El estado actual de la crónica argentina, por Carlos Aletto

La crónica periodística ha sido históricamente un territorio donde convergen el rigor investigativo, la mirada subjetiva y la potencia narrativa. En Argentina, este género ha atravesado épocas de esplendor y crisis, adaptándose a los vaivenes del mercado editorial y a las transformaciones del ecosistema digital. Sin embargo, en un contexto de concentración mediática, precarización laboral y nuevas formas de consumo informativo, la crónica se encuentra en una encrucijada: ¿puede seguir siendo un espacio para la exploración profunda de la realidad o está condenada a la fugacidad de los formatos efímeros? A través de voces de editores, escritores y críticos, Carlos Aletto analiza el presente y el porvenir de un género que oscila entre la resistencia y la reinvención.

La crónica es un género de larga data que funcionó para muchos escritores como ingreso a la vida literaria. A la vez, joya del periodismo narrativo que tuvo hace unos años atrás su momento de mayor apogeo, experimentó en las últimas décadas una evolución significativa en la cultura argentina, en parte por la reducción de redacciones con el cambio de milenio. Por entonces, muchos periodistas se vieron instados a adaptarse a nuevos intereses y situaciones, y la crónica emergió como el formato privilegiado para desarrollar una narración detallada y reflexiva, a pesar de los recursos humanos limitados de los medios gráficos. Autores como María Moreno y Martín Caparrós se destacan en este género con obras como Pero aun así (2023) y Antes que nada (2024), respectivamente.

El estado hoy vigente y el futuro de la crónica periodística en nuestro país se puede revisar a través de la mirada de editores y de las perspectivas de autores y críticos literarios, como María Moreno, Martín Caparrós, Lucía De Leone, Sonia Budassi y Federico Bianchini. A pesar de las diferencias de opinión y diagnóstico sobre el futuro de la crónica, todos coinciden en su valor cultural y su capacidad para transmitir historias reales con procedimientos estéticos. Pero la pregunta que se impone es si la crónica podrá sobrevivir a la crisis en que parece haber caído hoy o si estos son los tiempos de su estertor.

En los años 90, en las redacciones ya no era posible sostener a periodistas como colaboradores habituales, entonces se pagaban firmas de colegas del extranjero. De esta forma, quienes se dedicaban a redactar las noticias diarias son reemplazados por los que ensayan otro tipo de texto que hoy aplicaría como crónica.

A esto se suma que desde el 2000 las redacciones se desmantelan aún más y se instala una política editorial y periodística centrada en forjar nuevas figuras, como la del colaborador externo en detrimento del periodista de planta, que permitía no reponer el mismo número de trabajadores que renunciaban. Esta tendencia convirtió al periodista en su propia redacción andante, que usaba sus propios insumos para trabajar y elevó el estatus del cronista por encima del periodista tradicional. El marco posible fue el afianzamiento de una coyuntura favorable tanto para que muchos cronistas encontraran un lugar en la prensa (revistas especializadas, como Malpensante y Gatopardo, becas, premios, concursos, congresos) y para que muchos otros publicaran sus crónicas como libro.

La crítica literaria e investigadora Lucía De Leone explica a Perfil: “los textos de algunos nuevos cronistas argentinos fueron concebidos desde el inicio como un libro (antologías o libros propios) en lugar de pasar primero o incluso por única vez por la prensa escrita. Esto muestra un cambio de estatuto, de circulación y recepción de la crónica, ahora con un alcance potencialmente más exclusivo y menos masivo”.

Además de sellos como Random y Planeta, otras editoriales se destacan por publicar libros de crónica. Mariano García de Adriana Hidalgo y Constanza Brunet de Marea resaltan la combinación de rigor investigativo y potencia narrativa para caracterizar al género. Ambos coinciden en que la crónica periodística, si bien no es masiva ni popular, es muy valorada por la crítica. Aunque los libros de crónicas responden a un interés de grupos específicos y siguen siendo “de nicho”, destacan su valor estético y su fruición para transmitir hechos con intensidad narrativa y trabajo con la escritura, similares a los de la novela o el cuento. Estas miradas de las editoriales aportan una respuesta positiva frente a la sobrevida del género, particularmente en el mercado literario

Sin embargo, María Moreno (Buenos Aires, 1947), una de las más reconocidas cronistas y ensayistas contemporáneas del país, considera que el auge de la crónica fue «un fenómeno de mercado, impulsado por una situación política en la academia norteamericana». Desde sus inicios, Moreno es una figura influyente en el periodismo con obras singulares que exploran diversos aspectos y personajes de la sociedad argentina con recursos estéticos, como El Petiso Orejudo (1994) y La comuna de Buenos Aires. Relatos al pie del 2001 (2011).

