Mis zapatos hechos pedazos,
abren y cierran sus bocas,
hoy también el día está despejado.
Ozaki Hoosai
“En Norteamérica – decía Domingo F. Sarmiento en los Viajes – verá usted muestras a cada paso del culto religioso que la nación tributa a sus nobles y dignos instrumentos de riqueza: los pies”. Lo primero que hacían los yanquis al llegar a la sala de estar de un hotel era apoyar sus pies sobre el mármol de una mesa. Más aún, se sacaban los zapatos para acariciarlos y masajearlos mientras conversaban. Un culto evidente en un país que expandía sus fronteras, que multiplicaba trenes y vapores para cubrir distancias siempre crecientes. Pies y zapatos, signos de civilización. Antes de morir Sarmiento dejó instrucciones de incluir en su tumba una placa con un bajorrelieve de Hermes escrutando un bosque. Caminante veloz, Hermes era el dios de los caminos y las encrucijadas. Protegía a los viajeros: caminantes, heraldos, embajadores, comerciantes y ladrones. La Bolsa de Comercio de Buenos Aires lo adoptó como símbolo. En su sede se encuentran dos esculturas suyas y un vitraux en el que aparece junto a Zeus.
Años después Lafcadio Hearn afirmaba en Kokoro, Ecos y apuntes de la vida íntima de Japón un rasgo de la vida japonesa que creía característico: el movimiento constante. Los japoneses recorrían todo el tiempo su país, y lo hacían a pie. Iban por valles y montañas sin necesidad de trenes ni vapores. El equipaje no era un problema: sus bienes eran escasos, lo necesario. Hearn sostenía que los vicios de la civilización (confort superfluo, vestimenta ceñida, calefacción agobiante) no habían llegado a su cuerpo y su alma. Sus pies no padecían ese calzado civilizado mal diseñado, incómodo, innecesariamente lujoso, que deformaba los pies con funestas consecuencias físicas, psíquicas, sociales y políticas. “Quizás – escribía – nos sometemos a los convencionalismos más absurdos de la civilización porque nos hemos sometido demasiado a la tiranía del zapatero”.
Vincent van Gogh pintó varios cuadros de zapatos. Martin Heidegger tomó uno de ellos, el de 1886, para exponer su concepción del arte. Si nos limitamos, decía, a ver ahí un par de zapatos vacíos nunca sabremos qué hay más allá. “En el zapato – escribió en El origen de la obra de arte – vibra la tácita llamada de la tierra, su reposado ofrendar el trigo que madura y su enigmático rehusarse en el yermo campo baldío del invierno. Por este utensilio cruza el mudo temer por la seguridad del pan, la callada alegría de volver a salir de la miseria, el palpitar ante la llegada del hijo y el temblar ante la inminencia de la muerte en torno. Propiedad de la tierra es este utensilio, y lo resguarda el mundo de la labriega”. Los zapatos de Van Gogh revelan la vida campesina, sus alegrías, sus angustias. Lo propio de una obra de arte es mostrar la verdad que acontece en ella. El historiador Meyer Schapiro cuestionó esta filiación de los zapatos. Van Gogh, decía, conservaba un par de su época de misionero que bien podrían haber sido el motivo del cuadro. Nada en ellos expresa el ser de unos zapatos-de-la-campesina, ni todo ese mundo de trabajo rural que imaginó Heidegger. Son el relato de un artista y pertenecen al mundo de la ciudad. En La verdad en la pintura Jacques Derrida destacó el punto en común en este debate: el reconocimiento de un par de zapatos que hace posible identificar al portador, un contrato simbólico en el que se asume que tienen un dueño. Heidegger y Schapiro, decía, no tienen en cuenta un detalle: los cordones que ajustan y aflojan, vinculan y sujetan, están desatados entre sí, desatados del sujeto portador, de una tarea, de una función determinada. Los atan y piensan desde una obra maestra establecida como tal, sin discutir su condición de pintura. Pierden de vista que los zapatos están sujetos a un cuadro, con trazos y bordes, con marco y passe-partout. Suprimen también el silencio de la pintura, un silencio que habilita la escucha del discurso dominante sobre el arte. Para Derrida discutir sobre la verdad de los zapatos de Van Gogh es soslayar el verdadero problema: el discurso de la verdad en el arte de Heidegger y Schapiro. De textos que enmarcan y delimitan. Es preciso desatar los zapatos, restituirlos al silencio del cuadro. En 2005 se erigió en Budapest un monumento para honrar a 3.500 víctimas fusiladas a orillas del Danubio por milicianos fascistas húngaros entre 1944 y 1945. Concebido por el cineasta Can Togay y realizado por el escultor Gyula Pauer, Zapatos a orillas del Danubio está compuesta por sesenta pares de zapatos de hierro que reproducen modelos de la época, sujetos al terraplén de la orilla oriental del río. A las víctimas se les había ordenado pararse al borde del agua y quitarse los zapatos. Mientras sus cuerpos acribillados caían al río, los asesinos los juntaban para después venderlos en el mercado negro.

En Si esto es un hombre Primo Levi sostenía que en Auschwitz la muerte empezaba por los zapatos. Interminables jornadas caminando con los pesados zapatos del campo, sin cordones, que se hundían en el barro y la nieve. Dolores y llagas infecciosas en los pies: una tortura más. Ni hablar de ir a la enfermería. Los prolijos zapatos que los prisioneros tenían al llegar al campo estaban apilados en depósitos, listos para ser enviados a Alemania. Enormes cantidades de estos zapatos sobrevivieron a la guerra. En la actualidad son exhibidos en el Museo de Auschwitz. Hace un tiempo se iniciaron tareas de conservación en 8.000 zapatos de niño muy afectados por el paso de los años. Se los limpia con mucho cuidado, se los escanea y fotografía para catalogarlos en una base de datos. “Podemos imaginar – dijo en un reportaje Elzbieta Cajzer, encargada de las colecciones del museo – cuántas personas vinieron aquí, con la esperanza de volver a ponerse los zapatos después de una ducha. Pensaron que recuperarían sus zapatos, que seguirían usándolos. Pero nunca regresaron a sus dueños”. Los 100.000 zapatos del Museo se están deteriorando de manera irremediable. Sus cordones están prácticamente desintegrados.
La Shoa fue un acontecimiento sin precedentes, un quiebre en la historia mundial. El célebre postulado de Theodor Adorno acerca de si es posible escribir poesía después de Auschwitz abrió el debate acerca de cómo contar ese pasado, cómo representarlo. Los zapatos de Budapest son una obra artística. Los que se exhiben en el Museo no. Todos ellos revelan de manera contundente el horror genocida. “Un zapato – dijo el especialista en conservación Miroslaw Maciaszczyk en el mismo reportaje – es un objeto íntimamente relacionado con una persona, con un niño. Es un rastro, a veces es el único rastro que queda de ese niño”. Maciaszczyk y sus colaboradores nunca pierden de vista la tragedia que encierran esos zapatos. Cada tanto, superados por la emoción, necesitan descanso. Muchos voluntarios que trabajan con zapatos de adulto han solicitado con el tiempo nuevas asignaciones en el Museo.
Lafcadio Hearn tenía razón: algo malo había en los zapatos de la civilización. En el siglo XX esa civilización que se los sacaba para acariciar y masajear sus pies tomó, con los pasos ligeros de Hermes, la bifurcación espantosa que la condujo a la Shoa. Difícil atar esta historia con cordones que se desintegran. Los zapatos de Auschwitz, los del Danubio, ayudan con su silencio.
Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, febrero 2025
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