1. Las novelas, no pocas veces, nos ofrecen respuestas; o nuevas preguntas que desbaratan las respuestas que escondemos en las preguntas. ¿Por qué llegamos a esta pesadilla? ¿Desde cuándo? Llevo unos días con una novela de 1972, El Sueño de Hierro, de Norman Spinrad (1940), publicada en castellano en 1978 por Minotauro con la traducción de Aníbal Leal. Una novela compuesta como si fuese la reedición de un clásico de la ciencia ficción, El Señor de la Svástika,distinguida con el Premio Hugo en 1954 y desde entonces agotada, escrita por el autor Adolf Hitler, muerto en 1953. Spinrad había colaborado poco antes en los guiones de la serie Star Trek, donde ya eran frecuentes los mundos alternativos con su doble valencia. Tiempos y vidas alternativos con los que la nave “Enterprise” podía toparse en algún planeta, y, a la vez, la posibilidad de pensar la ciencia ficción como una vida alternativa crítica a la realidad. Fue en el mundo de la serie donde las mujeres excedieron los papeles de secretarias, madres y “amas de casa”, y donde se vio en público en EE.UU. el primer beso interracial, entre tantos otros cambios que estaban por venir. Dicen, incluso, que los teléfonos móviles se inspiraron en los comunicadores que usaban los tripulantes de la “Enterprise”.
La primera convención de Star Trek reunió a miles de entusiastas cuando se realizó en 1972, al mismo tiempo que llegaba a las librerías El Sueño de Hierro. Es decir, la segunda edición de El Señor de la Svástika de Adolf Hitler, que compartía varios datos con el Hitler de la realidad histórica. Había nacido en Austria en la misma fecha, emigrando en su juventud a Alemania donde sirvió en el ejército durante La Gran Guerra. También participó en “actividades políticas extremistas” en Munich, pero, a diferencia del otro, por corto tiempo porque emigró a EE.UU. Se dedicó allí a la ilustración de libros y al dibujo de historietas hasta que, en 1933, ya más confiado en su nueva lengua, comenzó a escribir ciencia ficción. Llegó a ser un novelista popular con títulos como El emperador de los asteroides, La Guerra estelar, La raza de los amos, El triunfo de la voluntad. En esa síntesis bio-bibliográfica puede notarse que La Gran Guerra mantiene el nombre con el que fue conocida hasta la Segunda Guerra por la sencilla razón que para el mundo de El Sueño de Hierro no hubo una “segunda” porque Hitler emigró. El hecho de ligar la emergencia de la guerra a la suerte de un individuo puede resultar descabellado -¿también hoy lo sería?- lo más sugerente, sin embargo, fue que la novela mantuvo el nazismo sin Hitler. Eso era parte de la crítica mordaz de Spinrad que ahondaba, además, convirtiendo a Hitler -al mismo y al otro- en una figura destacada del género en que se inscribía su propia novela.
Cuando El Sueño de Hierro fue traducida en castellano y publicada en Argentina, el país era distinto, por supuesto. Y los lectores también. Aníbal Leal (1921-1997) fue un traductor autodidacta, tan prolífico que parecía ser una comitiva, decía Chitarroni (https://www.perfil.com/noticias/cultura/las-traducciones-apocrifas.phtml). Y un persistente militante político. El Diccionario biográfico de la izquierda latinoamericana (2024), de Horacio Tarcus, da cuenta de su participación en el PC durante su juventud, después en el troskismo, y a partir del 55 en distintas agrupaciones del peronismo, siempre encargándose de editar periódicos partidarios. Hacia fines de los setenta publicaba el periódico Forja Popular, que circulaba como podía durante la dictadura, y a la vez nos hacía conocer El Sueño de Hierro. Un libro de tapa azul en la que superponían una moto, el puño de una mano derecha y una svástica, que por supuesto la censura no objetó. Aníbal Leal ya había traducido La Naranja Mecánica de Burguess y El almuerzo desnudo de Burroughs, así que habrá encarado con entusiasmo el nuevo trabajo.
En 1978 Milei cumplía 8 años y soñaba como la mayoría de los chicos en ser jugador de fútbol, superhéroe y presidente.