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), quien ha escrito crónicas como La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina, en co-autoría con Eduardo Anguita (1998), opina que el género evolucionó poco en términos de estilo y temática: «los dos temas centrales siguen siendo la pobreza y la violencia, que a menudo vienen juntas. Y ambas son muy importantes, pero muestran solo una parte, un lado del asunto». Aunque el tema socioambiental ha ganado cierta relevancia y despierta mucho interés, Caparrós considera que aún no se logró capturar lo cotidiano, es decir, queda pendiente hacer texto con materiales que articulen problemas como las identidades y las verdaderas formas en que se vive. También observa que en la mayoría de los casos, el estilo de escritura de las crónicas tampoco ha cambiado sustancialmente.

La cronista, escritora y editora Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978), cuyos libros más reconocidos son Apache: En busca de Carlos Tevez (2010) y La frontera imposible: Israel-Palestina (2014), ofrece una perspectiva de mayor optimismo. Observa que ya ha pasado el boom de “denuncia” de los años 90, mientras que hoy la crónica brindaría una mayor diversidad temática, que incluye problemas sociales, cuestiones vinculadas a las élites, la insistencia en personajes históricos y una profundización en la intimidad, sobre la que advierte que «el relato íntimo olvida la estrategia narrativa y solo se sostiene en un aburrido pronombre personal». Budassi cita como ejemplo de su preferencia a Cazadores de noticias (2018) de Fernando Ruiz, una etnografía histórica que cumpliría las premisas de rigurosidad en la investigación y calidad de escritura.

Federico Bianchini (Buenos Aires, 1982) es escritor y periodista argentino, que ha sido galardonado con la Beca Michael Jacobs de la Fundación Gabo, para el proyecto del libro Antártida: 25 días encerrado en el hielo y es conocido por su capacidad para capturar historias humanas extremas y conmovedoras. Él considera que, si bien la crónica “llevaba décadas existiendo”, hace algunos años hubo una confluencia de circunstancias que llevó a hablar del auge del género, incluyendo «la aparición de algunos medios especializados, la publicación de antologías, y el surgimiento de becas y talleres». Lo que encuentra como singularidad es que si bien, en general, quienes escribían crónicas en ese momento lo siguen haciendo, ahora publican más en libros que en revistas de papel o en formatos digitales. A pesar de que algunas revistas desaparecieron y otras se inclinaron a los ensayos, Bianchini subraya que «las editoriales siguen buscando libros de no ficción y los lectores siguen leyendo».

De Leone, estudiosa de la obra de cronistas como Sara Gallardo y María Moreno,destaca que la nueva crónica es una etiqueta para cubrir un sinfín de textualidades de no ficción, que “exploran formas híbridas de narrar lo real, desafiando las fronteras entre ficción y no ficción, y jugueteando con la necesidad de la ‘presencia del in situ para garantizar la veracidad del relato”. Da como ejemplo de este fenómeno, que ya se registra en José Martí, por situar un caso, la Venecia imaginada e intervenida por María Moreno en Banco a la sombra, ese libro de ficción que integró precisamente la colección “In situ” de Sudamericana.

Es en esa hibridez que el auge de la literatura del yo, que en las últimas décadas se acuñó como parte del giro autobiográfico o intimista en la cultura, presentó nuevos desafíos para la crónica. Estas escrituras, impulsadas por la creciente popularidad de las redes sociales y el blogging, ofrecieron a los lectores la posibilidad de encontrarse con narrativas más íntimas y personales, desplazando la atención de la crónica tradicional por el inventario, la transmisión de situaciones reales, las descripciones. La autoficción, otra denominación que tiene origen en estudios franceses, permitió a los escritores definir un “yo” capaz de relatar con la distancia del artificio sus propias vidas y experiencias, creando una conexión directa pero estetizada con los lectores.

