Un año de crisis, lucha y memoria: el tiempo convertido en escenario de resistencia. A través de marchas bajo el sol abrasador, clases públicas interrumpidas por bocinazos y debates que se entrelazan con la literatura argentina, Alejandra Laera (El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres, FCE, 2004; Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001, FCE, 2014; Húmeda, susurrada, afectiva, creativa. Otra imaginación territorial para la Argentina contemporánea, Vera Cartonera, 2022; ¿Para qué sirve leer noveles? Narrativas del presente y capitalismo, FCE, 2024) entre muchos otros )recorre las transformaciones del presente y su impacto en la universidad pública, el trabajo y la vida cotidiana. Con una mirada crítica sobre el capitalismo y su lógica implacable de cifras y presupuestos, Laera entrelaza la reflexión política con el registro de cuerpos en movimiento, discursos que resuenan en las calles y el eco de Una excursión a los indios ranqueles. En un año de cambios vertiginosos, donde la historia parece repetirse y el futuro se vuelve cada vez más incierto, la escritura se vuelve un intento de salvar algo del tiempo que ya no será.
“Salvar algo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más”
Anni Ernaux, Los años
No creí que hubiera ningún sistema más injusto que el neoliberalismo. Empecé a escribir sobre el capitalismo, y en particular sobre la relación entre la circulación del dinero y la literatura argentina, ya hace unos diez años. En 2023 terminé un libro, esta vez enfocado directamente en la relación entre el capitalismo y las narrativas del presente, que giraba en torno a tres ejes: el dinero, el trabajo y el tiempo. Si me hubieran dicho que casi a último momento iba a tener que agregar algunas líneas porque ese mundo del que hablaba estaba cambiando tan fulminantemente me habría parecido imposible. Y sin embargo, tuve que hacerlo. Después, el libro entró en proceso de edición, era enero de 2024.
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Con un calor que nos ahogaba, las botellitas plásticas con agua, glaciar mejor, nos parecían más frescas, compradas a precios por las nubes no sé si por la inflación o la ocasión imperdible. Nos poníamos a los costados, buscábamos la sombra de algún árbol o un toldo o la de un compañero grandote para no quedarnos lejos, afuera. Marchábamos como consigna o nos vemos en las calles o lo que fuere para llegar a movilizarnos pese al sol de verano. Nos salpicábamos con el agua el cuello, se calentaba todo enseguida, el rayo bien perpendicular a las 2 de la tarde. Por suerte, muy organizado entre las agrupaciones, terminó bastante rápido. La ciudad siempre vacía las semanas de enero, pudimos subir al auto mal estacionado en una lateral de por ahí cerca y volver con aire acondicionado.
Se nos mezclaban las marchas de esos meses, queríamos recordar cada una como si fuera un juego de adivinanzas. Seguramente muchos las tenían estudiadas con claridad, con los números, los adeptos, sus ausentes. ¿Cuántos detalles pueden sumarse en la sucesión del recuerdo? ¿Dónde terminaba el detalle imprescindible y empezaba la confusión? Leíamos en las redes más consignas, ingeniosas, pegadizas, las repetíamos al encontrarnos en alguna reunión, en cualquier pasillo, como si fueran un pasaporte de identidad o un código de pertenencia.
Muchos teníamos para elegir cómo participar. El pluriempleo, tan propio del país desde hace décadas en ciertos grupos sociales, nos tenía económicamente debilitados porque no había modo ni tiempo de seguir acumulando tareas injustamente pagadas, pero nos daba un amplio abanico de opciones: gremios, instituciones, colectivos… Hacíamos bromas con ese modo irónico de la libertad de elección. Si hasta las manifestaciones históricas tenían una dimensión mayor: no pasarán.
Cuerpos que buscaban ser impermeables. Barreras al odio. Y cuerpos también incólumes por un rato como si en ellos encarnara la idea, la creencia. Unos cuerpos que no querían ser marcados pero que podían serlo. Un cuerpo victorioso entre la multitud y a la vez cansado. Extenuado en la vuelta a la casa. El reconocimiento en la caminata de regreso o en el subte nos daba todavía un brillo final para el cansancio que teníamos encima ya a finales de marzo.
Por supuesto, leíamos posteos diarios, continuos, incesantes, no terminaban de pasar nunca las historias, más y más, sobre los cuerpos. Con cuerpos fotografiados, reproducidos una y otra vez. Y hablando de los cuerpos que eran y no eran nuestros, cuerpos atravesados por Deleuze, ya menos por Foucault, cuerpos posteados disponibles para trazarlos con citas. Quienes estudiábamos la cultura argentina del siglo XIX no podíamos, creo, sino pensar que Sarmiento ya lo había hecho al comienzo del Facundo, que quizás lo habíamos aprendido en Sarmiento, y nos parecía otra pesadilla más. Muchas veces nos juntábamos sin juntarnos, un montón. El alivio de poner en negro la pantalla, la distracción de mirar las fotitos con las caras y los fondos o el juego de descubrir los nombres de fantasía de algunos usuarios de cámara apagada. Todo para descansar del agobio de las noticias que llegaban en otoño, en invierno. Los porcentajes innegociables, la incredulidad de unos números que parecían tener una vida propia muy diferente de la nuestra porque eso era el capitalismo en cualquiera de sus formas.