2. El héroe de El Señor de la Svástica es Feric Jagger, un verdadero ario de la Alta República de Heldon, pero, a causa del destierro de su padre, vivía del otro lado de la frontera, en Borgravia, con las “hordas de mestizos y mutantes”, “semihombres”, con “destellos animales” en el cuerpo como en sus maneras de hablar. Heldon había fracasado en su intento por destruirlos durante la Gran Guerra y después ningún gobierno quiso “restablecer el genotipo humano puro” para terminar con los “caudales genéticos degenerados”. Feric Jagger estaba dispuesto a conseguirlo, a escalar posiciones desde lo más bajo para convertirse en el líder que cumpliera la conquista pendiente. Cargaba el resentimiento de haber sido un excluido y eso aumentaba la firmeza de su espada mágica, el Gran Garrote.
El Señor de la Svástica podría leerse como una alegoría basada en Mi Lucha, pero El Sueño de Hierro no se conformaba con eso. Como Spinrad sabía que respiraba el mismo aire que agitaba a sus lectores, evitó la complacencia y confió en las complicidades alternativas. De aquellos lectores habrán sido muy pocos los que no miraron a su alrededor ante el discurso de Feric Jagger ante sus posibles seguidores: “Algunos de nosotros no estamos dispuestos a tolerar el descaro de los mutantes o la contaminación del suelo provocada por una momentánea presencia corruptora. Algunos de nosotros estamos dispuestos a destrozar con nuestras propias uñas al primer dom que tengamos delante. (…) Hombres consagrados fanáticamente, no sólo a la preservación de la pureza racial de esta Alta República de Heldon, sino a extender el gobierno absoluto de los hombres verdaderos a todos los lugares de esta triste tierra.” La segunda edición de la novela de Hitler se acompañaba con un comentario crítico de un profesor de Nueva York. No reconocía ningún valor literario en El Señor de la Svástica,demostraba con lucidez que la popularidad del libro se había dado por la pregnancia que encontraron en el ánimo social ciertos elementos ambientales de la narración: el uso del cuero y los colores de las banderas svásticas que se encuentran hoy, decía, en la Legión Cristiana Anticomunista, en los Caballeros Norteamericanos del Bushido y las bandas de motoqueros. A eso le sumaba la espada de metal reluciente de un metro veinte, el Gran Garrote de Held, la espada mágica de Feric Jagger que no es otra cosa, decía el profesor -y celebraba Spinrad- que un símbolo fálico en un universo solo de varones, producto de un hombre reprimido y enfermo como el autor Hitler. Y lo mismo apuntaba sobre el lenguaje escatológico y repleto de metáforas obscenas o pestilentes.
El profesor, en síntesis, solo reconocía en El señor de la Svástica cierta fuerza performática gestual/visual -rémoras del ilustrador en el autor fallido- que habían logrado sintonizar con el fervor anticomunista del público. Spinrad elegía bifurcar el camino para El Sueño de Hierro, buscaba sintonizar con el tiempo por venir. Un tiempo que para nosotros ya parece haber quedado muy lejos; hoy es la política la que se ha vuelto tan performática como una mala novela, sostiene apenas una gestualidad colorida. ¿Cómo se leería hoy una novela como la de Spinrad: cuando un ministro estadounidense hace un saludo hitleriano y Milei le regala su Gran Garrote-Motosierra? ¿En qué momento se modificó el ánimo social para que dejaran de rechazar lo que habían reconocido funesto?

3. El Gran Hermano de 1984 buscaba crear la Neo Lengua y para lograrlo comenzaba por exponer los tres lemas del Partido estampándolos en el edificio del Ministerio de la Verdad: “La Guerra es Paz / La libertad es Esclavitud / La Ignorancia es Fuerza.” Si los contrarios quedaban anulados, la lengua entonces perdía sentido. La Neo Lengua no era, como anunciaba El Gran Hermano, una lengua sintética, simplificada, sino la abolición de la lengua.
Meses después de asumir como presidente, Milei confesó ante periodistas extranjeros que era un topo infiltrado en el Estado para destruirlo. ¿Qué significaba entonces ser elegido para administrar al Estado? Los ejemplos abundan, siempre podrá encontrarse otro más efectivo como evidencia de su desquicio. Hace unas semanas dijo en una entrevista que Hitler era socialista y que “los zurdos tenían que hacerse cargo de eso”.