Al comparar la crónica con estas expresiones de la intimidad se ven fuertes zonas de coincidencia: la habilidad de narrar eventos con precisión investigativa, combinada con una densidad literaria. Mientras la autoficción ofrece una introspección personal y un posicionamiento situado para abordar un tema, la crónica trae una propuesta de mayor complejidad al mezclar la mirada subjetiva con una reflexión detallada, creando una narración que no se decide o no toma partido entre la información y la vivencia del yo.

Otro problema que pone a la crónica al borde de la extinción, según los cronistas consultados por Perfil, es el de los avances digitales y las redes sociales. Caparrós considera que la crónica es un espacio de «resistencia» contra las formas digitales: «Muchas crónicas intentan seguir siendo iguales que cuando solo se publicaban en papel». Sin embargo, también reconoce que hay otras formas de la crónica que están tratando de integrar las posibilidades que ofrece el soporte digital, incluyendo manifestaciones de la cultura visual (vídeos, fotos, imágenes) y sin desatender su afán archivístico, y testimonial. Pese a todo, el autor sostiene que «todavía no ha aparecido una buena síntesis de estos elementos; ya llegará», sugiriendo que la evolución hacia un modelo más integrado aún está en proceso y pensando en la supervivencia de la crónica.

Moreno observa que hay muchos posteos anónimos memorables, a los que no llamaría crónicas pero les concede relevancia («Habría que estudiar el género ‘posteo’) como ejemplos para pensar la influencia de las nuevas formas de comunicación en la creación y difusión de contenidos.

Para Budassi, la digitalización incrementó la competencia en términos de “storytelling”, con un amplio espectro de actores que buscan «contar historias» en diversas plataformas, y destaca la importancia de no caer en retóricas sensacionalistas y de impacto, comprendiendo que cada espacio puede complementarse y diferenciarse. Enfatiza que la escritura de la crónica demanda más tiempo y energía, ya que «lo que circula en redes no siempre está chequeado y se reproduce con mucha facilidad».

Al respecto, Bianchini considera que la evolución del estilo y la temática de las crónicas es menos una moda pasajera que un proceso complejo que al involucrar elecciones personales de los autores hace costoso determinar una tendencia genera. Este fenómeno quizás solo pueda ser analizado por un especialista en el futuro. Si el mundo actual es pura diversidad y aceleración, por qué no lo sería la crónica, y en este sentido Bianchini defiende la libertad creativa y la individualidad de los autores en este trayecto de cambios y desorientaciones.

Otro punto fundamental que convoca nuestra época son los modos materiales de leer. Bianchini sostiene que la lectura en dispositivos como computadoras y celulares afecta la capacidad de concentración requerida para una lectura atenta. Relata una experiencia donde un estudiante de 20 años le confesó que «le aburría leer, a menos que el texto tuviera ‘recursos audiovisuales'». La adicción a los dispositivos móviles y la ansiedad que trae la virtualidad cambiaron las costumbres de lectura, aunque dice no estar del todo convencido de si la forma de escribir ha variado tanto en comparación.

En lo relativo al porvenir de la crónica, Moreno plantea una postura pesimista porque no le ve «ningún futuro». Una de las razones es que el mercado editorial ha degradado el término “crónicas”, utilizando el término como comodín que aloja incluso textos documentales de baja calidad estilística y con poca o nula información. Aunque reconoce algunas excepciones notables como Leila Guerriero, autora de La llamada, Martín Caparrós y su preferido, Cristian Alarcón, Moreno no ve muchas propuestas editoriales para la crónica debido a su falta de rentabilidad.

Caparrós sospecha que el destino de la crónica estará en ser un género literario pensado para un público acotado: «No tan pocos como la poesía, no tantos como las novelitas románticas». Aunque reconoce que existen formas más modernas de contar historias verdaderas, señala que en literatura, los viejos géneros siguen desafiando nuevas formas narrativas.

Para Budassi la crónica es literatura porque ambas poseen un estatuto estético y epistemológico parecido: generan emoción y despiertan pensamientos críticos. Frente a la incertidumbre sobre el futuro de la crónica, ella se pregunta: «¿Se seguirá leyendo literatura?».

