silencio. 

Lo que encuentra Blok es la Peste Negra del siglo XIV, uno de los acontecimientos más devastadores de la historia humana. Millones de personas murieron a lo largo de Europa y Asia. Se considera que esta enorme tragedia jugó un papel relevante en la desestructuración del régimen feudal europeo, abriendo el camino a una serie de transformaciones que durante los siglos XV y XVI dieron origen a la modernidad. Hoy la pregunta es qué transformaciones producirá la actual pandemia. Giorgio Agamben descree que exista realmente; ve en el hecho de declararla un pretexto con el que los Estados nacionales imponen situaciones de excepción, suprimen libertades y establecen un control estricto de sus ciudadanos. Jean Luc Nancy dice que Agamben se equivoca: la pandemia no es sólo una declaración; es real, y no hay duda que pone en duda nuestra civilización. Slavoj Zizek ve al coronavirus como un golpe mortal al capitalismo global que abre la posibilidad de conformar un nuevo orden mundial solidario, capaz de regular la economía global, limitar la acción de los Estados nacionales y, probablemente, llevar al comunismo chino a la crisis. Byung Chul Han sostiene que Zizek se equivoca: gracias a un exhaustivo desarrollo de la vigilancia digital o big data, China ha creado un modelo exitoso para controlar la pandemia. Con características propias de un mundo distópico, este modelo también puede asegurar una nueva pujanza para ese capitalismo global que Zizek ve herido de muerte. Es difícil saber lo que vendrá. Mientras tanto la pandemia sigue sumando muertos todos los días. Al igual que la Peste Negra, nos deja cara a cara con la muerte, lejos de la rutina diaria que suele ocultarla para poder vivir sin mirarla a los ojos.  

La ópera de Poulenc se estrenó en 1957, el mismo año que la gran película de Bergman. El libreto del Dialogue está basado en un texto que Georges Bernanos escribió poco antes de morir. La ópera termina en perfecta sintonía con el ferviente catolicismo de Bernanos y Poulenc: condenadas a morir en la guillotina las monjas marchan sonrientes hacia el martirio. La fe en Cristo y la salvación han despegado con facilidad y sin dolor la angustia adherida a su piel. Si hubieran vivido en la Edad Media podrían haberse unido a la procesión flagelante que Antonius Blok vio en una aldea mientras iba camino a su castillo. El final de El séptimo sello es bien diferente. Al compás de una danza macabra, la Muerte termina llevándose a Blok y sus compañeros. Sin noticias de Dios, el antiguo cruzado igual se las compuso para llegar con el alma en paz. A un movimiento de perder la partida logró la buena acción que buscaba: distrajo a la Muerte para que una joven familia de artistas pudiera escaparse por el bosque. El detalle es precioso: son los artistas los que se escabullen de aquella que siempre triunfa.

Alcides Rodriguez

Buenos Aires, EdM, abril 2020