Desde el origen del cinematógrafo hasta las estaciones vacías de la Argentina contemporánea, estos poemas inéditos de Lucía de Leone (colaboradora frecuente de esta revista y autora de los poemarios Esquina Peña, Ed. Arroyo, 2020; Vayamos a conocer la nieve, Caleta Olivia, 2024) trazan un viaje donde el tren es a la vez símbolo de modernidad, desarraigo y lucha. Desde la legendaria locomotora de los Lumière hasta los pueblos fantasmas que dejó el cierre de los ramales, de Leone recorre un mapa poético de rieles que alguna vez condujeron al progreso y hoy son huellas de abandono. A través de imágenes que entrelazan el movimiento y la quietud, la expansión y el olvido, sus versos evocan la historia de un país atravesado por la lógica de la exportación, donde los nombres de próceres se inscriben en los trenes y en la memoria de los que aún esperan su regreso. Entre recuerdos personales, estaciones en ruinas y la persistencia de una infancia que juega sobre los durmientes, esta poesía es un acto de resistencia: un intento de escribir, entre los rieles, aquello que la historia quiso borrar.
En el origen del cinematógrafo hubo un tren. Dos hermanos, en el París moderno cambian para siempre el arte de la imagen.
En el comienzo hay dos hitos (estudia ella):
en uno, la locomotora se acerca a cámara sin ruido, parece un tren hecho de sombras
en otro, los obreros salen apurados de la fábrica.
La llegada del tren a la estación marca la leyenda
pero no dice cuál de los dos es el gran susto del cine.
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Algunos de ciudad viajan en fin de semana poco más de una hora hacia los atractivos de Carlos Keen. Ella se va festejar su cumpleaños
a la pampa inmensa. Hace escala en ese pueblo rural porque oyó que surgió de las necesidades del ferrocarril.
Hoy ve cómo construye memoria por un tren que no llega más. Se aflige un poco por el ramal que cerraron en el granero también muerto.
Ahí sí fue cierto eso que dicen el tren no pasa dos veces. Ahí también se puede decir o ella puede contar
que llegó caminado a Luján.
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Todos los ramales conducen al puerto en el modelo de país exportado. Los próceres dieron sus nombres a los trenes.
Belgrano Mitre Sarmiento Roca
Todo para que después levanten los 40 mil kilómetros de red tendida
en el territorio nacional.
Todo para que una nueva campaña del desierto
deje seca de gente a la tierra.
Todo para que las estaciones solas
coronen el relato de pueblos fantasmas o sumergidos.
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En la localidad de Lobos hay más perros que gente. Por algo el pueblo con laguna saca su nombre de los perros-lobos de agua conocidos como nutrias. Tuvo un pasado de fortines contra malones dicen
que tranquilos.
En Empalme, el tren que venía de Merlo repartía entre cuarteles a quienes viajaban lento, pero más barato.
Ella se acerca a pie a la vieja estación que ahora remodelan. Esa inactividad deja varados a los trabajadores.
Olor a pis, oscuridad caños rotos, desolación, oficina del telégrafo, humedad baños separados, suciedad
chocan con la canción de infancia que tarareaba en el camino.
Para la nena, Trotsky era el tren y los bustos de Perón tenían la cara del inspector que aunque se enojara no iba a detener el tren.
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Ella estaba muy cerca cuando aquel tren se estrelló llegando a la plaza que ruega piedad. De no haber ido esa vez a pie podría contarse entre las víctimas. Desde entonces si camina la zona siente un latigazo cervical.
No fueron sus padres sino una vecina quien le enseñó el Padre Nuestro.
Lo enuncia en su propia versión. Como esos jueves que suspende el paso en la esquina del altar con zapatillas de la otra tragedia.
Ahí repite eso de quedar en pampa y la vía. Antes no lo entendía hoy le entra como bala.
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Cuando no la ven, se mete entre las vías y hace equilibrio con los pies en cruz. El tren le da tiempo a llegar a la estación o al empalme de calles con barreras. Son huelgas de minutos nomás.
Las hubo más largas cuando entregaron los rieles a los de afuera.
Querían agarrarse el agua potable, el gas, el teléfono y la atmósfera también.
Es más caro andar recto sobre ruedas que volar por el espacio. Mientras juega a levantarse sobre los dedos en la tregua que solo a ella el tren le da escribe versos con lo que recuerda que oyó o que leyó o que le contaron una vez.
Ramal que para Ramal que cierra
Pueblo sin tren pueblo que muere
La autopista sustituta se devora a la estación.
La firma es Beya en el durmiente.
Lucía de Leone
Buenos Aires, diciembre de 2024
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