¿Dónde había quedado eso del relato que se nombraba tanto antes? ¿Cuándo había dejado de decirse así? ¿Cuándo dejó de interesar o se perdió en el tiempo por enmudecimiento? ¿Cómo no nos dimos cuenta? Del relato disputado entre la realidad y la ficción habíamos pasado de pronto a la verdad equívoca de las cifras. La vida se había vuelto desorbitada, estaba desorbitada. Hacíamos comentarios llenos de sobrentendidos: la distopía ya llegó, la distopía hipercapitalista, no podíamos imaginarnos ya nada más. El bucle imposible del futuro estaba acá, no lo podíamos creer.
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Como siempre pero sobre todo como otras veces, pertenecer a la universidad pública nos daba orgullo. Nos poníamos la camiseta, como se dice con los equipos de fútbol y también con las empresas. Todas y todos pertenecíamos a la pública. Nuestros perfiles en las redes lo volvían a decir con logos, palabras de igualdad, declaraciones de derecho. Los que éramos de humanidades, ni hablar de filosofía y letras, dejábamos muy atrás algún reclamo sobre el estado de las aulas o los inutilizables baños. Eso había quedado lejos, ni siquiera en broma al recordarlo se llegaba a decir. Ocupábamos las calles con las clases; con la mujer poniendo heavy metal desde un primer piso para ensordecernos, quizás para ensordecerse, y era imposible evitar el lugar común del juego de palabras; con los gritos de vagos vagos que hacía soltar algún tipo con la ventanilla abierta del auto; con la suspensión obligada por algún coche de la cuadra que precisaba estacionar, ya trayendo a los chicos de la escuela o volviendo del trabajo. Y el orgullo de la organización: compañeras, compañeros, cortes de la calle, voces sólidas, la sensación de cumplir una función relevante, esa responsabilidad. Era setiembre, el clima algún día muy caluroso, otro demasiado frío, cómo íbamos a saberlo si todo era previsible y sorprendente a la vez en esa primavera. Había mosquitos y nos imaginábamos ataques vespertinos que no se podían controlar y que nos hacían revivir, en medio de las palabras de los profesores o la pregunta de algún estudiante, eso otro que también pasaba en enero y febrero y hasta en abril: los mosquitos como primer acicate paranoico, lo que nos igualó a unos con otros y a todos y todas en el largo verano de ese año. Así estábamos en esas clases en las calles, que llamábamos públicas. Usábamos micrófono y hasta megáfono, como si estuviéramos en un escenario pidiendo atención. Recorríamos los negocios de la cuadra para conseguir un enchufe, que el cable no llegaba desde la entrada de la Facultad.
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Algunas hablábamos de Mansilla, de Una excursión a los indios ranqueles. De ese capítulo, uno de los highlights del libro, en el que Lucio V. Mansilla, el coronel Mansilla, y Mariano Rosas, el cacique ranquel, conversan en las tolderías sobre el tratado de paz que están a punto de firmar sin todavía saber que no va a tener ninguna validez. Claro que Mansilla ya lo sabe mientras escribe Ranqueles, apenas un par de meses después de la excursión de dieciocho días que empezó a finales de marzo de 1870 desde el fortín que comandaba, y quizás ya también lo sabe Mariano Rosas, a quien le quedan solo unos años de vida. Es el capítulo treinta y ocho. Esto es lo que dice Mariano Rosas según Mansilla: “Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y tengo lo bastante para mi familia cuidándolo. Algunos no la han querido; pero les he hecho entender que nos conviene. Si me he tardado tanto en aceptar lo que usted me proponía, ha sido porque tenía muchas voluntades que consultar. En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos. Allí manda el que manda y todos obedecen. Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son iguales.” Después Mansilla hace para los lectores una extensa disertación sobre la turbulencia de la república, el abuso de autoridad y la soberanía popular. Y entonces se pone a explicarle a Mariano Rosas que el tratado de paz no podía ejercerse de inmediato porque tenía que aprobarlo el Congreso, algo que, como ya dije, no sabían aún, increíblemente Mansilla no previó, al final no ocurrió y ya nosotros también lo sabíamos. Pero, por ahora, el coronel Mansilla le expone al cacique ranquel Mariano Rosas las condiciones del tratado de paz y para eso tiene que explicarle el sentido de algunas palabras. Buscábamos darle un poco de suspenso a cuáles serían esas palabras, confiando, por un lado, en que los estudiantes o no habían llegado a ese capítulo del libro o no les habían prestado atención suficiente o, la mejor opción, tenían ganas, aun recordándolas, de dejarse sorprender por la literatura, la buena literatura, por qué no decirlo, que hacía también, y no solo la lucha por la universidad pública, que estuviéramos