Primero sueño, por Graciela Batticuore

Entre la fiebre, la caída del cabello y la inflamación que rodea el rostro como una corona incierta, la protagonista se sumerge en un viaje introspectivo que la lleva del espejo a la memoria, de la enfermedad al nacimiento, de la vulnerabilidad al impulso vital. A través de una prosa sensorial y vertiginosa, el relato desdibuja los límites entre la fiebre y la revelación, entre el sueño y la realidad, hasta encontrar en el renacer —metafórico o literal— la prueba última de estar viva.
Graciela Batticuore ha escrito los poemarios Sol de enero (Ediciones del Dock, 2015), La noche (Ediciones del Dock, 2016) y El fin de la noche (Ediciones del Dock, 2018), y las novelas Marea (Caterva, 2019), La Caracola (Conejos, 2021) y Música materna (Alfaguara, 2023), y colabora en EdM desde 2020 con la columna El pliegue interno.

Veía la cabeza inflamada bajo la cabellera. Después me acercaba más al espejo y comprobaba que había perdido mechones de pelo. Estoy enferma pensaba, mientras miraba la hinchazón rosácea formando un contorno definido alrededor de la cara. Me preocupaba que pudiera avanzar esa marea hasta quedar así expuesta ante el mundo.

Cuando se lo conté a Zaira, ella me preguntó si la irritación cubría también la cremallera. Y lo asoció con la cabeza de los niños al nacer. También con la corona del rey y de la reina. Y con el signo de Aries, que representa el impulso del guerrero yendo a dar batalla para conquistar territorios. La cabeza remite al poder, dijo pensando en voz alta, aunque también a la transformación.

Entonces me imaginé a la niña saliendo del sexo de la madre. Visualicé ese momento de tanta fuerza vital entre dos mundos. Zona de riesgo o desconcierto, de cruzar línea hacia otro plano. Agua y aire. Primero hay que aprender a respirar para sobrevivir afuera. Pero todo ocurre de un momento a otro y hace falta llorar para ganar oxígeno o aprender cómo se hace la respiración. No hay mucho tiempo que perder ni es gradual el proceso, sino inmediato. Nacer debe ser como un vértigo, una desorientación inmensa, un arrojo necesario por sí o por no, sin pensar en nada. La cabeza no sirve en ese instante, solo pujar e improvisar cómo se adentra el aire en los pulmones, para volver a sacarlo enseguida y automatizar el procedimiento hasta seguir así por décadas, si es que una tiene la suerte de alcanzar lo que llamamos vida.

Pero la cabeza, que tanto planifica después, primero tuvo que conocer el impulso. Atrás salen los hombros, el torso y el cordón como una viborita que hace falta cortar enseguida. También hace falta llorar para nacer, sangrar en el miasma y que alguien te acoja o te sostenga por un rato, eso es imprescindible. Porque nacemos solos, dijo Zaira, pero tampoco tanto, pensé después.

Nacemos de un cuerpo de mujer y hay manos que sostienen. Sale morada la cabeza de tanto pujar, hinchada por el esfuerzo, enardecida; la cara deformada por unos cuantos días. Así es nacer, salvo para algunos pocos que vienen a la vida por cesárea programada y no les toca hacer fuerza. Seguro tendrán que aprenderla después, porque acá nadie se salva, parece.

Entonces soñé que nacía, por segunda o por tercera vez. No se nace de una vez y para siempre, sino que la vida cambia cada tanto y te da vueltas como un guante y te sorprende, sí. Te apabulla a golpes y te deja con la cabeza estropeada, mareada, desconcertada, roja, sin saber para dónde agarrar.

Por suerte pude recordar el sueño ese día.

Si sueño es que estoy viva.

No inerte como un muñeco de cera o de paja.

Si sueño es que la sangre todavía me bulle adentro.

Ni tan sola, ni muerta, por más que haya perdido el pelo o la melena de leona, por más que me duela pegarme de nuevo contra el muro. Magullada pero viva. Despierta, ahora, para seguir mirándome en el espejo del sueño, para reconocer mi lengua y sostenerme en las manos de recién nacida, otra vez.

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, Enero 2025


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