Optimismo de la voluntad, por Pablo Luzuriaga

El colectivo de la revista Crisis provocó un acontecimiento político cultural. Difundieron un informe sobre los grupos fascistas que operan desde el gobierno –a partir de ahora con cien mil millones en fondos reservados– a través de redes como «X», y más allá. Grupos fascistas ligados a Milei desde su paso como diputado e, incluso, previos. El periodismo de investigación, casi extinto o disuelto en las operaciones de las corporaciones mediáticas, propone una radiografía, devela el circuito de un poder real cuya capacidad de hostigar y perseguir traspasa el límite del mundo «virtual». Atacan a las personas en sus domicilios y a su familia; envían paquetes por Mercado Libre, hacen descargar camiones con escombros frente a las casas de las víctimas; incluso, hay testimonios de «aprietes» –así se conocieron siempre– con tipos amedrentando en persona. Esos son los «fierros» de Milei, con llegada directa al sobrino del ministro de economía de Macri, que propios y extraños se empeñan en nombrar con el apodo. Arriba en la cúspide fascista, Santiago Caputo, el sobrino de «Toto».

            Mientras tanto, la pistolera adquiere un sistema nuevo que realiza patrullajes de «cyberseguridad» capaz de producir perfiles de potenciales criminales a partir de sus interacciones en redes, inteligencia artificial al servicio del fascismo.

            El grado de urgencia que revelan la investigación de Crisis y la política del orden y la bala conocida de Patricia Bullrich no se condice con la actitud de los damnificados con este gobierno. Las salidas son diversas. Entre quienes lo votaron se discute si no hay una disposición sacrificial, sufrir ahora para estar mejor después. Es probable que ese discurso corresponda al destino de algunos. Entre quienes lo votaron, si le va bien y estabiliza la economía –como «pedo de buzo» o como signo de la raíz (cuadrada, al cubo, da lo mismo), si al «genio» económico, incomprendido e incomprensible, le resulta «viable»– es probable que luego exista una sociedad más dividida entre los que tienen muchísimo y los que tienen poquísimo. Las personas que lo votaron y serán damnificados –a la larga reducidos a la marginalidad y la exclusión–, todavía, a menos de un año de gobierno, se aferran a su ilusión: ellos también estarán mejor. El problema es mejor respecto de qué punto de partida. Si es «viable» y no estalla, defender el camino sacrificial podría seguir como opción, ¿por qué no? Los restaurantes en Palermo están repletos, quizás unos cuantos empiecen a viajar más. Acaso, salimos de la crisis con inversiones –o más deuda entregada por Trump–, el sacrificio empieza a dar frutos y Milei, Karina o Villarruel organizan –con ayuda de sus grupos de tarea de la virtualidad combinados con cyberpatrulla– la política argentina de los próximos años.

            Entre los damnificados que no lo votamos, que somos muchísimas personas en este país hermoso, algunos creen que Milei se va a caer solo, otros, creen oportuno «actualizar» a Guillermo Moreno. Otros, como los de la revista Crisis desarrollan periodismo de investigación. A su vez, muchos más no sabemos bien para dónde ir, perdidos en el huracán fascistoide. El viento hizo volar una chapa, la tormenta entra de costado. Operan de un modo comparable a los grupos de tarea de los milicos asesinos: hacen política atemorizando. Juntan trofeos cuando las víctimas deciden abandonar las redes sociales.

            Una periodista decidió exiliarse a España.

            En demasiados pocos, poquísimos entre los damnificados que no lo votamos, el grado de urgencia se orienta hacia una dirección que pareciera ser la única capaz de encender el principio de la esperanza, el optimismo de la voluntad. Aunque el pesimismo –Leopardi, Nietzsche– esté en toda nuestra alma, sin embargo, también, el optimismo de la voluntad. Si hay un momento donde ponerlo en práctica no es en nuestra ola peronista de la libertad de consumo y del capitalismo serio que profesa Cristina; sino ahora. Tener un propósito que atribuya sentido a la acción. El optimismo de la voluntad en este momento crítico no pide «actualizar» a Guillermo Moreno porque quizás sea el nuevo Milei; ante la urgencia, toda acción, programa, plan, decisión, búsqueda al mismo tiempo individual y colectiva, toda intervención asamblearia y dirección del campo popular –Pablo Moyano se pronunció–, tanto de los trabajadores de la economía «formal» como de los laburantes de la «economía popular», en fin, de todos los que pretenden mayor igualdad y justicia social –quienes desean vivir en Sociedad y Estado, y no en la selva anarcocapitalista de los dementes de «X»–, se tiene que orientar en un sentido:

            En 2027, el próximo presidente tiene que ser Kicillof.