No son ejemplos de la Neo Lengua de una novela, es un presidente que escribe la realidad como si fuera El Gran Hermano. El pasado miércoles 19 de marzo, ante el anuncio de una nueva manifestación de apoyo a los jubilados, luego de la represión brutal a otra la semana anterior, el gobierno intentó desalentar la participación de la ciudadanía. Hizo anuncios por altoparlantes -como ya había empleado en otras ocasiones-, pero esta vez sumó pantallas en las estaciones terminales de trenes: “Protesta no es violencia. La policía va a reprimir todo atentado contra la república.” Anuncios que eran una amenaza, porque no hay república sin derecho a manifestar el disenso. Si la protesta no es violencia, ¿para qué entonces lo demás? ¿Qué significado puede tener la república para el presidente topo sino la sumisión a lo que él decreta u ordena?
Al asumir la presidencia dio su discurso de espaldas al Congreso. Atrás quedaban diputados y senadores a los que llamó casta, chorros, parásitos y cuanto le permitiera su escatológico vocabulario. Y ellos, en su mayoría, respondieron en consecuencia, aceptaron las órdenes de sus decretos; dijeron hacerlo por la república.
4. La corrosión del lenguaje comenzó antes y excede a un individuo en particular. Es parte de la transformación radical que Franco Berardi, en Autómata y caos (2020), reconoce que se ha operado en los seres humanos. Una transformación que fue desarrollándose en la modernidad tardía durante las últimas décadas del XX y que no ha dejado de acelerarse vertiginosamente en el nuevo siglo. Los principios humanistas heredados que sostenían que los seres humanos eran capaces de gobernar su propia vida (y ya no esperar los designios de los dioses), que estaba en ellos la decisión de transformar su posición (que no era una suerte fija e inamovible para siempre), porque ellos eran responsables de los cambios, la historia, y de ejercer sus intenciones en el lenguaje que los constituía, toda esa solidez estructurante se hizo a un lado: los seres humanos abandonaron la condición histórica y aceptaron sin más los designios de la evolución como animales humanos. Cambiaron su lugar de ser sujetos de la historia por ser objetos de la evolución. En medio de esa compleja situación irrumpió la pandemia del Covid que los llevó a su colapso. El bio-virus, sostiene Berardi, pronto se hizo info-virus, entrometiéndose en el discurso social hasta dominarlo, y permaneció como un psico-virus que recodifica las relaciones interpersonales de cuerpos y afectos. El lenguaje dio un paso más en su proceso de reacción automática: el cuerpo del otro es peligro, su dolor es una amenaza para hacerme caer en su engaño. Reacciones de ratas encerradas en una jaula -como en el experimento del naturalista Félix de Azara a principios del XIX-: ante el chillido desesperado de una de ellas porque algo tironea con fuerza de su cola, las demás la observan con preocupación, después, ante la insistencia del sufrimiento, la matan para terminar con la única fuente de dolor que reconocen.
Para el autómata el lenguaje es grito y aullido animal. Demostraciones de fuerza ante los otros, no argumentos, no discusiones. ¿Cuánto de todo eso cooperó en definir el carácter performático gestual-visual imperante en el discurso político? El presidente suelta mensajitos en las redes sociales y dibujos en los que se representa como un león y a sus opositores como ratas. La corrosión del lenguaje, sin embargo, lo excede, es solo una fiera privilegiada en la selva. Hay nuevas expresiones que nos habitan. ¿Modelan algo en nosotros? Fingir demencia, cero culpa, bendiciones, con la tuya/con la mía, mi rey/mi reina… Las publicidades hacen hincapié sobre el lenguaje que hablamos, como si fueran recuerdos con los que nos desencontramos. YPF hace una publicidad televisiva para promocionar el regalo de una pelota-Messi y mediante el humor juega con expresiones futboleras que los personajes del spot no logran entender: “Para recibir un cambio de frente, pínchela”, “Para pegarle de tres dedos utilice su pierna hábil…”, “No regale nunca la pelota”. En otra, Coca-Cola gira en torno del uso del nosotros cómplice que empleamos en ciertas preguntas para extraer conclusiones idiosincráticas: “¿Soplamos las velitas?”, le dice la nieta a su abuela ante una torta de cumpleaños; “¿Cómo estamos hoy?”, saluda alguien a un vecino. Y CILFA, Los Laboratorios Argentinos, anuncia a viva voz en un extenso spot que “Mayor libertad es mayor prosperidad económica, menos Estado es mayor producción, inversión y empleos privados”, y que van a “redoblar sus esfuerzos” porque “hoy más que nunca los argentinos necesitan estar sanos y fuertes para transitar el camino de la libertad y la prosperidad”. Y no sabemos siquiera cómo eran sus esfuerzos antes de que los redoblaran.

