Rebelión contra el enojo (,) inútil, por Pablo Luzuriaga

Durante la segunda quincena de junio de 2020, en Argentina sonaron en silencio dos clases de enojo. Los indignados con los runners y, más sutiles, quienes se enojaron y masticaron bronca con las camionetas cuatro por cuatro que tocaban sus bocinas a lo loco entre el Obelisco y Recoleta, cuando festejaron la victoria de la familia Vicentín. En cuarentena, los gestos prepotentes del macrismo residual se mastican en soledad y pantalla.

Sin embargo, la bronca no es otra cosa que moral, como explica mi amigo, profesor durkheimiano de La Plata, en su nota. La cuarentena funciona porque una enorme mayoría tiene «deseo» de cumplir la norma. Si no fuese así y la mayoría no cumpliese la nueva norma, no habría cuarentena porque el gobierno no puede reprimir a todos al mismo tiempo. La explicación del miedo no es suficiente, aunque no habría que desecharla de plano.

Muchos tenemos deseo de correr. El enojo con los runners –como el enojo que cualquiera podría tener ante alguien que no lleva barbijo–, según mi amigo sociólogo, es moral. Quienes tenemos «deseo» de cumplir la norma nos enojamos por conductas que nos parecen reprobables, por malas conductas con el prójimo. Antes de la cuarentena la mayoría reprobaba el delito; sin embargo, no a todos nos parecen mal las pintadas en las paredes de la ciudad, salvo en el frente de casa.

Los que salen a correr y no cumplen con la norma –o, se les diseña una norma a su medida– estarían atentando contra la vida de terceros. La cuarentena salva vidas, relajar sus restricciones, lo sabemos, mata. El meme con corredores a los que cambiaron las cabezas por termos costosos se viraliza por bronca y enojo. Habría que ver hasta qué punto la moral, que en este caso sirve para explicar el enojo, también sirve para algo más. 

¿Si el objetivo es hacer que cumplan la norma de qué sirve enojarse? ¿En qué instante de la vida del runner lo asalta el «deseo» de cumplir la cuarentena el día que aparece reflejado con la cabeza de un termo costoso? El termo, los runners, incluso los rugbiers asesinos, el capitalismo en su actual fase en relación al deseo, el hedonismo, el individualismo y los cuerpos bien tonificados al estilo norteamericano (aunque también muy vistos en Río de Janeiro), se levantan detrás de los enojos como contrafigura: caracterizan el antiperonismo dominante durante los años de Macri en el poder. La prepotencia de Marcos Peña.

Nosotros, quienes «deseamos» cumplir la norma –siempre y cuando salve vidas y más aún la de quienes viven en condiciones de extrema vulnerabilidad económica y social– nos transformamos en «militantes» de la norma. Aunque la palabra no calce, así parece usada. Hay que militar la cuarentena. Hay que militar la vida. Te milito el chat. Te milito la flia. ¿No lo dice el feminismo? Las infancias, el alimento y las mascotas. Te milito todo, vení. Militá conmigo. Wadu Wadu.

Sacá el pequeño Stalin que hay en vos y prendete en la condena moral contra todos los que buscan formas de vivir en cuarentena. Te ampara la ciencia. Te amparan los médicos. Te amparan las Universidades Nacionales. Podés recostarte en un presidente extremadamente capaz, y no tan en el fondo lo disfrutás cuando extiende la cuarentena. Aunque, claro, vos preferirías vivir de otra manera. No «deseás» la cuarentena. Pero algo en la vuelta del Estado te parece que conlleva un prestigio de la política y lo público y, ¡ahí está! A militar por vida.

Por eso el enojo. ¡Cómo puede ser! Todos haciendo el esfuerzo y el macrismo residual sale así a las calles, ¡con su prepotencia! ¿Qué hago con mi genuino deseo de correr, que no supera a mi deseo de cumplir la norma que salva vidas, que ahí está, intacto? ¿Qué hacemos con las vidas que salvan vidas pero están confinadas? ¿Masticamos bronca? ¿En otras condiciones, la ley de aborto ya habría salido? ¿Más bronca? ¿Quisiéramos llenar varias plazas para apoyar la opción por la vida de los más pobres que eligió Alberto Fernández? Pero acá estamos, Series. Otro policial con un poco de esto y eso otro de aquello que parece nuevo: ¡ahora sí!, una de espías cubanos infiltrados entre los gusanos de Miami. Me quedo en casa. Cumplo la norma y milito por el bien de los demás.