            No está del todo claro, o tiene su minué, la razón por la cual no estamos todos los damnificados que no votamos a Milei haciendo lo que podamos hacer –y esté a nuestro alcance– para lograr que, en 2027, el próximo presidente sea Kicillof. La actitud algo pasmosa con la que responden los interlocutores cuando uno dice esto en público es para colgar de la pared: todos y cada uno de los damnificados que no votaron a Milei con los que tengo relación –excepto, quizás, mi madre a la que convencí a último momento de que votara a Massa en el balotaje–, todos los que perdimos votando a Massa –salvo, imagino, los que juegan a fundar «La Guillotina»–, responden que lo mejor sería tener a Kicillof como presidente en 2027, pero… y levantan los hombros, como si después no se pudiera decir ni . Kicillof es una incógnita para muchísmos. No obstante, gobierna la provincia hace cinco años, fue diputado nacional otros tantos y antes ministro de economía, y todavía es una incógnita. La irracionalidad es un mal que rodea a Milei, pero no estamos tan lejos.

            ¿Por qué tan pocos estamos seguros de algo tan evidente?

            El kicillofismo hoy por hoy no existe. Somos muchísimos los que pensamos no sólo que es la mejor opción entre las posibles, sino que es una de las figuras presidenciables «emergentes» con mayor potencial en mucho más de una década, y, sin embargo, nada claro agrupa a los que pensamos así. A esta altura de la trayectoria política de Kicillof, se puede pensar que no es algo que le falta sino algo que no busca. Los «cortocircuitos» de la interna se apoyan en supuestas bases «propias», sin embargo, las discusiones por abajo parecen lejísimos de dividir al «pankirchnerismo». El kicillofismo, si alguna vez existe algo que se aproxime, habrá sido kirchnerista o no será. El que pretenda que Kicillof se corra de la línea histórica de la que él mismo sale, pierde el tiempo. El kichnerismo «puro», a la inversa, para correrse de Kicillof tiene que hacer esfuerzos como «actualizar» a Guillermo Moreno. La retórica nacionalista, que es más del «pico» que del cuerpo –del «cuero» diría Grabois–, no sabe cómo hablar de Victoria Villarruel sin dar rodeos. También dicen que sobre la dictadura ya se dijo todo, que ahora hay que tocar nuevas canciones.

            Y levantan los hombros. Sí, Kicillof sería lo mejor, pero…

            Si fallan los grupos de tarea de Santiago Caputo, está la Inteligencia Artificial cybersegura de Bullrich; por si acaso nada funciona, ahí está Villarruel.     

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, agosto 2024

Nota: esta contribución a EdM fue escrita entre julio y agosto de 2024 y publicada en abril de 2025. Entre un momento y otro sucedieron muchas cosas. Dos acontecimientos relevantes para quienes leen Escritores del Mundo: fallecieron Beatriz Sarlo en diciembre de 2024 y Javier Trímboli en enero de 2025. También sucedió la estafa de las criptomonedas. Y recrudeció la interna. Lo que en agosto de 2024 no existía, el «kicillofismo», en abril de 2025 se afirma con otro nombre: «axelismo»; cuanto más lo azuza la interna, más se afirma el «axelismo». Releyendo esta nota tiempo después, pensamos que quizás, sin romper con la línea histórica, porque a esta altura tiene sobradas demostraciones de que esa línea es propia, Kicillof, acaso, tenga que romper otras cuantas cosas. Ojalá que no. Al parecer hoy, jueves 3 de abril, en el Teatro Argentino de La Plata se estaría definiendo algo a propósito de la discusión electoral. La indefinición de la interna en general y los palos en la rueda al gobierno de la provincia nos pueden llevar a una pérdida de legitimidad de la cual, quizás, no haya retorno. El optimismo de la voluntad es lo que se necesita cuando el pesimismo de la inteligencia nos pone frente al destino de Milei y Trump. El optimismo de la inteligencia, que es tan malo para todos, es el que ahora espera en lo seguro, hasta que cambie el viento. El optimismo de la inteligencia te puede salvar si en cada retroceso sabés cómo caer parado, donde caer parado hasta que cambie el viento y puedas volver a cambiar la realidad con los «resortes del Estado». El «optimismo de la inteligencia» es el mismo que disfruta festejando el Bicentenario de la patria y con buenos salarios, porque cree que vive en el mejor de los mundos posibles. No es que no haya que festejar, lo hicimos en 2010 y teníamos esos buenos salarios, pero quizás no debíamos conformarnos. En la contracara de esos festejos, en esta hora tremenda que nos toca vivir, lo que se necesita (creemos), además de jubilados y jubiladas con coraje forjado en la década de 1970, es sangre nueva, convicciones e ideas nuevas, canciones nuevas, forjadas entre las décadas de 1990 y 2010.


Descubre más desde Escritores del Mundo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.