5. Durante años se leyeron los planes tramados por el Astrólogo de Los siete locos (1929)como presagios sobre el golpe de Estado de 1930, no como un desquicio literal zumbando un siglo después. El Astrólogo le dice a Erdosain: “No sé si nuestra sociedad será bolchevique o fascista. A veces me inclino a creer que lo mejor que se puede hacer es preparar una ensalada rusa que ni Dios la entienda. Creo que no se me puede pedir más sinceridad en este momento. (…) Mi plan es dirigirnos con preferencia a los jóvenes bolcheviques, estudiantes y proletarios inteligentes. Además, acogeremos a los que tienen un plan para reformar el universo, a los empleados que aspiran a ser millonarios, a los inventores fallados (…), a los cesantes de cualquier cosa, a los que acaban de sufrir un proceso y quedan en la calle sin saber para qué lado mirar…”
Bastaría con cambiar “bolchevique” por anarquista, “oro” por dólar, “industrialismo” por mundo financiero y pensar en el emprendedurismo y las redes sociales, sobre todo cuando dice: “Hace falta oro para atrapar la conciencia de los hombres. Así como hubo misticismo religioso y el caballeresco, hay que crear el misticismo industrial. (…) El militar no vale nada junto al industrial. Puede ser un instrumento de él, nada más. Eso es todo. Los futuros dictadores serán reyes del petróleo, del acero, del trigo. Nosotros, con nuestra sociedad secreta, preparemos ese ambiente.” Y también dice: “Seremos bolcheviques, católicos, fascistas, ateos, militaristas, en diversos grados.”
Lo que el Astrólogo no pudo lograr en Los siete locos, Milei lo consiguió en el país como si se tratara de una mala novela, y él fuera el desterrado de El Señor de la Svástica que retorna a comenzar una guerra. Rocco Carbone, en Lanzallamas. Milei y el fascismo psicotizante (2024), no vacila al sostener que el gobierno ha declarado una “guerra contra la sociedad nacional” en todos los sectores: “a través de enfermxs oncológicos que se mueren por no recibir medicamentos del Estado, a través de una jubilación que no sirve para llegar a fin de mes o de un salario paupérrimo que no cubre las necesidades básicas, a través de una institución que no puede garantizar su misión porque fue afectada por las políticas del gobierno, etc.” Y reconoce en la performática gestual-visual una “mecánica hipnótica” que “nos vacía de condición humana” generando una atmósfera que envuelve al “sujeto fascista y al sujeto fascistizable”. Similar, dice Carbone, a la de El Gran Dictador de Chaplin, cuando pronuncia frases que parecen estar dichas en alemán pero que carecen de sentido.
6. El Astrólogo de Los siete locos aspiraba a construir una sociedad secreta moderna, en la realidad es otra novela, La rebelión Atlas (1957) de Ayn Rand, la que inspiró la Red Atlas en 1981, una fundación ultraconservadora con sede en EE.UU. que promueve las políticas del libre mercado en todo el mundo por todos los medios posibles. Su fundador, Sir Anthony Fisher, había creado en 1955, otra institución semejante en Londres, el Instituto de Asuntos Económicos, que condujo a Margaret Thatcher al poder en 1979. George Monbiot define la Red de otro modo: “Esta cosa llamada Red Atlas, financiada por algunos de los más despiadados y rapaces intereses corporativos y oligárquicos de la Tierra, compañías petroleras, tabacaleras” y “políticos realmente desagradables, actúa como una especie de órgano de coordinación, reuniendo a muchos de estos think tanks neoliberales que operan con el mismo guión. Forman parte de lo que algunos investigadores llaman la internacional neoliberal.” Y reconoce a Milei como un actor en esa misma línea; en definitiva, se ha convertido en una personalidad prohijada por la ultraderecha mundial.