Quitando el efecto de enorme parlante amplificador que tienen la bronca y los enojos en cuarentena, efecto que no hace más que agigantar al macrismo residual como si fuese un enorme bloque político, determinado a llevarse puesto al país –una vez más; olvidando, incluso, la coyuntura de la comunicación en cuarentena donde cualquiera saca una bandera a la calle y al instante aparece en vivo en televisión: porque no pasa nada; más allá del enojo como algo contraproducente: es cosa de niños; quizás pueda servir para algo más. Siempre y cuando sea visto como síntoma de un error político: no logramos convencer a quienes desean correr de que prioricen el deseo de cumplir la norma que salva vidas; tampoco, expropiar Vicentín.

Otro enojo circuló por estos días; no el que describe mi amigo, profesor de Sociología de La Plata, sino el que manifiesta con claridad y precisión el periodista Alejandro Bercovich en su editorial del día lunes 22 de junio. Un día antes, el domingo 21, un grupo relativamente numeroso de personas fue a festejar al obelisco por el retroceso de la medida de expropiar a Vicentin. En la misma calle donde numerosas personas salieron a bailar cuando un dj pasó música, la calle Talcahuano, a pocos metros de la Av. Santa Fé, anduvieron camionetas cuarto por cuatro a lo loco tocando bocina con banderas de argentina. Algarabía de Recoleta en cuarentena.

Esta bronca no es con los runners ni con los que bailan la música del dj, tampoco con los pequeños propietarios que acompañaron los festejos del señor Vicentín el domingo 21, sino con el bloque económico macrista que controla el mercado agropecuario. En este caso, el enojo, aunque igual de inútil, tiene más sentido: nos enojamos no sólo con quienes no tienen «deseo» de cumplir la norma sino con quienes quieren una norma a su medida después de haber estafado a todos durante el gobierno de Macri, e incluso antes, como explica con suma precisión y eficacia el diputado provincial de Santa Fé, Carlos del Frade

¿El gobierno dio un paso atrás? 

Aunque Horacio González no parezca gritar casi nunca, con frases filosas y una prosa clara como el agua deja entrever más que un dejo de bronca. González pasa de la epidíctica a la retórica deliberativa aclarando la frase. Sutil manera de subir el tono que ya había usado en Carta Abierta cuando asumió Bergoglio.

¿Cómo es que la «grieta» volvió tan rápido? Otros dirán, nunca su fue: «viva la grieta». La grieta me confirma. Tengo razón. El otro está equivocado y yo tengo razón. Ahora, además, cuento con la ciencia, los médicos, las Universidades Nacionales, el ocaso de Donald Trump, caracterizado por Noam Chomsky como uno de los criminales más aberrantes de la historia humana, y la tragedia de Bolsonaro, el ascenso de los nuevos Estados sanitarios, y el control centralizado de las temperaturas corporales. 

Wadu Wadu, compañero Stalin. En vez de masticar bronca, autopercibirse como profetas iluminados e incomprendidos, confinados a la tragedia confirmatoria y sacrificial del aislamiento, por qué no dejar de lado la moral para pensar qué podemos hacer con tanta gente que «desea» cumplir una norma restrictiva, como la que toca en la hora, por el bien de los demás. ¿Qué podemos hacer con tantísima gente que «desea» cumplir el aislamiento para salvar vidas? O, acaso, ¿el cuidado se cumple mientras la mayoría teme al virus?

Mi amigo, profesor de Sociología en La Plata, dice que hay algo más que miedo individual al virus, que tiene que haber necesariamente un «deseo» de cumplir la norma por el bien que causa esa norma en relación a la vida en sociedad. Lo cierto es que cuando el miedo de los primeros meses se fue diluyendo, con los días la cuarentena fue menos efectiva y así será, porque es lógico que así sea. Hubo un tiempo que fue hermoso y algunos creyeron que la cuarentena era efectiva por «solidaridad». Otra vez, las fórmulas simplistas y proyectadas del compañero Stalin: soy solidario, me quedo en casa, todo el mundo se queda en casa, ergo todos son solidarios en mi país.

La lógica del individualismo aunque no sea mayoritaria es dominante. 

