En los días de la cuarentana por la pandemia damos vueltas en nosotros mismos y buscamos, lo que encontramos es siempre distinto de lo que creemos. O como dice Liria Evangelista: “Contar el cuerpo, desde la madurez de la piel que es hoy, hasta la decrepitud de lo que será.” Tal vez no sea lo mismo, o no pueda ser lo mismo, ¿o sí?
En la noche incierta de pandemia sólo veo cuerpos. Esto que rodea, aún no se nombra. Algunos en su desquicio persisten en darle una lengua. Para qué. No tiene, todavía. Lo cierto: no habrá –no hay–más que estos cuerpos: el niño, el huérfano, el del placer, el del dolor, el del amor. Y sus años. Cuerpos que deberían ser escritos. Tiembla lo que escribo y no pienso en otra cosa. Contar el cuerpo, desde la madurez de la piel que es hoy, hasta la decrepitud de lo que será. Hay un carozo del cuerpo. Es una fruta, una semilla, una carne jugosa lista para la mordida de los otros. Saborearse a uno mismo, también. Donarse a la caricia, al paladeo. Y después pudrirse. Como se pudren las frutas, lentamente. Primero apenas un olor leve, ácido. El color que cambia. Y el olor más penetrante, dulzón. La cáscara, la carnecita frutal, se recubre de moho. Una mosca. Algo se extingue. Más allá, lo que se seca. Ya no huele, no hiede. Es una arruga. Deshecho.
Pienso en cómo se pudre una flor: en los jardines y en los libros. Mi madre solía guardar flores en sus pobres libros. Bécquer. Amado Nervo. Hago yo, ahora, en la noche incierta de enfermedad incierta, el movimiento de guardar. Abro un libro. Poemas de otros nombres. ¿Podrá acaso guardarse una flor en un cuento, en una novela? Puede ser un nomeolvides, un clavelito, algo iridiscente. Una rosa pequeña, pequeña. Cierro el libro. Mientras la flor esté fresca, siempre se abrirá en la misma página. Sabia, lo guardo apretado y ahí lo olvido. Puedo repetir de memoria ese poema que le hace nido a una flor que se pudre.
¿Por qué se habrán guardado tantas flores entre las páginas de los libros? ¿Qué eternidad se demanda? ¿Sería entonces un libro un primoroso jardín de muertos? ¿Un cementerio niño? No se lo abrirá –no se debe—en décadas. Una sola trampa y no habrá flores ni tiempo desintegrado entre las hojas.
La flor estará seca, será un trazo sobre las páginas grumosas. Con los años los pétalos serán pura transparencia. El único aroma será ese que se desprende leve: ropa vieja, encaje roto. Algo vendrá desgajado desde otro siglo.
Retomo, retama: la flor se hará tenue como alas de libélula. Tenue como todo lo que muere. Un alivio.
Todo está hecho para que quien guardó la flor olvide el libro. Olvide el poema y olvide la flor. La vida es un ventarrón que no sabe de esos jardines de tiempo. Alguien encontrará el libro. La mirada azarosa buscará algún verso, un retazo de memoria. Encontrará, en cambio, la flor descolorida y la hará polvo entre los dedos. El libro no será más que cajoncito de huesos blancos, moscas de la tierra. Ni gusanos. Así serán el libro y el poema olvidados. Los mirarán ojos que no sabrán qué hacer con lo que ven. Que no sabrán.
Los libros que guardan flores no deben ser abiertos.
Una nostalgia en esta noche. Una sola.
Liria Evangelista
Buenos Aires, EdM, abril 2020
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