El ideario de la Red Atlas ha venido fogoneando, desde fines de los 50, el surgimiento de esta ultraderecha que hoy se muestra poderosa en el mundo. Un extenso proceso en el que se crearon las condiciones de pregnancia para su discurso. Crear, digamos, un sujeto neoliberalizable a partir de internalizar en los individuos una idea fuerza fundamental, la del Yo amenazado por los demás. No menospreció ningún medio para cumplir ese objetivo, y sin duda la perfomática gestual-visual de Milei consiguió su mejor valor en ese mercado mundial. Y no sólo por decir que la justicia social era una aberración; no solo por eso que ya era demasiado. Milei fue quien pudo ofrecer, como diría el Astrólogo, la mejor ensalada rusa que ni Dios podía entender, pero sonaba sincera, porque era brutal, animal, en sintonía con la desesperación de la época. Ese nuevo sujeto encuentra su dios en el Yo, es su medida del mundo y el principio y fin de todas sus preguntas. El emprendedurismo -la empresa del Yo- es su reaseguro, siempre se puede más pedaleando en la misma rueda. Ese nuevo sujeto se construye, para Monbiot, con la introyección en los individuos del principio fundamental del neoliberalismo: la sociedad dividida entre ganadores y perdedores. Dice Monbiot: “Los ganadores merecen ganar y los perdedores merecen perder. Si eres pobre, es por tu culpa, es porque eres irresponsable, eres un inútil, no trabajas. Si eres rico, es por tu propia brillantez, eres trabajador y emprendedor, eres un luchador.” (https://www.perfil.com/noticias/periodismopuro/george-monbiot …) Según una encuesta realizada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 2019, meses antes de la pandemia, casi un 70% reconocía que quienes comienzan una actividad como emprendedores “tienen una alta valoración social y respeto” (https://buenosaires.gob.ar/noticias/emprendedores-6-de-cada-10-portenos). Los resultados, según la encuesta, superaban a otros anteriores; y, aun así, fueron muy bajos comparados con los que se registrarían posteriormente con el uso de las aplicaciones para el emprendedurismo, por ejemplo, del delivery y el transporte.
El Astrólogo de Arlt es un emprendedor, pero nunca habla de astrología, sí de todo lo demás. Parecería ser que Arlt encontró en ese nombre un modo de aludir a la performática visual-gestual. Milei cree en las fuerzas del cielo, muchas veces lo ha dicho, aunque nunca lo expresó con tanta firmeza como en su visita a la Antártida en enero de 2024. En el cuaderno de visitas, anotó: “La victoria en la batalla no depende del número de soldados, sino de las fuerzas que vienen del cielo.” Una cita rabínica, no astrológica. La Secretaria de la Presidencia, su hermana, es quien maneja la astrología y el tarot. Uno de los asesores políticos más cercanos a Milei, sin cargo de funcionario pero al que suele llamar “ministro de pensamiento”, se hizo un tatuaje en la espalda ante la primera victoria en las elecciones del 2023: el dibujo “El hombre gris” de Benjamin Solari Parravicini. Mediante ese dibujo de 1941, Parravicini, conocido como el Nostradamus Argentino, había predicho que Argentina tendría su propia Revolución Francesa y que “el hombre humilde en la Argentina se allegará para gobernar. Él será de casta joven y desconocida en el ambiente, más será santo de maneras, creencias y sabiduría.” Ese mismo asesor fue quien redactó para Milei el discurso que dio en la Asamblea General de la ONU en octubre de 2024, y que el periodista Carlos Pagni del diario La Nación consideró un plagio al discurso de otro presidente, el de un personaje de una serie televisiva.