No obstante, pasan las semanas y el virus no aparece, el pico tan temido se ablandó, no repasamos todo con lavandina. No visitar a mis padres después de noventa días empieza a estar mal. El permiso se pedía rápido con la aplicación del teléfono. ¿Cómo una joven o un joven que vive en un monoambiente entre sus veinte y treinta años puede pasar tantos meses solo? ¿Cómo hace un hombre o una mujer de setenta y cinco años que vive solo? ¿Cómo hace una piba que vive en el AMBA, se vino de una localidad al interior de alguna provincia, bien del campo y argentina, a trabajar como empleada doméstica y sus empleadores ya no le pasan dinero? Primero, la cuarentena fue un problema atroz para las familias con pequeños, luego, la soledad empieza a pesar más que el drama irresuelto de los niños que no asisten a la escuela. El miedo afloja, el tiempo hace lo suyo. 

Pero, la solidaridad, compañero. Quédese en casa. Sí. Acá estamos. ¿Acaso el individualismo se resuelve sólo con la evidencia de que es inviable? 

Cuando las personas de «ideología individualista» pierden el miedo, salen a la calle a defender la propiedad privada con ahínco y algarabía («colectivo individualista»). Cuando el resto de los mortales pierde el miedo, se fija cómo hacer de la cuarentena algo más vivible, con el respeto de la norma como horizonte, porque confiamos que salva vidas. 

¿Cómo se llama ese otro colectivo que se identifica con la posibilidad social de salvar vidas haciendo más robusto el sistema sanitario y adecuándose a una normativa que restringe la movilidad? ¿Qué nombre tiene ese otro colectivo que no sólo cumple con la cuarentena para cuidarse a sí mismo sino también para que no muera un número altísimo de personas mayores en los cuarenta municipios que rodean la capital federal? El kirchnerismo lo integra, lo representa en gran medida, pero no lo agota. Tampoco el peronismo en general. ¿Cómo se llama el colectivo que junta a esas personas y al mismo tiempo reúne a las que vieron con buenos ojos los levantamientos populares en Chile por la «igualdad»? ¿Los que han recibido bien los levantamientos masivos en los Estados Unidos y otros lugares del mundo contra la muerte de George Floyd? ¿Cómo se llama el colectivo que recibe con entusiasmo un Ministerio de la Mujer, y que es más grande que el movimiento feminista?

El frente que derrotó a Mauricio Macri en las urnas hace pocos meses mastica bronca en casa. El compañero Stalin le dice que está bien, que el sacrificio confirma que vamos por buen camino. Y ahí se queda, un frente armado a los tumbos, movido por bases de organizaciones de los más diversos tipos y extracciones, muchísima gente orgullosa por haber derrotado al neoliberalismo, después de un único mandato, en el que destruyó la economía pero no pudo doblegar la resistencia. Se queda en casa, masticando bronca, las plagas le hacen creer que no es su culpa, ya demasiada mala suerte. Son los ciclos históricos más allá de los individuos. Netflix. Una serie que esta vez termine bien. 

¿Y si además de cuarentena ofreciéramos algo más a este «frente»? Es la cultura, estúpido. La diosa Ciencia es preferible ante las «fuerzas irracionales» de Bolsonaro y compañía. Pero, ¿nada más? 

Otra vez, con la cuarentena sola, no alcanza. Necesitamos políticas culturales que apunten a que la enorme mayoría quiera cumplirla. Si se extiende en el largo plazo, diseñar cuarentenas a medida para que la vida sea lo más llevadera es una excelente tarea política que ya han proyectado sobre numerosas provincias. Diseñar futuros inmediatos. Maneras de transitar esto, adecuadas al peligro de un virus mortal.  

La contradicción entre la ciudad autónoma y la provincia de Buenos Aires es clara. El problema es el AMBA. Martínez Estrada le dijo a Aramburu que lo dinamite muchos años antes que la curva demográfica se dispare. El actual gobierno peronista puede leer horrorizado aquella carta, o tomarla como punto de partida.

¿Qué habría pensado Martínez Estrada del señor Vicentín? ¿Qué piensa el señor Sebreli? ¿Imagina, acaso, una «inverosímil» infectadura expropiadora? ¿Qué verosímil para salir de la bronca y la distopía insoportable? La megalópolis espera.

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, junio 2020


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