Una cuestión fundamental que gira en torno a la crónica es el financiamiento disponible. Según Caparrós, los libros de crónicas se sostienen de manera precaria, utilizando el viejo sistema de sacrificar tiempo de descanso para algo que nadie pagaría por hacer. Considera que ese «es el precio de la libertad que ofrece un libro frente a los límites de la prensa periódica». Aunque existen hoy pocas becas, en general son los autores quienes proponen y las editoriales las que aceptan, aunque hay algunas excepciones, como «el premio de crónica que organiza la editorial Anagrama, del cual somos jurados con Leila Guerriero y Juan Villoro, y en el que cada año se presentan numerosos libros, algunos de ellos de gran calidad».

Sobre esta crisis, Budassi señala que las becas son escasas y no han crecido, y se mantienen las clásicas de la Fundación Gabo y alguna otra fundación extranjera. Destaca el trabajo de la Fundación de Periodismo Patagónico y la revista Anfibia en Argentina: «La industria editorial, periodística y cultural no escapa al marco de recesión y crisis del país, y enfrenta la condición monopólica para conseguir el insumo básico, el papel, que generalmente no acepta plazo en los pagos».

Bianchini, con el mismo pesimismo, afirma que «es muy raro que alguien financie un libro de crónicas debido al trabajo y el tiempo que requiere y a lo poco que se les paga a los autores». Sin embargo, existen becas que apoyan proyectos de crónica de viaje, y concursos, como el de Anagrama para libro, el de La Balandra y el Nuevas Plumas, que pueden servir de estímulo. Dado que esta escritura requiere tiempo, compromiso, energía y renuncias, Bianchini subraya la importancia de dar con un tema justo para que acompañe al autor en este proceso: «cuando uno elige un tema de crónica lo ideal es elegir uno que apasione: que, emocionalmente, merezca el tiempo y el esfuerzo que le vayamos a dedicar». Destaca la existencia de algunas editoriales especializadas en el género, como Libros del K.O. en España, que «tienen editores con dedicación y pasión por lo que hacen y en las que da gusto publicar».

Frente a la mirada más negativa de los autores, los editores se manifiestan más optimistas. García señala que, aunque el mercado editorial es incierto, la crónica literaria busca ofrecer una escritura cuidada y momentos memorables, lo que asegura su continuidad en el tiempo. Brunet ve mucho futuro para la crónica, ya que en un contexto de avalancha informativa, se valora más la información acompañada por un sentido estético y un efecto emocional. Dice que la crónica seguirá creciendo en todo el mundo, consolidándose como un importante género literario y en constante evolución.

En proyección hacia el futuro, la crónica tiene el potencial de desarrollarse y mantener su lugar en el mercado y entre los lectores. Las tendencias actuales en la literatura y el periodismo, como el interés renovado en la narrativa de no ficción y el periodismo investigativo, pueden ofrecer nuevas oportunidades para la crónica. Estrategias como la integración de nuevas tecnologías y plataformas digitales, así como la exploración de temas del presente y problemas urgentes, pueden revitalizar el género y atraer nuevas audiencias.

El futuro de la crónica parece estar marcado por la incertidumbre y la diversidad de perspectivas entre sus cultores. Algunos perciben un panorama desalentador, que se traduciría en una proliferación de textos de baja escritura y poca profundidad en la investigación, aunque reconocen que aún existen excepciones notables que mantienen viva la calidad del género. Otros consideran que la crónica puede despertar emociones y pensamientos similares a la ficción. Algunos otros la ven como un género literario destinado a un público reducido pero persistente, coexistiendo con otras formas contemporáneas, mientras otros sugieren que está en transformación o agonía. En este contexto, la crónica y sus derivaciones seguirán siendo un terreno de experimentación y una zona de latencia que despierta más preguntas que respuestas y cuya permanencia dependerá de los distintos aspectos y agentes del campo cultural argentino: encontrar un tema, inventar un estilo, interesar lectores, convencer editores y seguir seduciendo a sus exponentes.

Carlos Aletto

Buenos Aires, EdM, enero 2025


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