7. Al parecer hubo muchos dobles de Hitler, el mismo Roberto Arlt publicó en diario El Mundo, en su columna sobre noticias mundiales, un relato sobre esos condenados a representar al tirano, “Señores: soy el ´doble´ de Hitler”. El relato es una carta ficticia “escapada a la censura alemana” y que se presenta escrita por un “doble” que recuerda el destino de otros obligados a la tarea. Suplir a Hitler al caminar, al trasladarse en su auto y a probar con anterioridad cada una de sus comidas. Todos los “dobles” eran trabajadores -cocineros, choferes-, u hombres sin trabajos, como el “yo” de la carta. “Por supuesto, los que me rodean, ignoran casi siempre que yo soy el ´doble´ de Hitler”, cuenta: “Muchos de ellos no lo han visto jamás al Führer. Yo mismo, hablando francamente, no he estado nunca en presencia del Amo. Sé que él existe, que yo existo.”
El relato fue publicado en El Mundo el 4 de diciembre de 1939; El gran dictador de Chaplin llegó a la pantalla en 1940. Es posible que Arlt y Chaplin hayan sido los pioneros en escribir y representar una ficción de Hitler. Aunque al menos sería necesario incorporar a un tercero, al dibujante alemán Clément Moreau (1903-1988) que exiliado en Argentina en 1935 hizo una ilustración irónica de Mi Lucha publicada dos años después en Argentinisches Tageblatt y que, traducida al castellano, volvió a circular, entre 1939 y 1940, en Argentina Libre, el periódico donde escribieron César Tiempo, Arlt, Gabriela Mistral, Girondo, Mallea y Victoria Ocampo, entre tantos otros. (“MK, la historieta argentina del antifascismo” de H.Tarcus, en Fierro, n.107, septiembre 2015). La historieta de Clément Moreau tiene una particularidad sumamente atractiva: en cada viñeta toma un pasaje de Mi lucha y el dibujo ejecuta una interpretación mordaz de esas líneas. Una estrategia similar a la del El Sueño de Hierro de Spinrad: construir una interpretación leyendo a contrapelo el material para revelarlo como la verdad de una fotografía.
Quién sabe cuántas serán las narraciones que han trabajado sobre Hitler, aunque más relevante es saber cuándo dejaron de hacerse o, mejor, en qué momento dejaron de reconocerse las alusiones. Spinrad compuso su novela teniendo en cuenta que compartía con el público ciertos principios fundamentales, y afirmar el no a Hitler justamente por esos disensos provocativos que coloca en la pluma del profesor de Nueva York. En la memoria de la generación de sus primeros lectores estaba muy presente ese pasado al que había resistir para que no retornara, y así también en la generación siguiente que vio el despertar de la saga Star Wars en 1977. La película ponía en escena el No al sistema ideológico que encarnó Hitler y que no se restringía a su figura. La Fuerza Oscura excedía a Darth Vader, pero estaba allí con su crueldad despiadada, el uniforme negro, la capa y esa coreografía de desfiles militares tan semejantes al nazifascismo. Los productores de Star Wars parecían seguir los comentarios del profesor de El sueño de Hierro; me refiero a la pregnancia social que habían encontrado los dispositivos visuales de El Señor de la Svástica, incluso en el uso del Gran Garrote que, como en los Caballeros Norteamericanos del Bushido, se convirtió en la espada laser de Darth Vader; y por fortuna para la saga, no sólo de él. La película seguía el mismo principio de Spinrad, la imperiosa necesidad de vencer a ese poder. Y la lucha se daba con el reconocimiento de dos planos, como lo exigía la época: había que vencerlo en el presente, y vencerlo aun sabiendo que se tenía un estrecho vínculo con esa amenaza. En la trama de la saga era el padre; en la comprensión del público, alguien cercano porque era una figura con un pasado en el que podrían identificarse, porque era un semejante con quien se compartía el mismo tiempo de la historia.