así reunidos, en triple círculo para que no se escapase el sonido, para que todos pudieran escuchar y para que quedarse disfónica dando tantas horas de clase valiese la pena en todos los sentidos. Y por otro lado, entonces, confiábamos, a falta del aula enorme en la que podíamos sentarnos en altura sobre el escritorio, movernos libremente con el micrófono y hacer de la clase una performance para calentar ese espacio desangelado en el que todos sabíamos bien lo que estábamos haciendo; confiábamos por otro lado, decía, en el escenario mismo de la calle, ya bien oscura a esa hora, con las luces de casi todos los departamentos encendidas, con el viento frío. No era la aventura de Mansilla en tierras ranquelinas, sino una desventura a la que le poníamos tenacidad, como si los dieciocho días de la excursión se concentraran en las dos horas y pico de clase; también algo de epicidad, al contrario del relato mansillesco siempre al borde de la comedia, y mucha energía como para llegar al final del suspenso con voz firme y decir las palabras que escribió Mansilla para explicar la situación, que acá copio con mayúscula y con la necesaria puntuación del caso: PODER EJECUTIVO, PARLAMENTO… PRESUPUESTO. No fue necesario recurrir a figuras de retórica campesina, o rockera o cumbiera o trapera, como dijo haber hecho Mansilla, para que se entendiera de qué hablábamos. No habríamos encontrado texto del siglo XIX argentino más autorreferencial que Ranqueles para esa clase especial. Yo misma me había sorprendido al releerlo. Porque obviamente iba Mansilla a describirle a Mariano Rosas el funcionamiento del Poder Ejecutivo y del Parlamento. Pero que en el contexto de la clase pública irrumpiera la palabra ¡Presupuesto!, eso mismo que nos estaba asfixiando desde el otoño, esa misma amenaza que no provocaba el miedo que pasa de largo, como habíamos aprendido con la teoría de los afectos, sino una pura y aplastante realidad, nos hacía pensar en el presente, en la Historia, en todos los tiempos a la vez. Ya en ese momento de 1870, en el umbral del ingreso desigual de la Argentina al capitalismo mundial, la palabra aparecía con toda su aliteración como explicación no de la economía, de las decisiones y la situación económica, sino de la política, de los derechos de los habitantes del suelo argentino, de los modos de ocupación territorial, de las legitimidades, de la división entre los “cristianos” y los pueblos originarios. Entre el Presidente y el Parlamento, el Presupuesto parecía explicarlo todo. Y a la vez, era lo que no se terminaba de explicar, como si, lleno de números, no hiciera falta más que la contundencia incomprensible de las cifras. La trampa del presupuesto era la trampa de la política era la trampa de la ideología y así, en círculo, corríamos desesperados atrás de una salida.
En cuanto a la clase, tampoco sé si yo, esa inflexión circunstancial del nosotros que asumía en ese momento, “estuve inspirada”, como dijo haberlo estarlo Mansilla. Tampoco sé si el auditorio, como dijo del cacique ranquel, “se edificó”. Al menos, y a diferencia de Mariano Rosas, siempre según Mansilla, no bostezaron. No sé si habrá sido por mis talentos oratorios, mis conocimientos, mis seducciones, como le ocurrió a Mansilla… Pero atención: ¿hasta dónde puede llevarse la ironía? ¿Cuál es el límite de la burla como último descargo? ¿Habría Mansilla llevado su bufonada hasta finales de la década cuando su auditorio ranquelino había ya sido aniquilado por las fuerzas militares comandadas por quien sería ovacionado y elegido presidente?
Por lo pronto, nosotros nos dispersábamos en otro retorno, pensando en la próxima clase donde quiera que fuese, en la próxima movilización, en el fantasma presupuestario que nos seguía despojando mes tras mes con la fuerza de su ejecución. Buscábamos sentido en la comunidad coyuntural de los cuerpos, en el aula, en la calle, también en los recitales o en los estadios. Ya era octubre con el veto al proyecto de ley de aumento salarial y financiación universitaria, con la felicidad de escuchar a Paul McCartney en su Got back en vivo o por streaming. Ya noviembre con la emoción brasileña del final de la copa Libertadores en Buenos Aires, con la pequeña revancha del triunfo electoral en Uruguay, con la amargura de una guerra infinita entre Israel y Palestina, del triunfo de la derecha de Trump y Elon Musk… El tiempo convertido en efemérides que nos arrasaban o nos consolaban… Ya era diciembre, las fiestas, el final de un año y vuelta a empezar. De nuevo redimensionando los cuerpos, de nuevo disputando los sentidos de las palabras. Había un sistema más injusto que el neoliberalismo, lo vivimos. Tratamos todavía de salvar algo del tiempo en el que esperamos no estar nunca más.
Alejandra Laera
Buenos Aires, EdM, febrero 2025
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