Cada rincón de la casa-museo resguarda un ítem de su enorme archivo, desde las antigüedades con las que Robert construyó el baño, hasta los herrajes de las puertas y las barandas de las escaleras. Se especializan en la confección de colecciones, en particular del transporte y las comunicaciones, tienen cientos de volúmenes sobre el ferrocarril y el telégrafo, pero también se han vuelto autoridad en materia de datación de ephemeral, papeles “efímeros”, anotaciones perdidas. Los jueves a media mañana se reúnen a desayunar junto a sus amigos del pueblo, buenas charlas sobre el humo de infusiones calientes sostenidas por newyorkinos progresistas que parecen guardados en conserva entre versos de Walt Whitman, rara avis de la clase media en los Estados Unidos.
Diane atesora, desde el tiempo de su infancia canadiense, una casa de muñecas repleta de objetos mínimos. Es como una suerte de versión reducida de su propio hogar, como si la casa-museo de esta pareja de bibliófilos, su archivo, contuviera, en uno de los ítems, un mise en abyme traído desde el pasado, alrededor del cual fueron acumulando los demás volúmenes de su inmenso catálogo. Los desayunos en lo de Robert y Diane, las risas del grupo de amigos, los campeonatos de ping pong que disputan en el sótano, están rodeados de una atmósfera enrarecida, como si el tiempo y el espacio hubieran sido levemente trastocados al ingresar en tan amigable residencia. La casa de muñecas de Diane colabora con esa sensación, pero es una obsesión de su pareja barbuda la que hace que esa casa-museo se vuelva más inquietante.
Robert Dalton Harris es doctor en física teórica y se dedicó buena parte de su vida como anticuario y coleccionista a reunir uno de los más importantes archivos sobre la bomba atómica. Además de una profusa bibliografía al respecto, la colección contiene los papeles personales de Bryan F. Laplante un burócrata poco conocido de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, el organismo que tras los logros del Proyecto Manhattan (asesinar a cientos de miles de japoneses tras la detonación de las bombas en Hiroshima y Nagasaki) se ocuparía de administrar el éxito nuclear. Laplante guardó muchos “doodles”, papelitos en los que dibujaban para distraerse los asistentes a las reuniones de la Comisión, en los que quedaron grabados los garabatos de Oppenheimer, Isidor Isaac Rabi (premio Nobel de física en 1944), el general James McCormack, y Summer Pike (quien presidiría la comisión años después), entre otros. En esas reuniones definieron el futuro de la política nuclear norteamericana, del negocio atómico, como lo definen Robert y Diane en un trabajo sobre estos garabatos. La comisión nació al calor de la campaña mediante la cual el gobierno de Estados Unidos propuso a la bomba atómica como la garantía de su poderío mundial. Propaganda de todo tipo impuso a la imagen aérea del hongo (la que registraron los bombarderos norteamericanos) como virtual amenaza ante cualquier ataque posible a los Estados Unidos. Los films del departamento de guerra The Atom Strikes! (1945) y A Tale of Two Cities (1946) son emblemáticos en este sentido, pero también lo son algunos ephemerals que conservan Robert y Diane como el panfleto «I´m A Frightened Man» elaborado por el National Committee on Atomic Information.
La ciudad donde está el Museo de la Ciencia Nuclear es el escenario de la serie Breacking Bad. Walter White, el químico frustrado vuelto simple profesor, decide, tras enterarse que padece un cáncer terminal, producir de modo industrial meta-anfetamina y volverse así el más temible de los narcotraficantes. White quiso vivir el sueño del general McCormack, el de la casa de varias plantas al interior de un gran terreno con cancha de tenis, pero no lo logró y terminó como un criminal del tipo del que la sociedad norteamericana no concibe como propio (el narcotráfico es un problema latino). La serie trata el problema de la ética científica, de lo que el poder del conocimiento puede provocar. En ningún momento siquiera toca el de la bomba atómica. Lo fue en la serie 24 hs., donde el terrorismo internacional podía adquirir ese tipo de arma, pero hasta ahora en Homeland, la serie que hoy trata los asuntos de la seguridad norteamericana, el problema nuclear no apareció. Según parece, la bomba atómica, la rusticidad de Fat Man y Little Boy, la estética de los cincuenta del Proyecto Manhattan (llevado al paroxismo en el cómic Watchmen), la quintaesencia de la megalomanía de la guerra fría, hoy ya es parte de un pasado remoto. Cuando los científicos en Los Álamos confeccionaron las primeras bombas todavía no existían las computadoras, de hecho los cálculos no se hicieron siquiera con calculadoras, ellas arribaron poco después. Oppenheimer calculó a mano, escribió en papeles, del tipo de los que hoy atesoran Robert y Diane.
Pablo Luzuriaga,
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