El público de Star Wars no tuvo inconveniente en reconocerlo. Y Milei, seguramente, fue parte de ese público en su preadolescencia. (Una nota no tan al margen: Uno de los ministros de su gobierno, Sturzenegger, hizo una referencia directa a Star Wars, y su lectura fue exactamente opuesta a lo que proponía una de las películas de la saga. En un mensaje en la Neo-Lengua de las redes sociales (diciembre de 2024), defendió la iniciativa desregulatoria impulsada por el gobierno diciendo que la independencia estadounidense “comenzó con una protesta por mayores impuestos”, y para refrendar su posición recurrió también a la película estrenada en 1999: “Stars Wars comienza cuando la Federación de Comercio quiere imponer nuevos impuestos a las rutas comerciales y el planeta Naboo se resiste.” El ministro de Desregulación y Transformación del Estado se equivocaba con respecto a Star Wars, y lo más sugerente era el aspecto que omitía causando el error: el objetivo de la Federación de Comercio era destruir la República de Naboo, por eso creaba un conflicto al interior de la república impulsando una zona de libre comercio y, así, justificar su bloqueo.)
8. Muy disímiles han sido las narraciones que retomaron la figura de Hitler y el nazismo. Dos de las más relevantes son Testigo ocular (1963) de Ernst Weiss y El traslado de A.H. a San Cristóbal (1979) de George Steiner. En ambas, al igual que en la novela de Spinrad, el procedimiento se basó en construir el Hitler que pudo haber sido. En el caso de Weiss se trata de un soldado alemán que padece una ceguera histérica al término de la Primera Guerra, un soldado tan fantasioso como antisemita, y, aun así, es un joven médico atravesado por el psicoanálisis quien lo salva y cuenta su historia ya en los tiempos del Tercer Reich. El médico narrador dice de su paciente: “A este hombre que, por sobrio que fuera con el vino, en sus delirios de grandeza era un visionario desenfrenado, tenía que asistirlo con la fantasía. Probablemente en caso concreto no mentía intencionalmente con una finalidad (…) sino solo (era) la verdad de su fantasía.” Y siguiendo ese diagnóstico llegaría a decirle para insuflarlo de ánimo lo que, pasado unos años, le pasaba como gran culpa: “A usted todo le es posible. Ayúdese y el cielo le ayudará. En todas las personas hay algo divino: ¡la voluntad, la energía!¡Concentre todas sus fuerzas!”
En El traslado de AH a San Cristóbal es el Hitler que pudo haber sido de no suicidarse en 1945. Tres décadas después de terminada la Segunda Guerra un grupo comando israelí busca a un hombre en la selva del Amazonas que, según los datos recibidos, es Hitler. Y lo encuentran; mientras lo llevan hacia San Cristóbal, comienzan las dudas entre ellos. “No sé si será Hitler o no. ¿Lo has olido? Huele bastante como los hombres. Tiene diarrea. El azote de Dios no debería oler así.” Discuten lo que podrían hacer con él. Abandonarlo en la selva. Otro fantasea con la idea de dejarlo a ir a cualquier parte pero dentro de Israel, y obligarlo a pedir comida, agua y cobijo teniendo que repetir quién es. Y uno sostiene que “Ser judío es mantener a Hitler con vida”. Porque “si lo colgamos, la historia trazará una raya. Asunto terminado. Y a olvidar a toda prisa. Eso es lo que quieren. Quieren que hagamos su trabajo y que le echemos a él toda la culpa. (…) Primero crucificaron a Cristo y ahora a Hitler. Dios ha elegido al judío. Para que sea su verdugo. Que ellos derramen la sangre. Nosotros estamos limpios. ¿No lo comprendes?”
Las dos novelas insisten en la memoria histórica y debaten con ella, no por fuera de ella. Argumentos reflexivos que tensan los propios impulsos individuales, porque no hay lugar para la trampa de pensar el mundo dividido entre ganadores y perdedores. Porque eso sería pensar al animal humano más animal que humano, confinarlo a la lucha del más fuerte o poderoso y arrancarlo de su posibilidad de construir otro destino en la historia. George Steiner era un liberal, un liberal clásico, y confiaba en esos mismos principios. Publicó El traslado de A.H. a San Cristóbal en su madurez, siendo ya un crítico y un profesor destacado. Ernst Weiss era médico y también tenía ideas liberales. Escribió El testigo ocular entre 1938 y 1939. En una carta a su amigo Stefan Zweig, le dice, conociendo los reparos que tiene por no ir más allá con su novela: “Como tengo la osadía de describir sobre un personaje vivo de tanta actualidad, es inevitable que entre en conflicto con la historia. Como escritor, como libre dueño de mi destino, carezco de poder. Eso es todo. Por tanto, lo único que puedo hacer es convertir la figura de Hitler en un episodio. ¡Acaso un episodio importante que ilumine toda su personalidad, pero solo eso!” Weiss vivía entonces en Francia, donde se suicidó el 14 de junio de 1940, el día que las tropas nazis ocuparon París; Zweig dos años después exiliado en Brasil. Había intentado publicar la novela, y a su muerte continuó haciéndolo su agente hasta que lo consiguió en 1963.
Quizá la pregunta no sea ¿en qué momento se coaguló la idea que posibilitó esta nueva irrupción de la ultraderecha de hoy? Sino ¿cómo fue posible que volviera a imponerse lo que parecía sepultado en el pasado? Las causas se conjugan en plural, nunca son únicas. Aun así, el colapso que produjo la pandemia del Covid en los seres humanos es una parte que no dejamos de conjugar. Y reúne una espesa combinación de desconfianza sobre los otros, sobre las instituciones y la ciencia (el psico-virus de Berardi) que nos descarnó de piel histórica dejándonos a la intemperie, entre el miedo y el grito. Sin historia, impera la instantaneidad, una imagen que es devorada por otra y otra, y en la que el pasado no tiene el lugar (si no incide de inmediato en el grito del Yo o si no resulta maleable a su beneficio), porque “el pasado es viejo”, y el futuro una ilusión (descarga de furia, expresión de deseo, un “fingir demencia”), no construcción de un proyecto.
Una situación en la que cada uno tiende a recortarse, abstraerse y dejar en cuestión únicamente a los otros. Lo que no deja de ser una marca de estos tiempos, que, más que pensarse como un ciclo de unos años, acaso se trate de una transformación tan radical de la que aún conocemos poco. ¿Cómo pensar este tiempo? ¿Con qué herramientas? Más de dos décadas atrás, cuando imaginar esta situación era cosa imposible, Horacio González se propuso reflexionar sobre dos “estilos de pensar”, y ponerlos en diálogo. Uno de esos modos era la dialéctica, el otro la metamorfosis. La indagación implicaba, en buena medida, ponerse en conflicto consigo mismo, porque González estaba “formado” y persistía en su decisión por la dialéctica para pensar, no así por la metamorfosis. El libro es La crisálida. Metamorfosis y dialéctica, publicado en 2001 varios meses antes del estallido social de diciembre en Argentina y aún antes del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York que modificó el escenario político mundial y la microfísica de las relaciones entre los individuos.
El pensar de la metamorfosis y el de la dialéctica eran diametralmente opuestos, decía González, al punto que no pueden coexistir en un mismo plano; basta la sola presencia de una de ellas para excluir a la otra. Una se mueve en entre los mitos, en la materia mutable de las cosas y las formas animales, mientras la otra está en las antípodas de eso, intenta captar los movimientos de la acción del pensar en la historia por el sujeto humano que justamente se hace en y por la historia. “Si en la metamorfosis piensa la oruga -decía González-, en la dialéctica piensa el hombre histórico.” Aun así, en esa oposición de planos que obligaba a que, en presencia de la última, la metamorfosis encontrara refugio en “la infancia de la humanidad”, González arriesgaba, como en voz baja, si ambas no tendrían una suerte de “pacto clandestino” para el que se habrían preparado desde los tiempos primordiales de la filosofía. Acaso esa conjetura fuera el impulso motor de su indagación, no lo sabemos ni podremos saberlo -González murió a causa del Covid en 202l-, lo que es seguro es que esa propuesta ponía en movimiento el valor de la bifurcación en el pensamiento. Resistir a que el pensamiento se conformara consigo mismo. ¿Solo el razonamiento especulativo es una invitación para pensar? ¿Acaso la lectura de una novela no podría desatar algunas de las preguntas que nos interpelan? ¿Con qué herramientas pensar este tiempo? No se trata de que el pensamiento de la oruga defina algo nuevo de esta época ni de pretender que los elefantes nos ilustren sobre zoología; nada de eso, lo que necesitamos es no dejar de pensar e imaginar lo nuevo aun en medio de los gritos que simulan rugir.
Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, marzo 2025
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